esperanza

Yo me acuso

Si hace unos días escribía una entrada de acción de gracias, por los mil y un regalos que nuestro Buen Padre nos pone cada día en el camino de la vida, hoy hago un acto de contricción por los muchos pecados que cometemos los cristianos.

Últimamente he comentado con personas que están dentro y fuera de la Iglesia la tendencia que algun@s cristian@s tenemos a creernos los elegidos, los buenos, los «pata negra» del Reino de Dios…

Sin embargo, ser testigos y evangelizadores del Reino de Dios en la tierra no es un cargo nobiliario, que se herede por pertenecer a tal o cual familia. Yo más bien creo que, muy al contrario, el reconocernos cristianos nos obliga a hacer un esfuerzo extra de coherencia, para vivir en profundidad (o al menos intentarlo) siguiendo la hoja de ruta de Jesús.

Escucho muchas quejas desde gente de la Iglesia sobre la actitud de muchas personas hacia el cristianismo. Y a veces echo en falta más autocrítica, sinceridad y honestidad con muchas de las actitudes que reflejamos… actitudes que más que atraer expantan a los que no están cerca de Jesús.

Nuevamente, voy a hacer el esfuerzo de compartir, en primera personas, algunas de esas cosas que, en mi opinión, alejan a los demás de la Iglesia. Imagino que, quien más quien menos, se sentirá interpelado por alguna de estas actitudes.

Yo me acuso… de fariseísmo: de cuidar en exceso las apariencias y de ser en ocasiones un sepulcro blanqueado (presentable por fuera y lleno de podredumbre por dentro).

Yo me acuso… de ser dogmática y excluyente, del exceso de vanidad y soberbia que supone pensar que «como yo soy cristiana» tengo una especie de carnet VIP y no debo interactuar con los que son diferentes. También me acuso de sentirme con la capacidad de juzgar a los demás.

Yo me acuso… de ser miedosa ante la vida y ante mi misión como testigo de Jesús en este siglo XXI, de incumplir el mandato que él nos hizo de «vivir en abundancia» y «proclamar el evangelio» (con las actitudes y no sólo con las palabras).

Yo me acuso… de mi tristeza y mi pesimismo, de vivir sin fe, sin esperanza, sin amor; me acuso de mi incredulidad tomasiana, de no estar dispuesta a ser sal ni luz en la tierra.

Yo me acuso… de ser fácilmente escandalizable, cuando mi vida está cargada de actitudes y pensamientos claramente escandalosos.

Yo me acuso… de ser egoísta, inflexible y de ver la paja en el ojo ajeno, sin alcanzar a percibir la viga en el propio, de ser incapaz de aceptar a los demás.

Yo me acuso… de la intolerancia que tengo hacia el barro, hacia lo duro, hacia lo feo, hacia lo que no encaja en mis esquemas. Me acuso de no dejarme hacer por Dios, de desconfiar de él, cuando sé positivamente que nunca falla.

Y, por último, yo me acuso de adorar a otros ídolos (el ego, el poder, el dinero, el placer por el placer y tantas otras cosas.

«Yo confieso ante Dios Todo Poderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión»… «por eso ruego a Santa María siempre virgen, a los ángeles, a los santos y a vosotr@s herman@s que intercedáis por mí ante Dios nuestro Señor».

cerrados

Fe, esperanza y amor… el triunfo de la vida sobre la muerte

La lectura que el evangelio nos proponía el pasado domingo nos presentaba una imagen muy gráfica: un cortejo de muerte se encuentra con Jesús. Y Él transforma la muerte en vida con enorme compasión y, al mismo tiempo, con autoridad.

Al margen de la metáfora, este pasaje (como casi todo en el evangelio) tiene una enorme actualidad.

¡Cuántos de nosotros vivimos muertos en vida! ¡Cuántas veces perdemos la fe en nosotros mismos, en los demás, en la vida! ¡Cuántas veces nos pueden la desesperanza, la tristeza, el enfado, el odio! ¡Cuántas veces deambulamos por el mundo como un cortejo fúnebre!

Jesús nos dice claramente: «No llores». Nos recuerda que «Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos» y nos exhorta a «vivir en abundancia».

Nuestra miopía, nuestra estrechez de miras nos lleva a interpretar todo desde un esquema cortoplacista. No sobrellevamos bien las cuaresmas y las muertes y perdemos a menudo la perspectiva.

Como cristianos deberíamos tener meridianamente claro que toda muerte lleva aparejada una resurrección (así como la necesidad de permitir la muerte del hombre viejo, para dar paso al hombre nuevo). Es la esperanza a la que nos llaman Jesús y nuestro Padre.

En el evangelio de la viuda de Naín se nos muestran con nitidez cuáles son las armas de Jesús (y las nuestras) para hacer frente a la muerte y a la desesperanza: compasión, amor y una fe y una esperanza imperturbables.

Pidamos a Dios que refuerce nuestra fe, que nos ayude a alimentar la esperanza y que nos ablande los corazones, para que podamos amar como Él nos ama.

cerrados

Esperanzados

Estamos acercándonos al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios, siempre oportuna, y la vida misma, con su intensidad, nos hacen una llamada a la esperanza.
Llevo varias semanas en las que me parece que el tiempo tiene como dos niveles. Cronológicamente, los días se llenan de tareas y responsabilidades que nos reclaman muchas energías y dedicación. Por su parte, en el tiempo vivido como “kairós”, es decir, como momento de gracia, la vida se remansa y adquiere un sentido profundo, luminoso. El tiempo de gracia de cada día me ayuda a vivir con más ilusión. Está hecho de los encuentros con los demás, los detalles de los que me quieren, las palabras amables que me dicen, las sonrisas de personas con las que me cruzo a diario.
Fijándome en los demás, me doy cuenta de que ellos también tiene esta experiencia: si llevas un día agotador, afuera llueve o hace frío y el tráfico ha sido una pesadilla; un gesto de un compañero que se interesa por ti o que te invita a un café es un respiro, un “kairós”. Una llamada o un mensaje te pueden conectar con la certeza de ser querido y tenido en cuenta.
Una actitud que nos ha de distinguir como cristianos es vivir esperanzados. “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os conceda un espíritu de sabiduría… que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza a la que habéis sido llamados… la fuerza que Dios desplegó en Cristo al resucitarlo de entre los muertos y sentarlo a su derecha… por encima de todo poder y título en este mundo.” (Ef 1, 16-21)
No nos quedemos sólo en el tiempo cronológico con sus hechos y avatares, quejándonos de los males personales y sociales. Se trata de profundizar en esos pequeños destellos de la gracia de Dios que se nos cuelan en la realidad.
Seamos hombres y mujeres esperanzados con fundamento; porque vivimos conscientes del amor de Dios por nosotros y por todos; porque podemos confiar en nosotros mismos y en personas concretas; porque nuestros ojos saben ver la bondad que sigue adelante en medio de luchas y dificultades. “Estad siempre alegres en el Señor… Que nada os angustie; al contrario, en cualquier situación presentad vuestros deseos a Dios orando, suplicando y dando gracias. Y la paz de Dios, que supera cualquier razonamiento, guardará vuestros corazones y pensamientos por medio de Cristo Jesús.” (Fil 4, 4-8)
La esperanza no es un autoconvencimiento ilusorio. La esperanza cristiana es una actitud que conlleva apertura de corazón y de mente, una búsqueda genuina del bien y el deseo de hacer realidad lo que creemos y esperamos. Por el impulso de la esperanza no desistimos de atesorar valores auténticos, de practicar la solidaridad, el trabajo bien hecho, la compasión para con los débiles y necesitados; no desistimos de amar en contra de las corrientes del egoísmo y el odio.
Nuestra esperanza está en el encuentro personal con Jesús de Nazaret, que sale a nuestro encuentro como lo hizo con los caminantes de Emaús. “Aquel mismo día, dos discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús… iban hablando… y se hacían preguntas. Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?. Ellos se detuvieron entristecidos… y contestaron: lo de Jesús el Nazareno que fue un profeta poderoso en obras y en palabras… ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y que lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Sin embargo, ya hace tres días de esto. Es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo… Entonces Jesús… les explicó lo que decían de él las Escrituras. Al llegar a la aldea adonde iban… ellos le insistieron: quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y él entró para quedarse. Cuando estaba a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron… (Lc 24, 13-31)
Quédate también con nosotros, Señor Jesús, que el horizonte se oscurece y necesitamos abrirnos a la esperanza.

6

Arraigados y cimentados en la fe

Arraigados en la fe

Arraigados en la fe

Introducción. Estamos viviendo tiempos inciertos. Este puente, que para muchos era un oasis soñado de descanso en medio del desierto de la vida laboral, parece que ha estado maldito. Huelga de controladores, caos en los aeropuertos, días de frio, de nieve, de viento, España en estado de alarma. La gripe que nos invade y nos destroza todas las energías. Yo llevo tres días con fiebre, sudando, con escalofríos, sin ganas de na. Y la verdad es que uno puede mirar con pesimismo la realidad, sumergido en una tiniebla que, en vez de diluirse, se va espesando haciendo invivible la realidad que nos rodea.

Hay tantas evidencias que ensombrecen el futuro. Los mercados solo predicen crisis y más crisis. Las medidas económicas que toman los gobiernos son de recortes, de frenar los servicios sociales, las pensiones… Los más desfavorecidos estarán peor . Quedarse en el paro con 40 años, que son los que recientemente estoy estrenando, significa que ya no se puede aspirar a ninguna oferta laboral por ser demasiado mayor. Se buscan jóvenes emprendedores y a la vez inexpertos, a los que se les pueda poner condiciones sin que protesten ni reivindiquen nada. Y si miramos más cerca, esperando recibir buenas noticias que nos alegren la vida, las razones para el ánimo en medio de nuestras familias o de nuestras comunidades de fe tampoco son muy halagüeñas. Tristeza en muchos hogares donde lo festivo de estos días deja paso a la preocupación o a la incapacidad de afrontar la crisis. Tristeza e inercia envejecedora en muchas comunidades cristianas donde la llegada del salvador se espera, porque lo dice el calendario, no porque realmente se conciba algún cambio o alguna mejora, alguna renovación en las formas, en el leguaje, en la expresión de la fe.

Lo que Dios nos dice. En medio de esa incerteza se nos invita a permanecer firmes en la fe. Como decía San Ignacio de Loyola, “En tiempo de desolación no hay que hacer mudanza”. Y se nos ofrece la posibilidad de vivir este tiempo complicado no con temor o miedo, con tristeza o nostalgia de tiempos pasados…  sino con la seguridad, la alegría y la esperanza que da la fe. Con la confianza depositada en aquel que nos conoce, que nos ha cuidado hasta el día de hoy y que nos garantiza un futuro rodeado de todo su amor y de toda su gracia. “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes, decid a los cobardes: Animo, no temáis; mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros. Se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán, brincará el cojo como un ciervo, la lengua del mudo cantará. Brotarán aguas en el desierto y arroyos en la estepa; el páramo se convertirá en estanque, la tierra sedienta en manantial”. Is 35,3-7. Intentar afrontar solo con nuestras fuerzas todos los retos y todas las dificultades que la vida nos presenta es verdaderamente una tarea difícil y agotadora. Pero tenemos la posibilidad de compartir todos esos pesos y todas esas exigencias con quien ha salido vencedor de todas las muertes, soledades, sufrimientos y desgracias… Es la forma de experimentar la gloriosa salvación. “Así pues, ya que habéis acogido a Cristo Jesús, el Señor, vivid como cristianos. Enraizados y cimentados en él, manteneos firmes en la fe, como se os ha enseñado, y vivid en permanente acción de gracias”. Col 2,6-7. Los tiempos de crisis, de carencias, de confusiones, son ocasiones privilegiadas para personalizar y asimilar de forma real la fe. Ya no creemos por herencia, por sociología o por inercia. Como todo el mundo cree, pues yo también.

Es la mejor situación para el planteamiento sereno de las propias convicciones. Y salimos reforzados pues la luz se muestra con toda su claridad en los momentos de más oscuridad y confusión. Después de la crucifixión de Cristo, los apóstoles vivieron el pánico de su propia condena. El miedo a los judíos les hizo esconderse a cal y canto. Después huyeron a sus pueblos. Y precisamente en el temor y la parálisis del miedo, captaron con nitidez radiante que Jesús seguía vivo, presente, resucitado en medio de ellos.  Cuando las fuerzas humanas llegan a sus límites y se ven incapaces de dar un paso más, aparece la bondad de Dios regalando a la pequeñez humana, las grandes obras y las grandes posibilidades que nos parecían imposibles e inalcanzables. Para creer que las cosas pueden cambiar, no podemos poner nuestra confianza y nuestras ilusiones en las mismas fuerzas que nos has llevado a la situación que vivimos actualmente.  Quien de verdad es garantía de cambios, de curaciones, de transformaciones es el corazón enamorado de nuestro Buen Dios que no quiere que sus hijos malvivan y se arrastren. “Para que tengáis vida y vida en abundancia”. Jn 10,10.Para eso nos ha destinado, para eso nos ha creado.

Cómo podemos vivirlo. Hay dos tipos de discípulos. Los que edifican su vida sobre roca o los que edifican su vida y sus proyectos sobre arena. Arena es lo que se mueve, lo inconsistente, lo epidérmico y superficial. Mi vida y mis proyectos no se pueden regir por los estados de ánimo, por las apetencias, por los caprichos. Me puede apetecer una cerveza o una coca-cola. Y elijo libremente. Pero no me pregunto si me apetece ir a trabajar o no. Voy porque es algo demasiado serio. Pues a veces somos así de niños caprichosos y muchas de las decisiones de nuestra vida las tomamos dependiendo del estado de ánimo o de los  sentimientos. Y claro que son importantes y los debemos de escuchar. Pero por encima de lo que diga mi corazón hay una palabra a la que yo le doy más crédito y que me inspira mucha más confianza que yo mismo. Y es la palabra de nuestro Dios. Quien mira mi vida y la de la humanidad arrojando nueva luz. Arraigarse en la fe  es mirar la realidad con la compasión y con misericordia con la que Dios la mira. Supone llenarse de alegría de esperanza y de seguridad en que el amor es más fuerte que todas las muertes.  Y en que la salvación está cerca.

cerrados

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

A Cristo por María

A Cristo por María

Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.

La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.

Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.

Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.

Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.

María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.

«Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…» (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.

El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.

En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del «principio», pero no cancela el plan amoroso de Dios.

Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.

Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.

«Dios se enamoró de su criatura» cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.

“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.

En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia», como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.

En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.

Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.

En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.

A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.

cerrados