Cristo

Audio-homilía: La lepra se le quitó y quedó limpio

Con los ecos del Día de San Valentín, podemos pensar en el significado de la palabra «enamoramiento». Un corazón enamorado es un corazón envuelto completamente en amor, de igual forma que un yogur azucarado es un yogur envuelto en azúcar.

Ya lo dice San Pablo en la segunda lectura: cualquier actividad humana, tocada por el amor, nos convierte en personas enamoradas. Y esa es la fiesta que celebramos todos los días (no sólo el 14 de febrero), después de conocer a Cristo. Él es la humanidad enamorada por excelencia. Un corazón enamorado es aquel que desarrolla todas las actividades de su vida en clave de amor. Unos ojos enamorados son capaces de ver lo valioso que rodea la vida, incluso las cosas que aparentemente no son amables.

Solemos amar lo agradable, lo bello, lo bueno. Pero, ¿qué nos pasa con lo que no nos gusta: el error, la vejez, la enfermedad, lo feo, lo desagradable?. Ante todo lo negativo hacemos lo que se refleja en la primera lectura con respecto a los leprosos: lo rechazamos, lo evitamos, nos quejamos.

Un corazón enamorado es Jesús que, al ver al leproso, le sale de lo profundo del corazón tocarle, en contra de lo que decía la ley, la medicina y el sentido común. Pero es que el amor, cuando viene de Dios, es una fuerza imparable que sale del corazón, porque Dios te lo regala, y hace que salgas de ti mismo, poniendo la importancia de tu vida en el otro.

San Francisco de Asís, antes de su conversión, tuvo contacto con un leproso y, asqueado, lo echó violentamente. Diez años después, una vez que había conocido y se había dejado tocar por Jesús, se repitió la escena: se cruzó con un leproso y se arrojó a sus pies, le cogió la mano y lo besó. Francisco había descubierto el poder del amor.

Estar enamorado no es usar esposas, vendar los ojos o fustigarse con un látigo. Eso es estar majara. Estar enamorado es amar lo doliente de la humanidad, entregar la vida y poner en práctica toda nuestra creatividad para que quien no ha sentido nunca el amor lo descubra.

Jesús es el gran enamorado y, si nos acercamos a él, nos contagiamos de ese amor. Ojalá que no nos tenga que dar nadie lecciones de amor, porque mirando a Jesús de frente poco nos pueden enseñar de amar hasta el extremo, de entregar la vida, de lavar los pies, de sanar enfermedades o de acompañar a quien lo necesita.

Feliz día de la renovación en el amor. Ojalá sepamos amar profundamente las circunstancias que tenemos y la realidad que Dios nos regala a cada uno.

Evangelio según San Marcos

Se acercó a Jesús un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme».
Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado».
En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.

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Obsesionados por la seguridad

Introducción. Una amiga mía me contaba el mal rato que pasó en el aeropuerto, cuando dispuesta a facturar su equipaje para volar a su lugar de trabajo se vio como el blanco de todas las miradas, como si fuese una sospechosa. Tuvo que vaciar el contenido de su maleta, descalzarse, extender los brazos, ser cacheada y en broma me decía: «es como si esperasen encontrar dos kilos de cocaína o una bomba». Y la verdad es que todos nos estamos volviendo sospechosos para todo el mundo. Los niveles de paranoia, de obsesión por la seguridad, el buscar resguardar nuestra comodidad, nuestro bienestar, nuestros privilegios nos hace vivir en el permanente temor. Como ese Rey Herodes que entra en pánico cuando los Reyes de Oriente le preguntan por el nuevo rey que va a nacer. De repente, toda su seguridad, todo su poder, toda su vida de logros, lujos y placeres se ve amenazada por una pregunta, por un rumor.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron en Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta… Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías». Mt 2, 3-17.
Todos somos sospechosos en un aeropuerto, en un centro comercial, parece que todo el mundo roba, todo el mundo engaña, todo el mundo miente. Y esas generalizaciones van minando la alegría de vivir, la alegría de sentirnos hermanos. Las miradas favorecen los encuentros entre las personas o los dificultan y los alejan. ¡Qué desagradable es no poder acercarte con espontaneidad a jugar con un niño por miedo a que alguien piense que eres un pederasta! ¡O no poder hablar, reír, expresar cariño a una mujer o a un hombre por miedo a que se mal interprete! Al final, si somos esclavos del miedo al juicio de los demás, a sus críticas y a sus opiniones, nos encerraremos en casa y nos volveremos asociales, para que nadie nos juzgue. Y esa es la reacción menos humana y menos divina.

Lo que Dios nos dice. «Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,15-17.
Es cierto que a esta situación de conspiranofobia hemos llegado a base de malas experiencias. Tanta muerte, tanto dolor, tanto terror van endureciendo nuestra capacidad de confiar. Se daña y se destruye lo más sagrado que tenemos las personas que es nuestra capacidad de confiar y de amar, entregándonos del todo al otro. Si se nos extingue la posibilidad de confiar, de creer, de abandonarnos en los brazos de alguien, dejamos de ser humanos y nos volvemos potentes escáner que filtran y analizan la realidad detectando virus, amenazas y posibles peligros. Todo serían advertencias, cuidados, warnings, alarmas y alertas.
Estoy un poco hasta el gorro de que la forma de gobernar un país sea poniendo leyes, normas, multas y castigos por todo. Estamos en las cotas más altas de intervencionismo por parte del estado. Todo regulado, todo estipulado, todo bajo control, menos el corazón de las personas que se escapa a toda lógica y a toda racionalidad.
Es también injusto que la realidad tan llena de buenas personas, de gentes generosas, de buenos profesionales, la manchemos por la evidencia de unos cuantos. «Pagan justos por pecadores», «no hay que generalizar», «una manzana podrida contamina todo el cesto de fruta», «yo no soy racista, soy ordenado». ¡Cuánta hipocresía que lo que busca es envolver y justificar nuestros miedos a perder los privilegios! El miedo a perder es lo que nos bloquea, cuando lo más real es que no tenemos nada.
«A ver, ¿quién te hace importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos, como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy». 1ª Cor 4, 7-13.

Cómo podemos vivirlo. Necesitamos volver a sentirnos peregrinos, en camino, sin echar demasiadas raíces en nada de lo que hacemos. No porque no las consideremos valiosas, todo lo contrario. Si amas algo, déjalo libre. Si permanece a tu lado es tuyo. Si no, es que nunca lo fue. Soltar, dejar de preocuparse por todo, por todos… La vida, el mundo, las personas y Dios llevan siglos ocupándose de todo. Nosotros la hemos recibido en un momento dado, y nos toca dejarla un poco mejor de lo que la hemos encontrado. Pero somos muy pequeños como para cargar con todo el peso de la marcha del mundo.

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Estresados o apasionados

Introducción. Estrenar vida tiene que ver con parar, tomar conciencia de a dónde nos van llevando nuestros pasos y querer darles la dirección que deseamos. Siempre hay circunstancias que nos afectan y nos influyen, pero no nos pueden determinar. Metidos en ambientes hostiles, podemos transformarlos en ocasiones para crecer y para aprender a amar. Se puede amar la luz y las tinieblas. Pero solos no podemos hacerlo, no tenemos ni los recursos, ni las fuerzas, ni la mirada nueva que nos permite ver en medio de lo que vivimos las puertas que se abren a la esperanza y al reino. Todos los finales de año intento hacer un balance. Y, por mucho que intento descubrir los resultados, al final lo que descubro es que lo importante no es lo que yo percibo. Mi subjetividad me juega muy malas pasadas. A veces los sentimientos llenan de una determinada sensación la percepción de la realidad. Paso de ver que todo va bien a que todo es un desastre en muy poco tiempo de diferencia. Si me guío por lo visible, podría estar contento: la parroquia camina a buen ritmo, actividades, gente, proyectos, agradecimientos externos. Pero el valor de nuestras vidas va mucho más allá de lo que producimos o de lo que hacemos. La actividad externa nos oculta lo verdaderamente importante que es el ser. No valgo por lo que hago. Valgo por lo que soy. Por eso, la tentación a la hora de evaluar mi vida descansa más en lo que soy cuando me pongo delante de Dios, en lo secreto, que en lo que los demás juzgan de mí, lo que ven o lo que reciben de mí.

Lo que Dios nos dice. «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece». 1ª Cor 4, 1-5.
No juzgar antes de tiempo. Eso es algo que debemos aprender a vivir. Nos suele pasar que tenemos la mirada llena de prejuicios, de criterios, de claves para interpretar la vida que muchas veces son totalmente erróneos. Con mucha celeridad definimos lo que es bueno y lo que no lo es. Esto está bien, esto está mal. Esta es una buena persona, esta no lo es. Y casi inmediatamente le colocamos el cartel de apto o no apto a todo lo que se presenta delante de nuestros ojos. Y hay que ser pacientes, porque a la larga todo se puede convertir en ocasión para agradecer, si lo vivimos acompañados por Dios.
«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Mt 6,5-6.
Otra buena sugerencia que nos hace Jesús: vivir buscando los espacios de soledad y de silencio. Buscar la recompensa de la gente, el querer agradar y recibir consuelo de los demás es muy humano y, al mismo tiempo, muy esclavo. Vivir pendientes de las aprobaciones que vienen de fuera nos hace dejar de ser libres y espontáneos. Tanto nos medimos, buscando lo correcto, lo que se espera de nosotros, guardando difíciles equilibrios, que al final dejamos de ser nosotros.
«Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud». Gal 5,1.
La libertad no es hacer lo que me dé la gana, pasando de los demás. Eso es egoísmo y centramiento en nosotros mismos. Pero sí que es cierto que a veces nos anulamos y nos reprimimos por los demás y ellos no se dan ni cuenta. ¡Cuántas horas esperando a personas que al final no vienen! ¡Cuántos planes a los que renuncio para optar por otros que priorizo y que, a última hora, se anulan! Y se nos van quedando el corazón frío, la confianza dañada, la ilusión apagada. Por eso es tiempo de volver a decidir por dónde han de caminar nuestros pasos. Por el centramiento en uno mismo, por el repliegue, por la hibernación o por la alegría de ponerlo todo en cada momento. Volver a creer que vale la pena ilusionarse, sonreír, ser generoso, estar disponible. Y, si las cosas no salen, creer profundamente que nunca el tiempo es perdido. Todo lo que hacemos con sinceridad y con amor, aunque no se vea, ni aparezca es amor y gratuidad puestos al servicio de quien las necesite.
«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría». 1ª Cor 13,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Lo que nos tiene que ocupar mirando el año que acabamos de empezar es cómo queremos vivir cada uno de los días que se nos ofrecen como regalo. Una agenda repleta de algo que no nos gusta se llama estrés. Una agenda repleta de algo que hacemos llenos de amor, se llama pasión. Nosotros decidimos qué y cómo queremos vivir: en el estrés o en la pasión.

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Audio-homilía: Festividad de Jesucristo, Rey del Universo

Cuando escuchamos este evangelio, lo primero que podemos hacer es culparnos: «es que es verdad, es que no comparto, es que no ayudo, siempre pienso en mí mismo y me olvido de los demás»… Y, si lo interpretamos así, nos entra el miedo y la tristeza, porque somos conscientes de que no damos la talla y que nos falta mucho. Pero eso el Señor lo sabe.

Ojalá que escuchar cómo va a ser el juicio final sea para nosotros un estímulo y una ilusión y que pensemos en la gran cantidad de cosas que ya hacemos por los demás. Tenemos derecho a reconocer en lo profundo del corazón que con esos detalles diarios construimos el Reino.

Esta fiesta de Cristo, Rey del Universo, nos hace mucha falta. En nuestra vida hay muchas malas noticias. Uno se las promete muy felices y, de repente, como en la película «Lo imposible», vemos auténticos muros de aguas turbias de 8 o 9 metros que vienen hacia nosotros. Muchos de nuestros días nos sentimos como en medio de un tsunami.

¿En ese contexto, qué significa Cristo, Rey del Universo? El Señor nos dice que, después de tanto terremoto, de tanto movimiento, de tanto sufrimiento, el final de la sangrienta historia de la humanidad va a ser un banquete de bodas en el que celebraremos la victoria de Dios.

Día a día vivimos en esa tensión entre las evidencias que tenemos ante nuestros ojos o vivir creyendo lo que Dios nos ha prometido. Ser hombres de fe es creer con certeza que Dios tiene la última palabra, aunque la vida nos vaya dando revolcones.

Parece que el mal y el sufrimiento nos estén ganando por goleada como un tsunami que nos arrolla. Pero, esperemos a la segunda mitad del partido, que el Rey del Universo vendrá. Seamos conscientes de que, con nuestra colaboración y nuestra sensibilidad, empieza a haber reino de Dios en la tierra. No hay ni una sola persona que no aporte algo al reino de Dios. La diferencia está en ser conscientes de ello o no: terminar el día dichosos por lo que hemos hecho o terminar en la queja y la frustración.

En el juicio final aprobarán los aporten nombres en su corazón, no aquellos que presenten una vida en primera persona del singular.

Ojalá disfrutemos de los signos del reino del Dios que ya hay en nuestra tierra. Ojalá que, cuando las olas del tsunami nos invadan, podamos levantar la cabeza seguros de que el Señor está con nosotros.

Evangelio según San Mateo

Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquellas a su derecha y a estos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: ‘Venid, benditos de mi Padre, y recibid en herencia el Reino que os fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estaba de paso, y me alojasteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; preso, y me vinisteis a ver’.
Los justos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de paso, y te alojamos; desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?’.
Y el Rey les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo’.
Luego dirá a los de su izquierda: ‘Alejaos de mí, malditos; id al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; estaba de paso, y no me alojasteis; desnudo, y no me vestisteis; enfermo y preso, y no me visitasteis’.
Estos, a su vez, le preguntarán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de paso o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido?’.
Y él les responderá: ‘Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicisteis conmigo’.
Estos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna».

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Si se cree y se trabaja, se puede

Introducción. Con esta breve declaración respondía Cholo Simeone al periodista que le preguntó sobre cuáles eran sus sentimientos de alegría y de euforia ante la consecución del título de liga del Atlético de Madrid. Y siento que es cierto y bien necesario que la fe se convierta en la actitud y el modo con el que acoger las circunstancias que la vida nos ofrece. Si no es desde la fe y desde la confianza, la vida se nos presenta como una amenaza, como un peligro y vivir como una constante carrera de obstáculos en la que cada día tenemos que superar las continuas pruebas, que se nos van presentando.
Me encanta la luz que arroja una frase tan breve, porque recoge las dos dimensiones de nuestra vida: la fe y las obras, el don y la tarea, la gracia y el esfuerzo. Ni todo depende de Dios, lo cual nos dejaría a nosotros como meros espectadores de su obra, piezas de un ajedrez que no tienen voz ni voto. Ni todo depende de nosotros, que ya hemos experimentado suficientes veces nuestra impotencia y nuestra incapacidad para resolver los conflictos de nuestra vida, la indignidad, lo frágiles que son nuestras fuerzas y lo rápidamente que se escapan las motivaciones.
Si falta alguno de esos dos componentes nuestra vida se estanca y se frustra. No podemos quedarnos en el mundo de los deseos y de las intenciones. Del me gustaría, de los ideales, de las metas, olvidando que se llega a un objetivo, no de manera inmediata, sino a través del paso a paso, del ir poniendo los medios que nos van llevando al fin. No basta decir que algo me encantaría, pero al final no hacer nada. De buenas intenciones está lleno el infierno. Hay que unir el deseo y la decisión de guiar nuestros pasos, nuestros esfuerzos y nuestras energías, hacía los caminos, los lugares y las personas que de verdad nos aportan y nos ayudan a vivir mejor.

Lo que Dios nos dice. «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de vosotros les dice: Id en paz, abrigaos y saciaos, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo te con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. Hasta los demonios lo creen y tiemblan. ¿Quieres enterarte, insensato, de que la fe sin las obras es inútil?». Stgo 2,14-20.
La Pascua es el tiempo de acercar la fe a la realidad que vivimos. Los encuentros que Jesús provoca ocurren en la realidad, de las lágrimas, del miedo, de las penas, de la decepción, del fracaso. Y es que la fe sirve para pasar de la tristeza del ser hombre, a la libertad gloriosa, esperanzada, de ser hijos de Dios. Pero la victoria de Cristo tiene que iluminar las situaciones humanas a través de los testigos del resucitado: su Iglesia. Somos anunciadores no de slogans aprendidos, ni de teorías repetidas. Si no que compartimos experiencia, vida, realidad, cambios palpables, reales, visibles, tocables. Pasamos diariamente de las muertes a la vida cuando amamos la realidad que vivimos. Y cuando nos pilla la vida, es con el tiempo ocupado, con las manos embarradas de amar, de compartir, de ayudar, con el corazón ocupado por muchos nombres con los que proyectar, realizar, convivir.
«Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano». 1ª Jn 4,19-21.
Y es verdad que nuestra vida ni es lineal, ni estática, ni estamos siempre igual. Somos puro dinamismo, puro cambio, pura dinamicidad. Lo que ayer me servía hoy a lo mejor no. Lo que entendía y tenía claro, ahora se me enturbia y se difumina. Pero sí que hay rocas firmes que no cambian, los cimientos en los que edificar nuestras existencias, las personas, los lugares, las actividades, que una y otra vez nos vuelven a situar en la paz y en la alegría.
«Además, el fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo.» 1ª Ped 4,7-11.

Cómo podemos vivirlo. Estamos acercándonos al final de curso. Se van concluyendo largos procesos. Los estudiantes preparan los exámenes finales. Los niños se preparan para recibir la comunión después de varios años de preparación. Se van concluyendo actividades, grupos, procesos. Y lo que más valoro no es llegar a ninguna meta, sino haber sido consciente y haber disfrutado del camino, de cada día. Los resultados finales son muy difíciles de evaluar. Pero la alegría de haber dado lo mejor de cada uno, día a día, momento a momento, nos va haciendo generosos, solidarios, compasivos. Pareciéndonos cada vez más a nuestro maestro.

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