Escuelillas de Oración

Cuando nos superan las dificultades

Introducción. Sentirse pequeño delante de los retos y de las dificultades que la vida nos presenta es muy normal. Nos enfrentamos a diario a problemas, a confusiones, a situaciones nuevas que por ignorancia o por inexperiencia no sabemos resolver. Y nos vemos envueltos en preguntas que no sabemos contestar o conflictos que no sabemos resolver. Ahí hay dos tipos de respuestas. La temerosa y timorata, en la que nos desconcertamos, nos paralizamos, nos ahogamos y nos desesperamos, haciendo del lamento y del victimismo los compañeros de viaje, preguntándonos continuamente «¿Por qué me pasan a mi todas estas cosas? ¿Qué he hecho yo para merecerme esto?»… Y otra mucho más positiva e iluminadora que es la de preguntar con humildad, la de pedir ayuda, la de buscar luz y caminar paso a paso para intentar salir del atolladero. Nadie ha dicho que vivir sea fácil o cómodo. Pero desde la humildad y desde el dejarse ayudar todo se vuelve más fácil.
Es cierto que hay personas que por carácter y por personalidad, son entusiastas y decididas. Otros, por el mismo carácter, son más parados y dubitativos. Pero tanto en un caso como en el otro levantar la mirada y saber que no estamos solos frente a cualquier adversidad es fuente de alegría y de paz. Es imposible que sepamos resolver todos los problemas y dificultades que la vida nos presenta, por eso la actitud de pedir, de dejarnos ayudar, de mostrarnos humildes, es fuente de sabiduría y de crecimiento personal y comunitario. No hay nada más dañino que la arrogancia y la autosuficiencia. Claro que podemos caer, equivocarnos, perdernos y confundirnos. Lo que no podemos es negarlo y no corregir los fallos y los errores que hayamos cometido. Y negar nuestros fallos aleja de nosotros a todas las personas que estaban dispuestas a querernos y a colaborar con nosotros.

Lo que Dios nos dice. «Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar de pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» Lc 11,9-13.
Es verdad que es más cómodo y más fácil caminar por situaciones que controlamos y terrenos llanos y sin riesgos aparentes. Es cierto que nuestra tendencia natural es domesticar el entorno. No nos gusta lo desconocido, los espacios en los que no nos sentimos seguros, en los que no controlamos. Pero lo real es que la vida es mucho más dinámica y cambiable de lo que a nosotros nos gustaría. Desde los cambios climáticos, el carácter inestable, los subidones, los bajones, lo desconcertante que es un bebé llorando o no acabar de conocer nunca a las personas con las que convivimos. Todo esto nos prepara para la atención, para la novedad, para ser cuidadosos y para tener capacidad de sorprendernos.
Y si es así, es porque es la única forma de crecer, de mejorar, de aprender. Por mucho que nosotros planifiquemos el futuro ya se encarga la vida de desbaratar nuestros planes y abrirnos a una forma nueva de vivir, que es confiando en que nuestras fuerzas, se apoyan y se sostienen en las de Dios.
«Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda a ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!». Sal 127,1-2.
Las buenas intenciones y los buenos deseos sí que los tenemos a nuestro alcance. Su realización no. Por eso es tan importante aprender a ser humildes, a escuchar más que a hablar, a acoger más que a calcular y diseñar.
«Entonces le dijo uno de la gente: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. Él le dijo: Hombre, ¿Quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros? Y le dijo: Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Y les propuso una parábola: las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha. Y se dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado? Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios». Lc 12,13-21.

Cómo podemos vivirlo. La gran tristeza del hombre de la parábola es que estaba profundamente solo. «Era tan pobre que no tenía más que dinero». Lo cantaba Sabina a propósito de Cristina Onassis, pero también es lo que aparece en el evangelio. Las riquezas acaban por materializarnos y metalizarnos el corazón. Ya no vemos personas, vemos clientes. Ya no vemos amistad, solo negocios. Ya no compartimos, sino que cerramos acuerdos. Y el corazón se ahoga de soledad. ¡Qué regalo sentir que nuestros pies no tocan el fondo, porque nos recuerda que tenemos que pedir, que reconocer que las personas que nos rodean son los regalos que Dios nos da para sentir y percibir su amor!

cerrados

Que nada te turbe, que nada te espante

Introducción. La verdad es que tener una vida apretada, exigente e intensa es un regalo que hay que aprovechar. Nunca tiene que llevarnos a la queja o a la desesperación. Los inicios de curso son así: sufrimos el cambio brusco del tiempo de vacaciones, descanso, relax y, en pocos días de forma brusca, experimentamos la dolorosa vuelta a la normalidad y a la cotidianeidad. Es como despertarnos sobresaltados cuando estamos en la fase más profunda de nuestro sueño, y de repente un estruendo nos despierta. Quedamos desorientados y asustados y necesitamos que pase cierto tiempo para normalizarnos.
Mientras el cuerpo aguante hay que aprovechar y agradecer todas las innumerables oportunidades que la vida nos brinda para ejercitar una de las señales más claras de nuestra identidad de ser hijos de Dios: la generosidad. Nuestra capacidad de libre y voluntariamente querer disponer de nuestra vida, de nuestras capacidades y talentos y ponerlos al servicio de los demás. No por obligaciones externas, ni por mandatos o chantajes. Ni siquiera por la recompensa o por la satisfacción que nos producen los agradecimientos y las felicitaciones de los demás. Sino porque nace de lo más profundo de nuestro corazón el decir sí a compartir lo que tengo y lo que soy. Lo más divino que tenemos es nuestra capacidad de amar, de darnos, no nuestras cosas, sino nosotros mismos.

Lo que Dios nos dice. «Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando». Jn 15, 11-14
Quiero compartir compartir con vosotros una vivencia reciente y la alegría desbordante de cómo el Señor es capaz de sacar vida y alegría de los fallos y de los errores humanos. Escribe recto con renglones torcidos y nos llena de confianza saber que, estando en sus manos, Él es capaz de llevar a buen término la obra que ha iniciado en cada uno de nosotros.
«Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del Evangelio, desde el primer día hasta hoy. Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús. Esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo en el corazón». Filp 1,3-7.
Me hice un lío con la agenda y el mismo día, sábado 20 de septiembre, tenía dos compromisos a la misma hora, en dos lugares diferentes separados por 700 km de distancia. Cuando fui consciente de mi error me sentí fatal. Me comprometí a celebrar una boda de una pareja amiga y, al mismo tiempo, participar en un cursillo de Cristiandad en Son Fe, Mallorca. La impotencia, la culpabilidad, me dejaron como bloqueado. ¿A quién le digo que no? Ya están los billetes comprados, la boda imposible aplazarla… Y sólo me quedaba agachar las orejas, pedir perdón y decir a los novios que buscaran un cura, porque el cursillo eran tres días y la boda una hora.
Y en la situación límite surgió la luz. Hablando con el dirigente del cursillo de Mallorca y con los novios apostamos por hacerlo todo, cursillo y boda. Un poco de colaboración, personas que me llevaban al aeropuerto, que me recogían en Madrid, que me devolvían a Barajas, y de ahí me recogían en Son San Joan. Generosidad por todos lados: económica, de tiempo, de esfuerzo, y lo que podía ser una tragedia y un enfado enorme o una desgracia, se convirtió en la fiesta de la solidaridad, la fiesta de entregarnos. Todos tuvimos que poner de nuestra aparte, pero llegamos a todo. Y el corazón mira agradecido a Dios, el que nos ha enseñado a ser generosos al máximo. Si se quiere algo, y se trabaja con toda nuestra capacidad, el Señor pone lo que falta, y se puede.
«Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Jn 3, 16-17.
Lo que aparentemente fue un fallo, al que solemos responder con irritación, con denunciar y juzgar al que lo comete, envolviendo todo en un ambiente de queja y de negatividad, se convirtió en una ocasión, en una oportunidad, no perdiendo tiempo en buscar culpables, que en este caso era uno solo: yo, sino enfocando todas las energías en buscar soluciones. Y eso me parece que es un compromiso al que tenemos que acostumbrarnos. Las cosas salen cuando ponemos cada uno lo mejor que tiene, y el Señor lo bendice y lo multiplica como los tres panes y los dos peces que un niño generoso puso al servicio de los apóstoles.

Cómo podemos vivirlo. Es necesario hablar, explicar y dialogar lo que soñamos, lo que necesitamos, lo que nos cuesta, lo que nos hiere… Dejar de vivir solos, aislados, egoístas y sentir que mucho del amor de Dios pasa por las manifestaciones generosas de los hermanos y hermanas que nos acompañan en el camino de la vida.
«Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados. Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos». Ef 4,1-6.

cerrados

Ven y renueva la faz de la tierra

Introducción. El gran don del Espíritu Santo lo derrama Dios siempre que lo humano llega a su límite y cuando ya no sabemos ni podemos hacer nada. Dios, que es grande en su misericordia y en su compasión, se dispone a abrir puertas y ventanas, caminos que nadie conocía. Todo al servicio de la salvación de los hombres, para que se manifieste de una manera clara a nuestros propios ojos y a los ojos de los demás que la humanidad recibe la vida de Dios, que no somos ni autosuficientes ni autónomos. «Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino por el Espíritu Santo». 1ºCor 12, 3.
El pueblo judío quería salir de Egipto, la tierra de la esclavitud. El clamor de los oprimidos llego a los oídos de Yahveh. Moisés saca al pueblo de noche. Van raudos, ligeros de equipaje, pero sus sueños se ven truncados porque el mar aparece delante de ellos como un obstáculo infranqueable. Sube la tensión. Por un lado, el faraón y sus ejércitos de muy mal humor, por el otro, el mar y, cuando se mascaba la tragedia y Moisés se sentía incapaz de cumplir su misión, el Espíritu se acerca a la situación, separa las aguas y abre caminos nuevos de salvación.
Es imagen de cómo a lo largo de la historia podemos activar nuestra confianza y nuestra seguridad en que para Dios nada es imposible y en que, apoyados en Él, somos capaces de todo. Por eso Pentecostés es la fiesta de los pobres, de la humanidad humilde que se ve desbordada, que se ve superada por los acontecimientos. La comunidad rota, desanimada, miedosa, se reúne junto a la única que mantiene viva la esperanza en que las promesas de Dios nunca fallan: María, nuestra madre. Y el fuego de Dios se posa en las mentes y en los corazones de los apóstoles: luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Y comienza una nueva era, un tiempo nuevo. La misión de la Iglesia se pone en marcha y, desde aquel origen dubitativo y temeroso, llegamos hasta la actualidad con XXI siglos de fidelidad al servicio de una palabra que sana, que cura, que libera.

Lo que Dios nos dice. Al Espíritu no se le define, ni se le atrapa intelectualmente. Las imágenes que le describen tienen algo en común: dinamismo, movilidad, llamas de fuego, aliento de Dios, viento, suave brisa, paloma que levanta el vuelo, insinuación, sueño, impulso, intuición. Al Espíritu no se le entiende, se le experimenta, se le escucha, se le obedece. Es el gran desconocido de la Trinidad, pero es el que más cerca está de cada uno de nosotros. Como el corazón en el cuerpo (que no lo vemos pero que es imprescindible y sin él no podríamos vivir), del mismo modo el Espíritu se mantiene discreto, fuera de los focos, con una presencia cercana y desapercibida, pero que posibilita que seamos y vivamos como hijos de Dios.
«Y oí una gran voz desde el trono que decía: He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el «Dios con ellos» será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: Mira hago nuevas todas las cosas. Y dijo: Escribe: estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente». Ap 21,3-6
La gracia de Dios nos da su aliento de vida. Es el beso de Dios capaz de animar el barro inerte. Es el viento de Dios que provoca estruendos en la historia de la humanidad, cambios imprevisibles, sorpresas que nos desbordan, pero que es capaz de transformar un valle lleno de huesos secos en un ejército de personas vivas.
«Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros». Rom 5,3-8.
Tiempo del Espíritu que nos llena de alegría, de fortaleza, de sus frutos, que nos convierte en profetas y en amigos de Dios. La fiesta de los pobres que abren sus manos y suplican, la fiesta del los desorientados, de los perdidos, de los ciegos, de los presos, de los miedosos, la fiesta de la Iglesia envejecida que vive en la seguridad de que Dios no la va a dejar huérfana. No es tiempo de llorar, es tiempo de luchar y de amar la libertad.

Cómo podemos vivirlo. Cuando menos podemos, cuando más exhaustos nos sentimos, la respuesta de Dios se nos presenta sorprendente y liberadora. No es la exigencia, sino la generosidad. Derrama su amor, lo desborda, no lo da calculando o en cuentagotas, sino que actúa de forma abundante y generosa. Donde abunda el pecado sobreabundan la gracia y el amor. De aquel pequeño cenáculo que reunía las pocas fuerzas y las pocas certezas de unos discípulos asustados, llegamos a la pluralidad, a la universalidad, a la creatividad, a la cantidad de hombres y mujeres que han dado lo mejor de sí mismos, hasta construir el templo vivo de la Iglesia.
«Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo». 1ª Ped 2,4-5.

cerrados

La perfecta alegría

Introducción. Hay edades en las que ilusionarse por una vida dichosa y feliz forma parte de lo lógico y de lo razonable. ¡Bendita ingenuidad que acompaña los primeros años de nuestra vida! Todo es futuro, ilusión, idealización, éxito asegurado y final de cuento con perdices y príncipes enamorados. Pero cuando ya hemos consumido más de la mitad de nuestros años y seguimos sin encontrar la dicha y la felicidad que llevamos tiempo persiguiendo, comienzan a rondamos las dudas y las sospechas, sobre si hemos acertado o no en las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de los años. En nuestro pobre corazón reconocemos las cicatrices, las decepciones, los sinsabores y las soledades que se van acumulando, y en esas circunstancias oír de nuevo ofertas demasiado grandilocuentes, con palabras como plenitud, felicidad, para siempre, lo acogemos con sospecha y escepticismo. Endurecemos nuestra capacidad de soñar y rebajamos las expectativas sobre lo que le podemos pedir a los demás y a la vida en general. Ya no soñamos con vivir en abundancia, sino con sobrevivir, con ir tirando.
Y eso nos pasa con el tiempo de Pascua. Que Jesús resucitado vencedor de la muerte, del fracaso, venga a nuestra realidad y nos recuerde que viene a traernos paz y una alegría en plenitud nos suena a chiste, a ironía. ¿Nos traes la paz? ¿El final del sufrimiento, de las lágrimas, del dolor? Pues acompáñanos a cualquier hospital donde se atiende a enfermos terminales, vente a cualquier comedor social donde se mendiga la comida o a las puertas de un supermercado y veras a las personas agolparse buscando en los contenedores de basura lo que puedan comer.
Pasa con la Iglesia lo mismo que con los políticos. Llevamos tanto tiempo escuchando mensajes y proclamas que muy poco tienen que ver con la realidad, que al final provocan las palabras hastío y desafección. «Predícame cura, predícame fraile. Que por un oído me entra y por el otro me sale».
Por eso más que nunca hace falta ser portadores de un mensaje que se vea, que se entienda, que no haga falta explicar mucho qué significa estar alegres. Que sea contagiosa nuestra forma de vida, que sitúa la alegría no en un futuro ideal, cuando todas las situaciones de nuestras vidas estén resueltas, sino en lo cotidiano, en lo sencillo y sobre todo en reconocer la presencia que acompaña y que guía nuestras vidas.

Lo que Dios nos dice. «Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios». Rom 8,18-21.
La palabra no es fantasiosa o irreal. Habla de que nuestra vida está envuelta de sufrimiento, de barro, de pobreza. Pero habla de un tesoro que acompaña ese sufrimiento, que, si somos capaces de reconocerlo, no da razones para la esperanza y para la alegría. Nosotros solemos relacionar los momentos buenos de nuestra vida con los éxitos, con los triunfos, con el reconocimiento y la valoración externa, con los premios, los regalos, la fama y la popularidad. Por eso nuestras alegrías son tan cortas y tan poco alegres. Porque si la alegría consiste en ser el número uno, estar en la cima de los proyectos, es tan fácil caer, bajar, fracasar… La alegría que propone Jesús está más relacionada con cómo y con quién vivo las circunstancias (éxitos y fracasos), quién me acompaña, quién me saca de las soledades y de las tristezas.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». Jn 15, 9-11.
Alegría en plenitud no es que no tengamos dificultades o problemas. Eso es estar disecado o ser un muñeco del museo de cera. Vivir es caminar, aprender, caerse y levantarse, errar y corregir. Pero el secreto es vivir acompañado, permaneciendo en la compañía y en el amor de Jesús. No en la ausencia de conflictos, sino en la compañía que nos enseña a vivirlos.
«Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2ªCor 12,7-10.

Cómo podemos vivirlo. Preguntó Francisco de Asís al hermano León que le dijese cual era, para él la perfecta alegría. El hermano no supo contestar. Pregunto Francisco ¿Sería la perfecta alegría que los grandes reyes europeos se hiciesen franciscanos? ¿O que los países musulmanes abrazasen la fe cristiana? León se lo imaginaba y afirmó que sí, que esa sería la perfecta alegría. Francisco se lo negó. Entonces ¿cuál sería?, pregunto León. Respondió San Francisco que si sufrían la humillación, la burla, el olvido y la violencia, pero sin alterar la paz en el alma y siendo capaces de amar, esa sería la perfecta alegría. Como el anuncio del ángel a María. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Lc 1,28.

cerrados

Si se cree y se trabaja, se puede

Introducción. Con esta breve declaración respondía Cholo Simeone al periodista que le preguntó sobre cuáles eran sus sentimientos de alegría y de euforia ante la consecución del título de liga del Atlético de Madrid. Y siento que es cierto y bien necesario que la fe se convierta en la actitud y el modo con el que acoger las circunstancias que la vida nos ofrece. Si no es desde la fe y desde la confianza, la vida se nos presenta como una amenaza, como un peligro y vivir como una constante carrera de obstáculos en la que cada día tenemos que superar las continuas pruebas, que se nos van presentando.
Me encanta la luz que arroja una frase tan breve, porque recoge las dos dimensiones de nuestra vida: la fe y las obras, el don y la tarea, la gracia y el esfuerzo. Ni todo depende de Dios, lo cual nos dejaría a nosotros como meros espectadores de su obra, piezas de un ajedrez que no tienen voz ni voto. Ni todo depende de nosotros, que ya hemos experimentado suficientes veces nuestra impotencia y nuestra incapacidad para resolver los conflictos de nuestra vida, la indignidad, lo frágiles que son nuestras fuerzas y lo rápidamente que se escapan las motivaciones.
Si falta alguno de esos dos componentes nuestra vida se estanca y se frustra. No podemos quedarnos en el mundo de los deseos y de las intenciones. Del me gustaría, de los ideales, de las metas, olvidando que se llega a un objetivo, no de manera inmediata, sino a través del paso a paso, del ir poniendo los medios que nos van llevando al fin. No basta decir que algo me encantaría, pero al final no hacer nada. De buenas intenciones está lleno el infierno. Hay que unir el deseo y la decisión de guiar nuestros pasos, nuestros esfuerzos y nuestras energías, hacía los caminos, los lugares y las personas que de verdad nos aportan y nos ayudan a vivir mejor.

Lo que Dios nos dice. «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo te con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?». Stgo 2,14-20.
La Pascua es el tiempo de acercar la fe a la realidad que vivimos. Los encuentros que Jesús provoca ocurren en la realidad, de las lágrimas, del miedo, de las penas, de la decepción, del fracaso. Y es que la fe sirve para pasar de la tristeza del ser hombre, a la libertad gloriosa, esperanzada, de ser hijos de Dios. Pero la victoria de Cristo tiene que iluminar las situaciones humanas a través de los testigos del resucitado: su Iglesia. Somos anunciadores no de slogans aprendidos, ni de teorías repetidas. Si no que compartimos experiencia, vida, realidad, cambios palpables, reales, visibles, tocables. Pasamos diariamente de las muertes a la vida cuando amamos la realidad que vivimos. Y cuando nos pilla la vida, es con el tiempo ocupado, con las manos embarradas de amar, de compartir, de ayudar, con el corazón ocupado por muchos nombres con los que proyectar, realizar, convivir.
«Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano». 1ª Jn 4,19-21.
Y es verdad que nuestra vida ni es lineal, ni estática, ni estamos siempre igual. Somos puro dinamismo, puro cambio, pura dinamicidad. Lo que ayer me servía hoy a lo mejor no. Lo que entendía y tenía claro, ahora se me enturbia y se difumina. Pero sí que hay rocas firmes que no cambian, los cimientos en los que edificar nuestras existencias, las personas, los lugares, las actividades, que una y otra vez nos vuelven a situar en la paz y en la alegría.
«Además, el fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo.» 1ª Ped 4,7-11.

Cómo podemos vivirlo. Estamos acercándonos al final de curso. Se van concluyendo largos procesos. Los estudiantes preparan los exámenes finales. Los niños se preparan para recibir la comunión después de varios años de preparación. Se van concluyendo actividades, grupos, procesos. Y lo que más valoro no es llegar a ninguna meta, sino haber sido consciente y haber disfrutado del camino, de cada día. Los resultados finales son muy difíciles de evaluar. Pero la alegría de haber dado lo mejor de cada uno, día a día, momento a momento, nos va haciendo generosos, solidarios, compasivos. Pareciéndonos cada vez más a nuestro maestro.

cerrados