Espíritu

Te han visto mis ojos

Introducción. Hay regalos que descubrimos en nuestra vida mucho tiempo después de tenerlos cerca de nosotros. Captamos el valor de lo vivido, de las personas, de los acontecimientos cuando el tiempo nos ofrece la suficiente perspectiva para descubrir que nada es perdido y que nada sobra en nuestra vida, porque nuestro presente es deudor de todo nuestro pasado y de las experiencias que acumulamos a lo largo de la vida. Pero el dinamismo de vida, de creatividad, de novedad, que ofrece la vida es constante. Todo está vivo, porque todo está animado por «El Espíritu de Dios que llena la tierra». Sab 1,7. Siempre puede sorprendernos algo que hemos hecho muchas veces. Los diálogos pueden ser tediosos y cansinos, agotadores y anodinos, o pueden ser una continua lluvia de ideas de novedades, de proyectos. Y la única diferencia es con quien hablamos y la actitud y la pasión que ponemos en cada caso. Ir por los mismos caminos, recorrer las mismas rutas, acudir a los mismos sitios, nos puede llevar a la conclusión de que nuestra vida está atrapada en la rutina y en la falta de novedad o, por el contrario, una comunidad de religiosas contemplativas, de clausura, que viven en el mismo lugar durante toda la vida, pueden gozar de la novedad y de la alegría que nace de ver la mano y la acción de Dios en todo lo que las rodea y no poder dejar de proclamar y de cantar las maravillas del Señor..
«Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas». Ap 21,5. Ayer intentaba explicar qué significa para mí vivir con los ojos de la fe, con la mirada nueva que me regala Dios sobre todas las cosas y la persona con la que hablaba, una afamada y premiada escultora, me decía sorprendida: «Pues eso también me pasa a mí, pero no le llamo con ese mismo nombre». Y me encantaba reconocer que la verdad es polifónica y trasciende las palabras con que la nombramos. Es más grande que las fronteras que ponemos de culturas, de razas, de religiones. Me llena de vida, de confianza y de alegría saber que Dios es mucho más grande, mucho más sabio y mucho más alegre que lo que las personas decimos de Él. Y que sólo por los terrenos de la experiencia, de la unión con él, podemos contagiar algo de su vida. Las palabras se quedan tremendamente cortas para explicar lo que significa compartir la vida con el Señor y seguirle.

Lo que Dios nos dice. «Job respondió al Señor: Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible. Dijiste: ¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla? Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión. Dijiste: Escucha y déjame hablar; voy a interrogarte y tú me instruirás. Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y en la ceniza». Job 42,1-6;. Sólo desde la humildad, desde la sencillez, desde la trasparencia se puede uno acercar a Dios. Agradeciendo continuamente todo lo que recibimos de Él. Y es un proceso de progresivo reconocimiento de todo lo que nos da. Confiados, pacientes, alegres, generosos… No desde la exigencia, la arrogancia o la sospecha. ¡Qué diferencia tan grande de vivir con un Dios al que conozco de oídas, por lo que me hablan de Él otras personas, o vivir junto a alguien al que descubro vivo, que interviene, que actúa, que me acompaña! «Jacob salió de Bersebá en dirección a Jarán. Llegó a un determinado lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Tomando una piedra de allí mismo, se la colocó por cabezal y se echó a dormir en aquel lugar. Y tuvo un sueño: una escalinata, apoyada en la tierra, con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor, que estaba en pie junto a ella, le dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, y te extenderás a occidente y oriente, a norte y sur; y todas las naciones de la tierra serán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré donde quieras que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que se cumpla lo que he prometido. Cuando Jacob despertó de su sueño, dijo: Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Y, sobrecogido, añadió: Qué terrible es este lugar, no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo». Gn 28,10-17.
El Señor está mucho más cerca de nuestras vidas, de nuestras jornadas, de la gente con la que convivimos, de nuestros deseos, alegrías y tristezas de lo que nos imaginamos y, justamente, la fe consiste en aprender a mirar la realidad con ojos nuevos. Todo se ilumina con una nueva luz y lo que antes nos parecía soledad ahora es posibilidad de dialogar con Dios. Lo que antes era torturarnos por un error o por un fallo, ahora se convierte en reconciliación, en perdón, en humildad. Lo que antes nos apropiábamos y nos hacía sentir triunfadores compitiendo con los demás, a los que veíamos como rivales, ahora se vuelve gratuidad, sumar y compartir los talentos que gratis he recibido, para darlos gratis. Y la vida que durante mucho tiempo se volvía hostil, llena de obstáculos y de pruebas, la llegamos a reconocer como regalo. Un camino largo, con días brillantes y días oscuros, que vivimos acompañados y guiados de la mano de quién nos llama y nos conoce.

Cómo podemos vivirlo. Es el Señor el que nos llama a dejar de vivir como hombres y mujeres viejos (en el temor, en la soledad, en las tinieblas…) y a nacer de nuevo a una vida llena de los frutos del Espíritu. Pero esa llamada pide nuestra respuesta libre, consciente y decidida. No se puede servir a dos señores. No puedo tener a Dios en los labios y los deseos del mundo en el corazón. Esa decisión es diaria, no basta hacerla una vez. Necesitamos la humilde conversión diaria que nos introduce en la alegría y en la fiesta del Reino.

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Audio-homilía: El Espíritu del Señor está sobre mí

Este evangelio nos presenta a un Jesús que ya ha aprendido de María en qué consiste vivir como hijo de Dios. Hace un par de semanas, cuando leíamos el Bautismo de Jesús, veíamos cómo acogía y asimilaba lo que Dios decía sobre Él.

Todos somos hijos de Dios, imagen y semejanza suya, tenemos el ADN de Dios porque es nuestro padre. Pero esta afirmación se tiene que desplegar en la práctica. Y eso lo aprendemos a través de personas que nos despiertan eso que somos, como hizo Jesús gracias a María en las bodas de Caná.

Si todos reconociéramos lo que dice San Pablo en la segunda lectura, la convivencia sería muy fácil. Todos somos miembros de un único cuerpo, de una única humanidad, de una única comunidad, nadie puede prescindir de los demás… El ejemplo que pone San Pablo es clarísimo. El cuerpo no puede ser todo cerebro o sólo ojo, la mano no puede sobrevivir sola…

Jesús se da cuenta que la salvación sólo se vivirá cuando cada uno de nosotros reconozcamos el talento que tenemos y lo pongamos al servicio de los demás. La Iglesia está compuesta, como dice San Pablo, de muchos miembros con diferentes funciones y todos deberíamos trabajar armónicamente y unidos por el que es la cabeza. Cada uno tiene su labor. Nadie debería competir sobre quién es más que el otro. Todos tenemos un objetivo común. En el mundo hay muchas urgencias como para pensar en diferencias.

Jesús empieza en esta sinagoga la evangelización, es decir, la transmisión de buenas noticias que permiten ver el mundo con una mirada nueva. Y no hay recetas mágicas para llevar a cabo esta tarea. La única regla es intentarlo. De hecho, esta primera charla de Jesús acabó en fracaso (porque quienes lo escucharon le querían apedrear). Esto nos debe animar a seguir poniendo de nuestra parte, pese a los fracasos.

La Iglesia lleva 2013 siendo portadora de una buena noticia y seguimos intentando haciéndolo con nuevos métodos, con diferentes herramientas… pero este evangelio nos recuerda que sólo acoge quien quiere acoger.

Necesitamos sumar lo que cada uno es y lo que cada uno tiene. En el cuerpo está clarísimo que cada miembro hace lo que le corresponde. En la Iglesia debe ser igual… No podemos vivir en la exigencia de saber hacerlo todo o de compararnos con otros. Debemos aportar lo que mejor sabemos hacer. Y cada uno de nosotros es necesario.

El evangelio empieza a calar cuando no nos vemos como rivales, sino cuando cada uno pone lo mejor que tiene con humildad.

Audio-homilía: El Espíritu del Señor está sobre mí

Evangelio según San Lucas

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.
Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con del poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

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Cincuenta luces de hoy

Introducción. Es verdad que en la vida hay muchas sombras, muchas oscuridades, dudas, caídas, tristezas… Pero más cierto es que cada día sale el sol y que es capaz de iluminar toda la tierra, lo veamos o no. La semana pasada en Madrid vivimos durante tres o cuatro días la permanente oscuridad provocada por una insistente niebla. Una atmosfera pesada, gris y oscura invadía toda la ciudad desde la primera hora del día. Y según avanzaba la jornada los bancos de niebla no se diluían, seguían oscureciendo las calles y las plazas, impidiendo ver más allá de nuestra nariz. Y llegaba la noche y ni en un momento habíamos gozado del brillo y del calor del sol.
Esos días pensaba que con la fe y con Dios ocurre lo mismo. Hay días, épocas, momentos, en los que no le vemos y su presencia se hace difícil de reconocer. Pero está, siempre está, lo notemos o no. Nadie duda que más tarde o más pronto acabara venciendo a la oscuridad y su poder, su brillo, su calor, su destello volverán a llenarlo todo de vida y de claridad. Y volveremos a tener perspectiva, disfrutando de los colores, huyendo del gris y del negro, con horizonte y con claridad a la hora de recorrer el camino. Todos nosotros atravesamos momentos críticos, calamidades que se van acumulando de forma no deseada. Hospitalizaciones, muertes cercanas de familiares queridos, ingresos hospitalarios, entrevistas con el jefe de recursos humanos que suenan a corredor de la muerte y a patíbulo… Llamadas de atención de tus superiores religiosos que suenan a castigo… Suplencias cuando te sentías titular indiscutible… Pero podemos confiar en aquel que nos acompaña y nos espera en todas las situaciones de nuestra vida. ¡Es tan bonito cuando aprendemos a mirar la vida con la esperanza y la alegría de que hay mil tesoros que nos esperan, que a lo mejor no son ni evidentes, ni apreciables a primera vista, pero que con paciencia y fe se reconocen con nitidez! Mil sorpresas que nos aguardan, en forma de palabras de aliento, de agradables sorpresas, de gratitud de las personas que nos rodean, de regalos imprevistos, de noticias alegres y que entusiasman…

Lo que Dios nos dice. «Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón, porque tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís mi gracia. Testigo me es Dios del amor entrañable con que os quiero, en Cristo Jesús. Y esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios». Flp 1,6-11. Estamos en el tiempo en el que nuestro amor tiene que seguir creciendo, al igual que nuestra alegría y nuestra sensibilidad. Es mentira que la vida se estanque, que siempre estemos igual, que no avancemos dando vueltas siempre a los mismos pensamientos y a los mismos temores. La belleza del camino recorrido se percibe con más claridad cuando lo contemplamos con la debida distancia. Metidos de llenos en los jaleos de cada día y en las respuestas inmediatas a las urgencias que se nos presentan es difícil observar cómo vamos dando pasos hacía la plenitud de la madurez en el amor.
El sábado por la mañana concelebré las bodas de oro sacerdotales de un amigo y al empezar la homilía visiblemente emocionado, frente a una asamblea que llenaba el templo, nos compartía el sacerdote que vivía con más gratitud e intensidad esta celebración de los 50 años de ministerio que el propio día que se ordenó. Porque cuando iniciamos el camino todo lo que tenemos son ilusiones, expectativas, imaginaciones. Con el paso del tiempo acumulamos experiencia, sabiduría, errores y aciertos, que nos llenan el corazón de pura vida y somos capaces de reconocer, con gratitud, que nuestra vida ha ido dando frutos, pequeños o grandes, eso no importa, pero mucho más abundantes de lo que nunca hubiéramos imaginado. «Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz». Rom 13,11-12. Una de las principales armas de la luz es la alegría, la humildad, el deseo de aprender… El no vivir con temor, rodeado de amenazas, sino con la espontaneidad propia de quien se siente en casa. «Os rogamos, hermanos, que apreciéis el esfuerzo de los que trabajan entre vosotros cuidando de vosotros por el Señor y amonestándoos. Mostradles toda estima y amor por su trabajo. Os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los apocados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos. Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal; esmeraos siempre en haceros el bien unos a otros. Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: esta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno. Guardaos de toda clase de mal. Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os llama es fiel, y él lo realizará». 1ª Tes 5,12-24.

Cómo podemos vivirlo. La palabra es muy concreta. Hay una invitación clara a mirar la vida de las personas que nos rodean, no en clave examinadora, viendo lo que hacen mal, sino en clave de gratitud, de reconocimiento y de valoración de los intentos reales que hacen por querernos. Ojalá apreciemos la cantidad de detalles de amor que la vida tiene con nosotros y que a veces pasan inadvertidos.

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El lenguaje de la cruz

Introducción. Cada vez que oigo las palabras evangelización, misión, anuncio o comunicación siento que se habla de algo muy cercano, importante y esencial en mí vida; algo que me constituye, que me identifica, que me surge desde lo más profundo del corazón… Y que, al mismo tiempo, se convierte en un reto, en una dificultad… en algo que no sabemos hacer demasiado bien, cuando muchísima gente rechaza abiertamente la religión: hostilidad explicita, aversión a todo lo sagrado y trascendente, desconfianza en las altas estancias eclesiásticas, sospecha de todo lo que supongan verdades absolutas. Son tiempos duros para anunciar una palabra muy pobre, muy sencilla, muy escuchada: que solo el amor sana y cura, que solo el perdón y la misericordia salvarán al mundo. Y se despierta el deseo más sincero de encarnar la mirada de cariño y de compasión que nos regala el Señor cuando pasaba entre los pueblos y las aldeas. Renovada la certeza que nace de la experiencia de que, cuando uno se siente enviado por Jesús, las puertas de los corazones se abren, sin resistencia, sin apoyarnos en fuerzas humanas, sino en el poder del Espíritu de Dios.

Lo que Dios nos dice. «Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos:-La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envié obreros a su mies». Mt 9,35-38. Compartir la buena noticia de Jesús sólo puede nacer de conocer a las personas a las que la vida nos asocia y de tener la seguridad que hay respuesta a todas sus necesidades en la forma de vida que nos ofrece la fe. La misión es cuestión de amor. La sinceridad de lo que vivimos y de lo que compartimos es lo que despierta la confianza de los que nos acogen.
«Porque anunciar el evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciará el evangelio! Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero si cumplo con un encargo que otro me ha confiado ¿dónde está mi recompensa? Está en que, anunciando el evangelio, lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la evangelización». 1ª Cor 9,16-18.
En estos días en Roma se han reunido los obispos en un sínodo sobre la Nueva Evangelización, expresión que utilizaba mucho Juan Pablo II y que Benedicto también señala como el principal reto que tiene la Iglesia de nuestro tiempo. Buscar ofrecer la experiencia de la fe, con un nuevo impulso, una nueva expresión, un nuevo ardor y un nuevo método. Creo que la preocupación de nuestra Iglesia es la misma que tengo yo. Cómo algo tan valioso, tan grande como la experiencia de conocer al Señor, su palabra, su vida, su amor, tiene tan pocos oyentes y seguidores. «El lenguaje de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios. Como está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes. ¡A ver! ¿Es que hay alguien que sea sabio, erudito o entendido en las cosas de este mundo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Sí, y puesto que la sabiduría del mundo no ha sido capaz de reconocer a Dios a través de la sabiduría divina, Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres». 1ª Cor 1,18-25. Nuestra forma de acercarnos a nuestro mundo debe desbordar de humildad y de sincera actitud de servicio. No podemos ir desde la superioridad de quien se siente poseedor de la verdad, considerando a todos los demás unos ignorantes. Nuestro mensaje es verdad en la medida que se vive, no que se sabe. La verdad solo se verifica en el amor. Si no soy capaz de amar a la gente a la que Dios me envía, es imposible que mi mensaje se acoja y se crea. Sólo el amor es digno de credibilidad y nuestra nueva evangelización será eficaz en la medida que nos insertemos, que nos interese de verdad lo que están viviendo nuestros hermanos, que nos preocupe y nos despierte las ganas de cuidar a la gente y lo que vive. «Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que viven bajo la ley de Moisés, yo, que no estoy bajo esa ley, vivo como si lo estuviera, a ver si así los gano. Con los que están sin ley, yo, que no estoy sin ley de Dios pues mi ley es Cristo, vivo como si estuviera sin ley, a ver si también a éstos los gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. Y todo esto lo hago por el evangelio, del cual espero participar». 1ªCor 9,19-23.

Cómo podemos vivirlo. La actitud de escucha, de cercanía, de ausencia total de juicios y de rechazos es algo que tenemos que integrar en nuestra vivencia de la fe. La vida nos ofrece innumerables ocasiones para ser testigos de nuestra experiencia del Señor. En el autobús, haciendo cola frente a alguna ventanilla, en la compra, o en el bar… Todo es terreno sagrado en el que podemos, con gratuidad y con ausencia total de interés, compartir gratis lo que hemos recibido gratis. Hablar de corazón del amor que diariamente recibimos de nuestro buen Dios. Ojalá que nos sintamos cada día más obreros de la mies.

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Cristo es la puerta de entrada para vivir la fe

Con motivo del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, el Papa, Benedicto XVI ha anunciado la celebración del Año de la Fe, que comienza hoy mismo.

El Concilio Vaticano II fue un acontecimiento del Espíritu que impulsó a la Iglesia a abrir sus puertas y ventanas para que todos sus miembros seamos más sensibles a los signos de los tiempos, a las necesidades de nuestro mundo y para permitir a todas las personas tomar contacto con lo esencial del mensaje de Jesús: el anuncio del reino del Padre en misericordia, perdón, justicia, compasión, amor y paz. Este anuncio se dirige a todos sin excepción y se condensa en la oración que Jesús dirige constantemente a su Padre y Padre nuestro. «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación». (Lc 11, 2-4)

Desde la perspectiva de los cincuenta años del concilio, y en el complejo contexto actual, el Año de la Fe es una invitación a fortalecer nuestra unión con Cristo en la cotidianeidad, en los tiempos de oración personal y comunitaria, en el ámbito de nuestras relaciones en una sociedad abierta y plural.

Para presentar el jubileo de aquel acontecimiento eclesial, el Papa ha escrito una carta apostólica titulada “Porta fidei”. La puerta de la fe siempre está abierta, esa puerta es el mismo Cristo. Él era un hombre accesible, cercano, tan tiernamente humano en su trato que quienes se encontraron con Él pudieron reconocer que era el Hijo de Dios. “Jesús les habló otra vez: -Os aseguro que Yo soy la puerta del rebaño… Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos… Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. (Jn 10, 7. 9)

Estamos invitados a adentrarnos en la relación con Jesús, a no andarnos por las ramas, a pasar de las palabras y los ritos a la experiencia verdadera de seguir al Maestro, a vivir nuestro compromiso misionero de creyentes con autenticidad, a intensificar el testimonio de la caridad. “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo y te vestimos?, ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicisteis”. (Mt 25, 37-40)

Durante esta semana han sucedido a mi alrededor muchas cosas; una ha sido la dolorosa y triste pérdida de un alumno y su padre en accidente de tráfico; otras son los pequeños encuentros de amistad inesperados. Algunas experiencias son gratificantes cuando ves a personas queridas felices, otras experiencias te hacen descubrir a alguien necesitado. Y para vivir todas las situaciones con fe, con sentido, con luz, necesito entrar por la puerta que es Cristo. “Por tanto, como elegidos de Dios, consagrados y amados, revestíos de compasión entrañable, amabilidad, humildad, modestia, paciencia; soportaos mutuamente; perdonaos si alguien tiene queja de otro; como el Señor os ha perdonado, así también haced vosotros. Y por encima de todo el amor, que es el broche de la perfección. Actúe de árbitro en vuestra mente la paz de Cristo, a la que habéis sido llamados para formar un cuerpo. Sed agradecidos. La Palabra del Mesías habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría. Con corazón agradecido cantad a Dios salmos, himnos y cantos inspirados. Todo lo que hagáis, de palabra o de obra, hacedlo invocando al Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él.” (Col 3, 12-17)

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