Espíritu Santo

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2013

La fiesta de Pentecostés sólo la podemos entender desde el acercamiento al clima de desesperación que vivían los primeros amigos de Jesús después de verle muerto en la cruz y sepultado y después de darse cuenta de que había motivos para la esperanza. «Parece que vive pero no entendemos nada». Y es que, tras la gran decepción, no querían volver a hacerse ilusiones.

Esa actitud es muy humana. No quiero volver a poner mi esperanza en otro proyecto que, si no sale bien, me va a decepcionar tanto. Pero el Espíritu Santo, como el amor, no piden permiso para llegar. Entra con todo el estruendo como una experiencia difícil de definir pero muy humana y muy fácil de sentir.

El Espíritu es el consuelo, el descanso, el dinamismo, el impulso, el cambio de velocidad… Situaciones que cambian el nivel de percepción, que abren un sentido nuevo. El Espíritu es el alfarero que, desde dentro, nos va cambiando.

Eso pasa muy claramente con la vocación. A veces, tras la llamada de Dios, se siente un fuego en el interior que se intenta apagar con toda la fuerza, pero no se puede aplacar porque Dios ya nos ha seducido.

El Espíritu Santo es el amor de Dios que supera nuestros noes. El no dicho a Dios supone una dosis extra de creatividad por su parte.

Pentecostés significa que, si queremos, el Espíritu Santo logra la comunión. La música nos ayuda a entenderlo. Los diferentes instrumentos son una pluralidad, son muy diferentes unos de otros, pero, cuando todos suenan al ritmo que marca el director, se consigue transmitir armonía. Es todo lo contrario a la cacofonía, cuando cada uno va por su lado. Si cada uno de nosotros vive al servicio de los demás se crea la comunión.

Ojalá que gritemos desde lo más profundo del corazón «ven espíritu santo», llena mi corazón, líbrame de mis miedos, que mis noes no sean la última palabra, que abras las puertas y llenes nuestra vida.

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2013

Evangelio según San Juan

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos, y yo rogaré al Padre y os dará otro Protector que permanecerá siempre con vosotros. Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Entonces vendremos a él para poner nuestra morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras; pero el mensaje que escucháis no es mío, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho todo esto mientras estaba con vosotros. En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre os va a enviar en mi Nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho.

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Buscando las cosas de arriba

Introducción. Que fácil resultaría nuestra vida si desde el mismo momento de nacer tuviéramos inscrito un código de barras o una etiqueta en la que se definiese cuál es nuestro papel en el mundo, nuestra vocación, nuestra identidad. Vivir felices sería tan fácil como leer la etiqueta y desde niños potenciar y entrenar lo que nos hubiera tocado. Si es jardinero, rodearnos de semillas, de tierra, de herramientas… Si es químico, de un laboratorio. Y si es camarero, de botellas, copas y platitos llenos de cacahuetes y gambas. Nos evitaría esa difícil tarea de construir toda nuestra vida a golpe de decisiones, de elecciones, de fracasos y éxitos, errores y aciertos que nos van definiendo.
Pero lo cierto es que no es así. Nadie nace determinado, predestinado o diseñado para ser tal o cual cosa. Nuestra vida es el regalo increíble, único, irrepetible, al que tenemos que prestar atención para desarrollar todas las capacidades que nos han sido dadas. De los millones de personas que han recorrido nuestro mundo nunca nos vamos a encontrar con una como nosotros. Podemos tener ciertos parecidos, sintonía, química, llevarnos bien, pero nunca vivimos las mismas circunstancias, las mismas familias de origen o no afrontamos de la misma manera las alegrías o las tristezas.
Tenemos por delante una tarea inevitable, que no podemos aplazar, y es la de descubrir cuáles son los talentos que hemos recibido, y cuáles son las mejores circunstancias para ser dichosos, para rendir al máximo nuestros talentos y capacidades al servicio de los demás. La fe nos ayuda muchísimo para encontrar respuestas a esas preguntas ineludibles a lo largo de la vida. Nos vamos construyendo a golpes de libertad, de decisiones, de riesgos. Con todos los aciertos y los errores propios de nuestra libertad. Sería mucho más fácil reproducir en nuestras vidas los comportamientos heredados, sin preguntarnos, sin cuestionarnos, pero nuestra personalidad se niega a ser una copia, un clon, sin opinión, sin criterios propios. Y ahí es donde aparece la maravillosa individualidad. Ahí es donde aparece el misterio de la libertad y del amor acompañado de Nuestro Dios.

Lo que Dios nos dice. «Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: Este es mi hijo amado, en quien me complazco». Mt 3,16-17. Jesús también fue recorriendo el camino de ir descubriendo progresivamente cuál era su identidad, como nosotros hasta llegar a vivir con la identidad nueva que Dios le regaló: ser hijo amado. «Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Mt 17,5. Es el Espíritu el que nos desvela la verdad más profunda sobre nosotros mismos, sobre Dios, sobre el futuro sobre todo lo que a nosotros se nos vuelve misterio, difícil de entender. Es el Espíritu el que lo traduce de forma comprensible y clara. «Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios. Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio». Rom 8,26-28. Esa confianza hace que nos podamos desplegar de una manera insólita, sin miedos ni temores. Saber quién soy, hijo amado y deseado de Dios, ayuda mucho en los discernimientos de nuestra vida. Nos aleja de las orfandades, de las soledades, de los complejos, de las faltas de autoestima. Porque las decisiones que tomamos nunca son neutrales: o nos hacen crecer en unos frutos de vida y de dicha o nos hieren y nos meten en círculos destructivos que nos entristecen y afean.
«Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con él. Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. Por sus frutos los conoceréis». Mt 7, 13-20. Los frutos son lo más auténtico que damos las personas y que sembramos en los corazones. Los frutos no son la apariencia, no son los títulos, los logros, la imagen externa que proyectamos. Jesús habla de lobos con piel de oveja. Personas que se esfuerzan por aparentar una cosa y en lo profundo son otra. Sepulcros blanqueados que llevan herrumbre en lo más profundo aunque están cargadas de buenas y bonitas palabras. «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis». Mt 21,31-32.

Cómo podemos vivirlo. «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios». Col 3,1-3. Se termina el tiempo de Pascua, recibimos al Espíritu en Pentecostés, para no vivir ya como esclavos o como hijos pródigos fuera del hogar, sino como hijos muy amados, muy cuidados, muy acompañados por el amor de Dios del que nadie nos puede separar.

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Audio-homilía: Tentaciones de Jesús

Es tranquilizador saber que Jesús sintió hambre. Si, después de cuarenta días sin comer, no hubiera tenido hambre, sería un robot, alguien incapaz de entendernos.

Las tentaciones nos demuestran que estamos incompletos e inacabados. No somos autosuficientes. Somos hambrientos y sedientos de muchas cosas: de amor, de valoración… Nuestro corazón está permanentemente hambriento. Y eso no es negativo. Lo que pasa es que a veces nos buscamos atajos y sucedáneos para saciar nuestra sed y nuestro hambre. No se trata de no tener sed, sino de saber en qué manantiales nos podemos saciar.

Muchas veces nos peleamos por migajas, cuando lo que somos desde el bautismo (hijos amados de Dios) es lo más grande que hay. Los honores, las comparaciones, las placas… ¡son tan efímeros! San Francisco de Asís nos dio un grandísimo ejemplo de todo esto.

También el Papa, Benedicto XVI, nos ha enseñado esta semana que todo tiene un principio y un fin, que quien tiene el poder no es para recibir honores, sino para servir, para lavar los pies a los demás.

Otra de las tentaciones que sufrimos a menudo es la del placer. Los placeres tampoco son negativos en sí mismos: son un regalo que Dios hace a la humanidad. Dios es festivo, le gustan los placeres y nos los brinda de forma generosa… pero que nuestro objetivo último sea coleccionar placeres nos lleva al desorden porque nos exclaviza y nos hace esclavizar a los demás.

Y, por último, está la tentación de la riqueza: pensar que cuando más tenemos más felices somos. Y en realidad, cuanto más tenemos, menos libres somos. Cuanto más pobres somos, más necesitamos de los demás, más amados somos…

Con todas las tentaciones, el demonio tentador nos cambia a menos lo que Dios nos propone a más. Dios nos propone autenticidad y nosotros nos buscamos sucedáneos. Y no es lo mismo la denominación de origen que la marca blanca.

Podemos seguir buscando nuestras pequeñas dosis de alegría, pero la alegría que nos quiere dar Dios es inigualable.

Jesús no tuvo tentaciones una sola vez en su vida. Todos vivimos en un permanente estado de tentación. En cada paso de nuestra vida, podemos elegir entre la generosidad o el egoísmo, entre la crítica o la gratitud… Ojala que en esta Cuaresma nos ayudemos a vivir como Jesús nos enseña.

Audio-homilía: Tentaciones de Jesús

Evangelio según San Lucas

Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre.
El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan».
Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto».
Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios».
Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

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Audio-homilía: Cuarto Domingo de Adviento 2012. La Visitación

Este evangelio es absolutamente femenino. Las protagonistas son dos mujeres que han experimentado en lo profundo de su corazón que Dios les ha hablado y que ha obrado en ellas un milagro.

Las experiencias de Dios no son privadas, ni íntimas, ni son para guardarlas. La fe se fortalece y se multiplica compartiéndola.

María, en lugar de que su estado le haga volverse centro de todo lo que ocurre y dedicarse a cuidarse, se ve impulsada a ir al servicio y a la ayuda de su prima Santa Isabel. La distancia de Nazareth a Ein Karem es muy grande y la Virgen se aventuró a recorrerla a toda prisa. Este evangelio nos demuestra la prontitud de María y su agilidad para olvidarse de ella y vivir al servicio de los demás.

El amor tiene mucho de ir al encuentro, de creatividad, de espontaneidad.

Por su parte, Isabel hace un ejercicio tremendo para acoger a María. También se olvida de sí misma, para acoger la alegría de María.

Observamos cómo un encuentro de dos primas se convierte en manifestación de Dios. La cotidianeidad es un momento de transmisión del Espíritu. Estas navidades pueden ser manifestación de Dios en todo lo cotidiano que hacemos. Nuestra vida está llena de manifestaciones de Dios, pero estamos tan centrados en nosotros mismos que no descubrimos la maravilla de lo que pasa por fuera. Hay mucho amor en el mundo, pero hay que tener ojos para disfrutarlo y valorarlo. No hacen falta milagros extraordinarios para reconocer que recibimos mucho amor de Dios.

Vivamos un ambiente de acogida y sorprendidos de cómo Dios, de lo más cotidiano, es capaz de obrar el milagro de su manifestación. Ojalá que nos alegremos de las alegrías de los demás. Hay mil instantes y lugares en los que podemos ser visitación. Tenemos un montón de razones para la alegría y para alegrar la vida de los demás.

Audio-homilía: Cuarto Domingo de Adviento 2012. La Visitación

Evangelio según San Lucas

En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?
Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno.
Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

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Un retiro, una experiencia de encuentro: “Señor, enséñanos a orar”

Los discípulos acompañaban a Jesús y le veían dedicar muchos ratos a la oración; uno de ellos le pidió que les enseñara a orar. La oración cristiana por excelencia es el Padrenuestro, su contenido no es una devoción sino todo un estilo de vida, un modo de ser y relacionarse. “Una vez estaba en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: —Señor, enséñanos a orar. Jesús les contestó: —Cuando oréis, decid: Padre, sea respetada la santidad de tu Nombre, venga tu reinado; danos hoy el pan de mañana; perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba”. (Lc 11, 1- 4)

He empezado a escribir este post en medio de unos días de retiro en un ambiente propicio para el silencio, la oración y el descanso. Las casas religiosas dedicadas a ofrecer retiros y ejercicios espirituales suelen tener espacios libres con jardines, algunas incluso están en entornos naturales que ayudan para pacificar el ánimo y encontrarse a fondo con Dios.

Del mismo modo que en el Evangelio vemos a Jesús dedicando tiempos largos a la oración, en nuestra vida descubrimos la necesidad de cultivar nuestra espiritualidad, de orar. La expresión “ejercicios espirituales” puede sonar a algunos como cosa de curas y de monjas, pero no es así. Hay grupos abiertos donde pueden participar matrimonios, personas seglares solteras o viudas, jóvenes… Se trata de encontrar la oportunidad de dedicar unos días para descubrir a Dios en la propia vida y adentrarnos en su amor misericordioso.

Otra reacción que puede producirnos el pensar en unos ejercicios espirituales es que hemos de hacer algo complicado o extraño, sin embargo santa Teresa decía que orar es sencillamente “hablar de amor con quien sabemos que nos ama”. Para ello, y a pesar del silencio, la persona no está sola pues en los grupos suele haber uno o dos acompañantes que guían en el modo de hacer oración; y además el creyente tiene la ayuda del Espíritu Santo.

Me han dicho en estos ejercicios que todos nosotros somos ejercitantes. Estamos constantemente haciendo algún ejercicio: para respirar, andar, hablar… En definitiva, para cualquier actividad física o mental nos ejercitamos; del mismo modo nuestro espíritu necesita un entrenamiento, una puesta a punto. El ejercicio de nuestro espíritu es la vida de fe que se nutre de la oración y la relación personal con Dios a través de su Palabra y de los sacramentos. Los efectos beneficiosos de este ejercicio son los frutos de paz, de conversión, de esperanza y de amor que se dan en nosotros y a nuestro alrededor.

Existen espacios y páginas en Internet en las que se dan a conocer lugares bonitos para visitar y para realizar actividades lúdicas y de ocio. Mi experiencia de estos días de retiro me ha impulsado a animar a todos los que tengan la oportunidad para dedicar unos días a esta experiencia y a encontrar en su vida diaria un poco de tiempo para orar. Se puede seguramente encontrar información sobre posibles grupos para participar en las parroquias y en algunas comunidades cristianas.

Dios, nuestro Padre, tiene tantos caminos como personas para llegar a nosotros del modo que más lo necesitamos, pero respeta nuestra libertad y espera el momento en que nosotros queramos acogernos a su Amor. “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: —A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: —Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: —Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: —Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: —Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado. Le contestó: —Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”. (Lc 15, 11- 32)

Un retiro no trae la solución inmediata a nuestras preguntas y dificultades, ni nos vuelve unos angelitos; sin embargo nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestro Creador. Tampoco la oración es un rato de bienestar como huída intimista de la realidad. Lo cierto es que de ese encuentro personal que se hace diálogo de confianza y amistad, sales siendo tú mismo pero renovado porque el contacto con el Señor te hace volver a la vida diaria enfocándola con la luz y la fuerza de su Amor por ti. Como decía Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid la puerta a Cristo”.

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