Eliseo

La intransigencia de un Dios celoso

Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: “Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.” Elías le dijo: “Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?” (cf. 1Re 19, 16b.19-21)

«Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de mis amigos de siempre». Le dijo Jesús: “Nadie que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el Reino de Dios”. (cf. Lc 9, 51-62)

Ángel y Luis eran dos amigos de toda la vida. Los dos se habían ayudado mutuamente en multitud de ocasiones y eran tan inseparables que hasta las novias de cada uno tenían celos del otro amigo. Para hacer cualquier cosa con quien primero contaba cada uno era con el otro, con la opinión y los gustos del amigo antes que de la familia o de la novia o de… incluso antes que con la opinión de Dios.

Un día fueron juntos a hacer escalada a una de las montañas más altas del país. Las novias y la familia les dijeron que no fueran porque era muy arriesgado, que fueran a otra montaña menos peligrosa, pero como ellos se habían puesto de acuerdo no había nada que hablar. Frente a la opinión del amigo no había nada que discutir.

La escalada comenzó normalmente, con buen tiempo y sin dificultades. Ángel y Luis disfrutaban de la excursión porque era emocionante y la estaban compartiendo con la persona más importante del mundo para cada uno de ellos: el amigo primero.

A medida que se acercaban a la cima el tiempo fue empeorando. Ellos fueron muy imprudentes por seguir adelante, eligiendo además la cara de la montaña más difícil de escalar. Como estaban juntos se decían: ¿Qué podemos temer?

Una tormenta de nieve comenzó a golpear la parte de la montaña por donde ellos estaban subiendo y se quedaron, de repente, aislados en un recodo. Para colmo de males, Luis resbaló y Ángel tuvo que lanzarse sin demasiado control para sujetarle y que no cayera al vacío. El resultado fue que los dos quedaron en el filo de un precipicio, sujetos por una sola cuerda de seguridad y habiendo perdido el resto del equipo barranco abajo.

Cuando se supo lo del accidente los especialistas en rescates se pusieron a estudiar la forma de subir hasta Ángel y Luis para salvarles, pero todos dijeron que mientras que la tormenta siguiera no se podía hacer nada. La tormenta los podía matar por congelación o despeñándoles precipicio abajo, pero nadie se atrevía a subir.

Un bombero, uno sólo, dijo que él podía hacerlo, que se arriesgaría para salvarles porque ellos dos no podían esperar y podían morir. Nadie dijo nada, nadie se prestó para ayudarle y el bombero salvador marchó montaña arriba, solo, por el mismo camino que habían tomado los dos amigos pero sin cometer ninguno de los errores ni imprudencias que ellos dos habían cometido y que les habían dejado en tan mala situación.

La tormenta se hizo más violenta en cuanto el bombero comenzó la subida. Era como si la montaña no quisiera renunciar a su presa y quisiera obligar a retroceder a quien pretendiera arrebatarle a los dos montañeros. A pesar de todo, el único que quiso arriesgarse para salvarles redobló su coraje y siguió adelante, a pesar de todo.

Tormenta en el Monte Dalsnibba (Noruega)

Cuando el bombero llegó donde estaban los dos amigos montañeros tenía las manos medio congeladas. A pesar de ello, nuestro valiente salvador se las apañó para hacer una especia de trineo con cuerdas para poder bajar él solo a los dos montañeros. Ellos estaban tan débiles que no pudieron hacer nada por cooperar en su propia salvación.

A medida que el bombero salvador descendía cargando con los dos amigos la tormenta se hizo más y más violenta. La montaña descargó un alud y las rocas parecían hacerse más altas para imposibilitar la salvación, pero nuestro salvador sabía bien cómo vencer ante todo peligro para no perder a ninguno de los que había ido a rescatar.

Finalmente, los tres llegaron al campamento “0”, en la falda de la montaña. Los amigos estaban bastante bien porque su salvador los había abrigado con su propia ropa para que no se congelaran. Sin embargo él llegó con las manos y los pies totalmente congelados, muertos, pedidos para siempre. Había pagado un alto precio por salvar a los dos amigos pero estaba contento y no se arrepentía de ello.

Desde entonces el bombero salvador quedó poco menos que recluido en su casa. No podía salir a menos que alguien le tomara consigo y le llevara a la calle.

Ángel era uno de los que le visitaba frecuentemente, todas las semanas. Sin embargo Luis se desentendió de su salvador porque decía que nadie le había llamado, que el bombero fue porque quiso y que no le iba a estar pagando esa supuesta deuda toda la vida. A pesar de que Luis y Ángel seguían estando tan unidos como siempre, Luis no compartía que Ángel fuera semanalmente a casa del salvador de los dos, aunque lo respetaba y no le decía nada.

Un fin de semana, durante la visita semanal a casa del Bombero herido, Ángel le dijo que el fin de semana siguiente no iba a poder ir a verle porque se iba con Luis a escalar de nuevo. El bombero le miro con ojos penetrantes y firmes, como llenos de dolor y decepción, y le dijo:

“Yo lo di todo por salvaros y tú te conformas con visitarme una vez a la semana para olvidarte de mí el resto del tiempo. Luis me ha olvidado definitivamente pero lo tuyo es aun peor porque crees que a mí, a tu salvador, me vas a contentar con una visita casi de limosna.”

Ángel respondió dolorido: “Y ¿qué habría de hacer? ¿Te voy a tener que estar pagando aquello toda la vida?”

“Exactamente (dijo su salvador), pero no por mí sino por ti mismo. No aprendiste nada de aquello. Sigues cometiendo las mismas temeridades y poniéndote en peligro constantemente. Si estuvieras más conmigo no olvidarías de qué te rescaté, no olvidarías que me debes la vida.”

Ángel comenzó a sentir cómo las lágrimas arrasaban su rostro, como desde hacía rato también le sucedía a su salvador. “¿Qué debo hacer para pagarte? ¿Qué quieres que haga por ti para que te sientas pagado?” ¡¡¡CAMBIA!!! (respondió casi con un grito el bombero salvador) Si me tuvieras más en cuenta y recordaras de qué muerte te he salvado entonces cambiarías, entonces yo sería el primero en tu corazón y tú te convertirías en un rescatador de los que cometen los errores de los que yo te salvé. Eres mis manos y mis pies. Hoy quiero seguir salvando pero te necesito a ti para poder seguir haciéndolo.”

Ángel bajó la cabeza y comenzó a comprender lo que le pedía su salvador. Él tenía que ser las manos y los pies de quien lo había dado todo por salvarle, él tenía que llevar en sí mismo la vida y la fuerza de su salvador para apagar los fuegos que destruían la vida de otros, para rescatarlos de los peligros a los que la temeridad y la autosuficiencia les exponían. Entonces Ángel dijo bajito: “¿Y Luis?”

A Luis es al primero al que tienes que salvar porque es a quien más quieres, pero sólo podrás salvarle cuando yo sea lo primero en tu corazón, cuando sea la mía la primera opinión con la que cuentas, cuando vivas con mi rostro grabado en tu memoria. Entonces reconocerás que tienes algo que los demás no conocen y podrás salvarles de los precipicios y barrancos por los que se despeñan cada día. Yo te daré la fuerza y te diré como hacerlo, pero si no soy el primero no seré nadie para ti, porque quien te da la vida nunca se conformará con ser uno más. ¿Lo entiendes, Ángel?

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