Camino de Santiago

Mil millones de gracias…

Hoy hace exactamente dos meses que inicié con una amiga el Camino de Santiago desde Saint Jean Pied de Port. Era la cuarta vez que recorría tramos de esta ruta milenaria. Pero, como os comenté en su día en este blog, ha sido sin duda la más impactante hasta la fecha.

Recorrimos 240 kilómetros en 9 etapas y, cuando el día 5 de mayo dejamos el camino, inicié una nueva peregrinación que me está llevando a recorrer grandes distancias sin apenas dar pasos. Son muchos los cambios que, minuto a minuto, día a día, semana a semana, se están produciendo en mí… y es mucho lo que aún me queda por andar.

Como decimos en la liturgia eucarística, «es justo y necesario… darte gracias siempre y en todo lugar, Señor Padre santo, Dios todopoderoso y eterno», pero mucho más ahora con los recuerdos de esta experiencia aún calientes y con la distancia, el poso y el sosiego que el paso del tiempo aporta.

Esta entrada no es más (ni menos) que una acción de gracias a nuestro Padre bueno por haberme permitido vivir esos 9 días y por haber sembrado mi Camino de regalos.

¡Gracias, Señor, por sacarme de una vorágine que habia sido incapaz de abandonar incluso con un intervención quirúrgica y su correspondiente post-operatorio!

¡Gracias, por todas esas maravillas cotidianas que no siempre sabemos ver, gozar y agradecer desde lo más profundo de nuestro ser! No puedo evitar recordar a San Francisco de Asís, ese enamorado de las criaturas y de la naturaleza al mencionar todas estas bendiciones: una cascada, una montaña, un valle, un bosque, un río, un prado, la brisa, la lluvia, el sol, la nieve, un pajarillo, un potro que acaba de nacer, un perro, mil y una flores y plantas, vides… ¡tantos y tantos tesoros!.

Gracias por haber puesto en mi camino a decenas de personas que me han enseñado mucho sobre la vida y sobre mí, que han hecho revivir actitudes y sentimientos maravillosos que con el tiempo había censurado en mi interior, que han sido vivos ejemplos de valores que debo potenciar, que me han permitido descubrir asuntos que debo limar y rasgos negativos que tengo que dejar atrás…

Es como si, en este momento, pasaran en fotogramas un montón de rostros que personifican esas actitudes, valores, virtudes… Voy a enumerarlas a ellas y no a las personas, pero os garantizo que detrás de todo esto hay almas con nombres y apellidos que se han convertido (de forma consciente o insconciente) en instrumentos de Dios, en ángeles, en testigos…

Gracias por el cuidado y la sensibilidad cuando las fuerzas físicas fallan. Gracias por el valor y los deseos de superación. Gracias por la búsqueda. Gracias por la apertura. Gracias por la capacidad de adaptación a las circunstancias sin quejas, sin amarguras. Gracias por el trabajo cotidiano realizado con pasión, con gusto y procurando hacer la vida agradable a quienes encontramos en el camino. Gracias por la sensatez conjugada magníficamente con la pasión por vivir. Gracias por huir de las prisas y por la flexibilidad. Gracias por fluir con la vida sin retorcerla. Gracias por convertir las situaciones propias en motivo de servicio a los demás, en vez de en contemplación del propio ombligo. Gracias por la asertividad y por saber decir no cuando corresponde. Gracias por no caer en la hipocresía de lo políticamente correcto. Gracias por el tesón. Gracias por la espiritualidad y la constante acción de gracias. Gracias por la serenidad. Gracias por la amistad. Gracias por la espontaneidad y la curiosidad. Gracias por la escucha. Gracias por el aliento y por los silencios. Gracias por el respeto a lo diferente. Gracias por la empatía. Gracias por el atrevimiento, por la ruptura de esquemas, por no evitar tocar las heridas cuando es necesario. Gracias por la transparencia, la sinceridad, la efusividad, la ternura y la pasión magníficamente equilibradas. Gracias por la mano tendida, por la palabra de ánimo más que oportuna, por las indicaciones, por los tercios de cerveza cargados de energía y de apoyo. Gracias por la magnífica y deslumbrante luz de tantas miradas y tantas sonrisas. Gracias por esa mano tendida…

GRACIAS INFINITAS a tod@s y cada un@ de los que habéis formado parte de mi Camino por vuestro derroche de energía, de fuerza y de amor. Y gracias al Buen Dios por haber juntado nuestros Caminos.

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Tiempo para todo: vivir, morir, sufrir, gozar… ACOGER

Hace unos días os comentaba que últimamente me han venido al encuentro varias bodas de las que he sido testigo accidental…

En cambio esta semana ha comenzado mucho más luctuosa. El lunes fui al tanatorio a acompañar a una amiga que despedía a su madre. Y ayer martes fui a la iglesia y coincidí con un funeral (tampoco es la primera vez en las últimas semanas que me topo con una misa de difunto).

No es tan extraño. Nuestra vida es un permanente equilibrio y una constante alternancia entre alegrías y penas, entre vida y muerte, entre amor y desamor, entre calor y frío, entre tesoros y barro…

Y, ante esta realidad, Jesús nos marca bien claro el camino. El Hijo de Dios, que vino a la tierra a entregar su vida por todos, que fue tentado, que sufrió la agonía en el monte de los olivos y pidió al Padre que «si es posible, pase de mí este cáliz; mas no se haga mi voluntad sino la tuya» Mateo 26, 39, nos invita a acoger los momentos en los que el sendero se endurece y la climatología es adversa.

ACOGER. Estupendo verbo que expresa muy bien cuál debe ser nuestra actitud. Según la RAE, una de sus acepciones es admitir, aceptar… Aceptación y acogida, no resignación, ni protesta, ni queja…

Se trata de convivir y gozar con lo que nos gusta y también de sacar el máximo partido a lo que nos cuesta más.

Los estudiantes ahora comienzan a disfrutar de unas merecidas vacaciones, tras un año duro de estudios y esfuerzos. Si les preguntamos, seguro que prefieren este tiempo de viajes, fiestas, piscinas y playas a los meses de codos que han dejado atrás. Pero eso no significa que el estudio o el trabajo no sean buenos. Cuestan y requieren dedicación, pero enriquecen de forma extraordinaria. Es como la subida al Cebreiro en el Camino de Santiago: un esfuerzo que compensa con creces.

No hablo de flagelaciones, de sufrimientos vanos o de torturas absurdas… Como tampoco de hedonismos simplones o de placeres vacíos… Me refiero a acoger, abrazar y sacar provecho de todas y cada una de las situaciones que la vida nos pone delante: las más livianas y las más duras.

Ayer leía en mi timeline de Facebook una frase que decía «A veces dejar ir es un acto de mucho más poder que defenderse o aferrarse». Va muy en línea con lo que trato de expresar.

Hay momentos para todo en la vida: para trabajar, para descansar, para sembrar, para recoger, para reír, para llorar, para amar y para dejarse querer… Y a veces hay situaciones, contra las que a menudo nos rebelamos, que tienen su sentido y su porqué: que nos vaciemos para volver a llenarnos, que aprendamos a dominar el ego, que valoremos lo que de verdad importa, que disfrutemos del esfuerzo realizado, que descubramos una nueva dimensión de la palabra amor, que iniciemos nuevas etapas en la vida…

Morir para vivir. Llorar para gozar. («En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo» Juan 16, 20-21)

(«Hay un tiempo señalado para todo, y hay un tiempo para cada suceso bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de derribar y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de lamentarse y tiempo de bailar; tiempo de lanzar piedras y tiempo de recoger piedras; tiempo de abrazar y tiempo de rechazar el abrazo; tiempo de buscar y tiempo de dar por perdido; tiempo de guardar y tiempo de desechar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz» Eclesiastés 3, 1-8)

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¡¡¡ Sí quiero !!!

El pasado sábado acudía a la ceremonia de graduación de una de mis sobrinas. Y el sacerdote, que oficiaba la eucaristía, dijo una frase durante su magnífica homilía que me resonó profundamente: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Nunca lo había visto de esa manera…

Desde que volví del Camino de Santiago (tras vivir una experiencia tremendamente catequética que compartí con vosotros hace unos días), siento por fin a Dios como alguien cercano. Llevaba mucho tiempo buscándole sin hallarle… Evidentemente, no buscaba donde debía…

La catarsis de la peregrinación (ese profundo viaje interior) me ha devuelto a la vida como hija amada en quien Dios se complace, como hija pródiga que regresa al hogar… Y, ante ese milagro, ante semejante derroche de cuidados, de mimos, de regalos… la respuesta no puede ser otra que el agradecimiento infinito y el seguimiento.

Como dice Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”, las personas mayores tendemos a buscar explicaciones a todo, nunca comprendemos las cosas por sí solas y es fastidioso tener que darnos continuamente explicaciones. Complicamos en exceso las cosas: la vida, las relaciones, la toma de decisiones, la vivencia de la fe…
Y el evangelio de hoy lo deja bien clarito: (“Amaos los unos a los otros: esto es lo que os mando” Juan 15,17).

Si partimos de la base de que Dios es Amor (“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” 1 Jn 4,8), el mensaje está claro y me lleva de nuevo a la reflexión con la iniciaba este post: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Los cristianos no estamos llamados a otra cosa que no sea comprometernos con el proyecto de amor que Dios tiene para todos sus hijos en las circunstancias en las que cada uno vive (en la vida consagrada, como laicos, como hijos, con nuestra pareja, como padres, en nuestro trabajo…). Es convertirnos en herederos y continuadores de su obra, de su sueño…

Más allá de grandes filosofías, ser cristiano no es otra cosa que amar como Dios ama (o, al menos, intentarlo). Cuando amamos (pensemos en lo que sienten unos padres por su hijo o unos enamorados), todo se transforma a nuestro alrededor: vemos todo más bonito, estamos de mejor humor, derrochamos cariño con todos, gozamos más de cualquier pequeño detalle, nos sentimos más vivos… Parecemos personas nuevas, iluminadas… Si eso nos sucede con esos amores humanos que por definición son limitados, ¿qué sucedería si experimentáramos el infinito amor de Dios?…

(“Aspirad a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostraros el camino mejor de todos. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena o platillos que aturden. Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor no pasará jamás” I Corintios, 12,31-13,8) San Pablo también lo deja claro. El camino es aspirar a los mejores dones de Dios. Y el principal es el amor.

Como hijos amados de Dios y herederos de su proyecto y de su obra. estamos llamados todos (no sólo los curas, las monjas o los misioneros) a continuar con el “negocio familiar”, que no es otro que hacer de este mundo un espacio en el que reine el amor. ¡Ese es el proyecto de nuestro Padre! Y, además, nos ha dejado como herencia no sólo esa capacidad de amar sin límites, sino también la fuerza del Espíritu Santo.

¿Estás dispuesto a ser digno hijo de tu Padre? ¿Estás dispuesto a comprometerte con ese proyecto de siembra de amor en la tierra? ¿Estás dispuesto a ser instrumento del amor de Dios en medio de este mundo?…

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Audio-homilía: Solemnidad de la Ascensión 2013

La Fiesta de la Ascensión nos recuerda cuál es el destino definitivo de nuestra existencia. Muchas veces, cuando perdemos la dirección en la que queremos ir en la vida, nos enredamos y confundimos lo definitivo y lo accidental.

Jesús sube al cielo para recordarnos que lo definitivo de nuestra vida no son estos años que estamos aquí. Claro que son importantes y trascendentales, pero no son lo más importante. Es como si un feto pensara que su vida no va a ir más allá del vientre de su madre. Son nueve meses imprescindibles y necesarios, pero no definitivos.

La fiesta de hoy refleja nuestro deseo de crecer.

Las ascensiones buscan recordarnos que no debemos anclarnos, que no echemos raíces, que no seamos posesivos… que no nos convirtamos en árboles, cuando estamos llamados a ser ángeles. Despleguemos las alas que Dios nos ha dado y dejemos de fijar nuestra mirada hacia abajo, hacia nosotros mismos, hacia nuestros problemas. Si vivimos mirándonos el ombligo, no percibimos a los demás, no apreciamos los regalos de la vida y, por supuesto, no descubrimos a Dios. ¡Cuánta gente pasa sus años sin descubrir los múltiples e infinitos regalos, providencias y cuidados del Dios que nos cuida y que nos ama!

Jesús nos propone que miremos hacia arriba. Nuestro día a día es complejo, pero no nos podemos quedar atrapados con la mirada hacia abajo. El Señor nos indica el camino y la meta. Él es la punta de lanza.

Nuestro destino definitivo es la eternidad, la casa del Padre… Nuestra estancia en la tierra es una peregrinación libre y voluntaria hacia la casa del Padre. Es como el Camino de Santiago: una invitación a la que cada cual acude de forma libre y personal.

Como cristianos no se trata de que impongamos a nadie que vaya a la casa del Padre, pero sí podemos exponer lo que experimentamos: que el camino que nos lleva a la casa de Dios le da sentido a nuestra vida, a nuestros éxitos y a nuestros fracasos…

Y, como en el Camino de Santiago, no sólo es importante la meta: las etapas y la propia peregrinación son en sí mismas maravillosas y enriquecedoras.

Que nuestro destino sea el cielo no resta valor al presente, significa que lo vivo todo con mucha más intensidad y con más atención… El cielo no quita la importancia y el sentido de lo que vivimos en la tierra. Igual que la llegada a la Plaza del Obradoiro no resta valor a las etapas recorridas y a lo vivido en la peregrinación a Santiago.

Otra enseñanza relevante de esta fiesta es la importancia de aprender a retirarse a tiempo. Jesús, ascendiendo al cielo, promociona de forma tremenda a sus apóstoles, les hace crecer extraordinariamente. Es muy importante que no nos sintamos imprescindibles, que demos un paso atrás para que los demás crezcan.

Acordémonos diariamente de si nuestros pasos siguen en el Camino y aprendamos a retirarnos a tiempo para que los demás crezcan y nosotros disminuyamos.

Audio-homilía: Solemnidad de la Ascensión 2013

Evangelio según San Lucas

Jesús dijo a sus discípulos: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Vosotros sois testigos de todo esto. Ahora yo voy a enviar sobre vosotros lo que mi Padre prometió. Permaneced, pues, en la ciudad hasta que seáis revestidos de la fuerza que viene de arriba.»
Jesús los llevó hasta cerca de Betania y, levantando las manos, los bendijo.
Y mientras los bendecía, se separó de ellos (y fue llevado al cielo.
Ellos se postraron ante él.) Después volvieron llenos de gozo a Jerusalén, y continuamente estaban en el Templo alabando a Dios.

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Camino de Santiago: un chute de vida

Caminantes Empiezo este post con un sentimiento enfrentado… Me gustaría compartir esta experiencia, pero, al mismo tiempo, soy consciente de lo molesto que nos resulta en general que nos cuenten una película o un libro, cuando queremos disfrutarlos personalmente… Es la duda entre dar tu visión a riesgo de mediatizar al de enfrente y guardarte tus impresiones… Pero (“nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de la cama, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz” Mt 5, 15). Así que allá voy…

He recorrido 9 etapas del Camino de Santiago entre Saint Jean de Pied de Port y Santo Domingo de la Calzada. No era la primera vez que hacía tramos del camino (¡esos senderos están tan llenos de vida y de energía que atrapan!), pero sin duda ha sido una experiencia de catarsis, iniciática y profundamente catequética. Intentaré sintetizarla en titulares consciente de que lo que desborda el alma es difícil de expresar en palabras.

Una magnífica metáfora de la vida. Un amigo dice que un año en la evolución de Internet es como un lustro en el mundo tradicional. Pues el Camino es parecido. Es un concentrado de vida, de experiencias… para todo el que quiera adentrarse en ellas…

Experiencia personal, intransferible y diferente para cada uno. Da igual que vayas solo o acompañado, da igual que repitas tramos y los conozcas a la perfección… Cada persona llega al camino motivada o movida por algo (que no siempre se puede explicar)… y llega para descubrir y aprender algo… Los amigos te pueden contar su experiencia, las guías te dan datos, pero TU CAMINO sólo lo puedes recorrer tú… Otra metáfora de la vida…

Siguiendo las flechas. En las primeras etapas uno se muestra perdido, buscando las flechas, las vieiras, las marcas del camino… y con el paso de los días ese sexto sentido que todos tenemos (y al que tan poco escuchamos a diario) las reconoce y las integra de forma inconsciente. No estaría de más hacerlo más a menudo.

Fluyendo, reseteando… Un peregrino nos decía que no es necesario programar, que el camino te da lo que necesitas y te quita lo que te sobra. Nos pasamos la vida programando, retorciendo la vida y a las personas para que todo salga como teníamos planeado. Y Dios y la vida nos demuestran machaconamente que es un error… ¿No sería mejor participar de ese magnífico juego que es la vida? Descubrir nuevos tesoros cada día, resolver jeroglíficos, encontrar respuestas, aprender… Vivir así es precioso y emocionante.

Getsemanís: pasión, muerte… y resurrección. («Si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» Lc 22, 42). No nos gusta sufrir, tratamos de allanarnos al máximo el camino, buscamos atajos para llegar a nuestros objetivos ahorrando esfuerzos… Pero no siempre los atajos son el mejor sendero, ni la puerta ancha la más cómoda… No creo que este mundo sea un valle de lágrimas, pero después de este camino he podido comprobar que para resucitar hay que pasar por la muerte de uno mismo. (“Os aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, produce mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna” Jn 12, 24-25). Y comprendo la angustia de Jesús en Getsemaní y, al mismo tiempo, su plena confianza en el Padre…

Regalos: ángeles, oasis, espejismos… Saber desenvolverlos, agradecerlos y acogerlos… Otro amigo dice que en la vida los milagros, los signos de que el Reino de Dios está en la tierra, suceden a cada segundo y que no siempre los sabemos reconocer… El Camino (que no es otra cosa que un concentrado de vida) ofrece mil regalos: una fuente, una brisa, un prado, una flor, un rayo de sol, mil aromas, colores infinitos, una palabra de aliento, una sonrisa y muchas almas… Encuentras personas que son verdaderos ángeles de la guarda (sin alas, sin vestiduras blancas…), que son la viva imagen de Jesús que se nos da sin reservas… Otras son auténticos oasis en los que poder descansar y sentirse en casa: aguas cristalinas, sol que calienta, aire fresco que abre la mente, ilumina la sonrisa y expande el corazón… Y también hay espejismos, flechas que parecen reales pero que nos sacan del camino que tenemos que recorrer… Todos son magníficos, todos necesarios, todos muy grandes… Y hay que tener la delicadeza y la consciencia de desenvolver cada regalo como corresponde (sin vanaglorias, sin rechazos, sin apegos)… Un oasis (incluso un espejismo) puede parecer el lugar más maravilloso del mundo cuando uno viene atravesando el desierto, pero el camino sigue y no conviene estancarse… ¡Queda tanto trayecto por recorrer!

Soltar, desaferrarse… Cuando algo nos gusta mucho, hablamos de ello con pasión, lo buscamos con ahínco, se convierte en una constante de nuestra vida y hasta llegamos a aferramos a ello… deseando que esté siempre ahí… Pero es como intentar atrapar el agua: cuanto más queremos agarrarla, más se nos escapa entre los dedos. Como dice la famosa cita “If you love something, let it go. If it returns, it’s yours; if it doesn’t, it wasn’t. If you love someone, set them free. If they come back they’re yours; if they don’t they never were”… Cuando decimos que queremos a alguien y únicamente deseamos poseerlo, ¿de verdad lo queremos? ¿no es nuestro ego el que nos pide incorporarlo a nuestro “catálogo de posesiones”?… En este camino hablaba con otro peregrino sobre las películas “Casablanca” y “Memorias de África”… Él me decía que eran historias complicadas de ver por cómo se desarrollaban los acontecimientos… Pareciera que acaban mal, porque no “fueron felices y comieron perdices”… Sin embargo, son grandes enseñanzas de amor… En «Casablanca» Rick deja marchar a Ilsa, respetando su vida, sus tiempos, sus necesidades… Pedirle que se quedara habría sido una gran demostración de egoísmo (te quiero, pero en mi jaula… no quiero que vueles…). ¡Cómo cambiaría el mundo si nos quisiéramos como Dios nos quiere: LIBRES!

Y Dios te llama por tu nombre… He hablado alguna que otra vez con personas consagradas o con laicos de la experiencia de sentir que Dios te llama por tu nombre, pero nunca como en este viaje me había sentido personalmente interpelada, llamada, mirada por Él. La experiencia es incomparable, inexplicable, abrumadora… Y, ante eso, la respuesta sólo puede ser el seguimiento…

Dios está entre los pucheros… Los que nos llamamos cristianos tendemos a veces a buscar (en ocasiones con desesperación) a Dios en iglesias, catequesis, libros; entre los curas y las monjas… Y Dios se nos regala desbordándose como un río a lo largo del camino de la vida… A veces el rostro de Dios se ve en quien más alejado cree estar de la Iglesia… y a veces quienes decimos representarla y defenderla encarnamos al maligno con nuestras actitudes… No quiero decir con esto que no debamos fortalecer nuestra relación con Dios con la oración, poniéndonos en su presencia (es básico tener momentos de intimidad con los AMIGOS). De hecho, uno de los regalos que este camino me ha brindado fue la posibilidad de vivir una eucaristía en la que la única feligresa era yo: un instante de profunda conexión con Dios y con la Virgen y un incontenible agradecimiento a ese sacerdote que generosamente se me dio… (“Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” Mt 18,20) Pero también digo que si somos curiosos, si vamos por la vida con el alma abierta y sin prejuicios, si nos fijamos en todo con la inquietud y la sorpresa de un niño, descubriremos que, como decía Santa Teresa de Jesús, Dios está en los pucheros…

Dios es orgásmico. Esta frase se la dije yo en este camino a cuatro personas que precisamente declaraban haber estado o estar apartados de la Iglesia. Puede sonar fuerte (y, si alguno se siente escandalizado, lo lamento). Pero Dios nos quiere plenos, saciados (“Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” Jn 10, 10). Así que, (“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” Lc 24,5) Siento que Dios nos interpela a vivir intensamente, sin celofanes, sin ataduras, en medio del mundo…

Sobre amor y miedos. Mi amigo Vicente dice que el amor puede con los miedos. Y un sacerdote alemán me dijo en otro tramo que hice del Camino que los miedos son signos del maligno. Cuando uno se siente muy amado, se abandona, se entrega sin reservas, sin estrategias… En la Iglesia de Santiago de Logroño vimos una imagen románica de la Virgen con el niño en brazos. El maravilloso hospitalero de la parroquia (otro ángel de nuestro camino) nos explicó con extraordinaria pasión que se trataba de una imagen especial porque, además de ser absolutamente rompedor en esa época que el niño apareciera completamente desnudo, se reflejaba perfectamente el semblante de un bebé totalmente abandonado y dormido en los brazos de su madre. Pues bien, todos llevamos sellada nuestra credencial de HIJOS AMADOS DE DIOS… Cuando somos capaces de sentirlo así, la respuesta no puede otra que agradecer, abandonarnos en sus manos protectoras y dar gratis lo que gratis recibimos… (“Tu vara y tu cayado me infunden aliento” Salmo 23,4)

Efectivamente, era difícil sintetizar tanto y este post ha acabado siendo especialmente largo… Espero que, al menos, os haya resultado provocador e interesante.

Me gustaría que quienes leéis este blog compartáis, si queréis, sensaciones, sentimientos, vivencias… que os hayan podido resonar al leer estas líneas…

Gracias y ¡BUEN CAMINO PEREGRINOS!

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