apóstoles

Audio-homilía: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

Jesús nos prepara para los cambios, las pérdidas y las mudanzas que la vida nos trae.

Hay momentos en la vida que nos va todo tan bien que nos gustaría hacer una foto y que todo se quedara así. Pero la vida no es así… la vida es dinámica. No se pueden perpetuar ni los momentos buenos ni los malos.

En este evangelio Jesús nos dice no temáis si me voy, si hay perdidas o cambios, si se os caen personas o instituciones que pensábais que son inamovibles.

Y, al mismo tiempo, nos recuerda la necesidad de apoyar nuestras vidas en un pilar sólido: el Espíritu Santo que vive en nosotros. El otro defensor: el que cuida de ti, el que te vigila, el que te guarda la espalda, el corazón y el cerebro. El que te permite vivir tranquilo y sin miedos.

Puede que todo falle, pero tenemos la certeza y la confianza de que Dios no nos falla.

Jesús les dice a sus apóstoles que se va, pero les prepara para un amor diferente, que no es posesivo; un amor sereno, que no ahoga…

El Señor confía tremendamente en nosotros cuando nos abandonamos en las manos del Espíritu Santo. «No os voy a dejar huérfanos». Estaré «siempre con vosotros».

Audio-homilía: Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

Evangelio según San Juan

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si vosotros me amáis, cumpliréis mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito para que esté siempre con vosotros: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Vosotros, en cambio, lo conocéis, porque él permanece con vosotros y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y que vosotros estáis en mí y yo en vosotros. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él».

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La conciencia es la voz del alma, las pasiones son la voz del cuerpo

Introducción. Cuando los apóstoles le piden al Señor que les aumente la fe, no es sólo un reconocimiento humilde de la distancia que hay entre la mirada de los hombres y la mirada de Dios. Expresa también el deseo claro y sincero de entrar en la misma vida de Dios, en la mirada con la que Jesús afronta el encuentro con las personas y con las circunstancias.
“Porque mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes». Is 55,8-9.
Es pedirle que nos regale la clave para tener una comprensión integradora de nosotros mismos, de la realidad que nos rodea y de la vida en general. Hay momentos de verdadero desconcierto cuando escuchando nuestra voz interior reconocemos conflictos entre lo que hacemos, lo que deseamos, lo que nos gustaría, lo que en verdad podemos. Una de las principales causas de nuestra falta de alegría es la no identificación entre lo que vivimos y lo que nos gustaría vivir. Desde muy pequeños nos han preguntado: ¿Tú, qué quieres ser de mayor? Como si todo lo que vamos a vivir en el futuro, dependiera de nuestros gustos, de nuestros planes diseñados y de nuestras posibilidades. Y lo más cierto es que nuestras vidas se van construyendo fruto de nuestra libertad, de nuestras decisiones y fruto también de la mano providente y misericordiosa de Dios que nos acompaña, que nos guía y que nos regala las circunstancias para desarrollar los talentos y las habilidades que Él nos da. No podemos vivir con temor nuestra existencia, ni con la tristeza que se genera al sospechar que somos un error, que estamos mal hechos, que la vida es una broma pesada de alguien que se divierte con nuestras desgracias. Tampoco podemos poner el cartel de advertencia, peligro, a todo lo que nace de nuestra humanidad. Tanto el cuerpo como el alma vienen de las mismas manos. Me preocupan ciertas espiritualidades que rechazan toda la parte corporal, física de nuestra vida. La censura de todo lo que suponga gozar, sentir y disfrutar. El dualismo que enajena, que limita, que reduce a las personas a bonsáis cuando en realidad tienen capacidad de convertirse en un árbol grande y frondoso. Pedir a Jesús que nos aumente la fe supone pedirle que nos renueve y que nos cambie viejas creencias que nos confunden y nos alejan de la mirada original y bondadosa con la que Dios mira su creación.

Lo que Dios nos dice. «Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno». Gn 1, 31. «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías hecho. ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras?, o ¿cómo se conservaría, si tú no lo hubieras llamado? Pero tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor amigo de la vida». Sab 11, 24-26.
La bondad y la confianza de toda la realidad que nos rodea son las bases sobre las que construir nuestra vida. El amor que Dios ha puesto en toda su creación nos tiene que expulsar todos los miedos y temores.
«Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina. (Con esto declaraba puros todos los alimentos) Y siguió: Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro». Mc 7, 18-23.
Las pasiones, los deseos, la creatividad, las pulsiones son tan humanos, tan divinos, tan reales, como la compasión, la generosidad o la capacidad de perdonar. La curiosidad, el querer tener experiencias, el aprender, el investigar… no es la sede de los pecados o de los males de la humanidad. ¡Cuánto le debemos en el terreno de la ciencia y de la fe, a las personas que no se han conformado con aceptar las explicaciones heredadas sin más, sino que han buscado, que han arriesgado, que se han salido del camino trazado, para encontrar más verdad, más claridad, más luz!.
El mismo Jesús fue un transgresor de la religión que había recibido: «Los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¡Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que arrebatarán al esposo y entonces ayunarán». Mt 9, 14-15.
No podemos ni debemos demonizar toda la parte intuitiva, creativa y pasional que nos constituye. Como en todos los aspectos de la vida, tenemos que aprender a usarlos, a educarlos, a vivirlos no de forma egoísta y centrándonos en nosotros mismos, sino como vehículos a través de los cuales podemos expresar de una forma muy clara el amor, la comunión y hasta la capacidad de salvarnos.

Cómo podemos vivirlo. La fe nos tiene que despejar los miedos y los temores a sentir, a gozar, a vivir. Conozco mucha gente que tiene miedo a reír en una Iglesia porque al ser terreno sagrado lo concibe como una falta de respeto. Y me asusta la imagen de Dios que estamos proyectando. ¡Menos mal que hay voces muy autorizadas que nos animan a ser felices!. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y creer en la bondad. Juan XXIII

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Audio-homilía: Auméntanos la fe

Los apóstoles debieron ver en Jesús algo muy atractivo y/o muy difícil de hacer para hacerle esta petición. Si leemos el párrafo que va inmediatamente antes de este en el evangelio, lo entendemos mejor, porque encontramos la pregunta de cuántas veces hay perdonar al prójimo y el «70 veces 7» de Jesús.

Esto a los apóstoles (y a nosotros) nos parece muy difícil. Pero no son nuestras fuerzas, ni siquiera nuestros buenos propósitos, los animadores de nuestras buenas obras. San Pablo decía que desear el bien estaba a su alcance pero no realizarlo.

Los apóstoles reconocen que a Jesús le movía una energía diferente a la suya. Y se la piden al Señor. Y su respuesta es que la fe va en proporción a nuestra esperanza en que las cosas se van a lograr y a nuestro esfuerzo por hacerlas realidad. Se trata de creer que se puede.

La fe no es querer que Dios lo arregle todo mientras nosotros no movemos un dedo. Jesús les dice a los apóstoles que nuestra obligación es hacer lo que tenemos que hacer. Nosotros también pretendemos que Dios haga milagros, mientras nosotros nos quedamos con los brazos cruzados. Jesús nos pide que creamos que podemos.

Ojalá que nosotros dentro de nuestras posibilidades creamos que Dios cuenta con nosotros.

Jesús también nos exhorta a que no nos colguemos medallas. «Cuando hagas lo que tienes que hacer, no te creas la octava maravilla, vive del agradecimiento del Señor». Vivir en plenitud es nuestra obligación, no es para que nos vengamos arriba, sino para hacerlo y disfrutarlo como corresponde.

Ojalá que el Señor nos aumente las ganas de amar, que la generosidad para responder a las necesidades de los demás nos inunde y que no nos quejemos por hacer lo que tenemos que hacer.

Audio-homilía: Auméntanos la fe

Evangelio según San Lucas

Los Apóstoles dijeron al Señor: «Auméntanos la fe».
El respondió: «Si tuviárais fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijérais a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella os obedecería.
Supongamos que uno de vosotros tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó?
Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os mande, decid: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber'».

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Audio-homilía: Andaban como ovejas sin pastor

Como dice San Agustín, «el que te creó sin ti, no te salvará sin ti».

Y es que para el Señor la humanidad es muy valiosa. En el evangelio del pasado domingo Jesús enviaba a sus discípulos «de dos en dos». Y en el de hoy los espera para ver qué tal había ido su misión. Había delegado en ellos y, al regreso, quiere conocer su experiencia.

Y, cuando le cuentan, se observa que ha habido éxitos y fracasos, como nos sucede a todos. En la vida de la Iglesia también ocurre. Hay cosas que funcionan y otras que son un auténtico desastre. Y Jesús, tanto triunfadores como a perseguidos o fracasados, nos enseña a vivir con Él los éxitos y los fracasos. Nos invita a descansar en un sitio tranquilo…

Ver lo que nos pasa desde la mirada creyente es el objetivo de los ejercicios espirituales y los retiros. Y supone una gran ayuda pararnos y reflexionar sobre nuestra vida con la ayuda de Jesús.

En el evangelio, Jesús y sus discípulos se van a un sitio tranquilo. Y la multitud los sigue, atraída por su espíritu, su energía y su unión. Al ver que la gente nos permite que estén tranquilos, en los apóstoles se produce la tensión de ver que su fantástico plan no se va a cumplir. Y Jesús, en ese momento, da un paso más y les hace ver que la misión pasa por la compasión y el amor entregado.

Los cristianos no podemos sentirnos unos privilegiados y rezar sin más. Nos tiene que afectar lo que le pasa a la humanidad, lo que viven los demás. Compasión es «sentir con». Nuestras acciones deben nacer del corazón. No podemos llamarnos cristianos sin implicarnos con las necesidades de la gente que nos rodea.

Jesús nota que la multitud necesita consuelo y motiva a sus discípulos a amar e implicarse con los demás, huyendo de un protagonismo mesiánico, dándoles un papel preponderante, moviéndoles a la acción.

Ojalá que el Buen Pastor nos invite a sentir compasión de la gente e implicarnos con sus asuntos.

Audio-homilía: Andaban como ovejas sin pastor

Evangelio según San Marcos

Los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
El les dijo: «Venid vosotros solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer.
Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto.
Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos.
Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

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Cada cierto tiempo…

Introducción. Cada cierto tiempo, y para que no me acostumbre a lo alegre y a lo agradable, vienen rachas de malas noticias que llegan todas de golpe. Instalado apaciblemente en la alegría de un fin de semana lleno de vida y de misión, en muy poco tiempo un vendaval de calamidades vuelve a situarme en el terreno de lo inestable y de lo que tambalea. Decisiones dolorosas de gente cercana. Malos entendidos que enrarecen una relación aparentemente afable. Sentimientos internos de inutilidad y de vacío. Personas que te confían problemas y ante los que la impotencia es la única respuesta. El saber que no encuentro en mí la respuesta mágica a todo el dolor y a toda la soledad. El miedo a la muerte de una amiga mía, anciana, que ve que se acerca su final y no lo quiere, no descubre lo acompañada que está. Y toda esta humanidad me despierta una compasión, un amor y una ternura por lo que vivimos las personas que, en vez de provocar desolación o tristeza, me alienta, me despierta la esperanza y me empuja a vivir más convencido de que la compasión, el amor, la entrega de la propia vida son más necesarios que nunca. Estamos viviendo tiempos inciertos. Cada día la radio, la televisión, los periódicos llenan sus informaciones de dudas, de sospechas, de miedos y temblores, la inseguridad en los cimientos en los que hemos apoyado nuestra estabilidad. Y más necesarios que nunca somos los hombres y mujeres de fe, convencidos de la bondad que llena el corazón de las personas, imágenes visibles de la bondad y del amor de Dios. Somos necesarios para transformar los valles llenos de huesos secos, en cuerpos llenos de vida.

Lo que Dios nos dice. «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellos, porque estaban extenuados y abandonados, como ovejas sin pastor. Entonces dice a sus discípulos: la mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Mt 9,35-38. Frente a las situaciones de falta de vida lo más fácil es mirar a otro lado. Nos vemos incapaces de responder al dolor, a la soledad, a la muerte. Y es precisamente al sabernos acompañados por Jesús, al reconocer su presencia, cuando nos sentimos capacitados para mirar de cara el dolor y la fragilidad, y sentir que nuestra fe puede transformar las realidades faltas de vida.
«A los que crean les acompañarán estos signos: echarán demonios en mí nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos». Mc 16,17-18. La experiencia de los apóstoles es la de saberse portadores de un espíritu y de una fuerza, que procede de Dios y que es capaz de transformar la realidad rota y enferma en situaciones de vida. Lo vieron hacer a Jesús y continuaron ellos esa labor.
«La mano del Señor se posó sobre mí. El Señor me sacó en espíritu y me colocó en medio de un valle todo lleno de huesos. Me hizo dar vueltas y vueltas en torno a ellos: eran muchísimos en el valle y estaban completamente secos. Me preguntó: Hijo de hombre: ¿Podrán revivir estos huesos? Yo respondí: Señor, Dios mío, tú lo sabes. El me dijo: Pronuncia un oráculo sobre estos huesos y diles: huesos secos, escuchad la palabra del Señor. Esto dice el Señor Dios a estos huesos: yo mismo infundiré espíritu sobre vosotros y viviréis. Pondré sobre vosotros los tendones, haré crecer la carne, extenderé sobre ella la piel, os infundiré espíritu y viviréis. Y comprenderéis que yo soy el Señor. Yo profeticé como me había ordenado, y mientras hablaba se oyó un estruendo y los huesos se unieron entre sí. Vi sobre ellos los tendones, la carne había crecido y la piel la recubría; pero no tenía espíritu. Entonces me dijo: conjura al espíritu, conjúralo, hijo de hombre, y di al espíritu: esto dice el Señor Dios: ven de los cuatro vientos, espíritu, y sopla sobre estos muertos para que vivan. Yo profeticé como me había ordenado; vino sobre ellos el espíritu y revivieron y se pusieron en pie. Era una multitud innumerable. Y me dijo: hijo de hombre, estos huesos son la entera casa de Israel, que dice: se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, ha perecido, estamos perdidos. Por eso profetiza y diles: esto dice el Señor Dios: yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago». Ez 37,1-14. Hay muchas situaciones que están sin vida. Corazones endurecidos por las malas experiencias vividas. Dolor por la pérdida y la separación. Niños y niñas que crecen en ambientes de carencia de todo. Sin amor, sin cuidado, sin sentirse valiosos nunca. Y la esperanza nos lleva no a huir de esos conflictos, sino a volcar nuestra capacidad de amar a esas situaciones, convencidos de que ocurrirá el milagro.

Cómo podemos vivirlo. Pueden volver a sonreír los rostros entristecidos. Podemos volver a creer en el amor los maltratados. Podemos sentir cómo el Espíritu despierta creatividades, acciones nuevas que responden a nuevos problemas. Hay renovadas ganas de cantar que la bondad y el amor del Señor duran por siempre. Los sepulcros que esconden muerte y dolor, también acogen la alegría de la resurrección. Nos toca profetizar al Espíritu Santo, dinamismo que mueve el mundo. El que transforma el Kaos en Cosmos. El que crea la comunión y el entendimiento, después de que Babel nos confundiera por la ambición y la arrogancia humana. Ven Espíritu Santo y renueva la faz de la tierra. Y renueva los rostros entristecidos y miedosos.

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