discípulos

JMJ, Río de Janeiro 2013: Desde el corazón y los brazos de Jesús, enviados a dar testimonio de su amor y su acogida

Acaba de celebrarse la JMJ de Río, entre los días 25 y 28 de Julio. Ha sido un encuentro multitudinario de los jóvenes con el Papa Francisco y, sobre todo, ha sido una gran oportunidad de acercarnos a su pensamiento, de descubrir el trasfondo de sus gestos.

Esta Jornada Mundial de la Juventud se ha desarrollado con el lema “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); lema que resalta el llamamiento misionero que ha de caracterizar a todo cristiano, y especialmente al joven cristiano. “La palabra está a tu alcance, en la boca y el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que proclamamos: si confiesas que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás. Con el corazón creemos para ser justos, con la boca confesamos; pues la Escritura dice: Quien se fía de él no fracasará… Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo lo invocarán si no han creído en él? ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si no los envían?”(Rom 10, 8-15)

El Papa, con su presencia cercana y espontánea ha sido un dinamizador del estilo de evangelización y misión del cristiano en el mundo de hoy. Le hemos visto ir al encuentro de las personas con naturalidad y sencillez, insistiendo en la importancia de vivir nuestra fe en la calle, en la realidad cotidiana, en medio de la sociedad, pero yendo hacia aquellos a los que nuestra sociedad arrincona o margina. El Papa ha visitado a un grupo de jóvenes reclusos, a los pobladores de la populosa “favela” Varginha, a un gran grupo de argentinos desplazados a Río para la JMJ, a los voluntarios, a los obispos. Sorprendía la avalancha de personas que deseaban saludarlo y tocarle cuando avanzaba lentamente en el Papamóvil sin cristales.

Sus mensajes han buscado sin duda avivar el ánimo de los creyentes remarcando la autenticidad y el amor como los ingredientes esenciales en el seguimiento de Cristo. Desde el principio invitaba a los jóvenes a mantener la esperanza, a dejarse sorprender por Dios y a vivir con alegría pues el cristiano experimenta la alegría de saberse amado. “Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se inflamará de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor”. (Homilía de la misa en el Santuario de la Virgen de Aparecida).

“Queridos jóvenes: aprendan a rezar cada día. Así conocerán a Jesús y le permitirán entrar en sus vidas”. (Tuit del 27 de Julio) El conocimiento y encuentro que se dan en la oración nos llevan a un enamoramiento en el que experimentamos el amor misericordioso de Jesús, que se ha hecho cercano a nosotros en las esperanzas y también en las penas. Jesús con su Cruz carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, incluso los más profundos. “En la cruz de Cristo está todo el amor de Dios y su inmensa misericordia, es un amor del que podemos fiarnos y en el que podemos creer”. Pero este enamoramiento no es solo un sentimiento de consuelo sino una invitación y un reto a dejarnos contagiar por este amor. La Cruz nos enseña a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto; y nos enseña a salir de nosotros mismos para ir a su encuentro y tenderles la mano”.(Oración del Vía Crucis, 27 de Julio)

El otro acento que nos ha marcado el Papa Francisco es la llamada a la autenticidad y la radicalidad del seguimiento a Jesús mediante el compromiso con las necesidades de nuestros hermanos y nuestra sociedad. El Papa nos pide no desvirtuar la fe, pide a los cristianos, jerarquía y fieles laicos, mayores y jóvenes, que salgamos a la calle a implicarnos en la creación de una sociedad nueva, más justa y humana en la que no se excluya ni deseche a nadie. “La fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros …y que haya muerto en la Cruz. … El camino de la Cruz es el de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí.” Y dirigiéndose a los jóvenes argentinos, (aunque nos los podemos aplicar todos) dijo: “Hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes… Y si quieren saber qué cosa práctica tienen que hace lean Mateo 25.”

“Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y ante él comparecerán todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces el rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 31-40)

Que uniéndonos a Cristo Redentor, cuya imagen preside la inmensa ciudad de Río, sintamos la fuerza de su envío a caminar y anunciar a todos los hombres su amor salvador. La próxima cita de los jóvenes católicos para testimoniar, celebrar y profundizar su fe en Jesús será en Cracovia y seguro que con diferentes acentos el espíritu de unión y amistad de todos volverá a hablarnos de esperanza.

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Transformando nuestro agua en vino, con la ayuda de Jesús

Hemos comenzado un año para vivirlo con esperanza, y llevamos recorrido ya un buen trecho de enero. Algunos creadores de modas y tendencias dicen que el color de este año es el verde esmeralda. Para nosotros los cristianos, el verde simboliza la esperanza y es además el color del tiempo litúrgico ordinario; aquel en el que vamos aprendiendo a ser seguidores de Jesús en lo concreto de nuestras vidas, como aprendieron sus discípulos caminando junto a él por los pueblos y ciudades de Palestina.

A pesar del año recién estrenado y del inmenso regalo de tener entre nosotros a Jesús, el día a día a veces se nos hace cuesta arriba y penoso, porque no vemos rápidamente los resultados de nuestros esfuerzos, porque seguimos experimentando nuestra debilidad o porque aún hay insolidaridad, egoísmo e injusticia en los quehaceres y las relaciones humanas.

“Al tercer día se celebró una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También habían sido invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Cuando el vino se acabó, la madre de Jesús le dijo: -Ya no tienen vino. Su madre dijo a los sirvientes: —Haced lo que él os diga. Había allí seis tinajas de piedra, de las que usan los judíos en sus ceremonias de purificación Jesús dijo a los sirvientes: —Llenad de agua las tinajas. Y los sirvientes las llenaron. —Ahora sacad un poco y llevadlo al encargado del banquete —les dijo Jesús. Así lo hicieron. El encargado del banquete probó el agua convertida en vino sin saber de dónde había salido” Juan 2, 1-5.

Personalmente, en la misión que me toca realizar, dedico mucho tiempo de la semana a la catequesis, tanto de Primera Comunión como de Confirmación: comparto con las catequistas, con los niños y con los jóvenes. En todos los grupos compruebo que, aunque mi papel es guiar a las personas a mirar a Jesucristo para que puedan conocerle de cerca, a su vez ellos me ayudan a reafirmar mi fe y mi unión con Cristo.

El otro día en el grupo de Confirmación nos tomábamos el pulso: algunos están desanimados y dejan de participar, otros se distancian por pequeños desencuentros con un amigo o amiga y el grupo se resiente. Una chica sugería que, para obligarles a ser más formales y asistir sin falta, deberíamos amenazarles con echarles del grupo hasta que fuesen excluidos de recibir la Confirmación. Yo me preguntaba cuál sería la reacción de Jesús y su trato con estos discípulos suyos algo desorientados o lentos para entender y sentir la fuerza de su amor.

Sin duda que nuestras crisis de todo tipo tienen un trasfondo de desconfianza que nos frena y quita los ánimos. La primera reacción es intentar huir, defendernos a nosotros mismos mirando por los propios intereses. Sin embargo, lo que necesitamos es perseverar junto a Jesús y aprender de Él el camino del amor, la entrega, la solidaridad, la compasión y el esfuerzo por la justicia en el trato con los demás y en los acontecimientos de cada día. Sucederán entonces pequeños milagros, signos de algo nuevo que va creciendo y transformándonos.

“Decía Jesús: ¿A qué compararemos el reino de Dios, o con qué parábola lo describiremos? Es como un grano de mostaza, el cual, cuando se siembra en la tierra, aunque es más pequeño que todas las semillas que hay en la tierra, sin embargo, cuando es sembrado, crece y llega a ser más grande que todas las hortalizas y echa grandes ramas, tanto que las aves del cielo pueden anidar bajo su sombra”. Marcos 4,30-32

Mantengamos los ojos fijos en Jesús: él se ha hecho uno con nosotros para que, si lo deseamos, su Espíritu nos acompañe. Toda posible reacción y la respuesta para superar nuestras crisis, como personas creyentes, brotan del encuentro con Él.

Jesús después de otro de sus signos, el de la multiplicación de los panes, vuelve a explicar la relación a la que nos llama como seguidores suyos, una relación intensa y profunda de adhesión a Él, una relación que nos transforma y renueva en Él. “—Os aseguro —afirmó Jesús— que si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Al escucharlo, muchos de sus discípulos exclamaron: «Esta enseñanza es muy difícil; ¿quién puede aceptarla?» Jesús, dándose cuenta de que sus discípulos murmuraban, les dijo: — ¿Esto os escandaliza? Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Desde entonces muchos de sus discípulos le volvieron la espalda y ya no andaban con él. Así que Jesús les preguntó a los doce: — ¿También vosotros queréis marcharos? —Señor —contestó Pedro—, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” Juan 6,53-57. 60-63. 66-69

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Cuando nadie me ve

Introducción. Este inicio de mes está siendo un regalo de parte de Dios. Me está ofreciendo, en medio de la aparente soledad externa, la posibilidad de reconocer de forma muy clara que Él es, de verdad, el verdadero compañero de mi vida. Por diferentes motivos toda mi comunidad está ausente. Me encuentro solo al frente de toda la actividad de la parroquia pero sin tensión, sin miedos, sin agobios y eso es posible porque me siento profundamente acompañado. Es cierto que la comunidad es necesaria para la vivencia creciente de nuestra fe. Pero es que la comunidad es algo mucho más amplio que los misioneros que viven conmigo. La comunidad no es un ente externo al que yo me agrego. La comunidad es lo que llena mi corazón, lo que yo vivo con las personas. La forma de relacionarme, de escuchar, de compartir, de festejar y de vivir las preocupaciones y los sufrimientos. Comunidad son todos los hombres y mujeres que la Vida va asociando a nuestros días y que, de muchas maneras y de diferentes formas, se van comprometiendo conmigo, siendo ayuda para que el proyecto del Reino se vaya concretando en nuestro mundo.
Reconozco que quien me da la fuerza, la capacidad de organizarme, de priorizar, de discernir, es el diálogo sincero y eficaz de la oración. Cuando nadie me ve, me paso ratos calmados, junto al Señor, en la capillita de la parroquia y experimento su presencia, que lo llena todo, que lo ilumina todo. Pero no es menos verdad que me siento muy amado por las personas que me rodean. Atentas a cualquier necesidad que aparezca, desde lo más material, hasta el interés por cómo estoy por dentro, de alegre, de cansado, de feliz… Vivo en la confianza de que, junto a la prueba, es Jesús el que me da la fuerza para superarla. “Ninguna prueba habéis tenido que rebase lo soportable, y podéis confiar en que Dios no permitirá que seáis puestos a prueba por encima de vuestras fuerzas; al contrario, junto a la prueba, os proporcionará fuerzas suficientes para superarla”. 1ª Cor 10,13.
En medio de los trabajos, los líos, el teléfono que no deja de sonar, las agendas que se empiezan a llenar, aparece el permanente recuerdo de que no estamos solos, de que hay un viajero que recorre a nuestro lado las cuestas de cada día…

Lo que Dios nos dice. “Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo.” Lc 24,13-16. Nos pasa que nos ofuscamos con mucha facilidad. En cuanto aparece un imprevisto, un sobresalto, algo que no controlamos, nos invade la sensación de inestabilidad, de vértigo, de caída sin fondo al abismo. Y olvidamos que estamos apoyados en unas manos y en una fuerza mucho más grande que la nuestra. Hay cimiento, hay razones para la confianza. Hay una presencia continua del Amor, que recorre nuestra historia personal y comunitaria, que nos renueva la esperanza y las fuerzas cuando las perdemos. “¿Qué Dios hay como tú, que absuelve del pecado y perdone la culpa al resto de su heredad, que no apure por siempre su ira, porque se complace en ser bueno? De nuevo se compadecerá de nosotros; sepultará nuestras culpas, y arrojará al fondo del mar nuestros pecados. Así manifestará tu fidelidad a Jacob, y tu amor a Abrahán, como lo prometiste a nuestros antepasados, desde los días de antaño”. Miq 7,18-20. Si tuviéramos un poco más de fe, nos situaríamos frente a la realidad que nos envuelve confiados, abandonados, fluyendo con las fuerzas de las personas que nos acompañan. Sin resistencias que hieren, sin acusaciones, sin juicios o descalificaciones. El miedo nos hace injustos y solemos culpar y descalificar a personas que no tienen culpa de nada. El miedo desfigura tanto la mirada que, en vez de ver a Jesús, vemos fantasmas. Y en vez de sentirnos hijos de Dios, nos convertimos en pobres víctimas abandonadas.
“Sión decía: Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado. ¿Acaso olvida una mujer a su hijo y no se apiada del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Fíjate en mis manos: te llevo tatuada en mis palmas; tengo siempre presente tus murallas. Se dan prisa quienes te reconstruyen; ya se marchan los que te demolieron y te asolaron”. Is 49,14-17. Justo cuando más tristes y solos nos vemos es cuando más cerca se encuentra de nosotros la posibilidad de reconocer sorprendidos la presencia de quien nos compaña y nos guía. La misma sorpresa de los discípulos de Emaús. “¿Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo. Y entró para quedarse con ellos. Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado. Y se dijeron uno a otro: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las escrituras? En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén”. Lc 24, 29-33.

Cómo podemos vivirlo. Cuando nadie nos ve podemos ejercitar la confianza y el abandono de todo aquello que nos preocupa y que nos agobia. Podemos comer el pan que cada día Dios nos regala. Tenemos cerca las palabras que hacen arder nuestro corazón. Y sobre todo podemos estar atentos a las personas que nos revelan continuamente el rostro misericordioso de Dios. ¡Cuántas buenas noticias recibimos a través de los hermanos! ¡Cuántas historias que nos tocan el corazón, cuántas miradas, cuántas sonrisas!. Que el déficit de atención no nos robe las continuas señales que Dios nos regala de su amor y de su cuidado.

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Un retiro, una experiencia de encuentro: “Señor, enséñanos a orar”

Los discípulos acompañaban a Jesús y le veían dedicar muchos ratos a la oración; uno de ellos le pidió que les enseñara a orar. La oración cristiana por excelencia es el Padrenuestro, su contenido no es una devoción sino todo un estilo de vida, un modo de ser y relacionarse. “Una vez estaba en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: —Señor, enséñanos a orar. Jesús les contestó: —Cuando oréis, decid: Padre, sea respetada la santidad de tu Nombre, venga tu reinado; danos hoy el pan de mañana; perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes sucumbir a la prueba”. (Lc 11, 1- 4)

He empezado a escribir este post en medio de unos días de retiro en un ambiente propicio para el silencio, la oración y el descanso. Las casas religiosas dedicadas a ofrecer retiros y ejercicios espirituales suelen tener espacios libres con jardines, algunas incluso están en entornos naturales que ayudan para pacificar el ánimo y encontrarse a fondo con Dios.

Del mismo modo que en el Evangelio vemos a Jesús dedicando tiempos largos a la oración, en nuestra vida descubrimos la necesidad de cultivar nuestra espiritualidad, de orar. La expresión “ejercicios espirituales” puede sonar a algunos como cosa de curas y de monjas, pero no es así. Hay grupos abiertos donde pueden participar matrimonios, personas seglares solteras o viudas, jóvenes… Se trata de encontrar la oportunidad de dedicar unos días para descubrir a Dios en la propia vida y adentrarnos en su amor misericordioso.

Otra reacción que puede producirnos el pensar en unos ejercicios espirituales es que hemos de hacer algo complicado o extraño, sin embargo santa Teresa decía que orar es sencillamente “hablar de amor con quien sabemos que nos ama”. Para ello, y a pesar del silencio, la persona no está sola pues en los grupos suele haber uno o dos acompañantes que guían en el modo de hacer oración; y además el creyente tiene la ayuda del Espíritu Santo.

Me han dicho en estos ejercicios que todos nosotros somos ejercitantes. Estamos constantemente haciendo algún ejercicio: para respirar, andar, hablar… En definitiva, para cualquier actividad física o mental nos ejercitamos; del mismo modo nuestro espíritu necesita un entrenamiento, una puesta a punto. El ejercicio de nuestro espíritu es la vida de fe que se nutre de la oración y la relación personal con Dios a través de su Palabra y de los sacramentos. Los efectos beneficiosos de este ejercicio son los frutos de paz, de conversión, de esperanza y de amor que se dan en nosotros y a nuestro alrededor.

Existen espacios y páginas en Internet en las que se dan a conocer lugares bonitos para visitar y para realizar actividades lúdicas y de ocio. Mi experiencia de estos días de retiro me ha impulsado a animar a todos los que tengan la oportunidad para dedicar unos días a esta experiencia y a encontrar en su vida diaria un poco de tiempo para orar. Se puede seguramente encontrar información sobre posibles grupos para participar en las parroquias y en algunas comunidades cristianas.

Dios, nuestro Padre, tiene tantos caminos como personas para llegar a nosotros del modo que más lo necesitamos, pero respeta nuestra libertad y espera el momento en que nosotros queramos acogernos a su Amor. “Un hombre tenía dos hijos. El menor dijo al padre: Padre, dame la parte de la fortuna que me corresponde. Él les repartió los bienes. A los pocos días, el hijo menor reunió todo y emigró a un país lejano, donde derrochó su fortuna viviendo como un libertino. Cuando gastó todo, sobrevino una carestía grave en aquel país, y empezó a pasar necesidad. Fue y se puso al servicio de un hacendado del país, el cual lo envió a sus campos a cuidar cerdos. Deseaba llenarse el estómago de las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitando pensó: —A cuántos jornaleros de mi padre les sobra el pan mientras yo me muero de hambre. Me pondré en camino a casa de mi padre y le diré: He pecado contra Dios y te he ofendido; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros. Y se puso en camino a casa de su padre. Estaba aún distante cuando su padre lo divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó. El hijo le dijo: —Padre, he pecado contra Dios y te he ofendido, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: —Enseguida, traed el mejor vestido y vestidlo; ponedle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traed el ternero cebado y matadlo. Celebremos un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado. Y empezaron la fiesta.
El hijo mayor estaba en el campo. Cuando se acercaba a casa, oyó música y danzas y llamó a uno de los criados para informarse de lo que pasaba. Le contestó: —Es que ha regresado tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo. Irritado, se negaba a entrar. Su padre salió a rogarle que entrara. Pero él respondió a su padre: —Mira, tantos años llevo sirviéndote, sin desobedecer una orden tuya, y nunca me has dado un cabrito para comérmelo con mis amigos. Pero, cuando ha llegado ese hijo tuyo, que ha gastado tu fortuna con prostitutas, has matado para él el ternero cebado. Le contestó: —Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. Había que hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, se había perdido y ha sido encontrado”. (Lc 15, 11- 32)

Un retiro no trae la solución inmediata a nuestras preguntas y dificultades, ni nos vuelve unos angelitos; sin embargo nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con nuestro Creador. Tampoco la oración es un rato de bienestar como huída intimista de la realidad. Lo cierto es que de ese encuentro personal que se hace diálogo de confianza y amistad, sales siendo tú mismo pero renovado porque el contacto con el Señor te hace volver a la vida diaria enfocándola con la luz y la fuerza de su Amor por ti. Como decía Juan Pablo II: “No tengáis miedo. Abrid la puerta a Cristo”.

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Audio-homilía: Andaban como ovejas sin pastor

Como dice San Agustín, “el que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.

Y es que para el Señor la humanidad es muy valiosa. En el evangelio del pasado domingo Jesús enviaba a sus discípulos “de dos en dos”. Y en el de hoy los espera para ver qué tal había ido su misión. Había delegado en ellos y, al regreso, quiere conocer su experiencia.

Y, cuando le cuentan, se observa que ha habido éxitos y fracasos, como nos sucede a todos. En la vida de la Iglesia también ocurre. Hay cosas que funcionan y otras que son un auténtico desastre. Y Jesús, tanto triunfadores como a perseguidos o fracasados, nos enseña a vivir con Él los éxitos y los fracasos. Nos invita a descansar en un sitio tranquilo…

Ver lo que nos pasa desde la mirada creyente es el objetivo de los ejercicios espirituales y los retiros. Y supone una gran ayuda pararnos y reflexionar sobre nuestra vida con la ayuda de Jesús.

En el evangelio, Jesús y sus discípulos se van a un sitio tranquilo. Y la multitud los sigue, atraída por su espíritu, su energía y su unión. Al ver que la gente nos permite que estén tranquilos, en los apóstoles se produce la tensión de ver que su fantástico plan no se va a cumplir. Y Jesús, en ese momento, da un paso más y les hace ver que la misión pasa por la compasión y el amor entregado.

Los cristianos no podemos sentirnos unos privilegiados y rezar sin más. Nos tiene que afectar lo que le pasa a la humanidad, lo que viven los demás. Compasión es “sentir con”. Nuestras acciones deben nacer del corazón. No podemos llamarnos cristianos sin implicarnos con las necesidades de la gente que nos rodea.

Jesús nota que la multitud necesita consuelo y motiva a sus discípulos a amar e implicarse con los demás, huyendo de un protagonismo mesiánico, dándoles un papel preponderante, moviéndoles a la acción.

Ojalá que el Buen Pastor nos invite a sentir compasión de la gente e implicarnos con sus asuntos.

Audio-homilía: Andaban como ovejas sin pastor

Evangelio según San Marcos

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
El les dijo: “Venid vosotros solos a un lugar desierto, para descansar un poco”. Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

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