Cruz

Audio-homilía: Tú eres el Mesías… el Hijo del hombre tiene que padecer mucho…

De nuevo aparece Jesús poniéndonos delante de situaciones muy humanas y cotidianas. En este caso, se nos plantea nuestra dependencia de las opiniones de los demás. ¿Cuántas veces necesitamos de la confirmación de la opinión de los que nos rodean para sentirnos seguros?.

En esta ocasión, Jesús pide a los discípulos una confirmación sobre cómo se está entendiendo su labor en el mundo. No basta sólo con dar testimonio, también hay que escuchar lo que los demás entienden.

Y queda claro, en este fragmento de la Palabra, que es Dios quien confirma la vida de Jesús, no los apóstoles. Es Dios el que revela a Pedro su respuesta. El público frente al que tenemos que vivir las cosas no son las personas, sino Dios. Las miradas de la gente (los aplausos, los premios…) son tremendamente efímeras.

Pedro le dice a Jesús que es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. E inmediatamente le dice que no quiere que sea el Mesías que cargue con la cruz, que sufra, que sea condenado y crucificado… Y Jesús le dice: entonces no me quieres a mí, sólo quieres una parte de mí…

Eso nos pasa a nosotros con la gente. Nos gustan determinadas parcelas de las personas, pero nos cuesta más aceptarlas completamente. No amamos toda la realidad que tenemos delante, sino que tendemos a descuartizar a las personas, tratando de quitar lo que no nos gusta.

No podemos esperar que los estímulos nos lleguen de fuentes interesadas. Debemos hacer lo que en conciencia creemos, eligiendo la opción que implique amar más. Si queremos contentar a todos, no llegaremos a ningún sitio.

Este evangelio transmite una clara pedagogía sobre quién nos tiene que valorar. No podemos depender de las valoraciones externas, porque son muy frágiles y epidérmicas.

Ojala el Señor nos pregunte hoy quién soy para ti y le contestemos: yo intento hacer en mi vida lo que entiendo que me pides. Con humildad y sencillez camino cada día en el sendero que me marcas y vivo con la seguridad de que tú valorarás mi pequeñez y la harás grande. La trascendencia de nuestras vidas no depende de lo que opinen los demás, sino de nuestros intentos sinceros de amar y de nuestra firme apuesta por caminar por el sendero que nos marca Dios.

Audio-homilía: Tú eres el Mesías… el Hijo del hombre tiene que padecer mucho…

Evangelio según San Marcos

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas».
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro respondió: «Tú eres el Mesías».
Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.
Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días;
y les hablaba de esto con toda claridad. Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo.
Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».
Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».

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Es por ti

Introducción. Todos los años me pasa lo mismo al celebrar la Pascua, y es que en los momentos previos, antes de comenzarla, me acompaña un cierto sentimiento de duda o de inseguridad de si somos, de forma personal y comunitaria, capaces de transmitir, de reflejar y de contagiar, toda la Vida y todo el Amor con que nuestro Dios se acerca a nosotros. Vivo el temor y el temblor de sentirme demasiado frágil y torpe para introducir a las personas en la atmosfera de amor que rodea todos los gestos y las palabras de Jesús y posibilitar el sentir y el gozar el misterio de nuestra fe. Y como todos los años escucho de Jesús el mismo reproche cariñoso y al mismo tiempo exigente. «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?» Mt 14,31. Quien es capaz de vencer la muerte, las tinieblas, la soledad y el pecado no somos nosotros, es Él. «Es el Señor». Jn 21,7. Y es fácil reconocer que Jesús es el protagonista principal de la Pascua. Todos los demás somos simples colaboradores, testigos afortunados de la acción de Dios en medio de nuestro mundo. «En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales accedisteis a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni el que riega tampoco; sino Dios, que hace crecer. Nosotros somos colaboradores de Dios». 1ª Cor 3,5-9.
De nuevo la humanidad se ha sentido desbordada por tanto amor y tanta generosidad. Todas las personas que hemos participado de la Pascua, en el lugar que la hayamos celebrado, hemos tenido la oportunidad de acompañar a Jesús, al hombre capaz de vivir todas las situaciones que a nosotros nos bloquean y nos paralizan, dando una respuesta llena de esperanza y de seguridad. Hemos aprendido a descubrir la capacidad que tenemos de no cerrarnos a nuestra propia carne, de no reducir la vida a lo que a mí me ocurre (problemas, preocupaciones…) y vivir al servicio y atentos a las necesidades de los demás. Acompañados por la fuerza y el amor providente de nuestro Dios.

Lo que Dios nos dice. Jesús lavando los pies, en actitud de siervo, de humilde esclavo, se convierte en el camino que nos libera de nuestro afán de protagonismo y de superioridad y nos introduce en el regalo de la humildad, de la fraternidad.
«Y llamándolos, Jesús les dijo: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos». Mt 20,25-28.
La última cena está llena de gestos, de palabras y de ambigüedad en los corazones. El de Jesús desbordando de amor, de entrega, de generosidad. Los de los discípulos llenos de temor, de egoísmo, de traición. Tanto cariño inmerecido, tanta gratuidad de parte de Jesús sólo puede ser acompañada hasta el final. Amor que se vuelve pan, cotidianeidad, cercanía. Acompañar a Jesús por la Vía Dolorosa de nuestros entornos cercanos y familiares. La cruz de las enfermedades terminales… La cruz de la viudedad… El paro, la falta de recursos y de esperanza… Adicciones, mentiras, decisiones que dejan huella en nuestra mente y en nuestra memoria… Cicatrices imborrables que nos recuerdan el dolor que acompaña nuestra existencia… Y ver que Jesús recorre ese camino a nuestro lado. Y nos anima, nos consuela, nos invita a cargar junto a Él la cruz y a ser capaces de convertirla en suave yugo. «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Mt 11,28-30.
Cuánta gratitud arranca la donación del Señor. Cuánto deseo de seguirle, de acompañarle, de imitarle. Y de nuevo mi respuesta es la misma, ¡gracias Señor por darme razones para creer!. Por no sentirme sólo, por darme una comunidad que es capaz de creer que un valle lleno de huesos secos, se puede convertir en una comunidad viva y resucitada. Somos invitados privilegiados de una larga nube de testigos que nos acompañan en el camino de la vida y de la fe y nos ratifican día tras día que merece la pena creer… Que merece la pena esperar, aún con cierto miedo e impaciencia, la manifestación llena de vida de nuestro Dios.

Cómo podemos vivirlo. Me siento como en la mañana del sábado santo, con esa ansiedad y tensión de quien quiere que ocurra algo grande, algo maravilloso. Quiero que la resurrección inunde de luz y de claridad todos los rincones del mundo. Quiero que todos los Lázaros que todavía permanecen ocultos en sus sepulcros, amortajados, paralizados, sin vida, puedan salir de su letargo y volver a vivir. «Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente: Lázaro, sal afuera. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: Desatadlo y dejadlo andar». Jn 11,41-44. Después del grito de Jesús seguro que pasaron unos segundos llenos de tensión. ¿Saldrá? ¿No saldrá? A veces la voz de Dios tarda en oírse. A veces los milagros y las conversiones no son tan automáticos. Pero si esperamos llenos de confianza, experimentaremos el milagro. La vida es más fuerte que todas las muertes. Aleluya cantará quien perdió la esperanza. Y la tierra sonreirá. Aleluya.

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Feliz Pascua de Renovación

¡¡ Feliz Pascua a tod@s !!

No, no me he equivocado al titular este post. Hoy celebramos la Pascua de Resurrección, efectivamente, pero la conmemoración de este acontecimiento necesariamente ha de provocar un cambio en nuestra forma de vida.

El evangelio de hoy refleja esa transformación con una imagen cargada de simbolismo: el sepulcro vacío y las vendas y el sudario apartadas. Jesús está vivo, el lugar donde pusieron su cadáver está vacío y las vendas que usaron para embalsamar su cuerpo han quedado atrás.

Las lecturas de los próximos días nos muestran a un Jesús tan renovado, tan glorificado, que ni siquiera sus discípulos y amigos lo reconocen.

Pues bien, si no queremos quedarnos en la simple contemplación de estos acontecimientos, si buscamos ser más que meros espectadores de la vida y milagros de Jesús, estamos llamados a dejar atrás viejas actitudes, antiguos comportamientos, ataduras pasadas… Vino nuevo en odres nuevos. Nuevas actitudes y nuevas formas.

Se abre un nuevo tiempo. La cruz del Viernes Santo no reflejaba el triunfo de la muerte, sino la victoria del AMOR (un amor con mayúsculas). Y el sepulcro vacío del Domingo de Resurrección nos muestra, no sólo el triunfo de la vida y el amor sobre la muerte y el pecado, sino también la nueva vida que nos espera.

¡ Feliz Pascua !

Evangelio según San Juan

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.

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El misterio de la Resurrección: la Vida ha vencido a la muerte

A las pocas horas de que Jesús muriera en la cruz, lo bajaron del Calvario, embalsamaron su cuerpo con mirra y áloe y lo pusieron en el sepulcro sobre el que rodaron una enorme piedra.

Todos se retiraron apesadumbrados. Aquel sábado se les hizo muy largo como cuando a nosotros nos golpea el dolor por la pérdida de un ser querido, el tiempo se nos hace denso y nos sentimos morir un poco. Los seguidores de Jesús pasaron juntos, alrededor de María, sosteniéndose y apoyándose unos a otros, aquella noche y el sábado completo hasta el amanecer del día primero de la semana.

Con las primeras luces de la mañana, algunas mujeres del grupo madrugaron para comprar más aromas con los que volver a ungir el cuerpo del Maestro. Probablemente era algo innecesario pues ya lo habían hecho José de Arimatea y Nicodemo en el momento de la sepultura, pero ellas necesitaban derrochar toda su ternura y devoción por Jesús; no se resignaban a perderlo. Cuando llegaron al sepulcro se encontraron con el misterio: la tumba vacía y el anuncio inaudito: “No está aquí. Ha resucitado”.

Al igual que en el misterio de una noche en Belén, el Hijo de Dios vino como un niño pequeño; también en el misterio de la noche su cuerpo resucita glorioso y vence a la muerte.

¿Cómo transcurrieron las horas de aquel sábado y las primeras horas de la noche que daban paso al sol del día? Jesús se encontró con el Padre. Cómo sería ese encuentro con el Padre, es parte del misterio: Dios recibiría a Jesús con un abrazo de paz. Al abrazarlo, los dos se llenaron de consuelo, de amor, de vida, de fuerza, de alegría, de poder, de luz. Y, a la vez, en aquel abrazo Dios quería transformar a todos los seguidores de Jesús en hijos suyos.

Todavía necesitaba Jesús dar muestras a los discípulos de su nueva presencia entre ellos. Las apariciones del Resucitado iban a ser las últimas acciones de la misión con la que vino al mundo. En adelante, aquellos hombres y mujeres del pequeño grupo que el Maestro había formado recibirán su mismo espíritu y serán su prolongación en Galilea y en todo el mundo.

Evangelio según San Marcos

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”.

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo”.

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Sábado Santo acompañando a María

Tras el silencio del calvario en el que Cristo murió, María lo sostuvo en sus brazos para entregarlo no a la tumba sino al seno de Dios.

El sábado era el día de descanso para los judíos y Jesús descansaba ya con el Padre de su pasión y muerte.

Mientras tanto nosotros no podemos descansar sino velar y esperar con María. Eso hicieron los discípulos, pegarse a María, su recién recibida madre, y aliviar el peso de su tristeza. Junto a la madre del Señor saben que su amor no les ha dejado, siguen oyendo sus palabras, siguen viendo en los ojos de María la mirada de Jesús; hasta ahora no habían reparado en su gran parecido.

María, madre, en ti vemos su cercanía, su amor, su confianza en el Padre, su perdón y misericordia. Gracias, querida madre nuestra porque estás también a nuestro lado en los caminos de nuestra vida, sean de cruz o de luz.

“La Madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba. Ella vio del Hijo amado la pena”, pero su amor y su fe eran más fuertes y esperaba sin desfallecer la aurora de la Resurrección.

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