Cuaresma

Cuando soy débil, entonces soy fuerte

Introducción. La palabra conversión no nos tiene que asustar. No estamos amenazados de muerte. Nuestro valor o lo que siente Dios por cada uno de nosotros no depende de si logramos dar unos pasos exigidos o marcados por alguien desde fuera de nosotros. No somos todos iguales, ni somos clones unos de otros. Los caminos que una persona tiene que recorrer para lograr liberarse de lo que le encadena y de lo que le quita vida pueden ser justo lo contrario de lo que necesita otra. Por eso el tiempo de cuaresma no es un tiempo de practicar recetas fijas o normas externas. Cuaresma es descubrir lo que a mí me esclaviza, lo que a mí me quita vida, me empequeñece el alma y me hace vivir temeroso y apocado. Y buscar con la gracia de Dios para dar pasos reales y concretos hacia la liberación.
«Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas y en la tierra angustia de las gentes perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». Lc 21,25-28.
Se acerca a nuestra vida la liberación cuando somos capaces de descubrir que, junto con nuestras luchas, nuestras fatigas, nuestras caídas y sinsabores, hay una presencia que acompaña nuestra historia. Y es capaz de renovar las fuerzas y la ilusión. Y nos ayuda a que no nos pasemos la vida huyendo de lo que nos cuesta, de lo que no nos agrada de nuestra propia vida o de la vida de los demás.

Lo que Dios nos dice. «Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí a fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2ª Cor 12,7-10.
Gran parte de nuestros esfuerzos y de nuestras energías se van en el esfuerzo diario que hacemos por acoger, aceptar, y digerir la forma de ser de las personas que nos rodean y que nos cuestan. Cada persona es un mundo diferente al mío. Ha crecido, ha vivido con una familia, ha sufrido unas cosas y disfrutado de otras, que le hacen ser quien es. Y en muchos casos es justamente lo contrario de lo que yo he vivido. Tenemos una facilidad muy grande para creer que lo que para nosotros es lo normal, tiene que ser universalmente aceptado. Nuestra forma de vivir, de divertirnos, nuestras formas de trabajar, de organizar las cosas. Y chocamos frontalmente con los criterios, opiniones y formas de ser del que tenemos delante. Ahí sólo se pueden dar dos soluciones. Huir y alejarme de quien es diferente y pasarme la vida construyendo relaciones sólo con quien se parezca a mí. O aprender a encontrar la fuerza en mi debilidad, que significa no enrocarme en mi mirada y en mis criterios, sino abrir el corazón y la mente a otras posibilidades de entender y comprender la realidad. Sabiendo y confiando en lo profundo de nuestro ser que somos tremendamente complementarios. La verdad se construye entre todos y todos nos necesitamos.
«Y hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común. Y así uno recibe del Espíritu el hablar con sabiduría; otro, el hablar con inteligencia, según el mismo Espíritu. Hay quien, por el mismo Espíritu, recibe el don de la fe; y otro, por el mismo Espíritu, don de curar. A este se le ha concedido hacer milagros; a aquel, profetizar. A otro, distinguir los buenos y los malos espíritus. A uno, la diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. El mismo y único Espíritu obra todo esto, repartiendo a cada uno en particular como él quiere». 1ª Cor 12, 4-11.
Si esto es así, cómo puedo pasarme la vida en la queja, en el reproche, en la crítica y en la murmuración sobre las intenciones con los que las demás personas actúan, pensando que lo hacen para fastidiarme. ¡Cuántos malentendidos por juzgar, por intentar adivinar o presuponer la motivación por la que la otra persona hace tal cosa o dice otra! Y así se nos va pasando la vida en medio de enfados y de conflictos que nos van haciendo pesada la existencia.

Cómo podemos vivirlo. La cuaresma es una ocasión para que descubramos desde lo profundo del corazón dónde está lo importante y dónde lo relativo. Discutir por criterios, por opiniones, por la verdad es una tarea que nos viene grande. ¡Qué gran consejo nos da San Pablo!: vivir a gusto en mi debilidad, dejando que las personas que me rodean me regalen la posibilidad de aprender, de mejorar, de sentirme ayudado. Sin que nos dé miedo reconocer las cosas en que fallamos y que necesitamos su ayuda. Sólo desde la humildad podemos construir relaciones verdaderamente sanas. Por eso, quitémonos los miedos a que se nos vean las deficiencias, los defectos, los errores o las fragilidades. Quien nos quiera, nos tiene que querer del todo. No solo por la parte bonita y amable. Sino por toda la realidad que forma mi vida. Las luces y las tinieblas. Las virtudes y los defectos.

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Audio-homilía: Se dejaba tentar por Satanás y los ángeles le servían

La cita que hoy tenemos con el Señor es en el desierto. El desierto es el lugar donde afloran con más claridad las aspiraciones más profundas de nuestro corazón: nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras frustraciones. El desierto es dejar voluntariamente un espacio al corazón. Nuestras vidas y nuestras cabezas están tan ocupadas en cosas que resolver que generalmente dedicamos poco espacio a escucharnos y a escuchar.

La Cuaresma es dentro del año litúrgico reservar 40 días (una cifra con mucho significado en la historia de la salvación) para encontrar lo que hay en nuestro corazón.

El evangelio nos dice que el espíritu fue el que llevó a Jesús al desierto. Es el mismo espíritu de Pentecostés. Jesús también vive un Pentecostés. Ir al desierto no significa que te quiten nada, sino que florezca la verdad: encontrar lo más profundo que hay en nosotros que a veces está muy tapado.

Si no vivimos las cosas con novedad, podemos acabar atrapados en rutinas que nos hacen terminar dejándolo todo. O encontramos en el desierto razones profundas que nos dejen claro que lo que deseamos es lo que vivo o nuestras vidas tendrán fracturas interiores difíciles de reconciliar.

La Cuaresma es momento de conversión, pero ¿de qué?. Se trata de convertirnos y lograr que nuestra vida cotidiana nos convenza. Ayunemos de la crítica, de la queja, de la envidia, de los juicios, de los comentarios que matan la ilusión, de la maldad con la que muchas veces convivimos.

Jesús va al desierto y allí había alimañas y ángeles. Eso es exactamente lo que se refleja en nuestra vida: una convivencia constante entre ángeles y alimañas.

Sufrimos las tentaciones porque Dios nos ha regalado el gran don de la libertad. Y, como somos libres, puedo dialogar con ángeles o con alimañas. Si queremos que nuestra vida suene a evangelio, compartámosla con los ángeles. Si queremos ser personas encerradas en nosotras mismas, seres que machacan a los demás, vivamos con las alimañas.

No se vence la tentación a base de esfuerzo, sino a base de dialogar con los ángeles y reírte de lo que te propone el maligno. La Cuaresma es tiempo de descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. Se vencen las tentaciones riéndose de ellas, descubriendo lo absurdas que son. Si experimentamos la presencia de Dios a diario, en cada momento, las tentaciones se ven como meros sucedáneos. Cuando estás colmado, no quieres más. Así se vence la tentación. Cuanto más llenos estemos de Dios, menos nos atraerán las ofertas que nos haga el maligno. Si reconocemos en nuestra vida, los regalos permanentes de Dios, no nos tentará nada que venga disfrazado de novedad, de pan para hoy y hambre para mañana.

La tentación no se vence teniendo miedo al demonio, sino estando muy lleno de Dios.

Ojalá que vivamos la Cuaresma descubriendo que tenemos a Dios muy cerca en nuestra vida cotidiana. Ojalá que no hagamos de Él un Dios lejano, sino que lo descubramos vivo y resucitado en lo profundo de nuestros corazones.

Evangelio según San Marcos

En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Noticia».

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Audio-homilía: Miércoles de ceniza 2015. Comienza la cuaresma

Camino de la cruzSiempre que hay que una actividad programada, que genera mucha ilusión, y se produce un gran desastre los dirigentes llaman a la autocrítica: ¿qué ha pasado?, ¿por qué ha sucedido esto así?. La humanidad no suele hacer autocrítica cuando todo nos va bien. En esos momentos, sólo hay aclamaciones, aplausos, felicitaciones.

Pues bien, la Iglesia nos regala todos los años esa posibilidad de hacer autocrítica, porque reconoce que muchas veces echamos balones fuera. Y es que tendemos a culpar a los demás de gran parte de los males de nuestra vida. Incluso hay veces en las que hasta culpamos a Dios. Y mucho de lo que nos pasa no tiene culpables, sino que es consecuencia de la propia fragilidad de nuestra existencia.

Cuaresma no es tiempo de autoculparnos, ni de creer que Dios nos chantajea, sino de reconocer que nuestras mediocridades no nos satisfacen profundamente.

Dios no busca la limpieza del cuerpo, sino que nuestros corazones entren en la paz estable de saber que de sus manos nadie nos va a poder apartar, que sintamos que estamos permanente en su corazón.

Experimentemos profundamente que los cambios que Dios nos pide son para nuestro bien, no para el suyo. Cada rato de oración y de charla con Dios no le hace falta a Dios, sino a nosotros, para mantener nuestro diálogo con él.

Y lo mismo pasa con la limosna. Tenemos un ansia de acumulación que nos hace profundamente esclavos. Queremos asegurarnos y, con eso, demostramos una profunda falta de fe, al no poner nuestra confianza en Dios. Dar limosna es liberarse. Compartamos como forma de vida.

Por último, el ayuno no tiene sólo que ver con lo que le metemos al cuerpo. También tiene que ver con lo que le metemos a nuestra mente. No se trata de comer tal o cual cual alimento, sino de ayunar de todo eso que nos envenena, de lo que nos cambia el carácter.

Conversión es poner en la vida cosas que nos ayuden a sacar los talentos que Dios nos ha regalado. Vivamos la Cuaresma, como dice el Papa Francisco, fortaleciendo el corazón y no cerrándonos a nuestra propia vida.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos: Tened cuidado de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibiréis ninguna recompensa del Padre que está en el cielo. Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Os aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Cuando tú des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ores, no hagas como los hipócritas: a ellos les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos. Os aseguro que ellos ya tienen su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan. Os aseguro que con eso, ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

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Combatir las miserias

Introducción. En el mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido a la Iglesia en esta cuaresma del 2014 la primera cita que da título a su mensaje es: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. 2ª Cor 8,9. Y tenemos que entender esos caminos que elige Dios voluntariamente y intencionadamente para salvar al mundo. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los sacramentos, en la palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas. A hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza.
Hay unas pobrezas que se detectan enseguida y a las que tenemos que ayudarnos a hacer frente. La miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es ver a nuestros hermanos privados de sus derechos fundamentales. Es tarea de toda la Iglesia ofrecer el servicio de caridad, de ayudar real, dentro de las posibilidades de cada uno. Eso es la limosna, el ser capaces de compartir, de dar, de entregar, ejercitando a nuestro corazón que habitualmente se apega, se guarda, ahorra. Y no sólo dinero, sino afectos, palabras, energía, alegría. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo. Amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. La miseria moral consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. Las adicciones que arruinan la vida propia y afectan siempre al entorno. La esclavitud de la droga, del alcohol, del juego, de la pornografía, de la prostitución. ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, sin perspectivas para el futuro, perdida toda esperanza! La miseria espiritual nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios y que nos apañamos con nuestras propias fuerzas, dejando en el olvido nuestra dimensión espiritual.
Frente al análisis de lo que daña y esclaviza al hombre, aparece la respuesta del Evangelio que nos ofrece los caminos concretos para sanar, para liberar, para curar el corazón dañado, raquítico de vida y de amor. Incapaz de afrontar con madurez y responsabilidad los retos y las tareas que se nos confían.

Lo que Dios nos dice. La iglesia tiene que anunciar al mundo que es portadora de un mensaje de reconciliación. “Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Es decir, reconciliando el mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confío el mensaje de la reconciliación. Somos embajadores del Mesías y es como si Dios hablase por nosotros. Por el Mesías os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios. Al que no supo de pecado, por nosotros lo trató como a pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios.” 2ª Cor 5,17-21.
Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y nos recuerda que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.
La cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse, para empobrecerse, para volver a lo esencial y dejar de lado la cantidad de necesidades que en ocasiones nos creamos y que nos dejan como resultado una vida llena de pesadez y de acumulación. Para eso ayudan los medios del ayuno, de la oración, de la limosna.
El afán por las riquezas, ocasiona a nuestro alrededor la miseria material. Unos se enriquecen porque hay otros a los que se les expropia. La limosna tiene ese claro objetivo. Reconocer que somos administradores de toda la realidad material. Se nos ofrece como un regalo para que la utilicemos, la disfrutemos y la compartamos. Pero no somos propietarios de nada.
“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a el, Dios me lo dio, Dios me lo quito. Bendito sea el Nombre del Señor”. Job 1,21.
Nadie se lleva nada de lo que ha acumulado. Para quién será pregunta el Señor: “Las tierras de un hombre dieron gran cosecha. El se dijo: ¿qué haré, que no tengo dónde guardar toda la cosecha? Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, como, bebe y disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has acumulado, ¿Para quién será? Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios”. Lc 12,16-21.
Con el ayuno también se busca ejercitarnos en la libertad respecto a nosotros mismos. Vivimos muy acostumbrados a darle a nuestra vida todos los placeres y todos los caprichos que nos apetecen. Y es cierto que el placer no es malo, es un regalo que nos ha dado Dios asociado a la generosidad, al amor, destinado a hacer nuestra vida más feliz y dichosa. El problema está cuando hacemos del placer el sentido último y absoluto de nuestra existencia. Acabamos cosificando a las personas y haciéndolas esclavas de nuestro placer. Y los casos de vidas destrozadas por los excesos son larguísimos. Ayunar es ser capaces de renunciar a nosotros mismos, a nuestros deseos, a nuestras apetencias y optar por el amor. Para dedicar nuestros sentidos, nuestras vida a los demás. No es amar los sufrimientos, eso es masoquismo.

Cómo podemos vivirlo. Ayunar es cambiar el objetivo de nuestras elecciones. Dejar de ser nosotros el centro de todo y ampliar la mirada a las necesidades de los demás. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra”. Jn 4,34. Otro ejercicio que nos ayuda a crecer interiormente es la oración. Intensificar en este tiempo de cuaresma la oración es colaborar con todo nuestro ser en la transformación y en la renovación de nuestra mente y de toda nuestra vida.
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada”. Jn 15,5.

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Audio-homilía: Porque me has visto has creído

Igual que la Cuaresma nos propone actitudes que nos ayudan a liberar nuestro corazón (ayuno, limosna y oración), el tiempo de Pascua también nos invita a vivir como hombres resucitados, sin miedo, que encuentran alegría en sus sepulcros. La Pascua es una época celebrativa, pero también de trabajo y de observación.

Jesús resucitado se aparece siempre con las mismas formas, con el mismo ritmo y con la misma intencionalidad. En todos los contextos los apóstoles aparecen decepcionados, tristes y con dolor (puertas cerradas, llantos, quejas…). Y ahí se aparece Jesús, sin que se le espere y, con su inmenso amor, traspasa los límites humanos y transforma los ambientes.

Y lanza a sus discípulos el siguiente mensaje: «Paz a vosotros. Os vengo a mostrar la tranquilidad que os puede dar la fe, vengo a enseñaros lo que puede ser la vida de un hombre resucitado…».

Nuestra vida es muy frágil, muy poco estable… Todo lo humano es muy precario. Lo que nos propone Jesús es edificar nuestra vida sobre la roca firme que son las manos de Dios.

Jesús resucitado aparece mostrando sus cicatrices, sus heridas… mostrando que es necesario que nos reconciliemos con nuestro pasado, con aquello que nos dolió… viviéndolo con amor para que, en lugar de rompernos, nos haga mejores.

Solemos perder mucho tiempo y mucha energía en la no aceptación de nuestras heridas. Somos tan impacientes que nos gustaría entender enseguida el porqué de lo que vivimos y los porqués sólo se entienden después de un tiempo.

Jesús resucitado habla del pasado, hace reconocer el presente y nos proyecta hacia el futuro.

En sus apariciones a los discípulos, Jesús muestra una infinita misericordia y en ningún momento les reprocha su abandono. Y es que Él es muy consciente de la fragilidad de sus seguidores y de todos los hombres.

En Jesús resucitado hay reconciliación con el pasado, misericordia en el presente y una llamada para el futuro.

Podemos demostrar que pasamos de la muerte a la vida cuando amamos. Si somos pacientes, vamos a descubrir la compañía y el amor que Dios nos tiene destinado a todos nosotros.

Audio-homilía: Porque me has visto has creído

Evangelio según San Juan

Ese mismo día, el primero después del sábado, los discípulos estaban reunidos por la tarde con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con vosotros!»
Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor.
Jesús les volvió a decir: «¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envío a mí, así os envío yo también.»
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo:
a quienes descarguéis de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengáis, les serán retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor.» Pero él contestó: «Hasta que no vea la marca de los clavos en sus manos, no meta mis dedos en el agujero de los clavos y no introduzca mi mano en la herida de su costado, no creeré.»
Ocho días después, los discípulos de Jesús estaban otra vez en casa, y Tomás con ellos. Estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos. Les dijo: «La paz esté con vosotros.»
Después dijo a Tomás: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos; extiende tu mano y métela en mi costado. Deja de negar y cree.»
Tomás exclamó: «Tú eres mi Señor y mi Dios.»
Jesús replicó: «Crees porque me has visto. ¡Felices los que no han visto, pero creen!»
Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro.
Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Crean, y tendrán vida por su Nombre.

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