discípulos

Dos años…

El pasado miércoles, día 23 de mayo, este blog cumplía dos años de vida. No obstante, para quienes formamos parte de esta familia, la verdadera fecha de nuestro cumpleaños fue el pasado domingo, coincidiendo con la celebración de la llegada del Espíritu Santo. Y es que el 23 de mayo de 2010, fecha en la que vio la luz Echad la red, era exactamente el domingo de Pentecostés de aquel año.

Entonces entendíamos que Pentecostés era una fecha lo suficientemente emblemática, por lo que significa para los cristianos y, también, porque la propia génesis de este blog nos unía simbólicamente a ese momento.

No debemos olvidar que, cuando el Espíritu Santo llega a los discípulos, ellos están encerrados, desolados, temerosos, con un sentimiento de fracaso, con la sensación de que los últimos tres años de su vida no habían servido para nada, sin entender nada, sin capacidad de reacción… Y el Espíritu Santo les aporta valentía, les aclara dudas, les infunde ánimo y argumentos para dar testimonio y les mueve a salir de su encierro y a seguir la estela de Jesús.

La idea de crear este blog surgió en un momento en el que desde bastantes ámbitos de la sociedad se respiraba un ambiente de crítica (más o menos justa, más o menos argumentada…) y de cierta animadversión hacia la Iglesia y hacia quienes nos declaramos creyentes. Críticas que los cristiano no siempre hemos sabido contrarestar o argumentar.

Sin dejar de reconocer que la comunidad cristiana, como todo lo humano, no es perfecta, quienes formamos el equipo de este blog teníamos (y tenemos) una experiencia diferente de lo que es iglesia. Una experiencia alejada de los tópicos. Y creíamos (y seguimos creyendo) que se puede experimentar a Dios en la cotidianeidad, que la vida cristina está (y debe estar) muy pegada a la realidad.

En ese contexto, surgió la idea de crear Echadlared. Dos años después, la experiencia es positiva. Agradecemos a Dios la inspiración, la energía y la fuerza que nos ha dado en todo este tiempo. Y le pedimos que el Espíritu Santo siga apoyándonos.

También queremos aprovechar que estamos de cumpleaños para recordaros que este blog es de todos vosotros y animaros a que opinéis y compartáis vuestras impresiones sobre este foro.

Queremos daros las gracias por vuestro seguimiento y por vuestro apoyo en estos dos años.

Seguiremos echando la red…

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Audio-homilía: Festividad de la Ascensión 2012

En la celebración de hoy comprobamos cómo se integra lo negativo en la vida o cómo se pueden sacar buenas noticias de algo aparente doloroso o que supone una ruptura.

Hoy conmemoramos la separación del Jesús histórico de sus once amigos. Cuando alguien importante para nosotros nos deja, eso nos genera incertidumbre, sensación de soledad y de falta de referencias.

Pero de ese dolor por la separación surge la responsabilidad asumida por los discípulos y la conciencia de que ahora nos toca a nosotros hacer lo que él hacía.

Esta fiesta significa, por una parte, que Jesús sube el cielo y su historia tiene un colofón claro. El Señor no nos mantiene en la duda sobre cuál es nuestro destino. A pesar de las incertidumbres y de los avatares de la vida, el Señor nos dice que el final de nuestra vida es ascender «entre aclamaciones y al son de trompetas«.

Por otra parte, la Ascensión del Señor también nos revela que sólo maduramos cuando quien nos guía se aparta a un lado. Sólo damos pasos de crecimiento cuando el que lo hace todo deja de estar. Eso sucedió con los discípulos y nos pasa a todos. Sólo crecemos cuando nos vemos en la obligación de hacerlo. Jesús se va para dejarnos que despleguemos nuestros talentos.

Audio-homilía: Festividad de la Ascensión 2012

Evangelio según San Marcos

Entonces les dijo: «Id por todo el mundo, anunciad la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas;
podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán».
Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios.
Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.

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Es por ti

Introducción. Todos los años me pasa lo mismo al celebrar la Pascua, y es que en los momentos previos, antes de comenzarla, me acompaña un cierto sentimiento de duda o de inseguridad de si somos, de forma personal y comunitaria, capaces de transmitir, de reflejar y de contagiar, toda la Vida y todo el Amor con que nuestro Dios se acerca a nosotros. Vivo el temor y el temblor de sentirme demasiado frágil y torpe para introducir a las personas en la atmosfera de amor que rodea todos los gestos y las palabras de Jesús y posibilitar el sentir y el gozar el misterio de nuestra fe. Y como todos los años escucho de Jesús el mismo reproche cariñoso y al mismo tiempo exigente. «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» Mt 14,31. Quien es capaz de vencer la muerte, las tinieblas, la soledad y el pecado no somos nosotros, es Él. «Es el Señor». Jn 21,7. Y es fácil reconocer que Jesús es el protagonista principal de la Pascua. Todos los demás somos simples colaboradores, testigos afortunados de la acción de Dios en medio de nuestro mundo. «En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales accedisteis a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni el que riega tampoco; sino Dios, que hace crecer. Nosotros somos colaboradores de Dios». 1ª Cor 3,5-9.
De nuevo la humanidad se ha sentido desbordada por tanto amor y tanta generosidad. Todas las personas que hemos participado de la Pascua, en el lugar que la hayamos celebrado, hemos tenido la oportunidad de acompañar a Jesús, al hombre capaz de vivir todas las situaciones que a nosotros nos bloquean y nos paralizan, dando una respuesta llena de esperanza y de seguridad. Hemos aprendido a descubrir la capacidad que tenemos de no cerrarnos a nuestra propia carne, de no reducir la vida a lo que a mí me ocurre (problemas, preocupaciones…) y vivir al servicio y atentos a las necesidades de los demás. Acompañados por la fuerza y el amor providente de nuestro Dios.

Lo que Dios nos dice. Jesús lavando los pies, en actitud de siervo, de humilde esclavo, se convierte en el camino que nos libera de nuestro afán de protagonismo y de superioridad y nos introduce en el regalo de la humildad, de la fraternidad.
«Y llamándolos, Jesús les dijo: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Mt 20,25-28.
La última cena está llena de gestos, de palabras y de ambigüedad en los corazones. El de Jesús desbordando de amor, de entrega, de generosidad. Los de los discípulos llenos de temor, de egoísmo, de traición. Tanto cariño inmerecido, tanta gratuidad de parte de Jesús sólo puede ser acompañada hasta el final. Amor que se vuelve pan, cotidianeidad, cercanía. Acompañar a Jesús por la Vía Dolorosa de nuestros entornos cercanos y familiares. La cruz de las enfermedades terminales… La cruz de la viudedad… El paro, la falta de recursos y de esperanza… Adicciones, mentiras, decisiones que dejan huella en nuestra mente y en nuestra memoria… Cicatrices imborrables que nos recuerdan el dolor que acompaña nuestra existencia… Y ver que Jesús recorre ese camino a nuestro lado. Y nos anima, nos consuela, nos invita a cargar junto a Él la cruz y a ser capaces de convertirla en suave yugo. «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Mt 11,28-30.
Cuánta gratitud arranca la donación del Señor. Cuánto deseo de seguirle, de acompañarle, de imitarle. Y de nuevo mi respuesta es la misma, ¡gracias Señor por darme razones para creer!. Por no sentirme sólo, por darme una comunidad que es capaz de creer que un valle lleno de huesos secos, se puede convertir en una comunidad viva y resucitada. Somos invitados privilegiados de una larga nube de testigos que nos acompañan en el camino de la vida y de la fe y nos ratifican día tras día que merece la pena creer… Que merece la pena esperar, aún con cierto miedo e impaciencia, la manifestación llena de vida de nuestro Dios.

Cómo podemos vivirlo. Me siento como en la mañana del sábado santo, con esa ansiedad y tensión de quien quiere que ocurra algo grande, algo maravilloso. Quiero que la resurrección inunde de luz y de claridad todos los rincones del mundo. Quiero que todos los Lázaros que todavía permanecen ocultos en sus sepulcros, amortajados, paralizados, sin vida, puedan salir de su letargo y volver a vivir. «Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, sal afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar». Jn 11,41-44. Después del grito de Jesús seguro que pasaron unos segundos llenos de tensión. ¿Saldrá? ¿No saldrá? A veces la voz de Dios tarda en oírse. A veces los milagros y las conversiones no son tan automáticos. Pero si esperamos llenos de confianza, experimentaremos el milagro. La vida es más fuerte que todas las muertes. Aleluya cantará quien perdió la esperanza. Y la tierra sonreirá. Aleluya.

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Ojos enamorados

Cielo al atardecer en Siete Aguas (Valencia)

Cielo al atardecer en Siete Aguas (Valencia)

Introducción. ¡Qué diferencia tan grande hay al mirar la realidad que tenemos frente a nosotros, cómo pasamos los días, cómo nos encontramos y tratamos a las personas o los acontecimientos que vivimos, entre hacerlo con ojos de juicio, de interés, buscando eficacias, exigencias, resultados, frutos, cumplimiento de nuestros planes y de nuestras expectativas, o acercarnos a la misma realidad con el cuidado, la sorpresa, la alegría, y la gratuidad, de las que es portadora la mirada de Dios! Cuando el corazón lo tenemos lleno de vida y de amor y nos sentimos habitados por la inmensa gracia de Dios, la vida, por muy difícil y sufridora que se nos presente, somos capaces de entenderla como un regalo y como una ocasión. “Todo lo podemos en aquel que nos conforta” Flp 4,13. La oportunidad de aprender a vivir confiados, seguros, esperanzados, es algo nuevo a lo que no estamos acostumbrados. Las dificultades las entendemos como parte del camino y sirven para la manifestación de la bondad y de la misericordia de Dios. En cambio, sin esos ojos llenos de vida y sin el corazón lleno de confianza y de fe, todo lo que nos ocurre lo afrontamos desde la sospecha, desde la desconfianza. Vemos castigo, prueba, desgracia y sufrimiento gratuito, que nos supera, nos desborda, nos debilita y nos aleja de la posibilidad de acercarnos al corazón de Dios y de poseer la vida abundante que se nos promete.
Lo que Dios nos dice. “Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién pecó; este o sus padres, para que naciera ciego? Jesús contestó: Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifieste en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. Jn 9,1-5. La pregunta de los discípulos nosotros también nos la formulamos muchas veces. Todo lo que sea enfermedad, desgracia, sufrimiento, dificultad, ¿dónde tiene su origen? ¿Quién es el responsable de todos los males y sufrimientos de nuestro mundo? ¿Es Dios quien lo manda? ¿Es un castigo, una prueba…? ¿Somos las personas quienes atraemos las desgracias? ¿Será el horóscopo, el tarot, el karma…? Y gastamos muchísimas energías y muchísimo tiempo en preguntarnos y en darle vueltas al porqué de todo.
Los ojos enamorados permiten ir más allá del dolor o de los problemas, sin olvidarlos y sin ignorarlos; informan de toda la cantidad de cosas buenas que a lo largo de una vida hemos vivido y recibido como regalo, y convierten nuestras desgracias en algo puntual, circunstancial. No son lo absoluto de nuestra existencia. Es como si, cuando sale un día gris, nublado o lluvioso, nos volviéramos escépticos sobre la existencia del sol y dudáramos de que volvamos a verle brillar.
“Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quien era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa. El se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más. Jesús le dijo: Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. Lc 19, 1-10. Este evangelio nos evidencia los dos tipos de miradas que se pueden tener ante la misma realidad. La mirada del juicio, la que condena, difama, rechaza y se siente incómoda con las circunstancias y con las personas… Aquella en la que siempre aparece la queja, la crítica, el chisme o la calumnia. ¡Cuánta energía se pierde diariamente dedicando nuestro tiempo a los malos amores, a los fallos, a los juicios de los demás! ¡Cuántas conversaciones estériles mantenemos a lo largo de un día, repitiendo hasta la saciedad los errores propios o de los demás, pero sin un mínimo de esperanza o de posibilidad de mejora o de redención! Sentenciamos con nuestros juicios y nuestros veredictos. Cuando nuestra atención y nuestro interés los podríamos invertir en los buenos amores que nos rodean, los amigos, la familia, los compañeros de trabajo, la comunidad de fe que se nos regala y que, a veces, por ser conocidos, dejamos de valorar y de apreciar. Nos acostumbramos pronto a lo bueno y nos deja de sorprender. Y sólo cuando lo perdemos lo echamos de menos y reconocemos la falta que nos hacían. La mirada enamorada de Jesús sobre Zaqueo y sobre toda la humanidad nos recuerda que somos mirados con cariño, saca lo mejor de nosotros. No juzga, no denuncia, no humilla. Se acerca, se manifiesta, derrocha amor, sana, cura, libera… Es la mirada de enamorado que alegra a todos lo que están cerca. Nosotros podemos aprender a mirar así, con cariño, independientemente de cómo seamos mirados, valorados, aceptados o rechazados por la gente.
Cómo podemos vivirlo. Hay otro encuentro de Jesús con un joven al que también miró con cariño. (Mc 10,17-22) Pero la respuesta se aleja muchísimo de la que vivió Zaqueo. El joven rico sintió que la mirada de Jesús era de exigencia, de pedirle que lo dejara todo, de apartarle de lo que él consideraba su tesoro, sus planes, su proyecto… Y se fue entristecido. Zaqueo, por el contrario, se abrazó a Jesús y sintió una profunda liberación al dejarlo todo para seguirle. Depende de a qué Jesús escuchemos, con qué Dios vivamos, cómo sintamos nuestra pertenencia a la Iglesia… que vivamos la mirada de Jesús como una extorsión, una carga pesada y un desgarro o como la visita más liberadora y más amorosa que conozcamos a lo largo de toda nuestra vida.

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No controles

Navegando por el Mar de Noruega

Navegando por el Mar de Noruega

Introducción. Siempre que volvemos a comenzar un curso, un trabajo, una relación, un nuevo reto, un cambio de destino, de casa, de país, vivimos el miedo a lo nuevo, a lo desconocido, a lo que no controlamos. Es muy normal que la desinstalación, las mudanzas, la falta de experiencia, nos devuelva a un estado de fragilidad, de sentirnos pobres y pequeños. Superados por todos lados, con la conciencia de no llegar, incapaces de responder a las expectativas que los demás o que nosotros mismos, han o hemos puesto sobre nosotros. Pero ese sentimiento no es negativo si descubrimos y aprendemos el camino que nos lleva a la confianza, a la seguridad y al descanso que sana, que recupera, que alivia. Nos puede enseñar mucho el que vivió voluntariamente en la provisionalidad estable en las manos de su Padre. “Viendo Jesús que lo rodeaba mucha gente, dio orden de cruzar a la otra orilla. Se le acercó un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas. Jesús le respondió: Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Otro que era de los discípulos, le dijo: Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le replicó: Tú sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos”. Mt 8,18-22.

Un error es pensar que quien nos rescata de nuestros miedos somos nosotros mismos. Vivimos a veces la exigencia de tener que responder a todo lo que nos comprometemos a base de voluntad, de esfuerzo, de exprimir la vida al máximo. Nos da pánico el defraudar, el fallar, el que nos critiquen, nos corrijan o nos releguen a un papel secundario. Creemos que si nuestras miserias y nuestros límites salen a la luz y se vuelven visibles, conocidos por los demás, nuestro valor quedará reducido, disminuirá la gente que nos quiera. Como si nos amaran por méritos, y no por lo que somos y valemos.

Y esa presión siempre tiene efectos secundarios. Algo se rompe cuando vivimos de forma desequilibrada y exigida. O se rompe nuestra psique, o nuestro cuerpo, o el descanso, o los nervios, o se trastorna la alimentación. O se rompe nuestra vida social. El mal humor nos aleja, nos aísla, nos encapsula en un mundo de preocupaciones, de problemas a resolver, de subjetividad pesimista y solitaria.  Nos volvemos irascibles e insoportables para las personas que nos rodean. Las parejas, los amigos, hasta los familiares, se alejan para que no las dañemos con nuestra espiral de violencia, y de tensión.

Hay otra forma de vivir el reto de lo desconocido, de lo nuevo y es la posibilidad de activar la fe y sentir de forma total que no estoy sólo. Que mi existencia está acompañada. Y que cuento con el apoyo y la gracia de quien me invita a recorrer acompañado todos los días de mi vida. Todas las situaciones todos los momentos.

Lo que Dios nos dice. “Acercándose a ellos, Jesús les dijo: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”. Mt 28,18-21. Que el Buen Dios esté con nosotros todos los días hasta el fin del mundo es una promesa de colaboración, de ayuda, de ánimo, de luz, de claridad para acometer todo lo que se nos ponga por delante. Es verdad que el Señor no nos va a dar de forma mágica la respuesta a todas nuestras peticiones. No nos da el dinero para pagar la hipoteca. No hace dormir al bebe desesperado que se pone a llorar a media noche despertándonos a nosotros y todo el vecindario. Él no extirpa los tumores malignos, ni nos quita el colesterol, el sobrepeso o la diabetes. Pero sí que da la fuerza para vivir todas esas situaciones con sentido, con confianza, con esperanza.

“Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: Ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo eso se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su afán”. Mt 6,25-34.

Cómo podemos vivirlo. Querer tener bajo control todas las circunstancias que rodean nuestra vida es señal de ignorancia y de ingenuidad. No se puede embotellar el mar, ni se puede pretender hacer de la realidad una fotografía estática y sin movimiento. La realidad se mueve. Las personas cambiamos. Nosotros somos distintos dependiendo de la hora del día en la que estemos, y el mes del año que vivamos. Por eso el abandono en la confianza y en la providencia es una invitación a vivir como si todo dependiese de nosotros, sabiendo que todo depende del Buen Dios; que por puro amor y por pura misericordia nos invita a ser colaboradores suyos. El es todopoderoso pero en el amor. Y por amor nos llama a que despleguemos los talentos que él mismo nos ha dado. Feliz abandono consciente en sus manos.

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