Cristo

Audio-homilía: Domingo segunda semana de Pascua 2014

Tenemos una tarea muy clara y concreta en este tiempo de Pascua: vivir con paz.

Lo que el Resucitado más repite en cada encuentro con sus discípulos es «Paz a vosotros». No es una utopía: nuestra vida se puede anclar en las manos Dios que nos devuelve la paz y la confianza y nos libra de los miedos.

Vivir bien la Pascua implica pasar del miedo a la confianza, de estar asustados a desplegar nuestras capacidades y supone resucitar las situaciones muertas.

Cristo resucitado nos ofrece vivir con Él los duelos, los fracasos, el ridículo, la soledad… todo eso se ilumina con una nueva luz. Que Él esté vivo no significa que los problemas se borren de un plumazo. Significa reconciliarnos con nuestra vida y con nuestro pasado, porque nuestro Dios misericordioso está con nosotros.

Este evangelio nos presenta a los apóstoles como los grandes beneficiados de la misericordia de Dios. Después de huir en la pasión, Jesús, en vez de corregirles, no les reprocha nada, porque conoce la fragilidad de lo humano. Él ya sabe que nosotros solos nos castigamos más que suficientemente y, por eso, nos redime y nos devuelve la paz.

Ojalá que la gente de la Iglesia presentemos una cara amable no carcomida por fuegos eternos y remordimientos. ¿Cómo nuestro Padre bondadoso, que sabe que somos frágiles, nos va a meter en situaciones y nos va a poner presiones que sabe que podemos afrontar?. Los límites que le ponemos al amor Dios los supera. El amor de Dios es mucho más grande que nuestras faltas.

Ensanchemos el alma, porque Dios ha resucitado, y con un Dios como el nuestro no tenemos derecho a estar tristes y temerosos.

Audio-homilía: Domingo de la segunda semana de Pascua 2014

Evangelio según San Juan

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ‘¡La paz esté con vosotros!’.
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: ‘¡La paz esté con vosotros! Como el Padre me envió a mí, así también os envío a vosotros’.
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: ‘Recibid el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que se los perdonéis, y serán retenidos a los que se los retengáis’.
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: ‘¡Hemos visto al Señor!’. El les respondió: ‘Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré’.
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ‘¡La paz esté con vosotros!’. Luego dijo a Tomás: ‘Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe’.
Tomas respondió: ‘¡Señor mío y Dios mío!’.
Jesús le dijo: ‘Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!’.
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro.
Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis Vida en su Nombre.

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Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

La lectura de la Pasión de Jesús nos mueve a pedir que ojalá que nos unamos afectivamente a la figura de Cristo, porque si no la Semana Santa la podemos vivir como meros espectadores.

La intención del Señor al vivir y sufrir todo esto que hemos leído es acercarse profundamente a la humanidad que sigue experimentando muchas de las cosas que el sufrió. Todos tenemos experiencias de cruz, de fragilidad en las diferentes etapas de nuestra vida. Cruz es todo aquello que nos recuerda que somos limitados y que no somos autosuficientes, lo que nos provoca inseguridad, lo que nos recuerda que no somos fuertes, el camino del empobrecimiento.

Jesús entra muy rico en Jerusalen, aclamado por las multitudes, e inicia un paulatino y total proceso de empobrecimiento. Primero pierde a todos esos seguidores que pasan de jalearle a pedir su crucifixión, luego pierde a sus amigos que le niegan o le abandonan, después pierde salud física y dignidad humana y acaba perdiendo hasta la vida. Todo eso era evitable, pero el Señor no lo evitó para unirse a los hombres en nuestras pérdidas y en nuestras cruces.

El Camino de la Semana Santa es reconocer que Dios a ese hombre aparentemente fracasado le da la dignidad más grande del mundo: ser señor de las naciones.

Ojalá que vivamos y acojamos todas las buenas nuevas que la Semana Santa nos trae: que el jueves celebremos la alegría del pan que se parte, que el viernes adoremos la cruz, que en la Vigilia Pascual y el domingo de Resurrección disfrutemos de la victoria de Jesús sobre la muerte. Y ojalá que seamos una comunidad resucitada y resucitadora que pretende cambiar las soledades por alegría y los lutos por danzas.

Audio-homilía: Domingo de Ramos 2014

Pasión de Jesucristo según San Mateo

Unos días antes de la fiesta de Pascua, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y se pusieron de acuerdo para detener a Jesús con astucia y darle muerte. Pero decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo».
Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me daréis si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata.
Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo.
El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?».
El respondió: «Id a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua.
Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará».
Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!».
Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomad y comed, esto es mi Cuerpo». Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, diciendo: «Bebed todos de ella, porque esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para la remisión de los pecados. Os aseguro que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta el día en que beba con vosotros el vino nuevo en el Reino de mi Padre». Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos.
Entonces Jesús les dijo: «Esta misma noche, os váis a escandalizar a causa de mí. Porque dice la Escritura: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño. Pero después que yo resucite, iré antes que vosotros a Galilea». Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo no me escandalizaré jamás». Jesús le respondió: «Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Pedro le dijo: «Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré». Y todos los discípulos dijeron lo mismo.
Cuando Jesús llegó con sus discípulos a una propiedad llamada Getsemaní, les dijo: «Quedaos aquí, mientras yo voy allí a orar».
Y llevando con él a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse. Entonces les dijo: «Mi alma siente una tristeza de muerte. Quedaos aquí, velando conmigo».
Y adelantándose un poco, cayó con el rostro en tierra, orando así: «Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Después volvió junto a sus discípulos y los encontró durmiendo. Jesús dijo a Pedro: «¿Es posible que no hayáis podido quedaros despiertos conmigo, ni siquiera una hora? Estad prevenidos y orad para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil».
Se alejó por segunda vez y suplicó: «Padre mío, si no puede pasar este cáliz sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad».
Al regresar los encontró otra vez durmiendo, porque sus ojos se cerraban de sueño. Nuevamente se alejó de ellos y oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras.
Luego volvió junto a sus discípulos y les dijo: «Ahora podéis dormir y descansar: ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar».
Jesús estaba hablando todavía, cuando llegó Judas, uno de los Doce, acompañado de una multitud con espadas y palos, enviada por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo.
El traidor les había dado esta señal: «Es aquel a quien voy a besar. Detenedlo». Inmediatamente se acercó a Jesús, diciéndole: «Salud, Maestro», y lo besó.
Jesús le dijo: «Amigo, ¡cumple tu cometido!». Entonces se abalanzaron sobre él y lo detuvieron. Uno de los que estaban con Jesús sacó su espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja.
Jesús le dijo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere. ¿O piensas que no puedo recurrir a mi Padre? El pondría inmediatamente a mi disposición más de doce legiones de ángeles. Pero entonces, ¿cómo se cumplirían las Escrituras, según las cuales debe suceder así?».
Y en ese momento dijo Jesús a la multitud: «¿Soy acaso un ladrón, para que salgáis a arrestarme con espadas y palos? Todos los días me sentaba a enseñar en el Templo, y no me detuvisteis».
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que escribieron los profetas. Entonces todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Los que habían arrestado a Jesús lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del Sumo Sacerdote; entró y se sentó con los servidores, para ver cómo terminaba todo.
Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para poder condenarlo a muerte; pero no lo encontraron, a pesar de haberse presentado numerosos testigos falsos. Finalmente, se presentaron dos que declararon: «Este hombre dijo: ‘Yo puedo destruir el Templo de Dios y reconstruirlo en tres días'». El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie, dijo a Jesús: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos declaran contra ti?». Pero Jesús callaba.
El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, os aseguro que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo».
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado, ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Vosotros acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?». Ellos respondieron: «Merece la muerte». Luego lo escupieron en la cara y lo abofetearon. Otros lo golpeaban, diciéndole: «Tú, que eres el Mesías, profetiza, dinos quién te golpeó».
Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo». Pero él lo negó delante de todos, diciendo: «No sé lo que quieres decir». Al retirarse hacia la puerta, lo vio otra sirvienta y dijo a los que estaban allí: «Este es uno de los que acompañaban a Jesús, el Nazareno». Y nuevamente Pedro negó con juramento: «Yo no conozco a ese hombre». Un poco más tarde, los que estaban allí se acercaron a Pedro y le dijeron: «Seguro que tú también eres uno de ellos; hasta tu acento te traiciona». Entonces Pedro se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre. En seguida cantó el gallo y Pedro recordó las palabras que Jesús había dicho: «Antes que cante el gallo, me negarás tres veces». Y saliendo, lloró amargamente.
Cuando amaneció, todos los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo deliberaron sobre la manera de hacer ejecutar a Jesús. Después de haberlo atado, lo llevaron ante Pilato, el gobernador, y se lo entregaron.
Judas, el que lo entregó, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: «He pecado, entregando sangre inocente». Ellos respondieron: «¿Qué nos importa? Es asunto tuyo». Entonces él, arrojando las monedas en el Templo, salió y se ahorcó.
Los sumos sacerdotes, juntando el dinero, dijeron: «No está permitido ponerlo en el tesoro, porque es precio de sangre».
Después de deliberar, compraron con él un campo, llamado «del alfarero», para sepultar a los extranjeros. Por esta razón se lo llama hasta el día de hoy «Campo de sangre». Así se cumplió lo anunciado por el profeta Jeremías: Y ellos recogieron las treinta monedas de plata, cantidad en que fue tasado aquel a quien pusieron precio los israelitas. Con el dinero se compró el «Campo del alfarero», como el Señor me lo había ordenado.
Jesús compareció ante el gobernador, y este le preguntó: «¿Tú eres el rey de los judíos?». El respondió: «Tú lo dices».
Al ser acusado por los sumos sacerdotes y los ancianos, no respondió nada. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que declaran contra ti?». Jesús no respondió a ninguna de sus preguntas, y esto dejó muy admirado al gobernador.
En cada Fiesta, el gobernador acostumbraba a poner en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había entonces uno famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó al pueblo que estaba reunido: «¿A quién queréis que ponga en libertad, a Barrabás o a Jesús, llamado el Mesías?». El sabía bien que lo habían entregado por envidia. Mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó decir: «No te mezcles en el asunto de ese justo, porque hoy, por su causa, tuve un sueño que me hizo sufrir mucho».
Mientras tanto, los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la multitud que pidiera la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Tomando de nuevo la palabra, el gobernador les preguntó: «¿A cuál de los dos queréis que ponga en libertad?». Ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato continuó: «¿Y qué haré con Jesús, llamado el Mesías?». Todos respondieron: «¡Que sea crucificado!». El insistió: «¿Qué mal ha hecho?». Pero ellos gritaban cada vez más fuerte: «¡Que sea crucificado!». Al ver que no se llegaba a nada, sino que aumentaba el tumulto, Pilato hizo traer agua y se lavó las manos delante de la multitud, diciendo: «Yo soy inocente de esta sangre. Es asunto vuestro». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces, Pilato puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.
Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron a toda la guardia alrededor de él. Entonces lo desvistieron y le pusieron un manto rojo. Luego tejieron una corona de espinas y la colocaron sobre su cabeza, pusieron una caña en su mano derecha y, doblando la rodilla delante de él, se burlaban, diciendo: «Salud, rey de los judíos». Y escupiéndolo, le quitaron la caña y con ella le golpeaban la cabeza.
Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron de nuevo sus vestiduras y lo llevaron a crucificar. Al salir, se encontraron con un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo obligaron a llevar la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota, que significa «lugar del Cráneo», le dieron de beber vino con hiel. El lo probó, pero no quiso tomarlo.
Después de crucificarlo, los soldados sortearon sus vestiduras y se las repartieron; y sentándose allí, se quedaron para custodiarlo. Colocaron sobre su cabeza una inscripción con el motivo de su condena: «Este es Jesús, el rey de los judíos».
Al mismo tiempo, fueron crucificados con él dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda.
Los que pasaban, lo insultaban y, moviendo la cabeza,
decían: «Tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!». De la misma manera, los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban, diciendo: «¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es rey de Israel: que baje ahora de la cruz y creeremos en él. Ha confiado en Dios; que él lo libre ahora si lo ama, ya que él dijo: «Yo soy Hijo de Dios».
También lo insultaban los ladrones crucificados con él.
Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región. Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?».
Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías».
En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.
Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».
Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.
Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron
y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.
El centurión y los hombres que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: «¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!».
Había allí muchas mujeres que miraban de lejos: eran las mismas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo.
Entre ellas estaban María Magdalena, María -la madre de Santiago y de José- y la madre de los hijos de Zebedeo.
Al atardecer, llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús, y fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato ordenó que se lo entregaran. Entonces José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en un sepulcro nuevo que se había hecho cavar en la roca. Después hizo rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, y se fue. María Magdalena y la otra María estaban sentadas frente al sepulcro.
A la mañana siguiente, es decir, después del día de la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron y se presentaron ante Pilato, diciéndole: «Señor, nosotros nos hemos acordado de que ese impostor, cuando aún vivía, dijo: ‘A los tres días resucitaré’. Ordena que el sepulcro sea custodiado hasta el tercer día, no sea que sus discípulos roben el cuerpo y luego digan al pueblo: ‘¡Ha resucitado!’. Este último engaño sería peor que el primero». Pilato les respondió: «Ahí teneís la guardia, id y asegurad la vigilancia como lo creáis conveniente».
Ellos fueron y aseguraron la vigilancia del sepulcro, sellando la piedra y dejando allí la guardia.

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¿Por qué murio Jesús en la cruz?

Introducción. Un año más se acerca la fiesta de la Pascua, un año más volveremos a escuchar relatos de Pasión, de un hombre adentrándose solo y voluntariamente a una experiencia tan dura, tan inhumana, de tanto dolor y violencia y de tanto fracaso, que XXI siglos después continúa siendo una fuente inagotable de sensaciones, de emociones encontradas… De ojos llenos de lágrimas, de corazones que se sienten ingratos y mezquinos… De culpabilidad, de compasión, de deseos de ayudar a llevar la cruz, a recorrer juntos ese Vía Crucis que fue historia y que se sigue repitiendo y actualizando en el mundo de hoy. Millones de personas en todo el mundo siguen fijando su mirada en ese hombre que, cargando la cruz, consciente de su inminente final, sigue haciendo del Amor, de la compasión, de la vida llena de sentido el fundamento de su existir.
Sobre la cruz y sobre la pasión, se han escrito, reflexionado, predicado y creado infinidad de obras. Desde el famoso Cristo de Velázquez, de Goya, de Dalí, hasta la Pietá de Miguel Ángel, los pasos de Semana Santa o la camiseta que Axel Rose lucía de un Cristo coronado de espinas en la que se leía la frase «Kill your Idols».
Nadie permanece indiferente frente al crucificado. O se le adora o se le odia, o provoca burlas o se conmueven las personas y se despiertan las vocaciones. Es un momento cumbre en la historia de la humanidad.
Aquí pretendo contaros lo que a mí me enseña mirar a Jesús en la cruz. No pretendo hacer un tratado de teología soteriológica, ni agotar las diferentes interpretaciones. Es la mía, la que me lleva a invertir mi vida para seguir a este Jesús al que le doy todo lo que tengo y lo que soy. Y la que he aprendido a los pies de las cruces que me ha tocado vivir en mi vida y acompañando a la de los hermanos.

Lo que Dios nos dice. «Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados». Heb 2,14-18.
Cuando desde pequeños nos han dicho que Jesús murió por nosotros yo no sé cómo lo habéis entendido o asimilado. A mí siempre me ha provocado cierto rechazo esa afirmación, porque era como cargar con un sentimiento de culpabilidad. Si yo nunca se lo he pedido, ¿qué tengo yo que ver con su muerte? Habrán sido los romanos o los judíos. Yo no estaba allí y no tengo nada que ver. Hay interpretaciones muy místicas y espirituales que nos vinculan con el pecado. Y lo tenemos que aceptar pero con ciertas reservas y en el fondo sin entender muy bien la relación que yo tengo con aquellos hechos históricos.
Yo descubro en la intencionalidad de Jesús un camino, una enseñanza, algo que sirve, si lo entendemos bien, para todas las situaciones de cruz que a lo largo de toda vida se nos presentan.
«Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quede infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero, si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica a tu nombre. Entonces vino una voz del cielo. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo». Jn 12, 20-28.
A Jesús el camino de la cruz le costó. Como a todos nosotros nos cuestan las situaciones difíciles de la vida: todo lo que conlleva sufrimiento, lo que nos recuerda nuestra indefensión, nuestra fragilidad, nuestra falta de recursos. Pero ese sentimiento de no controlar nos puede sumergir en la depresión y en la tristeza o puede despertar la confianza absoluta en quien nos ama del todo. A Jesús mirar de cara la hostilidad con la que le trataban los fariseos, la sospecha de los romanos, el miedo de los apóstoles, la callada y esperanzada actitud de María su madre, le llevó a dar un paso al frente. A no huir, a afrontar todo lo que le venía por delante, pero con el amor y la seguridad de que sólo el amor devuelve el sentido, sana, cura y libera el corazón empequeñecido por el miedo. Jesús abraza y carga con las circunstancias que a nosotros nos provocan rechazo, de las que huimos, las que nos quitan la vida. El las carga sobre sí para enseñarnos lo que hay al otro lado de la entrega. No es perder, es ganar. No es morir, es resucitar. No es quedar en el olvido, ser último, fracasado… Es ser hijo en plenitud, es no tener más amor que dar. Es la extenuación gozosa de quien lo recibe todo, hasta la vida, para seguir amando.

Cómo podemos vivirlo. «Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre». Jn 10,18. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Jn 15,13.
Jesús frente a los sufrimientos que acompañan la existencia de la humanidad no se detiene a preguntarse el origen, o quién es el responsable o a quién hay que echarle las culpas. Abraza al que sufre, se sitúa en el dolor de quien le rodea, busca calmar el dolor de María su madre, de Juan su amigo, hasta del buen ladrón a quien no conoce de nada. «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Lc 23, 43.

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Combatir las miserias

Introducción. En el mensaje que el papa Francisco nos ha dirigido a la Iglesia en esta cuaresma del 2014 la primera cita que da título a su mensaje es: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. 2ª Cor 8,9. Y tenemos que entender esos caminos que elige Dios voluntariamente y intencionadamente para salvar al mundo. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando al mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los sacramentos, en la palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. A imitación de nuestro maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas. A hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza.
Hay unas pobrezas que se detectan enseguida y a las que tenemos que ayudarnos a hacer frente. La miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es ver a nuestros hermanos privados de sus derechos fundamentales. Es tarea de toda la Iglesia ofrecer el servicio de caridad, de ayudar real, dentro de las posibilidades de cada uno. Eso es la limosna, el ser capaces de compartir, de dar, de entregar, ejercitando a nuestro corazón que habitualmente se apega, se guarda, ahorra. Y no sólo dinero, sino afectos, palabras, energía, alegría. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo. Amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. La miseria moral consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. Las adicciones que arruinan la vida propia y afectan siempre al entorno. La esclavitud de la droga, del alcohol, del juego, de la pornografía, de la prostitución. ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, sin perspectivas para el futuro, perdida toda esperanza! La miseria espiritual nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios y que nos apañamos con nuestras propias fuerzas, dejando en el olvido nuestra dimensión espiritual.
Frente al análisis de lo que daña y esclaviza al hombre, aparece la respuesta del Evangelio que nos ofrece los caminos concretos para sanar, para liberar, para curar el corazón dañado, raquítico de vida y de amor. Incapaz de afrontar con madurez y responsabilidad los retos y las tareas que se nos confían.

Lo que Dios nos dice. La iglesia tiene que anunciar al mundo que es portadora de un mensaje de reconciliación. “Si uno es cristiano, es criatura nueva. Lo antiguo pasó, ha llegado lo nuevo. Y todo es obra de Dios, que nos reconcilió consigo por medio del Mesías y nos encomendó el ministerio de la reconciliación. Es decir, reconciliando el mundo consigo, no apuntándole los delitos, y nos confío el mensaje de la reconciliación. Somos embajadores del Mesías y es como si Dios hablase por nosotros. Por el Mesías os suplicamos: Dejaos reconciliar con Dios. Al que no supo de pecado, por nosotros lo trató como a pecador, para que nosotros, por su medio, fuéramos inocentes ante Dios.” 2ª Cor 5,17-21.
Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y nos recuerda que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío.
La cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse, para empobrecerse, para volver a lo esencial y dejar de lado la cantidad de necesidades que en ocasiones nos creamos y que nos dejan como resultado una vida llena de pesadez y de acumulación. Para eso ayudan los medios del ayuno, de la oración, de la limosna.
El afán por las riquezas, ocasiona a nuestro alrededor la miseria material. Unos se enriquecen porque hay otros a los que se les expropia. La limosna tiene ese claro objetivo. Reconocer que somos administradores de toda la realidad material. Se nos ofrece como un regalo para que la utilicemos, la disfrutemos y la compartamos. Pero no somos propietarios de nada.
“Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a el, Dios me lo dio, Dios me lo quito. Bendito sea el Nombre del Señor”. Job 1,21.
Nadie se lleva nada de lo que ha acumulado. Para quién será pregunta el Señor: “Las tierras de un hombre dieron gran cosecha. El se dijo: ¿qué haré, que no tengo dónde guardar toda la cosecha? Y dijo: Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros mayores en los cuales meteré mi trigo y mis bienes. Después me diré: Querido, tienes acumulados muchos bienes para muchos años; descansa, como, bebe y disfruta. Pero Dios le dijo: ¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has acumulado, ¿Para quién será? Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios”. Lc 12,16-21.
Con el ayuno también se busca ejercitarnos en la libertad respecto a nosotros mismos. Vivimos muy acostumbrados a darle a nuestra vida todos los placeres y todos los caprichos que nos apetecen. Y es cierto que el placer no es malo, es un regalo que nos ha dado Dios asociado a la generosidad, al amor, destinado a hacer nuestra vida más feliz y dichosa. El problema está cuando hacemos del placer el sentido último y absoluto de nuestra existencia. Acabamos cosificando a las personas y haciéndolas esclavas de nuestro placer. Y los casos de vidas destrozadas por los excesos son larguísimos. Ayunar es ser capaces de renunciar a nosotros mismos, a nuestros deseos, a nuestras apetencias y optar por el amor. Para dedicar nuestros sentidos, nuestras vida a los demás. No es amar los sufrimientos, eso es masoquismo.

Cómo podemos vivirlo. Ayunar es cambiar el objetivo de nuestras elecciones. Dejar de ser nosotros el centro de todo y ampliar la mirada a las necesidades de los demás. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra”. Jn 4,34. Otro ejercicio que nos ayuda a crecer interiormente es la oración. Intensificar en este tiempo de cuaresma la oración es colaborar con todo nuestro ser en la transformación y en la renovación de nuestra mente y de toda nuestra vida.
“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; pues sin mí no podéis hacer nada”. Jn 15,5.

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Fue tu llamada

Introducción. Hay un misterio de misericordia y de amor entrañable en el hecho de que Dios pida nuestra colaboración para llevar a cabo su historia de salvación. San Agustín lo explicaba así: «El que te creó sin ti, no te salvará sin ti». El que no nos ha pedido permiso para darnos la vida, sí que lo hace para que nosotros elijamos libremente cómo queremos vivirla, entregarla y desplegarla.
Que Dios se acerque a la humanidad y la considere tan valiosa, tan imprescindible, para que se lleve a cabo su plan de salvación me impresiona. Porque esa misma humanidad, que en muchos casos es la causa de nuestros sufrimientos, de nuestras tristezas, de nuestras decepciones, es la misma que el Señor considera válida para encarnar y acoger la salvación y la alegría del Evangelio. Y me provoca una respuesta de gratitud, de agradecimiento, de entusiasmo ver cómo Dios no se cansa de nuestros límites, de nuestras torpezas y cómo nos brinda continuamente nuevas oportunidades para responder a su llamada. Como la respuesta de San Pablo: «Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio, a mí, que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe; sin embargo, la gracia de nuestro Señor sobreabundó en mí junto con la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Es palabra digna de crédito y merecedora de total aceptación que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero; pero por esto precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús mostrase toda su paciencia y para que me convirtiera en un modelo de los que han de creer en él y tener vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.». 1ª Tim 1,12-17.
No hay otra razón u otra explicación a la llamada de Dios más que la amorosa iniciativa suya de hacernos desplegar al máximo los talentos y las capacidades que él mismo nos ha dado.

Lo que Dios nos dice. «Porque tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad. Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de la esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto». Dt 7,6-8.
Por puro amor, por pura confianza, por la certeza de que nuestra vida si se rodea de las buenas condiciones está destinada a dar mucho fruto, Jesús se acerca y nos ofrece todo lo que él es: todo su amor, toda su experiencia, toda su sabiduría.
Cada persona que viene a este mundo viene a aportar algo. Venimos a enriquecer, a mejorar, a hacer crecer el tesoro y la herencia que recibimos. Porque venimos directamente del corazón de Dios, que nos regala la existencia por puro amor y por el mismo amor, nos la mantiene y nos la cuida. Nadie es inútil o sobra. No hay humanidad de desecho. Nadie se puede sentir ni rechazado, ni excluido, y quien rechaza o excluye no lo puede hacer desde la voz de Dios, porque estaría mintiendo. Esas crueles distinciones entre gente buena o gente mala, entre VIPs y gente del montón, los excelentes o exclusivos y los que sobran, están realizadas desde un prisma comercial excluyente: permanentemente jueces inmisericordes de la vida de los demás, elevados o condenados por criterios llenos de interés y de crueldad.
«Pedro tomó la palabra y dijo: Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos». Hch 10,34-36.
La llamada de Jesús es universal, para todos y especialmente para quien menos digno se siente: sorpresa ante la llamada, inesperada, inmerecida. Junto al lago, mientras trabajo, mientras arreglo las redes o mientras no hago nada, al pie de una higuera… Mientras estoy de viaje camino de Damasco, con el corazón lleno de odio, de ira, de rencor, con deseos de venganza… Dios se aparece a los dos caminantes de Emaús sumergidos en el dolor, en la queja, en la decepción… Todo momento es adecuado para encontrarse de frente a aquel que pronuncia tu nombre con amor. Como a María Magdalena, junto al sepulcro, desesperada, llorosa, vacía. Y Jesús la llama, la conoce y le confía una misión.
«Estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús. Ellos le preguntan: Mujer, ¿por qué lloras? Ella les contesta: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dice: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?. Ella tomándolo por el hortelano, le contesta: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré. Jesús le dice: ¡María!. Ella se vuelve y le dice: ¡Rabboni!, que significa : ¡Maestro!. Jesús le dice: No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro. María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto». Jn 20, 11-18.

Cómo podemos vivirlo. Con la alegría de que cualquier momento es bueno para responder: cualquier edad, cualquier estado… Aquí estoy Señor, tú me has llamado.

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