Espíritu Santo

Audio-homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad

A nuestra mente espacio-temporal se le escapan un montón de cosas. Y una de ellas es el misterio de la Santísima Trinidad. Pero no se trata de acercarse a este dogma como una realidad estática, sino reconociendo lo que es capaz de crear el amor cuando une a varias personas.

Es muy fácil entender la Santísima Trinidad pensando en las familias. Cualquier esposo o esposa con 16 o 17 años no tenían idea de la realidad que viven actualmente. Por aquel entonces, puede que hubiera sueños, pero no había nada de sus proyectos de vida actuales… La vida nos anima a salir de nosotros mismos. En la pareja, dos realidades independientes, por amor, logran vivir cambiando su objetivo de vida, de modo que ya no son un yo y un tú, sino un nosotros.

El amor trinitario tiene mucho que ver con ese salir de uno mismo, con ese poner el amor al servicio de los demás. El Padre (creador, padre, puro amor y misericordia) manda a lo que más ama (su Hijo Jesús) a la Tierra a mostrar al hombre que tiene un lugar en la fiesta del Cielo, en el banquete de la eternidad. Ninguno de los dos se paran a mirarse con complacencia y amor el uno al otro. Y el Espíritu Santo es el que posibilita el milagro de que nosotros, que somos todo fragilidad, tengamos la misma identidad de nuestro padre Dios.

Un matrimonio no es un uno más uno que da lugar a dos, sino un uno y un otro que crean algo nuevo: la familia. Y los hijos, pese a provenir de sus padres, no son sus posesiones.

El dogma de la Trinidad nos invita a la acción dinámica de crear la comunión. Y eso pide escuchar mucho y huir de la soberbia. La Trinidad es un nosotros cada vez más grande y un tú y un yo cada vez más pequeños.

Para entender la Trinidad no hay que ir al cielo, hay que descubrir lo que logra ambientes de amor cerca de ti. Todo lo que crea comunión es Trinidad.

Audio-homilía: Solemnidad de la Santísima Trinidad

Evangelio según San Juan

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

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Ven y renueva la faz de la tierra

Introducción. El gran don del Espíritu Santo lo derrama Dios siempre que lo humano llega a su límite y cuando ya no sabemos ni podemos hacer nada. Dios, que es grande en su misericordia y en su compasión, se dispone a abrir puertas y ventanas, caminos que nadie conocía. Todo al servicio de la salvación de los hombres, para que se manifieste de una manera clara a nuestros propios ojos y a los ojos de los demás que la humanidad recibe la vida de Dios, que no somos ni autosuficientes ni autónomos. “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo”. 1ºCor 12, 3.
El pueblo judío quería salir de Egipto, la tierra de la esclavitud. El clamor de los oprimidos llego a los oídos de Yahveh. Moisés saca al pueblo de noche. Van raudos, ligeros de equipaje, pero sus sueños se ven truncados porque el mar aparece delante de ellos como un obstáculo infranqueable. Sube la tensión. Por un lado, el faraón y sus ejércitos de muy mal humor, por el otro, el mar y, cuando se mascaba la tragedia y Moisés se sentía incapaz de cumplir su misión, el Espíritu se acerca a la situación, separa las aguas y abre caminos nuevos de salvación.
Es imagen de cómo a lo largo de la historia podemos activar nuestra confianza y nuestra seguridad en que para Dios nada es imposible y en que, apoyados en Él, somos capaces de todo. Por eso Pentecostés es la fiesta de los pobres, de la humanidad humilde que se ve desbordada, que se ve superada por los acontecimientos. La comunidad rota, desanimada, miedosa, se reúne junto a la única que mantiene viva la esperanza en que las promesas de Dios nunca fallan: María, nuestra madre. Y el fuego de Dios se posa en las mentes y en los corazones de los apóstoles: luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Y comienza una nueva era, un tiempo nuevo. La misión de la Iglesia se pone en marcha y, desde aquel origen dubitativo y temeroso, llegamos hasta la actualidad con XXI siglos de fidelidad al servicio de una palabra que sana, que cura, que libera.

Lo que Dios nos dice. Al Espíritu no se le define, ni se le atrapa intelectualmente. Las imágenes que le describen tienen algo en común: dinamismo, movilidad, llamas de fuego, aliento de Dios, viento, suave brisa, paloma que levanta el vuelo, insinuación, sueño, impulso, intuición. Al Espíritu no se le entiende, se le experimenta, se le escucha, se le obedece. Es el gran desconocido de la Trinidad, pero es el que más cerca está de cada uno de nosotros. Como el corazón en el cuerpo (que no lo vemos pero que es imprescindible y sin él no podríamos vivir), del mismo modo el Espíritu se mantiene discreto, fuera de los focos, con una presencia cercana y desapercibida, pero que posibilita que seamos y vivamos como hijos de Dios.
“Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente”. Ap 21,3-6
La gracia de Dios nos da su aliento de vida. Es el beso de Dios capaz de animar el barro inerte. Es el viento de Dios que provoca estruendos en la historia de la humanidad, cambios imprevisibles, sorpresas que nos desbordan, pero que es capaz de transformar un valle lleno de huesos secos en un ejército de personas vivas.
“Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros”. Rom 5,3-8.
Tiempo del Espíritu que nos llena de alegría, de fortaleza, de sus frutos, que nos convierte en profetas y en amigos de Dios. La fiesta de los pobres que abren sus manos y suplican, la fiesta del los desorientados, de los perdidos, de los ciegos, de los presos, de los miedosos, la fiesta de la Iglesia envejecida que vive en la seguridad de que Dios no la va a dejar huérfana. No es tiempo de llorar, es tiempo de luchar y de amar la libertad.

Cómo podemos vivirlo. Cuando menos podemos, cuando más exhaustos nos sentimos, la respuesta de Dios se nos presenta sorprendente y liberadora. No es la exigencia, sino la generosidad. Derrama su amor, lo desborda, no lo da calculando o en cuentagotas, sino que actúa de forma abundante y generosa. Donde abunda el pecado sobreabundan la gracia y el amor. De aquel pequeño cenáculo que reunía las pocas fuerzas y las pocas certezas de unos discípulos asustados, llegamos a la pluralidad, a la universalidad, a la creatividad, a la cantidad de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí mismos, hasta construir el templo vivo de la Iglesia.
“Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo”. 1ª Ped 2,4-5.

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Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Con la Solemnidad de Pentecostés concluye el tiempo de Pascua, cincuenta días en los que hemos acompañado al Jesús resucitado en el proceso de devolver la confianza a esos apóstoles miedosos, a esa comunidad rota y fragmentada y a esas personas que habían experimentado la decepción en el corazón. Tras la crucifixión, cada uno experimentó la necesidad de salvar su propio pellejo, de desperdigarse y la Virgen María, de forma callada y constante, los fue reuniendo.

La Pascua finaliza con la reconstrucción de esa comunidad. En Pentecostés, Jesús les hace a los suyos un “update”, una actualización: empiezan a entender todo y adquieren “luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad”, como decía San Ignacio de Loyola.

El Espíritu Santo es dador de luz, de fuerza y de sus sagrados siete dones (don de ciencia, don de piedad, don de temor de Dios, don de fortaleza, don de sabiduría, don de inteligencia, don de consejo).

El Espíritu Santo es el transportista de la Trinidad, es el que nos acerca a Dios a nuestra cotidianeidad. Es la fuerza de Dios que aterriza en la humanidad, transformando el caos en cosmos.

El Espíritu Santo hace revivir las situaciones secas de ruptura, de conflicto, de falta de amor, de poca conciliación. El Espíritu Santo es el constructor de la comunión.

Cuando nos centramos en nosotros y no cedemos a la comunión no nos entendemos. Pentecostés es la respuesta de Dios a Babel (cada uno mirando por sí mismo). Pentecostés es el milagro de que, cuando todos estamos habitados por el Espíritu, somos capaces de hablar en el lenguaje universal que entiende todo el mundo: el lenguaje del amor. No nos entendemos con el egoísmo y la imposición, sino con el amor, la comunión y el servicio.

Espíritu Santo es la firmeza de las apuestas que Dios hace por cada una de nuestras vidas.

Ojalá que nos sintamos así con un Señor que nos libra de la sequedad, que es capaz de devolver la vida a las situaciones muertas y que pone en el caos todo el cosmos y el orden de su amor.

Audio-homilía: Solemnidad de Pentecostés 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con vosotros!”.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros”.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Recibid el Espíritu Santo. A los que les perdonéis los pecados les quedan perdonados y a los que se los retengáis les quedan retenidos”.

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Audio-homilía: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

Jesús nos prepara para los cambios, las pérdidas y las mudanzas que la vida nos trae.

Hay momentos en la vida que nos va todo tan bien que nos gustaría hacer una foto y que todo se quedara así. Pero la vida no es así… la vida es dinámica. No se pueden perpetuar ni los momentos buenos ni los malos.

En este evangelio Jesús nos dice no temáis si me voy, si hay perdidas o cambios, si se os caen personas o instituciones que pensábais que son inamovibles.

Y, al mismo tiempo, nos recuerda la necesidad de apoyar nuestras vidas en un pilar sólido: el Espíritu Santo que vive en nosotros. El otro defensor: el que cuida de ti, el que te vigila, el que te guarda la espalda, el corazón y el cerebro. El que te permite vivir tranquilo y sin miedos.

Puede que todo falle, pero tenemos la certeza y la confianza de que Dios no nos falla.

Jesús les dice a sus apóstoles que se va, pero les prepara para un amor diferente, que no es posesivo; un amor sereno, que no ahoga…

El Señor confía tremendamente en nosotros cuando nos abandonamos en las manos del Espíritu Santo. “No os voy a dejar huérfanos”. Estaré “siempre con vosotros”.

Audio-homilía: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

Evangelio según San Juan

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si vosotros me amáis, cumpliréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros, en cambio, lo conocéis, porque él permanece con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí y yo en vosotros. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.

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La santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Placa de recuerdo de la peregrinación de San Juan Pablo II a la Tumba del Apóstol Santiago en la Catedral de Santiago de Compostela

Con motivo de la canonización de Juan XXIII, el Papa Bueno, y de Juan Pablo II, el Grande, me llama la atención que se den las dos a la vez y en una fecha señalada como es el domingo de la Divina Misericordia. En el evangelio de este domingo de Pascua vemos cómo Jesús, con su gran misericordia y su amistad, le da a Tomás una segunda oportunidad para creer en su Resurrección. Conmueve la cercanía de Jesús que se deja tocar en sus heridas si con eso le da fuerza a su amigo y discípulo. Así era el maestro durante su vida y también después de la Resurrección. “Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: ‘Paz con vosotros’. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: ‘Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros’. Dicho esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los mantengáis les quedan mantenidos’. Tomás, que significa Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: ‘Hemos visto al Señor’. Él replicó: ‘Si no veo en sus manos la marca de los clavos y no meto el dedo por el agujero, si no meto la mano por su costado, no creeré’. A los ocho días estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús a puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: ‘Paz con vosotros’. Después dice a Tomás: ‘Mete aquí el dedo y mira mis manos; trae la mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, antes cree’. Le contestó Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’” Jn 20, 19-28
No creo que la celebración de estas canonizaciones en el domingo en el que Jesús resucitado nos quiere enviar como misioneros de misericordia, de esperanza y de amor sea casual pues estos dos Papas fueron verdaderos apóstoles, cercanos al Señor y las personas afirmando su dignidad como hijos de un Dios Padre de todos.
Juan XXIII fue el Papa que convocó el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia se abría al mundo entero para anunciar la fe, la esperanza, la caridad, el amor de Dios y a los hermanos y así ayudar a alcanzar la paz del Señor, por la gloria de Dios y de los hombres de buena voluntad.
Unida a la canonización de Juan XXIII, que fue Papa entre los años 1958 y 1963 y que destacó por su corazón bondadoso y pacífico; la de Juan Pablo II, el Papa que vino de un país lejano y quiso abrazar a todos los países y continentes en sus viajes anunciando a Jesucristo como el Señor de la historia. En su largo pontificado, desde 1978 al 2005, llamaba a todos, y muy especialmente a los jóvenes, al compromiso con el bien de la humanidad que necesita encontrar a Dios para encontrar su verdad y su plenitud.
A Juan XXIII y a Juan Pablo II el Señor les llamó a una misión de cercanía a Él para guiar a la Iglesia como portadora de la Buena Noticia del amor de Dios. Imagino que con cada uno de ellos Jesús tuvo un diálogo parecido a aquel que tuvo con Pedro: “Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis corderos’. Le pregunta por segunda vez: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?’. Le responde: ‘Sí, Señor, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le pregunta: ‘Simón hijo de Juan, ¿me quieres?’. Pedro se entristeció de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero’. Jesús le dice: ‘Apacienta mis ovejas’”. Jn 21, 15-17. Ellos dieron su respuesta y nos han mostrado que la santidad está en amar a Cristo como Él quiere ser amado: amarlo en cada ser humano acogiéndolo como a un hermano o a una hermana, con respeto, misericordia y compasión. Porque “si quieres amar a Cristo… extiende tu amor a todo el mundo”. San Agustín
Gracias a la Iglesia que nos da a estos dos grandes Papas, Juan XXIII y Juan Pablo II, como santos inspiradores e intercesores a favor nuestro.

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