Escuelillas de oración

Aprender a resucitar

Introducción. De la misma manera que dedicamos mucho tiempo a mirar nuestra vida, para captar en qué aspectos necesitamos convertirla, cambiarla, transformarla para salir de las tinieblas al reino de la luz, tenemos que dedicar lo mejor de nuestros esfuerzos a aprender a vivir como hombres y mujeres nuevos. A resucitar se aprende. A que la negatividad deje paso a la alegría se aprende. A que las personas tóxicas, que nos cuestan y que nos enfurecen, dejen de serlo y pasen a ser los hermanos y las hermanas que más nos necesitan, se aprende. A que los ambientes llenos de desánimo, de miedos, de cálculos, pasen a ser ambientes de locura en el Espíritu, llenos de esperanza, de creatividad, de alegría, también se aprende.
Estoy seguro de que Jesús resucitado, saliendo del sepulcro, viendo la piedra movida, lleno de vida renovada, estrenando humanidad resucitada, tuvo que preguntarse: «Y ahora ¿Qué? ¿Hacia dónde dirijo mis pasos?” Y estoy convencido que la respuesta del Padre fue: «Haz lo único que sabes hacer ¡Amarlos!».
La Cuaresma está llena de actividades, de prácticas, de retiros, de experiencias de desierto, de exámenes de conciencia, en los que nos sentimos agradablemente cómodos reconociendo lo malos que somos y lo pecadores que somos. Es sorprendente la facilidad que tenemos para reconocer nuestros fallos, nuestras heridas, nuestras frustraciones. Y lo que nos cuesta reconocer cuáles son nuestros talentos, nuestras capacidades y habilidades para ponerlas al servicio de los demás. De la misma manera la Iglesia tiene que poder ofrecer caminos, prácticas, especialidades llenas de vida y de creatividad para que comprendamos que todo el esfuerzo que vivió Jesús en su pasión mereció la pena. Fue para algo, para encontrar una novedad hasta ahora desconocida que lo llena todo de novedad. ¡Bienvenidos a la vida nueva!

Lo que Dios nos dice. «De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él». 2ª Cor 5, 16-21.
Ser criaturas nuevas depende de con quién estamos. No tiene tanto que ver con que cambien mis circunstancias externas, sino con cómo y con quién las vivo. Si estamos con Jesús, el nos regala la novedad que nuestra vida necesita. El hace nuevas todas las cosas. Todas las realidades. Todas las personas. Porque tiene la capacidad de renovar nuestro corazón, quitándole los miedos, los temores, las reservas. Y nos posibilita vivir todo como si estrenáramos la vida.
Jesús lo reconcilia todo, porque Él ya lo ha reconciliado en su interior. Nosotros mantenemos nuestros odios, nuestros rencores, nuestros juicios y nuestras sentencias, porque no somos capaces de reconciliarnos con los demás. Favorecemos lo que nos diferencia y nos separa. Vivimos muy a gusto rodeados de enemigos y de adversarios. Así nos evitamos el continuo trabajo de acercarnos al que es diferente a nosotros en su manera de vivir, de pensar, de actuar. Hacer que el mundo esté lleno de fronteras y de gente no grata, hace que sean menos los esfuerzos que tenemos que hacer por amar.
Por eso el tiempo de Pascua es un tiempo de seguir trabajando, tiempo de seguir en camino. No sería justo que todos nuestros esfuerzos por vivir la conversión, no fueran por lo menos tan intensos como los esfuerzos por vivir la Resurrección. Es tiempo de renovar la mirada, de renovar el corazón, de liberarnos de las miradas que encasillan y que separan a las personas entre buenas y malas. Y es tiempo de ser creativos buscando la reconciliación. El tiempo del encuentro, de despertarnos del sueño, de dejar las actividades de las tinieblas.
«Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad». Rom 13,11-13.

Cómo podemos vivirlo. Es propio de la Pascua el activar nuestro dinamismo misionero. Vivir impulsados por una alegría que nace de dentro a vivir como hijos e hijas de Dios. Es tiempo de dejar los miedos, la timidez y la vergüenza, y de poder compartir, sin miedo al rechazo que nuestra fe se fundamenta en la vida de Jesús. Muerto por amor, pero resucitado por el desborde de amor del Padre, que en vez de juzgar y condenar a la humanidad por la dureza de su corazón y por no haber acogido a su Hijo Jesús, nos regala una nueva oportunidad para experimentar qué es la misericordia. Amor desbordado, generoso, incapaz de ser comprendido o analizado, porque supera todo lo que la humanidad es capaz de entender. Amor que devuelve la vida a su Hijo Jesús y que, por él, devuelve la vida a todos los hijos de Adán, a todos los hombres y mujeres, que llenos de miedos, de ruptura y de temores frutos del pecado, son capaces ahora de inaugurar una libertad, una alegría y un amor que ya nadie les podrá quitar.

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¿No era necesario?

Introducción. Reconciliar nuestro pasado es uno de los frutos más claros de la Pascua. Es lo que Jesús busca como una de las principales prioridades después de resucitar. Ir donde están los discípulos, asustados, con miedo, con las puertas cerradas, huyendo hacia el olvido. Con una gran carga de culpabilidad, de queja, de decepción, de sentimientos de fracaso total del proyecto de Jesús, con cierto sabor a engaño, a gran mentira de todo lo soñado, lo ilusionado, lo imaginado. Y, al mismo tiempo, avergonzados de su cobardía y de su respuesta mediocre e inestable frente a las dificultades. Reconociéndose profundamente asalariados y nada buenos pastores.
«Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas». Jn 10, 11-15.
Como Jesús predijo antes de que ocurriera, la comunidad se fraccionó, se rasgó, se deshizo. Ese es uno de los primeros síntomas que nos anuncia un gran fracaso: la división, el enfrentamiento, la mutua acusación. En el éxito, cuando se gana, cuando se cumplen los objetivos, todo el mundo se une para salir en la foto y para atribuirse parte del éxito logrado. Pero en el fracaso, sea del tipo que sea, por ejemplo electoral dentro de un partido político, o en el mundo del deporte, o en el ámbito familiar (las malas notas de los hijos o la situación crítica en la economía doméstica), lo primero que se despierta es la acusación y la búsqueda de culpables. Adán ve clarísima la culpa de Eva. Eva se justifica con la serpiente. En la cruz de Jesús todos eran cómplices de su muerte y de su abandono. Se focaliza la mirada en Judas, en Herodes, en Pilatos, en Caifás, pero todos, de una manera u otra, aportaron su granito de arena en la consecución del desastre.
A los discípulos les vino grande toda la tormenta de críticas, de juicios, de calumnias, de acusaciones que le sobrevinieron a Jesús. Ni tenían la vida apoyada en una roca suficientemente fuerte, ni sentían un amor tan total, como para permanecer de pie hasta el final. Sólo las mujeres, como María la madre de Jesús, María Magdalena, María la de Cleofás, y Juan apoyado en ellas, estuvieron de pie junto a la cruz. Los demás huyeron despavoridos como niños asustados. Y las cosas mal vividas y mal recordadas, que no se cierran bien, se quedan convertidas en heridas que continuamente nos duelen y vuelven una y otra vez a recordarnos lo terrible que ha sido lo vivido. Por eso es fundamental reconciliar lo vivido, los errores, las meteduras de pata e integrarlas como parte de nuestra historia, como situaciones que nos han ayudado a ser hoy, en nuestro presente, quienes somos.

Lo que Dios nos dice. «Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: ¿Qué? Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió (…) Entonces él les dijo: ¡Qué torpes y necios sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrará así en su gloría?… Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las escrituras». Lc 24, 17-27
Después de haber tenido un accidente de tráfico da pánico volver a conducir. Después de un fracaso en una relación afectiva nos da miedo volver a enamorarnos. Después de lo que vivió Jesús en su Vía Crucis y en su pasión lo lógico hubiera sido alejarse para siempre de ese grupo de ingratos discípulos, que le vendieron, de esas autoridades religiosas judías, que lo calumniaron, torturaron y condenaron a muerte. Alejarse de todo ese ejército romano que le escupió, le azotó y se burló de Él. Pues ocurrió todo lo contrario, Jesús resucitado, vencedor de la muerte y de todas las injusticias que sufrió, renueva toda su capacidad de amar, pone en marcha su capacidad de perdón, y se dedica a reconciliar a todos los que sintiéndose fatal, culpables, despreciables, sin posibilidad de recibir perdón, necesitan de todo su amor y de toda su misericordia.
Ratifica en sus cargos a los apóstoles. No culpa, no denuncia, no corrige, solo se convierte en el portador de la paz, de la vida, del amor. Se dedica a rescatar a la humanidad sumergida en los pozos profundos de la tristeza, del aislamiento, de la culpa.

Cómo podemos vivirlo. Lo que parecía que era el final, los que pensaban que todo estaba perdido, de repente son conscientes de vivir en el principio de algo nuevo. Todo vuelve a hacerse nuevo. El hielo del corazón se descongela y el sol de la vida y de la luz se vuelve claridad, sonrisa. Se dejan las lágrimas y el luto. Vuelven los abrazos y las danzas.
«Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz». Lc 1,78-79.

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Testigos de la Resurrección

Introducción. El camino de fe que vamos recorriendo con más o menos fidelidad nos va mostrando cómo nuestra vida no sigue unos ideales, unas normas, unos valores o un código moral, sino a una persona viva, que ilusiona, que propone, que acompaña, que compromete, que ama, que enseña, que corrige, que advierte… Mi vida no la he entregado a una institución religiosa, ni a una congregación, ni a un proyecto humano. Mi vida se va desgastando día a día, año tras año, siguiendo los pasos del que ha vencido a la muerte y le ha abierto una puerta, para siempre, al resto de la humanidad.
«De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados». Col 1,10-14.
Esta palabra ilumina lo que para mí es fundamental del tiempo de Pascua, del espíritu del resucitado habitando en nuestros corazones. Es tiempo de dar frutos, de mirar hacia atrás en nuestras vidas y reconocer que el camino está bien trazado, bien recorrido, acompañados por el Buen Jesús, vencedor de la muerte y del dolor. Es tiempo de crecer, de sentir que no estamos ni quietos ni estancados. Es tiempo de sentirnos más libres, más alegres, más perdonados, más capaces de amar, de perdonar, de compartir nuestro corazón misericordioso. Y sobre todo ser testigos del resucitado, por la alegría que permanece en nuestros rostros y en nuestro corazón. Es tiempo de mirar de frente todas las dificultades de nuestras vidas y reconocer con ánimo que todas están vencidas. «Os he hablado de esto, par que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo». Jn 16,33.
Se ha convertido para mí en una ilusión diaria, en una compañía. La resurrección de Jesús es lo único que justifica nuestro compromiso personal y comunitario. Porque Él vive, porque Él habla, porque nos ama, porque nos llama, porque nos invita a seguirle, por eso hay Iglesia, por eso hay sacramentos, por eso durante veintiún siglos, al soplo del Espíritu, se ha ido reinventando sin traicionarse este mensaje que es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente misterioso.

Lo que Dios nos dice. El amor es más fuerte que la muerte. Y no sólo la muerte física, sino todas las muertes que nos van acompañando a lo largo de nuestras vidas.
«Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección». 1ª Cor 15, 16-21.
Si el final de todas nuestras ilusiones, de todos nuestros sueños, de todas nuestras aspiraciones, es el fracaso, la destrucción y la pérdida de todo y de todos a los que amamos, estaríamos mal hechos de origen. Sería penoso y cruel que Dios nos pusiera la zanahoria apetecible delante de los ojos y que nunca pudiéramos alcanzarla y comérnosla. Presos de una contradicción fundamental. Tenemos aspiraciones de vida eterna, infinita, que no termine todo aquello que valoramos, que el tiempo no pase, que se detenga. Por eso fotografiamos medio mundo, media vida, por eso grabamos en vídeo, por eso se ha pintado, se ha esculpido, se ha cantado, se ha compuesto poesía a lo largo de los siglos. Todas las manifestaciones artísticas tienen que ver con el deseo de trascendencia, de dejar a las futuras generaciones las maravillas de las que por suerte, por regalo, hemos sido testigos. Nadie es amigo del final, de la muerte, de las pérdidas o de las despedidas. ¡Cómo nos duelen los aeropuertos, las estaciones de tren, los finales de las vacaciones! ¡Cómo duele dejarnos ir, la desesperación del que se queda sólo, dejando que su amor y su vida se vayan! Pues Dios no es diferente. También experimenta la ruptura y el dolor. Jesús y Lázaro nos muestran una de las escenas más conmovedoras de todo el evangelio.
«Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba y dijo: Quitad la losa». Jn 11,32-39.

Cómo podemos vivirlo. La muerte es una de las causas principales de la tristeza en la historia de la humanidad. ¡Cuánto misterio en torno a ella, cuánta impotencia, cuánta energía se consume por el rechazo a frontal a una de las certezas de nuestra vida! Como nacemos pasando de la placidez del seno materno, a lo desconocido del mundo exterior, del mismo modo la muerte nos comunica de esta vida histórica, afectada por la fragilidad y el sufrimiento, a las manos del Dios que nos ha creado y que nos ama eternamente. Ojalá aprendamos a vivir sin miedos.

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Cuando soy débil, entonces soy fuerte

Introducción. La palabra conversión no nos tiene que asustar. No estamos amenazados de muerte. Nuestro valor o lo que siente Dios por cada uno de nosotros no depende de si logramos dar unos pasos exigidos o marcados por alguien desde fuera de nosotros. No somos todos iguales, ni somos clones unos de otros. Los caminos que una persona tiene que recorrer para lograr liberarse de lo que le encadena y de lo que le quita vida pueden ser justo lo contrario de lo que necesita otra. Por eso el tiempo de cuaresma no es un tiempo de practicar recetas fijas o normas externas. Cuaresma es descubrir lo que a mí me esclaviza, lo que a mí me quita vida, me empequeñece el alma y me hace vivir temeroso y apocado. Y buscar con la gracia de Dios para dar pasos reales y concretos hacia la liberación.
«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». Lc 21,25-28.
Se acerca a nuestra vida la liberación cuando somos capaces de descubrir que, junto con nuestras luchas, nuestras fatigas, nuestras caídas y sinsabores, hay una presencia que acompaña nuestra historia. Y es capaz de renovar las fuerzas y la ilusión. Y nos ayuda a que no nos pasemos la vida huyendo de lo que nos cuesta, de lo que no nos agrada de nuestra propia vida o de la vida de los demás.

Lo que Dios nos dice. «Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí a fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2ª Cor 12,7-10.
Gran parte de nuestros esfuerzos y de nuestras energías se van en el esfuerzo diario que hacemos por acoger, aceptar, y digerir la forma de ser de las personas que nos rodean y que nos cuestan. Cada persona es un mundo diferente al mío. Ha crecido, ha vivido con una familia, ha sufrido unas cosas y disfrutado de otras, que le hacen ser quien es. Y en muchos casos es justamente lo contrario de lo que yo he vivido. Tenemos una facilidad muy grande para creer que lo que para nosotros es lo normal, tiene que ser universalmente aceptado. Nuestra forma de vivir, de divertirnos, nuestras formas de trabajar, de organizar las cosas. Y chocamos frontalmente con los criterios, opiniones y formas de ser del que tenemos delante. Ahí sólo se pueden dar dos soluciones. Huir y alejarme de quien es diferente y pasarme la vida construyendo relaciones sólo con quien se parezca a mí. O aprender a encontrar la fuerza en mi debilidad, que significa no enrocarme en mi mirada y en mis criterios, sino abrir el corazón y la mente a otras posibilidades de entender y comprender la realidad. Sabiendo y confiando en lo profundo de nuestro ser que somos tremendamente complementarios. La verdad se construye entre todos y todos nos necesitamos.
«Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere». 1ª Cor 12, 4-11.
Si esto es así, cómo puedo pasarme la vida en la queja, en el reproche, en la crítica y en la murmuración sobre las intenciones con los que las demás personas actúan, pensando que lo hacen para fastidiarme. ¡Cuántos malentendidos por juzgar, por intentar adivinar o presuponer la motivación por la que la otra persona hace tal cosa o dice otra! Y así se nos va pasando la vida en medio de enfados y de conflictos que nos van haciendo pesada la existencia.

Cómo podemos vivirlo. La cuaresma es una ocasión para que descubramos desde lo profundo del corazón dónde está lo importante y dónde lo relativo. Discutir por criterios, por opiniones, por la verdad es una tarea que nos viene grande. ¡Qué gran consejo nos da San Pablo!: vivir a gusto en mi debilidad, dejando que las personas que me rodean me regalen la posibilidad de aprender, de mejorar, de sentirme ayudado. Sin que nos dé miedo reconocer las cosas en que fallamos y que necesitamos su ayuda. Sólo desde la humildad podemos construir relaciones verdaderamente sanas. Por eso, quitémonos los miedos a que se nos vean las deficiencias, los defectos, los errores o las fragilidades. Quien nos quiera, nos tiene que querer del todo. No solo por la parte bonita y amable. Sino por toda la realidad que forma mi vida. Las luces y las tinieblas. Las virtudes y los defectos.

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Estresados o apasionados

Introducción. Estrenar vida tiene que ver con parar, tomar conciencia de a dónde nos van llevando nuestros pasos y querer darles la dirección que deseamos. Siempre hay circunstancias que nos afectan y nos influyen, pero no nos pueden determinar. Metidos en ambientes hostiles, podemos transformarlos en ocasiones para crecer y para aprender a amar. Se puede amar la luz y las tinieblas. Pero solos no podemos hacerlo, no tenemos ni los recursos, ni las fuerzas, ni la mirada nueva que nos permite ver en medio de lo que vivimos las puertas que se abren a la esperanza y al reino. Todos los finales de año intento hacer un balance. Y, por mucho que intento descubrir los resultados, al final lo que descubro es que lo importante no es lo que yo percibo. Mi subjetividad me juega muy malas pasadas. A veces los sentimientos llenan de una determinada sensación la percepción de la realidad. Paso de ver que todo va bien a que todo es un desastre en muy poco tiempo de diferencia. Si me guío por lo visible, podría estar contento: la parroquia camina a buen ritmo, actividades, gente, proyectos, agradecimientos externos. Pero el valor de nuestras vidas va mucho más allá de lo que producimos o de lo que hacemos. La actividad externa nos oculta lo verdaderamente importante que es el ser. No valgo por lo que hago. Valgo por lo que soy. Por eso, la tentación a la hora de evaluar mi vida descansa más en lo que soy cuando me pongo delante de Dios, en lo secreto, que en lo que los demás juzgan de mí, lo que ven o lo que reciben de mí.

Lo que Dios nos dice. «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece». 1ª Cor 4, 1-5.
No juzgar antes de tiempo. Eso es algo que debemos aprender a vivir. Nos suele pasar que tenemos la mirada llena de prejuicios, de criterios, de claves para interpretar la vida que muchas veces son totalmente erróneos. Con mucha celeridad definimos lo que es bueno y lo que no lo es. Esto está bien, esto está mal. Esta es una buena persona, esta no lo es. Y casi inmediatamente le colocamos el cartel de apto o no apto a todo lo que se presenta delante de nuestros ojos. Y hay que ser pacientes, porque a la larga todo se puede convertir en ocasión para agradecer, si lo vivimos acompañados por Dios.
«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Mt 6,5-6.
Otra buena sugerencia que nos hace Jesús: vivir buscando los espacios de soledad y de silencio. Buscar la recompensa de la gente, el querer agradar y recibir consuelo de los demás es muy humano y, al mismo tiempo, muy esclavo. Vivir pendientes de las aprobaciones que vienen de fuera nos hace dejar de ser libres y espontáneos. Tanto nos medimos, buscando lo correcto, lo que se espera de nosotros, guardando difíciles equilibrios, que al final dejamos de ser nosotros.
«Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud». Gal 5,1.
La libertad no es hacer lo que me dé la gana, pasando de los demás. Eso es egoísmo y centramiento en nosotros mismos. Pero sí que es cierto que a veces nos anulamos y nos reprimimos por los demás y ellos no se dan ni cuenta. ¡Cuántas horas esperando a personas que al final no vienen! ¡Cuántos planes a los que renuncio para optar por otros que priorizo y que, a última hora, se anulan! Y se nos van quedando el corazón frío, la confianza dañada, la ilusión apagada. Por eso es tiempo de volver a decidir por dónde han de caminar nuestros pasos. Por el centramiento en uno mismo, por el repliegue, por la hibernación o por la alegría de ponerlo todo en cada momento. Volver a creer que vale la pena ilusionarse, sonreír, ser generoso, estar disponible. Y, si las cosas no salen, creer profundamente que nunca el tiempo es perdido. Todo lo que hacemos con sinceridad y con amor, aunque no se vea, ni aparezca es amor y gratuidad puestos al servicio de quien las necesite.
«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría». 1ª Cor 13,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Lo que nos tiene que ocupar mirando el año que acabamos de empezar es cómo queremos vivir cada uno de los días que se nos ofrecen como regalo. Una agenda repleta de algo que no nos gusta se llama estrés. Una agenda repleta de algo que hacemos llenos de amor, se llama pasión. Nosotros decidimos qué y cómo queremos vivir: en el estrés o en la pasión.

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