Cruz

Audio-homilía: Festividad de la Exaltación de la Cruz

Nos pasa con la cruz lo que nos pasa con muchas cosas de nuesta vida: al acostumbrarnos a ellas perdemos la nitidez y la profundidad del mensaje que nos transmiten. Cuando una cosa la vivimos muchas veces, pierde emoción. Con la cruz, nos pasa eso. Ahora mismo, la cruz se ha convertido en un elemento decorativo y cotidiano de nuestra cultura.

Tenemos que renovar, redescubrir y volver a los orígenes de lo que significan las cosas, porque la inercia y el uso erosionan y desgastan. Hay que renovarse y sorprenderse de nuevo.

La exaltación de la cruz traducida en lenguaje actual sería ver si hemos aprendido a integrar lo negativo en nuestras vidas. Porque a lo positivo nos acostumbramos siempre, pero las dificultades no nos gustan.

El Señor nos ha hecho listos y no estamos diseñados para sufrir por sufrir. Sufrir de forma inútil es una enfermedad. Además, nuestra programación más básica nos hace huir del sufrimiento.

Y, en este contexto, viene el Señor y nos pide que le acompañemos a la cruz. Pero es que hay cosas de nuestra trayectoria personal que sólo se dan a través de la cruz. Al igual que el mármol, para convertirse en una escultura maravillosa, ha de sufrir necesariamente los golpes del tallado, si no hay cruces cotidianas, nuestra capacidad de amar no aumenta y no maduramos. En nuestro día a día hay mucho de cruz, pero los frutos de una vida tienen mucha relación con la raíz hundida en el suelo.

La exaltación de la cruz no es masoquismo. Es integrar el sufrimiento en un proyecto de vida.

Ojalá que abracemos nuestras cruces, pero no quedándonos en el sufrimiento sino en lo que genera abrazar la cruz por amor a los demás.

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto me daréis si se lo entrego?”. Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: “¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?”.
El respondió: “Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'”. Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: “Os aseguro que uno de vosotros me entregará”.
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: “¿Seré yo, Señor?”. El respondió: “El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: “¿Seré yo, maestro?”. “Tú lo has dicho”, le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Tomad y comed, esto es mi Cuerpo”. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: “Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre”. Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: “Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea”. Pedro, tomando la palabra, le dijo: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás”. Jesús le respondió: “Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces”. Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”. Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: “Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar”.
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo”.
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: “Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: “¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.
Se alejó por segunda vez y suplicó: “Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad”.
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: “Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: “Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo”. Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: “Salud, Maestro”, y lo besó.
Jesús le dijo: “Amigo, ¡cumple tu cometido!”. Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: “Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?”.
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: “¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis”.
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: “Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'”. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?”. Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: “Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios”.
Jesús le respondió: “Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo”.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: “Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?”. Ellos respondieron: “Merece la muerte”. Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: “Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó”.
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: “Tú también estabas con Jesús, el Galileo”. Pero él lo negó delante de todos, diciendo: “No sé lo que quieres decir”. Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: “Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno”. Y nuevamente Pedro negó con juramento: “Yo no conozco a ese hombre”. Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: “Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona”. Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: “He pecado, entregando sangre inocente”. Ellos respondieron: “¿Qué nos importa? Es asunto tuyo”. Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: “No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre”.
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado “del alfarero”, para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy “Campo de sangre”. Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el “Campo del alfarero”, como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”. El respondió: “Tú lo dices”.
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: “¿No oyes todo lo que declaran contra ti?”. Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: “¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?”. El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: “No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho”.
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: “¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?”. Ellos respondieron: “A Barrabás”. Pilato continuó: “¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?”. Todos respondieron: “¡Que sea crucificado!”. El insistió: “¿Qué mal ha hecho?”. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: “¡Que sea crucificado!”. Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: “Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro”. Y todo el pueblo respondió: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: “Salud, rey de los judíos”. Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa “lugar del Cráneo”, le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: “Este es Jesús, el rey de los judíos”.
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: “Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!”. De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: “Yo soy Hijo de Dios”.
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: “Elí, Elí, lemá sabactani”, que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: “Está llamando a Elías”.
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: “Espera, veamos si Elías viene a salvarlo”.
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”.
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: “Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero”. Pilato les respondió: “Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente”.
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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¿Por qué murio Jesús en la cruz?

Introducción. Un año más se acerca la fiesta de la Pascua, un año más volveremos a escuchar relatos de Pasión, de un hombre adentrándose solo y voluntariamente a una experiencia tan dura, tan inhumana, de tanto dolor y violencia y de tanto fracaso, que XXI siglos después continúa siendo una fuente inagotable de sensaciones, de emociones encontradas… De ojos llenos de lágrimas, de corazones que se sienten ingratos y mezquinos… De culpabilidad, de compasión, de deseos de ayudar a llevar la cruz, a recorrer juntos ese Vía Crucis que fue historia y que se sigue repitiendo y actualizando en el mundo de hoy. Millones de personas en todo el mundo siguen fijando su mirada en ese hombre que, cargando la cruz, consciente de su inminente final, sigue haciendo del Amor, de la compasión, de la vida llena de sentido el fundamento de su existir.
Sobre la cruz y sobre la pasión, se han escrito, reflexionado, predicado y creado infinidad de obras. Desde el famoso Cristo de Velázquez, de Goya, de Dalí, hasta la Pietá de Miguel Ángel, los pasos de Semana Santa o la camiseta que Axel Rose lucía de un Cristo coronado de espinas en la que se leía la frase “Kill your Idols”.
Nadie permanece indiferente frente al crucificado. O se le adora o se le odia, o provoca burlas o se conmueven las personas y se despiertan las vocaciones. Es un momento cumbre en la historia de la humanidad.
Aquí pretendo contaros lo que a mí me enseña mirar a Jesús en la cruz. No pretendo hacer un tratado de teología soteriológica, ni agotar las diferentes interpretaciones. Es la mía, la que me lleva a invertir mi vida para seguir a este Jesús al que le doy todo lo que tengo y lo que soy. Y la que he aprendido a los pies de las cruces que me ha tocado vivir en mi vida y acompañando a la de los hermanos.

Lo que Dios nos dice. “Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados”. Heb 2,14-18.
Cuando desde pequeños nos han dicho que Jesús murió por nosotros yo no sé cómo lo habéis entendido o asimilado. A mí siempre me ha provocado cierto rechazo esa afirmación, porque era como cargar con un sentimiento de culpabilidad. Si yo nunca se lo he pedido, ¿qué tengo yo que ver con su muerte? Habrán sido los romanos o los judíos. Yo no estaba allí y no tengo nada que ver. Hay interpretaciones muy místicas y espirituales que nos vinculan con el pecado. Y lo tenemos que aceptar pero con ciertas reservas y en el fondo sin entender muy bien la relación que yo tengo con aquellos hechos históricos.
Yo descubro en la intencionalidad de Jesús un camino, una enseñanza, algo que sirve, si lo entendemos bien, para todas las situaciones de cruz que a lo largo de toda vida se nos presentan.
“Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quede infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero, si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica a tu nombre. Entonces vino una voz del cielo. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Jn 12, 20-28.
A Jesús el camino de la cruz le costó. Como a todos nosotros nos cuestan las situaciones difíciles de la vida: todo lo que conlleva sufrimiento, lo que nos recuerda nuestra indefensión, nuestra fragilidad, nuestra falta de recursos. Pero ese sentimiento de no controlar nos puede sumergir en la depresión y en la tristeza o puede despertar la confianza absoluta en quien nos ama del todo. A Jesús mirar de cara la hostilidad con la que le trataban los fariseos, la sospecha de los romanos, el miedo de los apóstoles, la callada y esperanzada actitud de María su madre, le llevó a dar un paso al frente. A no huir, a afrontar todo lo que le venía por delante, pero con el amor y la seguridad de que sólo el amor devuelve el sentido, sana, cura y libera el corazón empequeñecido por el miedo. Jesús abraza y carga con las circunstancias que a nosotros nos provocan rechazo, de las que huimos, las que nos quitan la vida. El las carga sobre sí para enseñarnos lo que hay al otro lado de la entrega. No es perder, es ganar. No es morir, es resucitar. No es quedar en el olvido, ser último, fracasado… Es ser hijo en plenitud, es no tener más amor que dar. Es la extenuación gozosa de quien lo recibe todo, hasta la vida, para seguir amando.

Cómo podemos vivirlo. “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”. Jn 10,18. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15,13.
Jesús frente a los sufrimientos que acompañan la existencia de la humanidad no se detiene a preguntarse el origen, o quién es el responsable o a quién hay que echarle las culpas. Abraza al que sufre, se sitúa en el dolor de quien le rodea, busca calmar el dolor de María su madre, de Juan su amigo, hasta del buen ladrón a quien no conoce de nada. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Lc 23, 43.

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JMJ, Río de Janeiro 2013: Desde el corazón y los brazos de Jesús, enviados a dar testimonio de su amor y su acogida

Acaba de celebrarse la JMJ de Río, entre los días 25 y 28 de Julio. Ha sido un encuentro multitudinario de los jóvenes con el Papa Francisco y, sobre todo, ha sido una gran oportunidad de acercarnos a su pensamiento, de descubrir el trasfondo de sus gestos.

Esta Jornada Mundial de la Juventud se ha desarrollado con el lema “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); lema que resalta el llamamiento misionero que ha de caracterizar a todo cristiano, y especialmente al joven cristiano. “La palabra está a tu alcance, en la boca y el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que proclamamos: si confiesas que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás. Con el corazón creemos para ser justos, con la boca confesamos; pues la Escritura dice: Quien se fía de él no fracasará… Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo lo invocarán si no han creído en él? ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si no los envían?”(Rom 10, 8-15)

El Papa, con su presencia cercana y espontánea ha sido un dinamizador del estilo de evangelización y misión del cristiano en el mundo de hoy. Le hemos visto ir al encuentro de las personas con naturalidad y sencillez, insistiendo en la importancia de vivir nuestra fe en la calle, en la realidad cotidiana, en medio de la sociedad, pero yendo hacia aquellos a los que nuestra sociedad arrincona o margina. El Papa ha visitado a un grupo de jóvenes reclusos, a los pobladores de la populosa “favela” Varginha, a un gran grupo de argentinos desplazados a Río para la JMJ, a los voluntarios, a los obispos. Sorprendía la avalancha de personas que deseaban saludarlo y tocarle cuando avanzaba lentamente en el Papamóvil sin cristales.

Sus mensajes han buscado sin duda avivar el ánimo de los creyentes remarcando la autenticidad y el amor como los ingredientes esenciales en el seguimiento de Cristo. Desde el principio invitaba a los jóvenes a mantener la esperanza, a dejarse sorprender por Dios y a vivir con alegría pues el cristiano experimenta la alegría de saberse amado. “Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se inflamará de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor”. (Homilía de la misa en el Santuario de la Virgen de Aparecida).

“Queridos jóvenes: aprendan a rezar cada día. Así conocerán a Jesús y le permitirán entrar en sus vidas”. (Tuit del 27 de Julio) El conocimiento y encuentro que se dan en la oración nos llevan a un enamoramiento en el que experimentamos el amor misericordioso de Jesús, que se ha hecho cercano a nosotros en las esperanzas y también en las penas. Jesús con su Cruz carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, incluso los más profundos. “En la cruz de Cristo está todo el amor de Dios y su inmensa misericordia, es un amor del que podemos fiarnos y en el que podemos creer”. Pero este enamoramiento no es solo un sentimiento de consuelo sino una invitación y un reto a dejarnos contagiar por este amor. La Cruz nos enseña a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto; y nos enseña a salir de nosotros mismos para ir a su encuentro y tenderles la mano”.(Oración del Vía Crucis, 27 de Julio)

El otro acento que nos ha marcado el Papa Francisco es la llamada a la autenticidad y la radicalidad del seguimiento a Jesús mediante el compromiso con las necesidades de nuestros hermanos y nuestra sociedad. El Papa nos pide no desvirtuar la fe, pide a los cristianos, jerarquía y fieles laicos, mayores y jóvenes, que salgamos a la calle a implicarnos en la creación de una sociedad nueva, más justa y humana en la que no se excluya ni deseche a nadie. “La fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros …y que haya muerto en la Cruz. … El camino de la Cruz es el de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí.” Y dirigiéndose a los jóvenes argentinos, (aunque nos los podemos aplicar todos) dijo: “Hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes… Y si quieren saber qué cosa práctica tienen que hace lean Mateo 25.”

“Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y ante él comparecerán todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces el rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 31-40)

Que uniéndonos a Cristo Redentor, cuya imagen preside la inmensa ciudad de Río, sintamos la fuerza de su envío a caminar y anunciar a todos los hombres su amor salvador. La próxima cita de los jóvenes católicos para testimoniar, celebrar y profundizar su fe en Jesús será en Cracovia y seguro que con diferentes acentos el espíritu de unión y amistad de todos volverá a hablarnos de esperanza.

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El lenguaje de la cruz

Introducción. Cada vez que oigo las palabras evangelización, misión, anuncio o comunicación siento que se habla de algo muy cercano, importante y esencial en mí vida; algo que me constituye, que me identifica, que me surge desde lo más profundo del corazón… Y que, al mismo tiempo, se convierte en un reto, en una dificultad… en algo que no sabemos hacer demasiado bien, cuando muchísima gente rechaza abiertamente la religión: hostilidad explicita, aversión a todo lo sagrado y trascendente, desconfianza en las altas estancias eclesiásticas, sospecha de todo lo que supongan verdades absolutas. Son tiempos duros para anunciar una palabra muy pobre, muy sencilla, muy escuchada: que solo el amor sana y cura, que solo el perdón y la misericordia salvarán al mundo. Y se despierta el deseo más sincero de encarnar la mirada de cariño y de compasión que nos regala el Señor cuando pasaba entre los pueblos y las aldeas. Renovada la certeza que nace de la experiencia de que, cuando uno se siente enviado por Jesús, las puertas de los corazones se abren, sin resistencia, sin apoyarnos en fuerzas humanas, sino en el poder del Espíritu de Dios.

Lo que Dios nos dice. “Jesús recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando en sus sinagogas, anunciando la buena noticia del reino y curando todas las enfermedades y dolencias. Al ver a la gente, sintió compasión de ellos, porque estaban cansados y abatidos como ovejas sin pastor. Entonces dijo a sus discípulos:-La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Rogad por tanto al dueño de la mies que envié obreros a su mies”. Mt 9,35-38. Compartir la buena noticia de Jesús sólo puede nacer de conocer a las personas a las que la vida nos asocia y de tener la seguridad que hay respuesta a todas sus necesidades en la forma de vida que nos ofrece la fe. La misión es cuestión de amor. La sinceridad de lo que vivimos y de lo que compartimos es lo que despierta la confianza de los que nos acogen.
“Porque anunciar el evangelio no es para mí un motivo de gloria; es una obligación que tengo, ¡y pobre de mí si no anunciará el evangelio! Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero si cumplo con un encargo que otro me ha confiado ¿dónde está mi recompensa? Está en que, anunciando el evangelio, lo hago gratuitamente, no haciendo valer mis derechos por la evangelización”. 1ª Cor 9,16-18.
En estos días en Roma se han reunido los obispos en un sínodo sobre la Nueva Evangelización, expresión que utilizaba mucho Juan Pablo II y que Benedicto también señala como el principal reto que tiene la Iglesia de nuestro tiempo. Buscar ofrecer la experiencia de la fe, con un nuevo impulso, una nueva expresión, un nuevo ardor y un nuevo método. Creo que la preocupación de nuestra Iglesia es la misma que tengo yo. Cómo algo tan valioso, tan grande como la experiencia de conocer al Señor, su palabra, su vida, su amor, tiene tan pocos oyentes y seguidores. “El lenguaje de la cruz, en efecto, es locura para los que se pierden; mas para los que están en vías de salvación, para nosotros, es poder de Dios. Como está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la inteligencia de los inteligentes. ¡A ver! ¿Es que hay alguien que sea sabio, erudito o entendido en las cosas de este mundo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Sí, y puesto que la sabiduría del mundo no ha sido capaz de reconocer a Dios a través de la sabiduría divina, Dios ha querido salvar a los creyentes por la locura del mensaje que predicamos. Porque mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado, que es escándalo para los judíos y locura para los paganos. Mas para los que han sido llamados, sean judíos o griegos, se trata de un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo que en Dios parece locura, es más sabio que los hombres; y lo que en Dios parece debilidad, es más fuerte que los hombres”. 1ª Cor 1,18-25. Nuestra forma de acercarnos a nuestro mundo debe desbordar de humildad y de sincera actitud de servicio. No podemos ir desde la superioridad de quien se siente poseedor de la verdad, considerando a todos los demás unos ignorantes. Nuestro mensaje es verdad en la medida que se vive, no que se sabe. La verdad solo se verifica en el amor. Si no soy capaz de amar a la gente a la que Dios me envía, es imposible que mi mensaje se acoja y se crea. Sólo el amor es digno de credibilidad y nuestra nueva evangelización será eficaz en la medida que nos insertemos, que nos interese de verdad lo que están viviendo nuestros hermanos, que nos preocupe y nos despierte las ganas de cuidar a la gente y lo que vive. “Siendo como soy plenamente libre, me he hecho esclavo de todos, para ganar a todos los que pueda. Me he hecho judío con los judíos, para ganar a los judíos; con los que viven bajo la ley de Moisés, yo, que no estoy bajo esa ley, vivo como si lo estuviera, a ver si así los gano. Con los que están sin ley, yo, que no estoy sin ley de Dios pues mi ley es Cristo, vivo como si estuviera sin ley, a ver si también a éstos los gano. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles. He tratado de adaptarme lo más posible a todos, para salvar como sea a algunos. Y todo esto lo hago por el evangelio, del cual espero participar”. 1ªCor 9,19-23.

Cómo podemos vivirlo. La actitud de escucha, de cercanía, de ausencia total de juicios y de rechazos es algo que tenemos que integrar en nuestra vivencia de la fe. La vida nos ofrece innumerables ocasiones para ser testigos de nuestra experiencia del Señor. En el autobús, haciendo cola frente a alguna ventanilla, en la compra, o en el bar… Todo es terreno sagrado en el que podemos, con gratuidad y con ausencia total de interés, compartir gratis lo que hemos recibido gratis. Hablar de corazón del amor que diariamente recibimos de nuestro buen Dios. Ojalá que nos sintamos cada día más obreros de la mies.

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