Escuelillas de Oración

Preocupados por ser, no tanto por parecer

p1016850Introducción. Me acabo de leer hace poco un libro que se llama, «Blanco bueno busca negro pobre», de Gustau Nerín, en el que se hace una crítica a la cooperación y las ONG, y me descubre todo un mundo en el que no había reparado. Habla de «buenismo» como ese afán por sentirme útil, eficaz, resolutivo, solidario, pero más motivado por mi propia necesidad, que por la real necesidad del otro. Y me ha ayudado mucho a preguntarme por mi propia respuesta, por mis días llenos de horarios frenéticos, de urgencias, de agendas repletas. De un sentimiento de ser imprescindible para el buen funcionamiento de las cosas, que además de insano, me parece tremendamente erróneo. Y escucho en lo profundo de mi corazón lo mismo que le dijo Jesús a Marta: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte, y no le será quitada». Lc 10,41-42.
Jesús sale al paso de nuestras vidas dirigidas muchas veces por buenas intenciones y grandes deseos, pero totalmente alejadas de lo que significa acercarse, acoger, conocer, comprometerse, implicarse, llegar a sentir con el otro desde el profundo sentimientos de sentirnos hermanos. Como en el caso de Marta lo podemos reconocer por los frutos que nos deja todo lo que vivimos. O vivo de disfrutar de lo que hago o vivo preocupado, taciturno, con el ceño fruncido y el corazón encogido.
Nos muestra el libro cómo en muchas ocasiones las motivaciones con las que se viaja a los países pobres, se recauda, se hacen los proyectos y se diseñan, están profundamente centradas en el propio protagonismo de la institución, del voluntario, del cooperante, en la necesidad que sentimos buenos, solidarios, comprometidos, más que en el conocimiento sincero y en el amor gratuito que nace de la verdadera amistad. Jesús nos invita a tener una mirada nueva, en la que yo no soy el que salva, ni el que ayuda, sino el que convivo, el que comparto, el que ofrezco lo que tengo y lo que soy. No me sitúo por encima de nadie, ni por debajo, sino al lado, con la cercanía que da la sinceridad del amor. Como hace Jesús con los discípulos de Emaús con los que se pone a conversar, a caminar, a su ritmo, por sus caminos.
¡Qué profundamente sutil es la diferencia entre el amor sincero o la utilización de las desgracias de los demás, para construir mi propia imagen de persona buena, justa y solidaria! ¡Cuántas veces convertimos nuestro amor en un show! Retransmisión en directo, con la máxima difusión, de lo bueno generoso, y sensible que soy. Eso no lo hace Jesús, en sus apariciones a los discípulos. Todo ocurre en el marco de la cotidianeidad y de la sencillez.

Lo que Dios nos dice. «Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡Sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?, ¿O trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo». Gal 1, 9-12.
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ella; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda o que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu padre, que ve en lo secreto, te recompensará». Mt 6,1-4.
Hay mucha insistencia en la Palabra en cuidar la motivación profunda de nuestro corazón. Y la diferencia entre amar, y utilizar a las personas es muy clara. No es lo mismo servir que ser servido. No es lo mismo escuchar atentamente, que agotar a los demás con la incontinencia verbal. No es lo mismo imponer los propios criterios que crear ambientes donde todo el mundo pueda escuchar y expresar lo que siente. No sólo el que espontáneamente es extrovertido, sino todos. No es lo mismo hacernos el centro de atención, que ocupar con mucha paz un lugar en la periferia. Por eso le dice Jesús a la madre de los Zebedeos que no sabe lo que pide.
«Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella contestó: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Pero Jesús replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Contestaron. Podemos. Él les dijo: Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Mt 20, 20-28.

Como podemos vivirlo. La humildad es otro signo de la resurrección. Cuando uno se esfuerza por aparentar es síntoma de que aún no ha descubierto la identidad nueva que Dios nos regala con la Pascua: ser hijos, herederos, de la misma vida eterna de Dios. Frente a tal dignidad ya no hay temor o miedo. No tenemos nada que perder, porque somos regalados en todo.

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No te encierres a tu propia carne

Introducción. Normalmente no suelo ver los vídeos de las bodas que celebro. No porque no quiera, sino porque los novios se suelen olvidar con facilidad de ese día y el futuro apasionante que les depara su nueva vida los sumerge en la voracidad del estrenar casa, de amueblarla, de vivir de una manera conjunta su existencia.
Pero siempre hay honrosas excepciones. Una pareja me invitó a su nueva casa y recordamos juntos el caluroso día de su boda, las personas que les acompañamos y las palabras de la homilía personalizada, dedicada a ellos. Y la verdad es que fue una experiencia bonita. Para mí, escucharme predicar no es un motivo de orgullo, es reconocer con total sinceridad cómo Dios utiliza nuestras frágiles humanidades para realizar su obra salvadora.
«El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio». 1ª Cor 9,16-18.
Y al empezar la cuaresma creo que es un espíritu que podíamos pedir como fruto de este tiempo de conversión, el reconocer lo que de Dios hay en nuestras vidas. Para salir del engreimiento y recorrer nuestra vida con la humildad que nos salva: la pobreza que nos hace dichosos y bienaventurados.
Toda nuestra vida, según vamos creciendo y madurando, la vamos construyendo en la línea de acumular, de acaparar, de pertrecharnos con todo lo que nos pueda ser útil. Pensamos que ser amados es un mérito que tenemos que conseguir, que nos tenemos que ganar y merecer. Y nos pasamos la vida acumulando méritos para que alguien nos considere amables. Vamos llenando nuestro cabeza de conocimientos: títulos universitarios que tan valorados están, cursos, carreras, máster, idiomas, habilidades. Reconocemos la gran diferencia que hay entre un sabio y un arrogante acaparador de conocimientos. La sabiduría sirve para vivir y para amar. El conocimiento intelectual que lleva a la arrogancia sirve para mostrarnos lo cretinos que podemos llegar a ser.
Vamos acaparando fuerza física, musculación, belleza, simpatía, gusto por la estética, aprendemos a vestirnos, a saber estar, a agradar. Pero a veces pagamos un precio muy alto al dedicarnos más a cómo aparecemos que a cómo nos sentimos de verdad por dentro y acabamos siendo unos desconocidos. Mientras tenga que conquistar el derecho a ser amado, mi vida será un permanente casting, una permanente oposición. Hay otra forma de sentirme valioso y es reconocer el valor que tengo por lo que soy, no sólo por lo que hago. Mi valor me lo da otro.

Lo que Dios nos dice. «Les contestó Jesús: ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo». Jn 16,31-33.
Dios no nos pide, ni nos ofrece, nada que no nos haya dado antes. No llama a los capaces, sino que capacita a los que llama. Y nos regala la experiencia de no sentirnos nunca solos, ni abandonados, porque Dios nos acompaña y nos cuida durante toda nuestra vida.
“Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero». 1ª Jn 4,16-19.
La cuaresma es la oportunidad que la vida nos presenta para limpiar nuestra mirada y reconocer que no somos protagonistas de nada por nuestra propia iniciativa o por acumular méritos, sino que somos invitados por pura misericordia a participar de este maravilloso regalo que es la vida. Somos colaboradores, llamados por puro amor, a colaborar con él en la obra de la reconciliación.
«Ya no te llamarán ‘Abandona’, ni a tu tierra ‘Devastada’, a ti te llamarán ‘Mi predilecta’ y a tu tierra ‘Desposada’, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Is 62, 4-5.

Cómo podemos vivirlo. De nuevo se nos ofrece el gran regalo de mirar nuestras vidas con la mirada compasiva de nuestro Dios que no viene ni a juzgar, ni a condenar, sino a sanar, a curar, a devolver el brillo y la dignidad de las que nuestras vidas son portadoras. Es restaurar lo más puro y auténtico que todos llevamos dentro y que muchas veces, como en un edificio en ruinas, queda sepultado por el peso de nuestros errores. Feliz cuaresma, feliz renovación.

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Obsesionados por la seguridad

Introducción. Una amiga mía me contaba el mal rato que pasó en el aeropuerto, cuando dispuesta a facturar su equipaje para volar a su lugar de trabajo se vio como el blanco de todas las miradas, como si fuese una sospechosa. Tuvo que vaciar el contenido de su maleta, descalzarse, extender los brazos, ser cacheada y en broma me decía: «es como si esperasen encontrar dos kilos de cocaína o una bomba». Y la verdad es que todos nos estamos volviendo sospechosos para todo el mundo. Los niveles de paranoia, de obsesión por la seguridad, el buscar resguardar nuestra comodidad, nuestro bienestar, nuestros privilegios nos hace vivir en el permanente temor. Como ese Rey Herodes que entra en pánico cuando los Reyes de Oriente le preguntan por el nuevo rey que va a nacer. De repente, toda su seguridad, todo su poder, toda su vida de logros, lujos y placeres se ve amenazada por una pregunta, por un rumor.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron en Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta… Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías». Mt 2, 3-17.
Todos somos sospechosos en un aeropuerto, en un centro comercial, parece que todo el mundo roba, todo el mundo engaña, todo el mundo miente. Y esas generalizaciones van minando la alegría de vivir, la alegría de sentirnos hermanos. Las miradas favorecen los encuentros entre las personas o los dificultan y los alejan. ¡Qué desagradable es no poder acercarte con espontaneidad a jugar con un niño por miedo a que alguien piense que eres un pederasta! ¡O no poder hablar, reír, expresar cariño a una mujer o a un hombre por miedo a que se mal interprete! Al final, si somos esclavos del miedo al juicio de los demás, a sus críticas y a sus opiniones, nos encerraremos en casa y nos volveremos asociales, para que nadie nos juzgue. Y esa es la reacción menos humana y menos divina.

Lo que Dios nos dice. «Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,15-17.
Es cierto que a esta situación de conspiranofobia hemos llegado a base de malas experiencias. Tanta muerte, tanto dolor, tanto terror van endureciendo nuestra capacidad de confiar. Se daña y se destruye lo más sagrado que tenemos las personas que es nuestra capacidad de confiar y de amar, entregándonos del todo al otro. Si se nos extingue la posibilidad de confiar, de creer, de abandonarnos en los brazos de alguien, dejamos de ser humanos y nos volvemos potentes escáner que filtran y analizan la realidad detectando virus, amenazas y posibles peligros. Todo serían advertencias, cuidados, warnings, alarmas y alertas.
Estoy un poco hasta el gorro de que la forma de gobernar un país sea poniendo leyes, normas, multas y castigos por todo. Estamos en las cotas más altas de intervencionismo por parte del estado. Todo regulado, todo estipulado, todo bajo control, menos el corazón de las personas que se escapa a toda lógica y a toda racionalidad.
Es también injusto que la realidad tan llena de buenas personas, de gentes generosas, de buenos profesionales, la manchemos por la evidencia de unos cuantos. «Pagan justos por pecadores», «no hay que generalizar», «una manzana podrida contamina todo el cesto de fruta», «yo no soy racista, soy ordenado». ¡Cuánta hipocresía que lo que busca es envolver y justificar nuestros miedos a perder los privilegios! El miedo a perder es lo que nos bloquea, cuando lo más real es que no tenemos nada.
«A ver, ¿quién te hace importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos, como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy». 1ª Cor 4, 7-13.

Cómo podemos vivirlo. Necesitamos volver a sentirnos peregrinos, en camino, sin echar demasiadas raíces en nada de lo que hacemos. No porque no las consideremos valiosas, todo lo contrario. Si amas algo, déjalo libre. Si permanece a tu lado es tuyo. Si no, es que nunca lo fue. Soltar, dejar de preocuparse por todo, por todos… La vida, el mundo, las personas y Dios llevan siglos ocupándose de todo. Nosotros la hemos recibido en un momento dado, y nos toca dejarla un poco mejor de lo que la hemos encontrado. Pero somos muy pequeños como para cargar con todo el peso de la marcha del mundo.

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Creer en los avisos

Introducción. ¡Tengo una médico de cabecera que es un sol! Como no iba al médico desde el año 2008, me cito por sorpresa el viernes pasado para hacerme unos análisis. Y la verdad es que todo lo que me dijeron, los consejos, las advertencias, dichas por un profesional cualificado, tienen un peso y una repercusión mucho más grande que esas mismas palabras dichas por un amigo o un familiar, en un ambiente coloquial y espontáneo. Que estoy gordo, que tengo que cuidar la alimentación, que tengo que hacer ejercicio, dejar de fumar, beber menos… todo eso me lo han dicho muchas personas. Y a todas les he dicho que sí, que tienen razón, que lo iba a intentar, a tener en cuenta. Pero de alguna manera no me tomo las advertencias demasiado en serio. Es como lo de “predícame cura, predícame fraile, por un oído me entra y por otro me sale”.
Ser conscientes de que nuestra vida tiene que cambiar, que mejorar, que crecer y transformarse es algo que deseamos y que tenemos claro. Por nosotros mismos, los primeros, pero también por las personas que nos rodean, que muchas veces son las que se llevan lo peor de nosotros, nuestros malos humores y nuestros malos olores. Conseguir las fuerzas y la motivación para ponernos en marcha y dar pasos firmes para lograr crecer, eso nos cuesta más. Vivo muchas veces sumergido en la inercia, dejar mi vida confiada en medio de las circunstancias que vivo, como sin capacidad de reacción o de decisión. Y esa pasividad me convierte en cómplice de mi mediocridad.
«Desear el bien está a nuestro alcance. Realizarlo no». Rom 7, 18.
Nos pasa mucho cuando empezamos el año que nos llenamos la agenda de buenas intenciones, de propósitos para el nuevo año. Pero suele pasar que, igual que nos hacemos los propósitos, los olvidamos con facilidad.
Yo no sé si es la bata blanca, el ambiente aséptico o la objetividad de la analítica. Pero cuando es el médico quien nos dice las cosas las tomamos mucho más en serio. Aparece el ambiente de seriedad, de atención especial, de dejar de tomarnos la vida como un juego y que aparezca en el horizonte la gravedad del tema que estamos tratando.
Ojalá que la misma autoridad que reconozco en el médico, que hace que me tome en serio las palabras que me dice, fuera la confianza que deposito en Dios y en sus palabras. Que lo que Jesús diariamente le dice a mi vida lo llevara a la práctica y lo tomara en serio como primordial dentro de la jerarquía de prioridades de mi vida.

Lo que Dios nos dice. «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se derrumbó. Y su ruina fue grande». Mt 7,24-27.
Practicar, poner los medios, decidir, actuar, son todos verbos que significan acción. Vivimos demasiadas veces inmersos en la mente, en el pensamiento, en la meditación y en la reflexión, imaginando cómo sucederán las cosas cuando, enfrente de nuestras narices, la realidad se nos escapa entre los dedos de forma irreversible.
Por eso la invitación que nos hace la fe es a decidirnos a actuar, cuando estamos firmemente convencidos, eligiendo los caminos, las formas y los pasos que queremos recorrer.
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob». Dt 30, 15-20.
Si nadie nos avisase de los peligros de la tensión alta, de la obesidad, de los triglicéridos altos o del colesterol, tendríamos la excusa de la ignorancia. Pero, si sabemos las consecuencias nocivas para nuestra salud y no cambiamos nuestros hábitos de vida, los responsables de lo que nos ocurre somos nosotros. Lo mismo pasa con nuestra vida interior, que no es física ni biológica, esa que llamamos espiritual, afectiva o de las emociones.

Cómo podemos vivirlo. Somos responsables de afrontar la vida con alegría, con ilusión o vivir arrastrando los pies, cansados, fatigados, desmotivados. Depende en gran medida de nosotros y de nuestra forma de vivir la vida, lo que los demás se llevan de nosotros. Nuestra creatividad o nuestra apatía. La riqueza de nuestros diálogos o los silencios faltos de vida. Los proyectos que nos apasionan o ver que el tiempo se escapa haciendo todos los días lo mismo, metidos en la rueda de la rutina sin tener capacidad de escapar. Ayudémonos a elegir la vida, los caminos que nos lleven a la alegría y a la gratitud.

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Qué querrá Dios de mi

Introducción. Cuando dejamos volar la imaginación y permitimos que el corazón se desahogue aparecen con mucha nitidez los deseos, las ambiciones, lo que nos gustaría vivir, que muchas veces se aleja de las posibilidades reales que la vida nos ofrece. Por lo menos a mi me pasa que las fantasías que llenan mi mente son realidades que no tengo a mano. Siempre queremos lo que no tenemos y en demasiadas ocasiones valoramos lo desconocido, lo que no tenemos cerca y no reconocemos lo precioso y el gran valor que tienen las personas y las circunstancias que vivimos. Nos parece atractivo lo que valoramos en los demás, sus formas de invertir el tiempo, sus esfuerzos, sus círculos de amistades, los planes y proyectos que llenan sus agendas. Y cuando acercamos la mirada a nuestras propias vidas las vemos demasiados sencillas, demasiado corrientes. Y lo cierto es que no es así. Hay mucha grandeza en lo que ocurre en un día normal. Necesitamos desaprender de lo grande y volver la mirada a lo sencillo, a lo que nosotros podemos vivir y ofrecer a los demás. A veces necesitamos perderlo todo para recuperarlo valorándolo en su justa medida. Para ello debemos aclarar nuestra mirada y desinfectarla de la cantidad de soberbia y de ofertas grandilocuentes que en el fondo no son más que maquillaje y lentejuelas.

Lo que Dios nos dice. «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre». Sal 131.
Moderar y acallar no es reprimir. Es aceptar que soy el que soy, agradeciendo profundamente los talentos y las capacidades que se me han dado. Claro que hay que trabajar cada día con intensidad por lograr que nuestra vida se parezca a lo que soñamos de ella. Claro que es bueno tener objetivos, ilusiones, proyectos, pero que sean realizables. No buscar paraísos inalcanzables que nos llenan de frustraciones y de decepciones, si no los logro alcanzar.
Pasarme la vida en la comparación, en la exigencia, en querer ser otro, diferente al que soy. Tener otra vida, otro físico, otra edad, otra inteligencia u otras habilidades es despreciar el regalo real que Dios me ha hecho al darme la vida que tengo. La envidia amarga mi propia historia. Y lo curioso es que a los ojos de los demás muchas veces soy más valioso y más dichoso de lo que yo mismo soy capaz de reconocer y de considerar.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Mt 5,8.
Ver a Dios en mi vida, en mi historia, en mi sencillez, es la fuente de la alegría. Alegrémonos porque el Señor está con nosotros. Y si él está y si él nos regala lo que somos, no podemos más que activar la gratitud, la contemplación de las grandes obras que él es capaz de realizar mirando la humildad y la pequeñez de sus hijos. María es maestra en el arte de descubrir y contemplar la presencia de Dios en lo sencillo.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Lc 1,46-50.
Es cierto que no tengo todo lo que me gustaría tener. Es cierto que convivo diariamente con mis límites, con mis errores, con mis frustraciones. Pero lo más cierto es que como somos, con lo que vivimos y compartimos, ya hay mucha gente que agradece nuestra vida. Somos muy importantes para un puñado de gente, comenzando por nuestras familias, amigos… Que reconocen que sus vidas no serían las mismas sin nuestra presencia, sin lo que les provocamos al estar cerca de ellos. Y eso ya nos tiene que alegrar muchísimo.
¡Cuántas veces he escuchado de personas adultas preguntarse sobre cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas! Como si todavía no hubiesen estrenado el regalo de vivir. Como esperando que ocurran cosas desde fuera que les confirmen su acierto y su valor. Y cuando conozco algo de esas vidas me sorprendo de lo poco que se valoran y se aprecian.
¿Te parece poco haber traído hijos al mundo? ¿Te parece poco haber fundado una familia? ¿Nos parece poco haber colaborado con todo nuestro esfuerzo y nuestra capacidad a sacar adelante una empresa, una tarea profesional, una vocación a la enseñanza, a la medicina, al sector de los servicios? Te has pasado una vida sirviendo en un bar, en un comercio, conduciendo un autobús de la EMT, pilotando un avión, o como subdirector de una sucursal. Ayudando, hablando, aconsejando, escuchando. ¿Es que ayudar a la buena convivencia en un colectivo humano no es construir Reino de Dios?

Cómo podemos vivirlo. Y seguimos en lo más profundo del corazón sin creernos que la vida la hemos entregado, desde la luz que hemos tenido, como hemos sabido. Si eso no nos llena de alegría, nuestra vida olerá a fracaso, a oportunidad desaprovechada, a tristeza. Esperando con nostalgia que las buenas noticias nos lleguen desde fuera, cuando en realidad, lo mejor de mi vida ya está sucediendo. No con criterios de éxito, de realización personal, de logros u objetivos conquistados. Pero sí como ser el objeto de un amor eterno, muy amado, muy cuidado, desde toda la eternidad por el amor de Dios que nos creó y que nos sostiene la vida día a día.

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