esperanza

Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)

Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.

La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…

Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…

Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…

A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.

Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.

La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.

Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?

Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.

El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.

¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?

Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.

Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.

Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.

Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.

Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.

Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.

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Adviento: tiempo de acogida, acción de gracias, paz y alegría

Iluminando la esperanza

Iluminando la esperanza

Ayer iniciábamos el tiempo de Adviento. El sábado un grupo de personas de la fraternidad misionera Verbum Dei nos reuníamos para celebrar un retiro y preparar este periodo de esperanza.

Me gustaría compartir con todos vosotros algunas reflexiones de aquella jornada que pueden ayudarnos a crear el mejor ambiente posible para la llegada de Jesús a nuestros corazones, a nuestras vidas.

– El Adviento es espera. Cuando se espera a alguien deseado, la ilusión es patente y se prepara todo para que esté perfecto. Y cuanto más anhelamos algo, mayor es la ilusión de la espera… ¿Estamos verdaderamente ilusionados con la llegada de Jesús? ¿Esperamos de verdad su venida?

– Dios nos habla de múltiples formas, a través de su palabra, en nuestra vida, por medio de otras personas, en las más diversas situaciones… pero a veces estamos tan despistados, tan preocupados con otras cosas que no percibimos, ni somos capaces de interpretar los signos de nuestra propia vida. Este tiempo nos invita a vivir atentos, en un estado de escucha activa permanente, en diálogo constante con Dios… Este estado de atención permanente nos permitirá mejorar nuestra relación con el Señor y, al mismo tiempo, nos hará valorar más esos pequeños detalles del día a día.

– Todos los cristianos tenemos vocación misionera. Debemos ser testigos de Jesús cada uno en nuestro entorno, en nuestro ambiente… Y la mejor forma de dar a conocer a Jesucristo hoy es con el testimonio: con nuestra vida, con nuestra actitud… Esto requiere un compromiso activo con nuestra fe: debemos vivir con hondura y profundidad, poniendo a Dios como guía de nuestros comportamientos y actitudes.

Actividad para Adviento

Y, para acabar, os propongo un ejercicio que nos planteábamos en el retiro del sábado: hagamos nuestra propia Corona de Adviento. Puede ser real o virtual, podemos hacerla en solitario o en familia.

Os propongo recorrer el camino del Adviento en cuatro etapas. Se trata de que durante las cuatro semanas de Adviento trabajemos de forma preferente cuatro actitudes, una por semana. Es una buena manera de preparar “nuestros pesebres” para acoger la esperanza que nos llega.

Así, podríamos concentrarnos en esta primera semana (desde hoy mismo hasta el próximo sábado, día 4) en la Acogida: ofrecer a los demás nuestro apoyo, nuestra aceptación, nuestra comprensión. En la segunda semana (desde el domingo 5 al 11 de diciembre), nos centraríamos en la Acción de gracias: valorar esas pequeñas grandes cosas que damos por asumidas en nuestra vida, en la convivencia diaria, con nuestra pareja, con nuestros padres, con nuestros hijos, con los compañeros, con los amigos… y dar gracias por todas ellas. En la tercera semana (del 12 al 18 de diciembre), pondríamos el foco en la Paz: empezando por estar en paz con nosotros mismos y llevando esa paz y esa serenidad a los ambientes en los que nos movemos. Y finalizaríamos (del 19 al 24 de diciembre) con la Alegría.

No es una mala hoja de ruta para incorporarla a nuestra vida y, desde luego, no es una mala forma de preparar el camino al Señor.

La Acogida, la Acción de gracias, la Paz y la Alegría serán las velas simbólicas (si queréis, también reales) que iremos encendiendo en estas cuatro semanas. Nosotros pondremos la mecha con nuestra actitud. La cera inagotable nos la garantiza Dios mismo. Y la llama que consigamos mantener encendida será la esperanza que ilumine nuestro camino y el de los demás en este tiempo de incertidumbres.

¡Feliz Adviento! Pongámonos en camino…

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La belleza de lo apocalíptico

Sol de medianoche en Cabo Norte (Noruega)

Sol de medianoche en Cabo Norte (Noruega)

Introducción. Estamos llegando al final del año litúrgico, y con él estamos acercándonos a unos evangelios que pertenecen a un género bíblico que nos cuesta leer, asimilar, entender y aplicar a nuestras vidas. Lo apocalíptico, que significa el desenlace final, el fin de algo, la llegada de lo definitivo. Son evangelios que están escritos con un fin esperanzador e ilusionante, aunque en una primera lectura nos provocan rechazo, desasosiego y temor.

Lo que Dios nos dice “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra la angustia se apoderará de los pueblos, asustados por el estruendo del mar y de sus olas. Los hombres se morirán de miedo, al ver esa conmoción del universo; pues las potencias del cielo quedarán violentamente sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación”. Lc 21,25-28.

“Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos y, en diversos lugares, hambres, pestes, apariciones terroríficas y grandes portentos en el cielo. Pero antes de todo eso, os echarán mano y os perseguirán, os arrastrarán a las sinagogas y a las cárceles, y os harán comparecer ante los reyes y gobernadores por causa de mi nombre. Esto os servirá para dar testimonio. Haceos el propósito de no preocuparos por vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrá resistir ninguno de vuestros adversarios. Seréis entregados incluso por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y a algunos de vosotros os matarán. Todos os odiarán por mi causa. Pero ni un cabello de vuestra cabeza se perderá. Si os mantenéis firmes, conseguiréis salvaros”. Lc 21,10-19.

El futuro que nos predice Lucas, el mismo evangelista que nos narra la parábola del hijo pródigo, es aterrador. Se parece más a un argumento de una película de Rob Zombie que a las palabras que Dios dirige a sus hijos, sometidos a fuertes exigencias, presiones, fatigas y desdichas. Y precisamente es su realismo lo que le da credibilidad y son las palabras que despiertan las esperanzas que nuestras vidas necesitan. Sería más fácil que Dios nos dijera lo que queremos escuchar. Quien me siga tendrá una vida dichosa, feliz, de triunfo, de éxito, de riqueza, de logros profesionales… Rodeado de amor, de lujo y de fama… Esa es la publicidad de los ritos mágicos, de las cadenas de mails y de los horóscopos. Pero la fe en Dios no es brujería, es una relación de amistad, en la que el amigo avisa a su amigo de lo que pasa en la vida, de lo que puede suceder. Y advierte de la forma en cómo se puede superar. Lo que nos dice el evangelio es verdad. Nuestra vida vive momentos de tranquilidad, de estabilidad, de calma. Y también momentos de tormenta, de tempestad, de tristeza crónica, de miedo y de pavor frente a un futuro incierto. Y tenemos que aprender a vivir y a acoger los dos. “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica, es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Sin embargo, el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica,  es como aquel hombre necio que edificó su cada sobre arena. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, se abatieron sobre la casa y ésta se derrumbó. Y su ruina fue grande”. Mt 7,24-27. En nuestra vida hay muchas apocalipsis, muchos finales de cosas, muchas tormentas que golpean la estabilidad de nuestra vida. Es un final dejar la casa de tus padres para empezar un proyecto lejos de la estabilidad y de la confianza. Es apocalipsis dejar un trabajo y una actividad y lanzarnos al vértigo de lo nuevo y de lo desconocido. La vida está llena de finales que nos entristecen, pero que siempre nos ofrecen un camino nuevo por recorrer. Si cada vez que termina algo nos quedamos paralizados por el temor y por la tristeza, nos perderíamos muchísimas cosas interesantes de nuestra vida que han ocurrido después de que algo se acabara. Por eso todos los textos nos invitan a mirar de frente la posibilidad de que todo lo que ahora constituye nuestro tesoro y todo lo que ahora llena nuestro corazón lo podemos perder en cualquier momento. Perdemos a las personas o por la distancia, o por la muerte, o por que deciden irse con otros. Es así. Perdemos los talentos y las habilidades. Basta mirar a gente que ha sido referencia para nosotros con demencias, parálisis y olvidos. Perdemos amistades, patrimonios, prestigios y la salud; pero lo que nunca podremos perder es el amor que llena nuestro corazón. “Nada nos podrá separar del amor de Dios”. Rom 8,39. Y ese es el tesoro, la roca y la estabilidad siempre nueva que nos ofrece la fe. La presencia del Dios que nos lo da y regala todo.

Cómo podemos vivirlo. Y esa presencia se percibe con más claridad justo cuando todo se desmorona a nuestro alrededor. Cuando todo nos va bien es complicado identificar la fuente de nuestro gozo, porque está muy repartida y pueden ser tantas cosas las que me alegren el día.  Me va bien porque soy joven, rico, aclamado, arropado y triunfador. Pero en la vejez, en el olvido, en la soledad de un hospital o de un centro psiquiátrico… Cuando todos se van y te dejan sólo, ahí aparece con una claridad diáfana la presencia de Jesús resucitado, que con cariño nos recuerda que Él está. Que no se mueve. Que no nos deja ni nos abandona. La belleza de lo apocalíptico se percibe cuando se experimenta. Cuando el poder del amor es capaz de transformar todas las lágrimas de la historia y transformarlas en alegría y e cánticos de liberación.

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Ecos de una visita muy especial

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Visita de un Papa sorprendente, peregrino de la fe, transmisor de la pasión por Dios y de la pasión por el ser humano

La visita de Benedicto XVI a Santiago de Compostela y a Barcelona ha sido un acontecimiento ilusionador e impactante para los católicos en España. Como muchas personas, lo he vivido a través de la televisión y deseo compartir las impresiones que me han dejado la celebración de la Eucaristía en la plaza del Obradoiro, en Santiago, el sábado, día 6,  y la consagración  de la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona, el domingo, 7 de noviembre.

La presencia y las palabras del Papa tienen una gran profundidad, pero, a la vez, son claras;  parecen comedidas y sin embargo son cálidas. Ver el recibimiento de los peregrinos y de la comunidad de la Iglesia, me ha llenado de emoción, de gozo por compartir con el Apóstol y con tantas personas esta corriente de amor que es la fe y que nos conecta con Dios y entre nosotros.

Voy a desgranar algunos de los que podríamos llamar frutos de esta visita pastoral:

Esperanza y alegría.  Las personas que esperaban al Papa estaban entusiasmadas. Todos los rostros reflejaban gozo e ilusión; incluso los de aquellos que habían madrugado muchísimo para poder estar presentes en la celebración

Sentimientos de comunión y fraternidad que brotan de los gestos de bienvenida más allá del protocolo, de la llamada hecha por el Papa a Europa a recuperar la búsqueda y la apertura hacia Dios y de la invitación a que los católicos vivamos con cercanía y unidad en nuestra sociedad aportando el testimonio del amor y el servicio.

Una profunda paz. Benedicto XVI tiene una forma de mirar, de acoger, de transmitir sus mensajes que da paz. Todos sus gestos son de una gran ternura y serenidad.

La escucha atenta a Dios en su Palabra, a cada persona que se abre desde lo más verdadero de sí misma. ¡Cuánta falta nos hace, en nuestras relaciones, una escucha atenta para llegar a comunicarnos de verdad!

Un silencio hecho oración. Después de las palabras del Papa, en sus homilías y en sus discursos, nos quedamos en un silencio elocuente. Era admirable, en la plaza del Obradoiro, ver a una multitud de 7.000 personas en silencio, ese silencio donde se escucha la voz de Dios en nuestro interior.

La impresionante belleza de las obras humanas cuando se inspiran y apoyan en el amor de Dios. Las luces del atardecer en Santiago, la maravilla del templo de la Sagrada Familia, la música que se elevaba al aire, el ritmo de la liturgia, la calidez de tantos hombres, mujeres y niños unidos, y la alegría de los que han escuchado el mensaje del amor de Dios por todos sus hijos e hijas; y, escuchándolo, se lanzan a vivirlo en la vida cotidiana; todo ha sido, es bellísimo.

Gracias a Dios y, muy especialmente, gracias al Papa Benedicto XVI por venir a España y reavivar nuestra fe. A nosotros, nos queda la tarea de ser testigos del amor de Dios, de vivir como hijos suyos uniéndonos vitalmente a  Jesucristo.

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Mineros, la luz vence a la oscuridad

 

Estamos bien en el refugio los 33

Estamos bien en el refugio los 33

 

El día 13 de octubre de 2010 quedará marcado en la historia, especialmente en la de Chile y en la de 33 familias, las de los 33 hombres que el 5 de agosto quedaban atrapados a 700 metros en las entrañas de la tierra, en la Mina San José en Atacama (Chile).

Sería una pena que dejáramos pasar este episodio épico, que está siendo seguido al minuto por millones de personas alrededor del mundo y que se ha convertido en todo un fenómeno mediático y social (miles de periodistas apostados, realities y películas previstos, ofrecimientos de entrevistas millonarias…), sin pararnos a pensar en las múltiples enseñanzas que nos ofrece.

Como ya hicimos en su día con la victoria de España victoria de España en el Mundial de Sudáfrica 2010, en Echadlared queremos pararnos a reflexionar sobre las actitudes y los valores que destacan en esta historia con final feliz.

Éstas son algunas de ellas:

Esperanza. Una de las principales cualidades que se destilan en todo este hecho. Esperanza es el campamento en el que las familias han esperado sin descanso el desenlace, Esperanza es el nombre de la hija de uno de los mineros que nació durante el cautiverio, esperanza fue lo que les impulsó a escribir la nota que abrió la luz al rescate “estamos bien en el refugio, los 33”, la esperanza ha guiado la lucha desde dentro y desde fuera de la Mina en estos más de dos meses…

La esperanza no es una cualidad sencilla: requiere fortaleza, espíritu de sacrificio, lucha… Se demuestra en los momentos de debilidad, de flaqueza, de sufrimiento… en esos instantes en los que parece que lo más sencillo es dejar de luchar… Ahí es cuando la esperanza, y lo que cada uno tiene en su interior, aparecen para permitirnos sacar fuerza de donde no parece haberla.

Fe. Otra de las actitudes patentes en Mina San José, en el campamento Esperanza y en gran parte de los comentarios y testimonios que hemos conocido. Los mineros salen con camisetas en las que dan gracias al Señor; alguno de ellos ha afirmado que durante su encierro han sido 34, porque Dios siempre estuvo con ellos; el minero con salud más delicada al salir a la superficie se ha arrodillado y ha rezado unos minutos… Los cánticos y los agradecimientos a Dios son incesantes… La fe, como comentaba hace unos días Fray Víctor Manuel en otro post de Echadlared, es la certeza de sabernos amados por Dios y no puede ser una excusa para quedarnos de brazos cruzados. Debe movernos a la acción e impulsar nuestro agradecimiento. Los mineros, como todo el que se sabe amado por Dios, no pueden disimular su gratitud y la gritan con energía a pesar del cansancio.

Bien común. Ante la tendencia a pensar que todo el mundo va a lo suyo, que “el hombre es un lobo para el hombre”, que en la adversidad lo más importante es salvar el propio pellejo, la experiencia demuestra (de forma muy positiva en este caso) la importancia de buscar el bien de todos. Porque el bien de todos es el de cada uno…

Las luchas, las guerras, los sufrimientos, las desigualdades, la pobreza, la explotación… Todo esto surge cuando uno busca el propio interés por encima del otro, ése al que no importa aplastar para conseguir sobrevivir, para lograr poder, para obtener riquezas, para hacer lo que uno desea… Y, en muchas ocasiones, la búsqueda del propio interés por encima de los demás no tiene el efecto deseado: genera sufrimiento propio y ajeno y el interesado no logra su objetivo (al menos, no en su totalidad).

En esta situación ha sido espectacular la unión de un grupo, de los técnicos, de las autoridades, de un país, de la humanidad entera… Todos a una, buscando el bien común y no tratando de “arrimar el ascua a su sardina”… El resultado es patente. Y debería servirnos de enseñanza en un mundo en el que parece valer más el “sálvese quien pueda”.

Trabajo en equipo. Muy relacionado con la actitud anterior. Es admirable que estos hombres que han vivido una situación límite hayan sido capaces de usar sus capacidades individuales de forma tan eficaz.

Nadie es perfecto. No todos podemos aportar lo mismo. Cada uno tiene capacidades en las que destaca, pero, al mismo tiempo, tiene otras facetas para las que no está especialmente preparado. Pero muchas veces tendemos a creernos los mejores en todo y no permitimos que los demás nos ayuden en cuestiones en las que probablemente están más capacitados. Otras veces nos desentendemos y pretendemos que nos den todo hecho. Nos escaqueamos y no ayudamos. Como en muchas otras cuestiones, en el término medio está la virtud: poner lo mejor de nosotros y permitir y valorar que los demás también lo hagan. Todos saldremos ganando…

Esfuerzo. Una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la coordinación de los 33 y su capacidad de esfuerzo. Es admirable que en una situación tan extrema, los mineros se hayan impuesto tareas y obligaciones. Los expertos reconocen que este esfuerzo ha sido uno de los elementos que han determinado el feliz desenlace de este episodio. Alguno podría pensar, ¿para qué establecer una disciplina en un momento tan duro?… ¿por qué hacerlo aún más difícil? Quienes han padecido una depresión saben que, cuando la mente pide bajar los brazos y abandonarse, el cuerpo tiene que imponerse y obligarse a hacer tareas que devuelvan el ánimo y ayuden a salir del pozo: cosas tan simples como ducharse, caminar o comer se convierten en un esfuerzo titánico cuando el ánimo está hundido. Pero en este caso, como en otros muchos, la puerta es estrecha y difícil… Lucas 13, 24

Liderazgo. En esta historia emerge la figura del Luis Urzúa, jefe de turno y líder natural en el grupo. Él fue quien decidió establecer turnos, distribuir tareas, imponer disciplina en el grupo y racionar los víveres. Además, ha infundido valor a sus compañeros y ha evitado protagonismos. Probablemente no ha sido fácil abanderar a un grupo de hombres que estaban viviendo una situación límite. Los primeros intentos de salir por sus medios, el fracaso de esa opción, la incertidumbre, el paso del tiempo… son elementos que debieron dificultar mucho todo intento de organización.

Tan importante como la organización y el trabajo del grupo es contar con un líder que sepa capitanear el esfuerzo. Y ahí surgió la figura de Luis Urzúa. Este hombre supo aglutinar, organizar, motivar, templar y también mostrar carácter en determinados momentos…

El liderazgo no es un cargo, una prebenda, una tarjeta de visita… Debe suponer también un ejercicio de fortaleza, ecuanimidad, solidez, sentido común, humildad, pensar más en el bien ajeno que en el propio, sensibilidad para detectar quiénes necesitan un apoyo extra… En nuestra sociedad hay muchos caudillos, dirigentes, mandos…, pero pocos líderes… Un líder debe inspirar respeto y confianza en las personas a las que dirige. Y es que el liderazgo se demuestra andando…

¿Y tú? ¿Cuáles son, en tu opinión, los valores y las actitudes que se pueden extraer de la experiencia de estos mineros chilenos y de la lucha por salvarlos? Te invitamos a que nos las mandes mediante comentarios en este post, para que entre todos enriquezcamos este análisis… Todos saldremos ganando… Gracias!!!

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