Escuela de Oracion

La mota en el ojo

Introducción. Mi conversión no la tengo que decidir yo, los pasos necesarios que mi vida tiene que dar para asemejarse cada vez más a la de Jesús, me los tienen que ayudar a descubrir los demás. Nosotros no somos conscientes del todo de los propios defectos. Y, si por un momento los descubrimos, con una facilidad asombrosa los justificamos y minimizamos su gravedad. En cambio somos severos jueces e implacables justicieros con los fallos y los defectos de los demás. Ya lo decía Jesús.

Lo que Dios nos dice. «Les dijo también una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Hermano, déjame que te saque la mota del ojo, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano. Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos en las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos». Lc 6,39-44.
Es cierto que tenemos una capacidad grande de ver los fallos en los demás. Pero eso no es malo, si lo sabemos convertir en una ocasión para amar al otro. La corrección fraterna tiene mucho de amor. Yo soy incapaz de mirarme a mí mismo sin caer en una sospechosa subjetividad. A veces la subjetividad es portadora de complejo de inferioridad, de culpabilidad, de volvernos nuestros peores jueces, inmisericordes con nuestra fragilidad y nuestra humanidad. ¡Cuántas veces, como si tuviéramos el mando a distancia del DVD, volvemos una y otra vez a momentos de nuestra historia donde hemos metido la pata, donde hemos evidenciado lo cretinos que somos y hemos perdido los papeles! Y, como si nos encantara sufrir una y otra vez el mismo dolor, volvemos una y otra vez a ver y sentir la misma situación. Como la moviola de nuestros fallos. Una actitud muy sana es dejar atrás los errores y las desdichas y agarrarnos con gran motivación al presente apasionante que se nos presenta por delante.
«Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». Fil 3,13-14.
En otros casos, la subjetividad nos hace venirnos arriba, volvernos soberbios, arrogantes, seguros de nosotros mismos y mirar a los demás por encima del hombro. La diferencia entre arrogancia y soberbia y agradecimiento y satisfacción está, no en que nos sintamos felices, satisfechos, realizados y logrando nuestros sueños. Eso es buenísimo y necesario. El problema está en ser conscientes de que todo lo que tenemos es un don, un regalo, una prueba diaria del amor providente de nuestro Dios, que cuida de los pájaros del cielo y de los lirios del campo, y con mucho más cariño cuida de nosotros, sus hijos.
«No os engañéis, mis queridos hermanos. Todo buen regalo y todo don perfecto viene de arriba, procede del Padre de las luces, en el cual no hay ni alteración ni sombra de mutación. Por propia iniciativa nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como primicia de sus criaturas» Stgo 1,16-18.
O, por el contrario, aparece ese misterioso camino de la apropiación. Del excluir a Dios de nuestras vidas y atribuirnos a nosotros los logros y los pasos que vamos dando en nuestra vida. Es una permanente preocupación de Dios el enseñarnos a ser agradecidos, a reconocer de donde nos viene la vida y agradecer los regalos que por puro amor recibimos huyendo de las apropiaciones y las falsas seguridades que nos construimos.
«Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que había de darte, según juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, y comas hasta saciarte, guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás. No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean. Porque el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso». Dt 6,10-15.
¡Qué fácil es quedarnos con los regalos olvidando las manos y el corazón que nos los regala! Tanto mis miedos y mis inseguridades, como mis logros y éxitos, envuelven mi vida de una apariencia que no es del todo cierta. No soy ni lo peor del mundo, ni lo mejor. No puedo dejar mi vida al ritmo de los aplausos o de los insultos que reciba. Soy más que todo eso. Soy el valor que Dios le da a mi vida. La identidad nueva, el nombre nuevo que él me pone. Como a Pedro, como a Pablo, como a cada uno de nosotros. Ahí la ayuda de la comunidad se vuelve imprescindible.

Cómo podemos vivirlo. Cuando vivimos rodeados de personas que nos quieren, que nos cuidan y nos valoran, sus opiniones sobre nosotros son importantes. Yo no veo cosas de mí, que, desde la perspectiva justa que da la distancia, sí ven los demás. Mis pequeños temores, mis miedos, mis zonas de agradable confort, ahí donde me hago fuerte, allí donde me siento inseguro… Y quizá sea en la escucha de los demás donde más puedo avanzar en el camino de la cuaresma. No reafirmando mis posiciones donde estoy cómodo, sino arriesgándome a salir de mi zona de confort y bogar mar adentro confiado en la voz de Dios que es el que me llama y me guía.

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Gratis lo habéis recibido

Introducción. La cuaresma es un tiempo de renovación para todos nosotros de forma personal, individual, pero también, de forma comunitaria, para el bien de toda la Iglesia. Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes. Por eso, la invitación a la conversión no la podemos recibir como una exigencia, como un chantaje, como un ultimátum. O convertís vuestro corazón o el castigo sobre vuestras vidas, la desgracia y el sufrimiento serán inminentes. Así se ha presentado muchas veces la cuaresma y así la hemos ido asimilando: como un tiempo de merecernos la salvación, de esforzarnos para ser mínimamente dignos de alcanzar el favor de Dios. Y ¡que alejada de la realidad es esa imagen de Dios!. Nosotros nunca conseguimos por nuestros logros lo que Dios nos quiere regalar por puro amor, por pura gracia. Todos los intentos humanos de llegar al cielo, desde la Torre de Babel, hasta el mito de Fausto, o el de Prometeo, nos recuerdan la imposibilidad de llegar al cielo a robarle a Dios su divinidad. Todo lo contrario, es su voluntad el regalarnos todo su amor desde una total gratuidad.
«Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dad gratis». Mt 10,8.
La conversión la tenemos que entender como una invitación hecha desde el cariño y desde la ilusión a que nuestras vidas dejen las mediocridades, las esclavitudes y los miedos que tanta vida nos quitan y a que podamos desplegar las alas, la identidad que desde siempre Dios nos ha dado. Por eso, la invitación a vivir atentos a los demás, a sus necesidades, a sus carencias y a poder ser respuesta en la medida de nuestras posibilidades, es uno de los pasos claves que se nos propone dar.
Estamos demasiado pendientes de nosotros mismos. Prestamos demasiada atención a cómo nos sentimos, a cómo nos ven los demás, a lo dichosa y feliz que es nuestra existencia o a las innumerables carencias que arrastramos: las injusticias sufridas o lo victimas que somos del sistema. La indiferencia sobre lo que viven los demás nos van alejando de las realidades dolorosas que viven muchos de nuestros hermanos. Como no me afectan, esos problemas no existen. El egoísmo nos anula nuestra capacidad de encontrarnos con los demás, rehuimos toda posibilidad de complicarnos la existencia. Se vuelven invisibles los que padecen y sufren. Se convierten en losas pesadas que nos impiden vivir en abundancia. Ojalá que este tiempo nos impulse a cambiar, a renovar, a redescubrir el gran regalo que supone la fraternidad. El encuentro amable con los otros.

Lo que Dios nos dice. Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de los hombres.
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios». Jn 3,13-17.
Creer o no creer, acoger a Jesús en nuestras vidas o vivir alejados de Él. Detener nuestras vidas frente a quien nos necesita o pasar de largo. Vivir indiferente a los problemas que me rodean o prestar mi atención y mi disponibilidad. Son dos posturas frente a la vida. Y dan como resultados vidas muy diferentes: las que participan de la alegría y la fraternidad, o las que resguardadas de todo peligro se mustian en medio del egoísmo y la soledad.
«En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar a vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Él respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás vida. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondió Jesús diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de los tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él dijo: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo». Lc 10,25-37.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos muy arraigado en nuestra mente que si damos algo lo perdemos. Si doy mi tiempo, mi atención, mi amor, luego posiblemente nadie me lo devuelva. Por eso nos volvemos celosos guardianes de lo nuestro. Pero Jesús nos invita a probar algo muy novedoso. Lo que doy, no se pierde, se multiplica. El ciento por uno. Mi tiempo entregado, mi dinero compartido, mis sonrisas derramadas, mis conocimientos enseñando al que no sabe… Todo lo que se da desde el amor, vuelve a nosotros convertido en gratitud. De las personas a las que amamos. Pero sobre todo de nuestro Padre Dios que se alegra y agradece nuestras vidas entregadas.

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Te llevaré al desierto

Introducción. Una de las propuestas más claras de la cuaresma es la invitación a volver a nosotros mismos, a redescubrir lo valiosa que es nuestra vida, las posibilidades tan tremendas que tenemos de conocer, de aprender, de crear, de compartir, de gozar. A veces estamos tan pendientes de toda la realidad que se presenta frente a nosotros, que nos olvidamos de nosotros mismos. Hay tantas exigencias, tantas responsabilidades, tanta gente que crea expectativas sobre nosotros, tanto miedo a defraudar, a decepcionar… Que a veces vivir se convierte más en una carga, que en una experiencia de sorpresa, de gozo, de gratitud. Estamos más acostumbrados a vivir envueltos de dificultades, de problemas, de nervios y de agobios. Y nos cuesta más vivir felices, dichosos, en plenitud.
Si en un examen sorpresa nos pidieran que escribiéramos diez episodios negativos que recordamos de la historia de nuestra vida los recordaríamos con facilidad. Alguna muerte cercana, algún fracaso, algún rechazo. Y si a continuación nos volvieran a pedir que contestáramos a la pregunta de cinco cosas negativas de nuestra persona también las responderíamos. Tardaríamos mucho más en encontrar diez momentos de felicidad, y cinco cualidades, virtudes y talentos reconocibles en nuestra vida.
No podemos rodearnos de tristeza, de insatisfacción, de queja o de lamento. La vida se va pasando y todo el tiempo que le dedicamos a un mal amor, se lo estamos quitando a un buen amor. Y es que no son incompatibles los afanes y las preocupaciones, con la posibilidad de tener un corazón dichoso, alegre, lleno de razones para la sonrisa y el abrazo. Pero nos toca renovarnos, convertirnos, dejar las viejas actitudes que nos envuelven de quejas, de críticas, de miedos, y lanzarnos a la aventura de adentrarnos en el desierto, solos, sin nada, para encontrarnos con nosotros mismos, descubrir lo bien hechos que estamos, y levantar la mirada, llenos de admiración y descubrir las manos amorosas de aquel que nos modela, del alfarero de nuestra vida, que, a base de caricias en algunos casos y de vigor y fortaleza en otros, nos renueva, y nos mira con un cariño, un cuidado, y una delicadeza que llena de amor y de alegría toda nuestra vida.

Lo que Dios nos dice. «Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como una ofrenda viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto». Rom 12, 1-2.
No nos podemos instalar en las prisas, en los vertiginosos y acelerados ritmos a los que los que esta sociedad nos somete. No puedo vivir en la provisionalidad de todo, en lo relativo de todo, en lo efímero de todo. Renovar la mente es darme cuenta de lo que soy, de que por puro amor se me ha invitado a formar parte de esta maravillosa aventura que es la Vida, mi vida. Que formo parte de la vida de los demás. No somos indiferentes a los que nos rodean. Siempre afectamos la vida de los otros. O positiva o negativamente. Ni soy neutral ni invisible. Mi paso por el mundo y por la vida de las personas siempre deja huella. En algunos casos imprescindibles, no seriamos quienes somos si no fuera por ciertas personas que nos han marcado. Otras, nos dejan un recuerdo más superficial, incluso caen en el olvido.
«Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento. Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden; para unos, olor de muerte que mata; para otros, olor de vida, para vida». 2ªCor 2,14-16.
Es cuando miramos nuestra vida con la suficiente perspectiva cuando somos capaces de reconocer los pasos y los caminos por los que nos adentramos. Dónde nos han llevado las decisiones que hemos tomado. El nivel de gratitud o de insatisfacción que acompaña nuestra vida. El desierto es el lugar del empobrecimiento y de la desnudez, del ir paso a paso dejando apegos, cosas que sentimos imprescindibles, personas fundamentales que también nos dejan, y reconocer que somos capaces de seguir adelante sin ellas, sin nada. Es el lugar de la verdad, donde nos desprendemos voluntariamente de máscaras, de disfraces, de apariencias y decoraciones y dejamos que aflore quien de verdad somos. Yo conmigo mismo, con mis miedos, mis temores, mi memoria y mis recuerdos. Mis heridas y mis éxitos, los piropos y las burlas. Hasta que en la soledad y el silencio, logro calmar mis temores. Y reconozco que no estoy solo. Que hay una presencia discreta, respetuosa. Nada invasiva y nada impuesta que conozco desde siempre y que me conoce. Y esa presencia me hace sentir amado, conocido, valorado.
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica así mismo, como él es puro». 1ª Jn 3,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Somos puros, somos originales, exclusivos, únicos e irrepetibles. No somos una imitación, ni una falsificación. Somos el original directamente sacados de la mano de Dios. No somos marcas blancas, tenemos denominación de origen. Somos de Dios, divinos, amados, valiosos. Si nos lo creyéramos, la forma como nos tratamos a nosotros mismos y a los demás cambiaria. Ya no habría desprecios, críticas, ni insultos. Que los ratitos de desierto que seamos capaces de vivir nos lleven a levantar la mirada y que seamos capaces de agradecer tanto vivido y tanto que nos queda por vivir.

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Preparad el camino

Introducción. Comenzar un nuevo tiempo litúrgico, estrenar un nuevo día, un nuevo año, una nueva relación, siempre supone una carga de ilusión y de esperanza en que algo inesperado, desconocido, sorprendente le puede pasar a nuestra vida.
Necesitamos diariamente desaprender todo lo vivido, desprendernos de lo acumulado, de las buenas y malas experiencias vividas. Porque todo lo negativo no lo podemos arrastrar como la pesada bola de un preso encadenada al tobillo entorpeciendo cada nuevo paso que nos disponemos a recorrer. O como en la estremecedora imagen de la película de La Misión, donde un atormentado Robert De Niro ascendía hasta las tierras de los Guaranís con su vieja coraza de soldado, recordando su pasado de asesino de su hermano, incapaz de recibir el perdón que todos le ofrecían incluido Dios.
Y todas las buenas experiencias vividas son para agradecer, para recordarnos la bondad que acompaña nuestra existencia: la bondad de la gente, de las circunstancias, de Dios. Pero no podemos vivir del pasado, de los éxitos o de los logros conseguidos. La alegría no es acumulable ni almacenable. Vale para hoy, la de ayer se queda en recuerdo. Como el pan de cada día, que pedimos y suplicamos en el padre nuestro, la alegría y la motivación para afrontar los días también tienen que ser sólo para hoy.
Precisamente el sacramento de la reconciliación nos ofrece la posibilidad de dejar atrás lo que no sirve, lo que se convierte en pesada carga y lanzarnos hacia lo nuevo que nos espera, con la confianza renovada y la seguridad de que cada una de nuestras vidas está bien acompañada y bien cuidada.

Lo que Dios nos dice. «No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús». Filp 3,12-14.
El adviento es el tiempo de la sorpresa, del asombro, del sentirnos agradecidos. Porque la salvación que Dios nos propone es en esperanza. Y una esperanza que se ve no es esperanza. Es el tiempo donde nos volvemos a sentir unos perfectos inacabados, unos peregrinos que todavía no hemos llegado a ninguna meta, pero que estamos convencidos de que los tramos de camino que diariamente recorremos van enseñándonos muchísimas cosas valiosas. Y esa mirada nueva sobre nosotros mismos, sobre los demás, sobre el futuro y sobre las cuestiones fundamentales de la vida humana, son los frutos del encuentro con el Señor.
«Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud. En el vientre materno ya me apoyaba en ti, en el seno tú me sostenías, siempre he confiado en ti. Muchos me miraban como a un milagro, porque tú eres mi fuerte refugio. Llena estaba mi boca de tu alabanza y de tu gloria todo el día. No me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas, no me abandones…Dios mío, no te quedes a distancia; Dios mío, ven aprisa a socorrerme. Yo en cambio, seguiré esperanzado, redoblaré tus alabanzas; mi boca cantará tu justicia, y todo el día tu salvación, aunque no sepa contarla. Contaré tus proezas, Señor mío; marraré tu justicia, tuya entera. Dios mío, me instruiste desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas; ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación”. Sal 71, 1-18.
Estamos invitados a recuperar la ilusión, el ánimo, las ganas de vivir. Y no significa que lo tengamos todo resuelto, sino que confiamos ciegamente en las promesas que el Señor nos ha ido haciendo a lo largo de toda nuestra vida.
«Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia». Rom 8,24-25.
«Cuando venga el Hijo del hombre…». Mt 24,37… lo que nos va a traer, lo que nos va a regalar, es la luz, la claridad, la sabiduría… Lo que hace que merezca la pena sentarse a sus pies y escuchar su palabra, que nos explique cuál es el sentido profundo de nuestra existencia.
Nos explica que venimos por puro amor del corazón de Dios, que nos ha regalado a cada uno de nosotros un montón de talentos, de capacidades. Y nos ofrece la posibilidad de rendirlos, de compartirlos de ponerlos al servicio de los demás. El encuentro con el Señor es la fuente de la transformación de toda la realidad de división, de ruptura, y nos contagia el deseo de construir el Reino de Dios.

Cómo podemos vivirlo. Es un tiempo de volver a lo esencial. El tener clara la jerarquía de nuestra fe, como repite continuamente nuestro Papa Francisco: qué es lo que importa de verdad y qué es decorado. Dónde está la verdadera alegría de la Navidad y dónde la ofrece la permanente estafa del consumo, de las lentejuelas y las luces callejeras. Qué significa que el Señor viene, que está cerca de cada uno de nosotros y que nos pueda cambiar siempre el luto en danzas.

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Por una vez en la vida

Introducción. Noto una invitación repetida una y otra vez de parte del Señor a volver a ser pequeños y sencillos como los niños. Atentos a lo que cada día ocurre, con detalle, con cuidado, poniendo lo mejor de nosotros en lo que hacemos, sin esperar lo extraordinario, lo brillante, lo exitoso. No todo en la vida es eficacia, utilidad y objetivos cumplidos. Hay que dejar un amplio espacio a la sorpresa, a la contemplación de la realidad que nos envuelve, que nos llama al juego, a la espontaneidad, al humor, como a los niños. «Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.» Mt 18,2-5.
Porque nuestra tendencia espontánea es fijar nuestra mirada en lo grande, en lo espectacular, en lo que trasciende y deja huellas imborrables en la historia. Nuestro paso por el mundo es muy breve y anónimo. ¡Cuántos millones de hombres y mujeres que han poblado el planeta a lo largo de los siglos han pasado, han vivido y no sabemos nada de ellos! Ni sus nombres, ni sus logros, ni sus fracasos… Y en absoluto significa que sus vidas hayan sido estériles o infecundas. Posiblemente han sido fieles a lo que tenían que vivir, que aprender, que amar. Han unido y asociado sus vidas a otras personas para los que han sido verdaderamente importantes y han creado relaciones nuevas con creatividad, y los que los han tenido cerca han reconocido sus vidas como buenas noticias para los demás.
¡Cuánto influye la providencia para que nuestras vidas se crucen a lo largo de una vida y nos conozcamos! Da vértigo pensar que perfectamente y estadísticamente podíamos no conocernos, ni querernos las personas a las que amamos y conocemos. Es muy entrañable y sorprendente escuchar las historias que cuentan las parejas de cómo se conocieron. O cuando contamos los religiosos o los curas cómo nos llegó la vocación… Todo está lleno de casualidades, de anécdotas, de circunstancias que, si no se hubieran dado, nada hubiera sido lo que después fue. ¡Cuánta gratitud, cuánto amor acompaña cada una de nuestras vidas y de nuestras historias! Es como para agradecer y admirar. Por eso nuestra preocupación tiene que ser como la de un niño: reír, disfrutar, aprender, jugar y sorprendernos continuamente de lo que vivimos. Preguntar, caernos, llorar, y volverlo a intentar. Porque no estamos solos, nuestra vida la acompaña y la cuida el que más nos quiere: nuestro Buen Dios.

Lo que Dios nos dice. Nuestra memoria filtra mucho los datos que recuerda. Y solemos grabar los datos relevantes, pero hay en lo pequeño, en lo cotidiano, una cantidad de imágenes, de personas, de olores y sabores, de risas, de sonidos, que no sirven para aprobar un examen o una oposición, pero sí que sacan de nosotros una sonrisa, una carcajada o unos ojos llorosos invadidos por la emoción y la alegría, que nos hacen sentir dichosos, felices, gozosos. «Al cabo de mucho tiempo viene el Señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco. Su Señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu Señor. Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: ¡Señor, dos talentos me dejaste; mira he ganado otros dos». Su Señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu Señor. Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo. El Señor le respondió: Eres un siervo negligente y holgazán». Mt 25,19-26.
Hace 50 años la Iglesia estaba viviendo el Vaticano II. Hace 50 años nació el Verbum Dei en la isla de Mallorca. Hace 50 años un montón de hombres y de mujeres se conocieron y decidieron compartir su vida, amándose, trayendo al mundo hijos e hijas. Hace 50 años hombres y mujeres se entregaron a Dios y se consagraron como sacerdotes o religiosos. Hace 50 años los trabajadores vivían sus profesiones de forma responsable. Y los científicos invertían sus mejores energías para hacer que la ciencia avanzara. Los artistas desplegaban sus talentos y captaban la belleza que envuelve la realidad. La historia graba con letras doradas los nombres de mujeres y hombres que han hecho cosas de una gran trascendencia. Pero el mundo lo mueve y lo sostienen las manos providentes de nuestro Dios, y la entrega fiel, diaria, anónima, de muchos que sin buscar fama o gloria entregan diariamente lo mejor que tienen… «Llamando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir». Mc 12,43-44.

Cómo podemos vivirlo. Sin ahorrar en afectos, esfuerzos y cariños. Cada día es una nueva oportunidad de compartir con los demás los talentos que se nos han dado. Sin perder tiempo en comparaciones, en envidias o en rivalidades. Todos somos necesarios en este maravilloso proyecto de hacer del mundo un reino de hermanos. Todos llamados a compartir la misma vocación desde la sensibilidad particular que cada uno tenemos. Todos necesarios e imprescindibles. Todos uno agradecidos de los regalos y los dones que gratuitamente recibimos cada día. Compartamos gratis lo que gratis recibimos.

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