amor

¿Por qué murio Jesús en la cruz?

Introducción. Un año más se acerca la fiesta de la Pascua, un año más volveremos a escuchar relatos de Pasión, de un hombre adentrándose solo y voluntariamente a una experiencia tan dura, tan inhumana, de tanto dolor y violencia y de tanto fracaso, que XXI siglos después continúa siendo una fuente inagotable de sensaciones, de emociones encontradas… De ojos llenos de lágrimas, de corazones que se sienten ingratos y mezquinos… De culpabilidad, de compasión, de deseos de ayudar a llevar la cruz, a recorrer juntos ese Vía Crucis que fue historia y que se sigue repitiendo y actualizando en el mundo de hoy. Millones de personas en todo el mundo siguen fijando su mirada en ese hombre que, cargando la cruz, consciente de su inminente final, sigue haciendo del Amor, de la compasión, de la vida llena de sentido el fundamento de su existir.
Sobre la cruz y sobre la pasión, se han escrito, reflexionado, predicado y creado infinidad de obras. Desde el famoso Cristo de Velázquez, de Goya, de Dalí, hasta la Pietá de Miguel Ángel, los pasos de Semana Santa o la camiseta que Axel Rose lucía de un Cristo coronado de espinas en la que se leía la frase “Kill your Idols”.
Nadie permanece indiferente frente al crucificado. O se le adora o se le odia, o provoca burlas o se conmueven las personas y se despiertan las vocaciones. Es un momento cumbre en la historia de la humanidad.
Aquí pretendo contaros lo que a mí me enseña mirar a Jesús en la cruz. No pretendo hacer un tratado de teología soteriológica, ni agotar las diferentes interpretaciones. Es la mía, la que me lleva a invertir mi vida para seguir a este Jesús al que le doy todo lo que tengo y lo que soy. Y la que he aprendido a los pies de las cruces que me ha tocado vivir en mi vida y acompañando a la de los hermanos.

Lo que Dios nos dice. “Por tanto, lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos. Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote misericordioso y fiel en lo que a Dios se refiere y expiar los pecados del pueblo. Pues, por el hecho de haber padecido sufriendo la tentación, puede auxiliar a los que son tentados”. Heb 2,14-18.
Cuando desde pequeños nos han dicho que Jesús murió por nosotros yo no sé cómo lo habéis entendido o asimilado. A mí siempre me ha provocado cierto rechazo esa afirmación, porque era como cargar con un sentimiento de culpabilidad. Si yo nunca se lo he pedido, ¿qué tengo yo que ver con su muerte? Habrán sido los romanos o los judíos. Yo no estaba allí y no tengo nada que ver. Hay interpretaciones muy místicas y espirituales que nos vinculan con el pecado. Y lo tenemos que aceptar pero con ciertas reservas y en el fondo sin entender muy bien la relación que yo tengo con aquellos hechos históricos.
Yo descubro en la intencionalidad de Jesús un camino, una enseñanza, algo que sirve, si lo entendemos bien, para todas las situaciones de cruz que a lo largo de toda vida se nos presentan.
“Jesús les contestó: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, quede infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero, si por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica a tu nombre. Entonces vino una voz del cielo. Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Jn 12, 20-28.
A Jesús el camino de la cruz le costó. Como a todos nosotros nos cuestan las situaciones difíciles de la vida: todo lo que conlleva sufrimiento, lo que nos recuerda nuestra indefensión, nuestra fragilidad, nuestra falta de recursos. Pero ese sentimiento de no controlar nos puede sumergir en la depresión y en la tristeza o puede despertar la confianza absoluta en quien nos ama del todo. A Jesús mirar de cara la hostilidad con la que le trataban los fariseos, la sospecha de los romanos, el miedo de los apóstoles, la callada y esperanzada actitud de María su madre, le llevó a dar un paso al frente. A no huir, a afrontar todo lo que le venía por delante, pero con el amor y la seguridad de que sólo el amor devuelve el sentido, sana, cura y libera el corazón empequeñecido por el miedo. Jesús abraza y carga con las circunstancias que a nosotros nos provocan rechazo, de las que huimos, las que nos quitan la vida. El las carga sobre sí para enseñarnos lo que hay al otro lado de la entrega. No es perder, es ganar. No es morir, es resucitar. No es quedar en el olvido, ser último, fracasado… Es ser hijo en plenitud, es no tener más amor que dar. Es la extenuación gozosa de quien lo recibe todo, hasta la vida, para seguir amando.

Cómo podemos vivirlo. “Nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre”. Jn 10,18. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Jn 15,13.
Jesús frente a los sufrimientos que acompañan la existencia de la humanidad no se detiene a preguntarse el origen, o quién es el responsable o a quién hay que echarle las culpas. Abraza al que sufre, se sitúa en el dolor de quien le rodea, busca calmar el dolor de María su madre, de Juan su amigo, hasta del buen ladrón a quien no conoce de nada. “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Lc 23, 43.

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Engentarse

Introducción. El pasado ha sido un fin de semana compartido con mucha gente. En diversos escenarios, en diferentes ambientes, pero con el mismo sabor agradecido y dichoso que me aporta mirar a las personas con los ojos de la fe. Vivir “engentado” significa rodeado de gente, implicado, a la escucha de muchas voces que se pronuncian al mismo tiempo. Con peticiones, demandas, informaciones… Algunas veces puede ser muy agobiante y hasta molesto, pero en este tiempo de adviento (preparación de la fiesta más grande que la humanidad puede celebrar que es la Encarnación) redescubro la maravilla de lo humano, a través de la mirada de Dios. Esa misma humanidad que a veces nos provoca lágrimas, decepción, rabia… El deseo de salir huyendo, el dolor de una palabra mal intencionada, las heridas de las calumnias, de las traiciones… Esa humanidad que espanta al ver la violencia que es capaz de trasmitir, por ejemplo, entre los aficionados rivales de equipos de futbol en un estadio de Brasil. La crueldad de la humanidad colocando concertinas en las fronteras para que no pasen los inmigrantes. La maldad de los bancos europeos pactando las tasas del Euribor para su conveniencia, empobreciendo, desahuciando…
Humanidad de la que todos participamos en cierta medida. No matamos físicamente, pero pronunciamos palabras que matan. No condenamos a muerte, pero nuestro corazón sí que rechaza, sí que critica y sí que permanece indiferente frente a muchas situaciones cercanas a las que no prestamos la menor atención. ¡Cuántas descalificaciones, cuántos reproches, cuántos insultos, cuántas burlas y desprecios!
Pues Dios a esa misma humanidad la abraza, la busca, se acerca por caminos insospechados, hasta que el calor y la cercanía del amor derritan el hielo y la frialdad de los corazones que no quieren entrar en el banquete de fiesta preparado desde toda la eternidad.

Lo que Dios nos dice. “Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree en él ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz”. Jn 3, 13-19.
Dios se ha engentado sin hacerle falta. Lo ha hecho por puro amor, por el deseo y la felicidad de que los humanos podamos disfrutar y saborear la continua alegría de lo que es amar. Nuestra existencia se debe a la creatividad y al amor de Dios que nos creó, y a su amor providente y cuidadoso que nos cuida y nos mantiene con vida.
“Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre”. Filp 2, 1-11.
Yo, tomándome en serio mi misión de pasar por este mundo acogiendo los continuos regalos de Dios, os cuento como me he engentado. El pasado viernes se despedía uno de los grupos musicales que más me ha acompañado este 2013. Riot Propaganda terminaban su gira en Madrid, y en una noche lluviosa y desapacible disfrute sin medida de la conexión entre el artista y sus seguidores. ¡Cuánta fuerza, cuánta pasión, cuánta energía, cuánto deseo de que las cosas cambien, mejoren, sean justas y sean para todos! Ambiente comunitario donde todos sienten un mismo espíritu un mismo ardor.
El sábado tanto por la mañana como por la tarde también fue muy engentado. Con grupos de jóvenes predicando la experiencia personal del encuentro con Jesús. ¡Qué alegría seguir sintiéndome amigo del Señor, testigo cualificado para dar razón de mi esperanza!. Muy cerquita del Rastro, en San Cayetano, y en Loeches, celebrar la alegría de la fe predicada, compartida, celebrada.
Y el domingo más entrega, más diálogos, más personas a las que escuchar y a las que predicar. Y por la noche acogiendo el regalo de cumple de mi hermano David, ir al Vicente Calderón a ver perder a mi Valencia, club de disgustos continuados. Pero sigo con el corazón agradecido porque la humanidad traduce continuamente la bondad que refleja de la continuada sonrisa con la que es mirada por nuestro Dios.

Cómo podemos vivirlo. Es tiempo de sorprendernos, es tiempo de agradecer. Es tiempo de miradas llenas de ternura, de gratitud. Sorprendernos de lo mucho que hay de Dios en la vida de los que nos rodean. Es tiempo de ternura viendo a los más pequeños. Es tiempo de bajar las defensas, de olvidar los dolores, de esperar que la humanidad se acerque al amor. Que de las lanzas hagamos arados, de las flechas molinos de viento, de la soledad fiestas espontáneas, del luto danzas y de la frialdad del corazón abrazos, besos, ternura, derroche amor, locura divina.

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Audio-homilía: No es Dios de muertos sino de vivos

El planteamiento que los saduceos le hacen a Jesús en este fragmento del evangelio está cargado de mala intención. Y Jesús, sabiendo que la pregunta tiene trampa, abre la mente de la gente recalcando que las realidades que vivimos en la tierra no son definitivas ni esenciales.

Los medios son muy valiosos, pero no los podemos confundir con el fin. Lo esencial es la llamada universal al amor, la llamada a desplegar nuestra vida, nuestros talentos y nuestras capacidades para ponerlos al servicio de los demás. El matrimonio, el sacerdocio, la vida profesional, el ocio, etc… son unos medios magníficos, pero no son lo definitivo.

Dios nos llama definitivamente al amor, a abrirnos a los demás. El resto son medios estupendos para abandonar nuestro yo y darnos a los demás. Pero no debemos olvidar el fin último: el amor.

Debemos revisar constantemente si todo lo que vivimos nos acerca a nuestro fin: amar y ensanchar nuestro corazón. En el juicio final sólo nos van a preguntar si hemos vivido, si hemos amado, si los medios nos han permitido dar el salto del “yo” al “nosotros”.

Ojalá que descubramos en lo profundo del corazón que el Señor nos pone todo lo necesario para vivir un camino de santidad. Ojalá lo acojamos, lo elijamos y lo queramos.

Audio-homilía: No es Dios de muertos sino de vivos

Evangelio según San Lucas

Se le acercaron algunos saduceos, que niegan la resurrección,
y le dijeron: “Maestro, Moisés nos ha ordenado: Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?”.
Jesús les respondió: “En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él”.

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Olor a tierra mojada

Introducción. Que la vida sea un regalo o que se convierta en una horrorosa pesadilla no depende tanto de las circunstancias externas que nos toque vivir, sino de la forma y del espíritu con que afrontamos diariamente la realidad que nos espera. Hay personas que en ambientes hostiles y difíciles sacan de sí mismas la luz, la fuerza y la energía que embellecen la oscuridad. En cambio hay personas, familias, ciudades y países, que, sin una verdadera causa que lo justifique, son tremendamente tristes y desgraciadas. Cuando pedimos al Señor que nos aumente la fe, le estamos pidiendo que nos enseñe a vivir confiando en Él, en el amor y en la ilusión depositados en aquel que nos acompaña y que nos guía y nos sirve para explicar las diferencias tan grande que tenemos cuando afrontamos las mismas realidades. “Quien tiene al Hijo tiene la vida. Quien no tiene al Hijo no tiene la vida”. 1ª Jn 5,12.
“De donde la arrastrada serpiente saca veneno, la laboriosa abeja saca miel”. De las mismas circunstancias un optimista se emociona con todo y se sorprende con todo. Como el niño del anuncio televisivo que grita eufórico porque le han regalado ¡¡¡un palo!!!, y lo proclama como si tuviera todos los problemas solucionados de por vida. En cambio, un pesimista, frente a las grandes oportunidades que la vida le oferta, siempre verá lo negativo, los peligros que corre, las posibles desgracias que se ciernen sobre él. El fundamento de nuestra alegría y de nuestra esperanza no puede ser sólo que nos lo propongamos. La autoayuda y la motivación no bastan. Me puedo convertir en un lector asiduo de libros de mentalidad positiva, de cómo ser un triunfador en 3 días, de cómo aumentar mi autoestima y cómo ser una persona feliz, dichosa y alegre, pero si no nace de las profundidades del diálogo amoroso con Otra persona, se pueden quedar en consejos buenísimos pero impracticables. Nuestras vidas no pueden depender de lo que digan de nosotros los astros o las cartas. Nuestro pensamiento positivo nace de acoger con alegría la palabra que Dios nos dirige de forma personal y que necesitamos escuchar.

Lo que Dios nos dice. “El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se derrumbó. Y su ruina fue grande”. Mt 7, 24-27.
Las mismas dificultades, las mismas decepciones, los mismos palos que a todos nos pega la vida, a unas personas les hacen sacar lo peor de ellas: el rencor, el deseo de venganza, las críticas más mordaces y negativas, la decepción como bandera de vida y el no volver a confiar en nadie. Y eso mismo, en corazones habitados por el Señor, se convierte en una experiencia igual de dolorosa y de triste, pero aparecen nuevos registros: la misericordia, la compasión, el conmoverse frente a la falta de amor, el no criticar las tinieblas sino encender una luz. El saber que donde falta el amor, si se pone amor, se podrá sacar amor. El volverlo a intentar, el volver a oler profundamente la tierra, detrás de la tormenta y saborear el aroma de la tierra mojada, sabiendo que cada día tiene su propio afán.
“Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre del cielo los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su propio afán”. Mt 6, 25-34.
Valemos mucho más que los pájaros, que los lirios, porque Dios nos considera lo más valioso que hay. Y nos cuida y nos regala vivir lo que en cada momento necesitamos, aunque a veces nos cueste entender el porqué.
“Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡Lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”. 1ª Jn 3, 1-2.

Cómo podemos vivirlo. Pues inaugurando cada día nuestra capacidad de sorprendernos. No todos los días son iguales, ni las semanas, ni los años. Las personas estamos en un permanente cambio, en crecimiento. No puedo acostumbrar a mi corazón y a mi mente a la rutina, a la mediocridad, al perfil bajo de la realidad. Cada día es nuevo, como nuevas son las personas con las que me encuentro. Como nueva puede ser mi mirada sobre el mundo… que huele a nuevo, a recién hecho, como mi corazón que diariamente se pone en marcha gracias a la caricia nueva y al beso delicado que Dios me da.

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Audio-homilía: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

¿Quién decís vosotros que soy yo?… Es una pregunta que muchas veces ni nos planteamos. Casi todas las cosas que compramos están muy bien definidas, todos los productos tienen muchísimas etiquetas. Pero, sin embargo, los seres humanos no tenemos ni indicaciones, ni etiquetas, ni instrucciones…

Y, como no tenemos códigos de barras ni etiquetas, como hay un elemento imprescindible en nuestra vida que es la libertad, nuestra vida es un conflicto grande. No estamos determinados y, a priori, no tenemos ni idea de lo que vamos a hacer. Nuestra vida y su construcción a base de decisiones, de riesgos, de aciertos y de equivocaciones, es un regalo precioso.

Jesús nos dice que lo principal de nuestra vida es que somos hijos de Dios. La identidad de Jesús en el evangelio queda muy clara en varias ocasiones: es el Hijo amado de Dios.

Si Jesús es el Hijo de Dios, y nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, Él es (debe ser) el espejo en el que nos tenemos que mirar todos.

Ser hijos de Dios significa que no debemos tener ninguna duda sobre el valor de nuestra existencia. Eso nos debe aumentar nuestra autoestima, ser conscientes de nuestro valor, no mendigar la aprobación de los demás. No necesitamos demostrarle nada a nadie. Sabemos lo que somos en el éxito y en el fracaso, en la salud y en la enfermedad.

La vida no es idealismo. Es un presente elegido y decidido de cómo queremos vivir nuestro presente. Se trata de dejar de pensar en uno mismo, de cargar con amor y no con queja con nuestras dificultades.

Ojalá sepamos quiénes somos: hijos amados de Dios. Y esa identidad se desarrolla amando, no idealizando, sino entregando la vida con toda nuestra energía a un proyecto concreto, el que cada uno haya elegido.

Este evangelio es un impulso para que tomemos la decisión libre y voluntaria de entregar nuestras vidas por amor.

Audio-homilía: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

Evangelio según San Lucas

Un día Jesús se había apartado un poco para orar, pero sus discípulos estaban con él. Entonces les preguntó: «Según el parecer de la gente, ¿quién soy yo?»
Ellos contestaron: «Unos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías, y otros que eres alguno de los profetas antiguos que ha resucitado.»
Entonces les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro respondió: «Tú eres el Cristo de Dios.»
Jesús les hizo esta advertencia: «No se lo digáis a nadie».
Y les decía: «El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por las autoridades judías, por los jefes de los sacerdotes y por los maestros de la Ley. Lo condenarán a muerte, pero tres días después resucitará.
También Jesús decía a toda la gente: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga. Os digo: el que quiera salvarse a sí mismo, se perderá; y el que pierda su vida por causa mía, se salvará.»

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