domingo de Ramos

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2015

Escuchar una vez al año el relato de la Pasión nos ilumina de la potencia que tiene esta historia, de lo grande que es lo vivió Jesús, porque pasa por todo lo profundo que la humanidad es capaz de vivir.

Si uno medita la Pasión y pone nombre a actitudes que aparecen en los personajes de la Pasión, reconoce cómo se describe todo lo que es la humanidad. Ve el miedo en unos apóstoles, que se sienten atraídos por el Jesús triunfador del Domingo de Ramos pero que, según van viendo la peligrosidad de la situación, van alejándose. Reconoce cómo aparecen la negación y la cobardía en un Pedro que es capaz de negar por tres veces al Maestro. Se contemplan la ambición, la ambigüedad, la crueldad, la hipocresía de los fariseos…

Pero, sobre todo, el relato de la Pasión es una invitación a que fijemos la mirada en Jesús: ese hombre que, en medio de un escenario de miseria humana, es capaz de pasar por medio del valle de los huesos, los corazones y la humanidad secos y ser como el agua que brota sanando a esa humanidad. La Pasión es el reflejo de cómo la gracia, el amor, la esperanza y la misericordia de Dios son capaces de transformar el desierto en un vergel.

La Pasión tiene mucho que ver con la situación actual que vive hoy nuestro mundo. Este relato no es una escena de una obra teatral. Lo que pasa en el evangelio sucede en la humanidad en la actualidad: hay juicios, hay inocentes que mueren víctimas del sinsentido… Estos días estamos consternados al descubrir que las vidas de 150 personas pueden depender de la salud mental de una persona. Pero, no es sólo eso: también en mi día a día, si yo estoy mal, más de 150 personas sufren mi malestar.

La Pasión del Señor nos invita a decidir qué personaje queremos ser y cuánto de lejos o de cerca del Señor queremos ir.

Jesús no fue una persona que estaba en el lugar y en el momento adecuado, sino que representa la conciencia de que Él vino para esto… y eso se refleja en Getsemaní. Allí, Jesús demuestra humanidad (reflejada en sus temores y dudas), pero también claridad y luminosidad (reconociendo que en la muerte hay vida, siendo consciente de que su vida ha estado siempre en manos de un Dios que ni siquiera en ese momento le va a abandonar).

Todos hemos vivido situaciones humanas de cruz: muertes, abandonos, traiciones, miedo, soledad. Pero Jesús nos dice que el amor es más fuerte que la muerte, nos pide que no frenemos nuestros sueños, que aceleremos en el amor y que experimentemos la resurrección.

Dediquemos un tiempo diario en esta Semana Santa para conectar con ese Jesús que nos invita a no tener miedo, a reconocer que en Getsemaní el Padre expulsa el temor de Jesús: el amor expulsa el temor. Y el Jesús que va hasta el extremo es el que vive libre: ya no hay barro, sólo hay tesoro. El Dios que devuelve a la vida a Jesús se la devuelve a toda la humanidad.

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.
Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: «¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres». Y la criticaban.
Pero Jesús dijo: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con ustedes y podéis hacerles bien cuando quieran, pero a mí no me tendréis siempre.
Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella ha hecho».
Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.
El primer día de la fiesta de los panes ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad; allí os encontraréis con un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; preparad allí lo necesario».
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Al atardecer, Jesús llegó con los Doce.
Y mientras estaban comiendo, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará, uno que come conmigo».
Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: «¿Seré yo?».
El les respondió: «Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos.
Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».
Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo: «Todos vosotros os vais a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas.
Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea».
Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré».
Jesús le respondió: «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces».
Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos decían lo mismo.
Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quedaos aquí, mientras yo voy a orar».
Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando».
Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora.
Y decía: «Abba -Padre- todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras.
Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle.
Volvió por tercera vez y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedle y llevadle bien custodiado».
Apenas llegó, se le acercó y le dijo: «Maestro», y lo besó.
Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús les dijo: «Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras».
Entonces todos lo abandonaron y huyeron.
Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.
Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.
Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban.
Algunos declaraban falsamente contra Jesús:
«Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'».
Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.
El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?».
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?».
Jesús respondió: «Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?
Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?». Y todos sentenciaron que merecía la muerte.
Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: «¡Profetiza!». Y también los servidores le daban bofetadas.
Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote
y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno».
El lo negó, diciendo: «No sé nada; no entiendo de qué estás hablando». Luego salió al vestíbulo.
La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos».
Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo».
Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando.
En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces». Y se puso a llorar.
En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.
Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «Tú lo dices».
Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él.
Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!».
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.
En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: «¿Quieren que os ponga en libertad al rey de los judíos?».
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia.
Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás.
Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que llamáis rey de los judíos?».
Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!».
Pilato les dijo: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Crucifícalo!».
Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia.
Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron.
Y comenzaron a saludarlo: «¡Salud, rey de los judíos!».
Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.
Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.
Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar del Cráneo».
Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!».
De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!». También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.
Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo».
Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.
El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo.
Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».
Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.
Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.
Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José.
Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro.
María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me daréis si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó.
Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?».
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices».
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente».
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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Semana Santa que nos salva y nos santifica

Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección transcurre la Semana Santa. Es natural que la llamemos así porque en ella conmemoramos y actualizamos la entrega, pasión muerte y resurrección de Jesús.
Sin embargo, decir que estamos en Semana Santa debe querer decir algo más. En estos días en los que con intensidad nos unimos a Jesús, porque él nos invita a participar en la mesa de su pan, de su Palabra y de su ejemplo, podemos y debemos santificar nuestra realidad. Significará hacer propias las actitudes de Jesús como el perdón, la reconciliación, la verdad, la misericordia, la acogida, el sacrificio personal en bien de los otros.
Jueves, Viernes y Sábado Santo nos indican las actitudes que podemos aprender como última y más importante lección de nuestro maestro Jesús.

Amar cada día más y mejor
Para lograrlo debo profundizar en mi relación con Jesús dejándome lavar por él, dejándole entrar en mis objetivos y metas, en mis acciones, en mis pensamientos e intenciones. (“Jesús le dijo a Pedro: -Lo que yo hago no lo entiendes ahora, más tarde lo entenderás. Replicó Pedro: -No me lavarás los pies jamás. Jesús le dijo: -Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Le dijo Simón Pedro: -Señor, si es así, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza”. Jn 13, 7-9)
Porque Jesús quiere tener con nosotros una relación auténtica que pide de nuestra parte obediencia a sus palabras y al mandato del amor. También nosotros hemos de lavarnos los pies unos a otros, perdonarnos y amarnos con el mismo amor que él nos da. Será un amor que se llena de gestos y actos concretos de cuidado y atención y se traduce en el logro de una convivencia más humana en la justicia y más fraterna en la unidad y la paz. (“Vosotros me llamáis maestro y señor, y decís bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros mutuamente los pies. Os he dado ejemplo para que hagáis lo mismo que yo he hecho”. Jn 13, 13-15)

Confiar en Dios a pesar de todo
Unidos a Jesús, somos llevados por la vía dolorosa. Acompañar al Señor en el Viernes Santo es estremecedor y nos da otra de las claves para santificar la vida: la total confianza puesta en Dios más allá de las circunstancias de dolor y sufrimiento que nos toque atravesar.
En la cruz de Jesús descubrimos que somos comprendidos en nuestras cruces y dificultades, que no estamos solos. Junto a nosotros está también María, la madre del Señor, están también las personas que nos quieren, nos apoyan y comprenden. Dios, Jesucristo y su madre santa se compadecen de nosotros y no nos abandonan; por oscuros que sean los tiempos o los acontecimientos podemos confiar y apoyarnos en ellos. (“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre: -Mujer, ahí tienes a tu hijo. Después dice al discípulo: -Ahí tienes a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa”. Jn 19, 25-27)
Desde la cruz Jesús nos mira y grita que tiene sed; también nosotros estamos sedientos de compasión, de un trato más humano y bondadoso. Bajo la mirada de Jesús estamos llamados a ser compasivos, misericordiosos y solidarios con los que están junto a nosotros. (“Después, sabiendo que todo había terminado, para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: -Tengo sed. Había allí un jarro lleno de vinagre. Empaparon una esponja en vinagre, la sujetaron a un hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús tomó el vinagre y dijo: -Todo se ha cumplido. Dobló la cabeza y entregó el espíritu”. Jn 19, 28-30)

Esperar sin límites
El Sábado Santo es un día de silencio, penumbra y soledad. Solemos ponernos al lado de María, que supo esperar el nacimiento de su Hijo, para sostenernos en ella, mirar su rostro y con María orar por todos los que se desesperan y se sienten solos.
La Virgen esperaba en el Sábado Santo a que le naciéramos nosotros, sus otros hijos, y cuando el sol del Domingo de Pascua comience a clarear y el Hijo resucitado se nos haga de nuevo cercano y encontradizo, María verá en cada uno de nosotros a Jesús.
El tiempo entre la muerte y la resurrección de Jesús no fue un tiempo perdido, Jesús se solidarizó totalmente con la humanidad y entró en la muerte hasta los infiernos donde no llega ni un rayo del amor de Dios, allí donde no hay palabras de consuelo.
Nosotros hoy vivimos una situación parecida al Sábado Santo de Jesús: muchas personas no ven a Dios, Él no está en sus corazones; otras no encuentran el sentido de su vida. Ante esta realidad, como cristianos, podemos mostrar la esperanza cuando no nos dejamos llevar de las malas noticias y de la negatividad; cuando, como las mujeres discípulas, que cuidaron a Jesús vivo y también después de muerto, seguimos cuidando con amor y dedicación a los heridos y muertos por la pena o la soledad; o cuando, al igual que los discípulos de Emaús, sabemos acompañar y ser acompañados por los que aparecen en nuestro camino. Así, en la noche que queremos acortar, ponemos una luz de esperanza en Jesucristo resucitado. (“El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. Encontraron corrida la piedra del sepulcro, entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. Y, como quedaron espantadas, mirando al suelo, ellos les dijeron: -¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”. Lc 24, 1-6)

¡Feliz llegada a la Pascua a todos!

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

La Semana Santa es una escuela de lo que todo ser humano va a vivir en este mundo. Jesús es nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida. Y Él nos enseña paso a paso lo que será nuestro peregrinaje por esta vida.

Entre los dos instantes de desnudez y fragilidad que son nuestro nacimiento y nuestra muerte todos nosotros tenemos responsabilidad para elegir sobre nuestos actos: podemos vivir compartiendo o acumulando, amando o llenando de sufrimiento nuestras vidas y las de los demás…

La pasión, muerte y resurrección de Jesús nos muestra cómo entra en Jerusalem enriquecido, aclamado, en medio de un ambiente de euforia, y llega al jueves y viernes santo tremendamente empobrecido… para, en el domingo de resurrección triunfar sobre la muerte y el odio.

El Domingo de Ramos todo es euforia… Parece verse el resultado de los tres años de trabajo arduo de Jesús. Los discípulos podrían imaginar que ese era el principio de mejores tiempos…

Pero Jerusalem es una ciudad hecha por hombres (como nuestro mundo)… y ese aparente triunfo y esa aparente felicidad son tan frágiles como las nuestras… De la aclamación al «crucifícalo» hay una delgada línea… Cambia la escena en muy poco tiempo…

Estas escenas retratan perfectamente nuestra trayectoria: nosotros pasamos del amor al odio en un suspiro y nos venimos arriba y abajo en segundos…

Jesús vive todo (la aclamación y la animadversión) sabiendo lo que le espera y sabiendo con quién lo vive. Entra enriquecido en Jerusalem y va empobreciéndose paulatinamente hasta el viernes santo. Su vida es una progresiva perdida de vida pero Él sabe perfectamente quién le devuelve la vida. Entrega la vida voluntariamente y el Domingo de Resurrección redescubrimos que quien llena de vida a Jesús (al igual que a nosotros) es Dios. La vida la recibimos y nos la recarga Dios mismo.

La Semana Santa tiene mucho que enseñarnos. Deberíamos vivirla intensamente, poniendo los ojos en Jesús, porque en nuestra vida hay mucho de ella: en nuestro día a día hay muchos Judas, muchos Pedros, muchos Getsemanís y momentos en los que lloramos pidiendo que se aparte de nosotros ese cáliz.

Diariamente todos vivimos constantemente misterios pascuales, pero los podemos vivir solos o acompañados. Podemos experimentar la cruz reconociendo que el Padre es el que nos da la vida. La Resurrección es volver a aprender que la vida nos la da otro.

Ojala vivamos esta Semana Santa orando unos por otros, con una fe firme en la Resurrección, sabiendo que por mucho dolor que acompañe nuestra vida la última palabra la tiene el amor. Porque siempre el amor es más fuerte que la muerte.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2013

Evangelio según San Lucas

Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de mi Pasión, porque os aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomad y compartidla entre vosotros. Porque os aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».
Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».
Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por vosotros. La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí.
Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!».
Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso. Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande.
Jesús les dijo: «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre vosotros no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve. Vosotros sois los que habéis permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas.
Por eso yo os confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí.
Y en mi Reino, comeréis y beberéis en mi mesa, y os sentaréis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearos como el trigo,
pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
«Señor», le dijo Pedro, «estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
Pero Jesús replicó: «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
Después les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿os faltó alguna cosa?».
«Nada», respondieron. El agregó: «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una.
Porque os aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
«Señor», le dijeron, «aquí hay dos espadas». El les respondió: «Basta».
En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos.
Cuando llegaron, les dijo: «Orad, para no caer en la tentación».
Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
«Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba.
En medio de la angustia, él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza.
Jesús les dijo: «¿Por qué estáis durmiendo? Levantaos y orad para no caer en la tentación».
Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo.
Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?».
Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron: «Señor, ¿usamos la espada?».
Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha.
Pero Jesús dijo: «Dejadlo, ya está». Y tocándole la oreja, lo curó.
Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: «¿Soy acaso un ladrón para que vengáis con espadas y palos? Todos los días estaba con vosotros en el Templo y no me arrestasteis. Pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas».
Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos.
Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo: «Este también estaba con él».
Pedro lo negó, diciendo: «Mujer, no lo conozco».
Poco después, otro lo vio y dijo: «Tú también eres uno de aquellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy».
Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo: «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo». «Hombre», dijo Pedro, «no sé lo que dices». En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo.
El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.
Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían: «Profetiza, ¿quién te golpeó?».
Y proferían contra él toda clase de insultos.
Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron: «Dinos si eres el Mesías». El les dijo: «Si yo os respondo, no me creeréis, y si os interrogo, no me responderéis. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
Todos preguntaron: «¿Entonces eres el Hijo de Dios?». Jesús respondió: «Tenéis razón, yo lo soy».
Ellos dijeron: «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.
Y comenzaron a acusarlo, diciendo: «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
Pilato lo interrogó, diciendo: «¿Eres tú el rey de los judíos?». «Tú lo dices», le respondió Jesús.
Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud: «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
Pero ellos insistían: «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.
Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia.
Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada.
Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo,
y les dijo: «Me habéis traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de vosotros y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan;
ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como véis, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero la multitud comenzó a gritar: «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!».
A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!».
Por tercera vez les dijo: «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento.
Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo.
Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él.
Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.
Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.
El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían: «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!».
También los soldados se burlaban de él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían: «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!».
Sobre su cabeza había una inscripción: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio.
Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró.
Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo».
Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho.
Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios.
Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado.
Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2012

Cuando uno escucha los relatos de la Pasión de Jesús, puede hacerlo como un mero espectador. Pero la Semana Santa no es eso…

Jesús nos invita en este Domingo de Ramos, puerta de entrada a la Semana Santa, a vivirla con Él. No nos quedemos en la simple observación y en el rechazo de lo que ocurrió. Sintámonos admirados y atraídos por un hombre que es muy consciente de lo que está viviendo y que nos puede enseñar a afrontar nuestras cruces.

Semana Santa o curso práctico de cómo vivir nuestra vida real no como victimas quejumbrosas, sino como lo hizo Jesús: mirando de cara a la cruz y poniendo amor en todo aquello que nos duele. Jesús nos enseña a vivir de pie ante nuestras cruces: todas aquellas cosas que nos superan.

La cruz es el gran regalo que Dios nos hace para que seamos humildes, para que no nos creamos los «Masters del Universo»… La cruz es la mejor terapia frente a la soberbia. Tenemos una tentación enorme de apropiarnos de los éxitos. Sólo aprende a morir el que aprende a vivir humildemente.

La Semana Santa va a llevarnos a través de las continuas pérdidas de Jesús. Se trata de que seamos conscientes que toda nuestra vida nos la da Dios.

Vivamos la Semana Santa no con pesadumbre, sino admirando y deseando ser como Jesús. Observemos con profundidad y aprendamos de ese hombre que no vive para Él y que nos demuestra que hay un amor que es más grande que todas nuestras muertes.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2012

Evangelio según San Marcos

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Acimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús.

Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí: «¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres». Y la criticaban.

Pero Jesús dijo: «Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Os aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo».

Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de la fiesta de los panes Acimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?».

El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad; allí encontraréis a un hombre que lleva un cántaro de agua. Seguidlo
y decidle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: ‘¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?’. El os mostrará en el piso alto una sala grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárad allí lo necesario».

Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Al atardecer, Jesús llegó con los Doce. Y mientras estaban comiendo, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar, uno que está comiendo conmigo». Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro: «¿Seré yo?». El les respondió: «Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».

Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo».
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Os aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios».

Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Y Jesús les dijo: «Todos os váis a escandalizar, porque dice la Escritura: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea».

Pedro le dijo: «Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré».
Jesús le respondió: «Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces».
Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos decían lo mismo.

Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Quedaos aquí, mientras yo voy a orar». Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse.
Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí velando».

Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía: «Abba -Padre- todo es posible para tí: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permaneced despiertos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».

Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras. Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».

Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo y llevadlo bien custodiado». Apenas llegó, se le acercó y le dijo: «Maestro», y lo besó. Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron.

Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús les dijo: «Como si fuera un bandido, habéis salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre vosotros enseñando en el Templo y no me arrestastéis. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras».

Entonces todos lo abandonaron y huyeron. Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.

Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas.

Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego.

Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban.
Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban. Algunos declaraban falsamente contra Jesús: «Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre'». Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones.

El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús: «¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?».
El permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente: «¿Eres el Mesías, el Hijo de Dios bendito?».
Jesús respondió: «Sí, yo lo soy: y veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo».

Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabamos de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos sentenciaron que merecía la muerte. Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían: «¡Profetiza!». Y también los servidores le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Nazareno». El lo negó, diciendo: «No sé nada; no entiendo de qué estás hablando». Luego salió al vestíbulo. La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes: «Este es uno de ellos». Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro: «Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo». Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: «Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces». Y se puso a llorar.

En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». Jesús le respondió: «Tú lo dices». Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente: «¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!».
Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato.

En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición.
La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado.
Pilato les dijo: «¿Queréis que ponga en libertad al rey de los judíos?».
El sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo: «¿Qué debo hacer, entonces, con el que vosotros llamáis rey de los judíos?». Ellos gritaron de nuevo: «¡Crucifícalo!». Pilato les dijo: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Crucifícalo!». Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo: «¡Salve, rey de los judíos!». Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo. Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús.

Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: «lugar de la Calavera». Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados se repartieron sus vestiduras, sorteándolas para ver qué le tocaba a cada uno.
Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: «El rey de los judíos».

Con él crucificaron a dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían: «¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar,
sálvate a ti mismo y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!». También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.

Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde;
y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz: «Eloi, Eloi, lamá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo: «Vamos a ver si Elías viene a bajarlo».

Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó: «¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!».

Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

Era día de Preparación, es decir, víspera de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea -miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios- tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después, hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.

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