amor

Ser jirafas

Hace un par de semanas fui a la graduación de mi sobrina (sí, las circunstancias han hecho que este mismo año dos de mis sobrinas abandonen su etapa escolar…). Recuerdo aún la homilía de la primera ceremonia y las reflexiones que me motivó. Pues bien, en esta ocasión, también ha habido palabras que me han resonado.

El sacerdote de esta segunda celebración pidió en un momento determinado a l@s alumn@s que se graduaban que fueran jirafas. A priori, parecía una propuesta cuando menos peculiar en un momento tan solemne… Cuando continuó la explicación me di cuenta de que no era para nada descabellada.

Nos recordó que este curioso animal forma parte del escudo de un obispo jesuita (del cual no dio más pistas) y que él explicaba esa elección porque la jirafa es posiblemente el animal que tiene el corazón más grande (ya que la estructura de su cuerpo le obliga a bombear la sangre a través de un prologado cuello) y que, al mismo tiempo, goza de una mirada elevada.

Me resonó bastante todo esto. El sacerdote pedía a l@s chic@s que se graduaban que tuvieran el corazón grande y la mirada elevada. Un corazón generoso, capaz de entender, de amar, de perdonar, sensible a la situación de cada persona… Y, al mismo tiempo, una mirada elevada, que no tiene nada que ver con una visión elitista, con un mirar por encima del hombro a quienes no piensan como yo, ni tampoco con un alejamiento de la realidad, con evitar pisar el suelo y alejarnos de lo que ocurre en el día a día… Más bien se trata de contemplar la vida desde la amplitud y la serenidad que da poner un poco de distancia y espacio sobre las situaciones cotidianas: relativizar, apartar el foco de nuestro ombligo y ser capaces de mirar más allá.

Visto así no es un mal programa de vida el intentar ser jirafas. Estamos hablando de amar, de ser empáticos, de relativizar las cosas del día a día, de ver todo desde otro punto de vista, de descentrarnos de nuestro yo y nuestras preocupaciones y ver más las urgencias y necesidades de nuestros hermanos y nuestro mundo.

¿Y qué nos dice Dios al respecto?

“Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni allegan en alfolíes; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas? ¿Quién de vosotros podrá, agobiándose, añadir a su estatura un codo? Y por el vestido ¿por qué os agobiáis? Mirad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; mas os digo que ni aún Salomón con toda su gloria fue vestido como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No os agobiéis pues, diciendo: ¿qué comeremos o qué beberemos o con qué nos cubriremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas: que vuestro Padre celestial sabe que de todas estas cosas habéis menester. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que, no os agobiéis por el día de mañana; que el día de mañana traerá su fatiga: a cada día le basta su afán” Mateo 6, 26-34

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Este es mi mandamiento que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando que os améis unos a otros’” Juan 15, 9-17

“’Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’ Él le dijo: ’Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas’” Mt 22, 36-40

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¡¡¡ Sí quiero !!!

El pasado sábado acudía a la ceremonia de graduación de una de mis sobrinas. Y el sacerdote, que oficiaba la eucaristía, dijo una frase durante su magnífica homilía que me resonó profundamente: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Nunca lo había visto de esa manera…

Desde que volví del Camino de Santiago (tras vivir una experiencia tremendamente catequética que compartí con vosotros hace unos días), siento por fin a Dios como alguien cercano. Llevaba mucho tiempo buscándole sin hallarle… Evidentemente, no buscaba donde debía…

La catarsis de la peregrinación (ese profundo viaje interior) me ha devuelto a la vida como hija amada en quien Dios se complace, como hija pródiga que regresa al hogar… Y, ante ese milagro, ante semejante derroche de cuidados, de mimos, de regalos… la respuesta no puede ser otra que el agradecimiento infinito y el seguimiento.

Como dice Antoine de Saint-Exupéry en “El Principito”, las personas mayores tendemos a buscar explicaciones a todo, nunca comprendemos las cosas por sí solas y es fastidioso tener que darnos continuamente explicaciones. Complicamos en exceso las cosas: la vida, las relaciones, la toma de decisiones, la vivencia de la fe…
Y el evangelio de hoy lo deja bien clarito: (“Amaos los unos a los otros: esto es lo que os mando” Juan 15,17).

Si partimos de la base de que Dios es Amor (“El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” 1 Jn 4,8), el mensaje está claro y me lleva de nuevo a la reflexión con la iniciaba este post: “Ser cristiano es enamorarse del sueño de Dios”.

Los cristianos no estamos llamados a otra cosa que no sea comprometernos con el proyecto de amor que Dios tiene para todos sus hijos en las circunstancias en las que cada uno vive (en la vida consagrada, como laicos, como hijos, con nuestra pareja, como padres, en nuestro trabajo…). Es convertirnos en herederos y continuadores de su obra, de su sueño…

Más allá de grandes filosofías, ser cristiano no es otra cosa que amar como Dios ama (o, al menos, intentarlo). Cuando amamos (pensemos en lo que sienten unos padres por su hijo o unos enamorados), todo se transforma a nuestro alrededor: vemos todo más bonito, estamos de mejor humor, derrochamos cariño con todos, gozamos más de cualquier pequeño detalle, nos sentimos más vivos… Parecemos personas nuevas, iluminadas… Si eso nos sucede con esos amores humanos que por definición son limitados, ¿qué sucedería si experimentáramos el infinito amor de Dios?…

(“Aspirad a los dones de Dios más excelentes. Voy a mostraros el camino mejor de todos. Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que bronce que resuena o platillos que aturden. Aunque tuviera el don de profecía, penetrara todos los misterios, poseyera toda la ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es mal educado ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor no pasará jamás” I Corintios, 12,31-13,8) San Pablo también lo deja claro. El camino es aspirar a los mejores dones de Dios. Y el principal es el amor.

Como hijos amados de Dios y herederos de su proyecto y de su obra. estamos llamados todos (no sólo los curas, las monjas o los misioneros) a continuar con el “negocio familiar”, que no es otro que hacer de este mundo un espacio en el que reine el amor. ¡Ese es el proyecto de nuestro Padre! Y, además, nos ha dejado como herencia no sólo esa capacidad de amar sin límites, sino también la fuerza del Espíritu Santo.

¿Estás dispuesto a ser digno hijo de tu Padre? ¿Estás dispuesto a comprometerte con ese proyecto de siembra de amor en la tierra? ¿Estás dispuesto a ser instrumento del amor de Dios en medio de este mundo?…

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Audio-homilía: Nadie es profeta en su tierra

Sólo porque alguien no me ame como yo espero, no significa que no me ame con toda su capacidad.

Esta frase es muy aplicable al evangelio de hoy. Jesús va a la sinagoga de Nazaret, para proponer a sus paisanos pasos de crecimiento en el amor, animándoles a ensanchar su corazón con un amor universal.

Y sus paisanos responden: «no eres lo que nosotros esperamos, nos defraudas y te despeñamos…». Este mensaje sigue siendo tristemente vigente y pone de relieve cómo la humanidad resuelve los conflictos desde hace miles de años: «si no eres como a mí me gusta, te despeño».

El Señor muestra un amor inteligente, eficaz y real, no de un sentimiento, de un cosquilleo, de una apetencia…

Hay amores más estéticos y efusivos, más centrados en los gestos, y otros más prácticos y eficaces, más enfocados a la acción.

Jesús en la sinagoga corrige a sus paisanos y les dice que se están perdiendo la universalidad del amor, les hace ver que por ser judios se creen con el privilegio de ser el único pueblo elegido, el pueblo que goza de la exclusividad del amor de Dios… Y, sí, eran el pueblo elegido, pero Dios no les dio la riqueza de la fe para que se creyeran superiores y para que despreciaran a los demás, sino para que fueran luz y compartieran la fe con los demás.

Y a los que estaban en la sinagoga no les gustó lo que oyeron. Y empezaron a murmurar: «pero quién es éste, pero si éste es el hijo del carpintero…» Y fueron a por él. Y trataron de despeñarlo.

Amar no es contentar, no es complacer, no es mendigar afecto… Hay muchas personas que, buscando agradar, se convierten en juguetes o bonsais de los demás.

Jesús nos dice en este evangelio: «No tengáis miedo a ser libres». Es posible que nos despeñen, sí, pero nuestro amor será práctico, será eficaz.

Y, tras esta experiencia, Jesús no se amilana. Después de que intenten despeñarlo, persevera en su predicación.

El día que inauguremos un amor que

Ojala nuestro amor sea práctico, universal e inteligente: un amor que disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites y aguanta sin límites. Cuando inauguremos esa forma de amar, seremos tremendamente felices.

Audio-homilía: Nadie es profeta en su tierra

Evangelio según San Lucas

Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?».
Pero él les respondió: «Sin duda me citaréis el refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo’. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaún».
Después agregó: «Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio».
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

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Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Uno puede no saber por defecto o por exceso. Este evangelio lo protagoniza un escriba, un estudioso de la palabra de Dios, pero muchas veces el exceso de información teórica provoca saturación. San Ignacio de Loyola decía «No el mucho saber harta y satisface el alma, sino el gustar internamente de las cosas de Dios«. Si la fe se queda solo en lo intelectual, provoca desconcierto. Al escriba del evangelio le llama la atención de Jesús su integración vital: su alegría, su acogida, la vida que emana…

No podemos edificar nuestra fe en el conocimiento, sino en la experiencia vital de que Dios es el que nos quita los miedos. Estamos en el Año de la Fe, pero no es momento para comprar más libros, para leer más, para llenar nuestra cabeza de más datos, sino el corazón de más experiencia de amor.

Hablando del primer mandamiento Jesús nos plantea: ¿te dejas amar?, ¿ves tu vida con los ojos con los que Dios la mira?, ¿te sientes hijo privilegiado de Dios?, ¿vives con el corazón lleno de sonrisas y abrazos?…

El Señor le pide al escriba (y a todos nosotros) que no nos pongamos a hacer mil cosas, a programar, a solucionar el mundo. Primero siéntete amado, porque, si no te sientes amado, integrado y seguro, no puedes amar, integrar y dar seguridad a los demás.

No podemos buscar recetas en un libro, porque la palabra que Dios quiere dirigir a los demás a través de nosotros nace del corazón.

Ese es el significado de la frase «dar gratis lo que recibimos gratis«. Se trata, en primer lugar, de dejarse amar por Dios. Y ese dejarse amar consiste en darnos cuenta de que Dios nos lo regala todo, para que nosotros lo disfrutamos y lo compartamos con los demás. Dios no rivaliza con nuestros afectos, pero nos pide que nos demos cuenta que las cosas no nos van a salvar. Si somos conscientes de todo el amor que recibimos a través de Dios, podremos después disfrútalo con los demás. Solo la fe nos permite mirarlo todo como un regalo.

Ojalá que aprendamos a percibir cómo Dios nos ama, para luego dar a los demás todo lo que recibimos.

Audio-homilía: No estás lejos del reino de Dios

Evangelio según San Marcos

Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había respondido bien, se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?».
Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que estos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

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Audio-homilía: Vende todo lo que tienes y sígueme

Normalmente, cuando leemos esta cita, nos centramos en cómo está nuestra relación con lo material, en si vivimos o no apegados a los bienes.

Pero lo central de este evangelio es la expresión «Vida Eterna». El joven rico de este pasaje es alguien que iba alcanzando todas sus metas en la vida, pero esos logros no llegaban a calmar la inquietud de su corazón. Por eso, cuando ve a Jesús, se vuelca con él.

Y Jesús se desmarca del piropo que le lanza el joven y le dice: si quieres el fin (la Vida Eterna), tienes que querer también los medios (apartar tus tesoros y seguirme). Y el joven se paraliza porque no tiene su confianza puesta en el Señor.

Jesús, a priori, no ve ningún problema en las riquezas (el evangelio dice claramente que nada que viene de fuera es impuro). El problema es que esas riquezas tengan una incidencia directa en nuestro corazón: lo material está para que seamos personas felices y amemos a los demás. El gran pecado viene cuando no compartimos, cuando lo que tenemos no nos sirve para servir a los demás: nos quedamos con lo que se nos ha dado y olvidamos la mano que nos lo ha brindado.

La riqueza no es mala, pero es necesario que tengamos claro quién nos da todo: los bienes materiales, los padres, los amigos, la esposa, el esposo, el don de la maternidad… No somos constructores de nuestro propio patrimonio.

La Vida Eterna es conocer que todo lo que vivimos viene de Dios. Es saber en todo momento de dónde nos viene el amor.

Estamos demasiado apegados a nuestra vida, a nuestra seguridad, a nuestra imagen, a nuestras ideas… y debemos crear una vida nueva, liberada de todas esas ataduras. Es una transformación interior para que lo prioritario en nuestra vida no sean nuestras riquezas, sino Dios y los demás.

Ojalá aprendamos a ser personas desapegadas, sabiendo que Dios nos dará todo lo que necesitemos.

Audio-homilía: Vende todo lo que tienes y sígueme

Evangelio según San Marcos

Cuando se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?».
Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».
El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».
El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!».
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?».
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible».
Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús respondió: «Os aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».

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