amor de Dios

Juan Pablo II. La Santidad de la Iglesia: conocer, amar y seguir a Cristo

Juan Pablo II beatificado

Juan Pablo II beatificado

Durante su vida le conocimos como el Papa que vino de un país lejano, a partir del próximo 1 de mayo lo llamaremos Beato Juan Pablo II. Fue un Papa que acercó la Iglesia al mundo. Su figura como pastor y pontífice de la Iglesia católica ha tenido una gran trascendencia; su delicada salud en el periodo final de su vida llegó a conmover a muchos que admiraban la entrega total de sus energías para expresar a todos el amor misericordioso de Dios; y cuando Juan Pablo II murió el 2 de abril del año 2005, se despertó con fuerza una oración en el pueblo pidiendo el reconocimiento de la santidad de su vida.

Su sucesor, el Papa Benedicto XVI, no desoyó aquella petición y autorizó la apertura de la causa de beatificación de Karol Wojtyla sin esperar el periodo requerido de cinco años después de su muerte.

Ahora el proceso ha avanzado: se ha estudiado minuciosamente su larga vida para afirmar (como lo hizo Benedicto XVI en diciembre de 2009) que Juan Pablo II vivió en grado heroico su cristianismo  y se ha probado la curación milagrosa, gracias a su intercesión, de la Hermana Marie Simon-Pierre, que padecía la enfermedad de Parkinson.

Esta noticia nos habla de la santidad de la Iglesia en sus miembros. Independientemente de la vocación, la tarea o las circunstancias en las que hayan vivido los santos, todos ellos encarnan los tres rasgos de la unión con Cristo. Se trata de conocer personalmente a Jesucristo, amarlo con todo el corazón y seguirle en la vida diaria.

Estos rasgos, que han de caracterizar a todos los cristianos, son tan marcados en algunos creyentes que les llevan a alcanzar una identificación peculiar con Jesús hasta el punto de convertirse en canales de la misma acción sanadora y liberadora de Dios.

Cuando Juan Pablo II comenzó su pontificado, lanzó un mensaje al mundo, un mensaje que él mismo vivió: “No temáis, abrid la puertas a Cristo”

Cada vez que la Iglesia celebra a un santo, todos los cristianos vemos realizado en alguien que hemos conocido y que ha pisado nuestra tierra, el ideal al que nos sentimos llamados: la unión y la identificación con Cristo.

Pensando en el Papa Juan Pablo II me han venido a la mente las palabras del Evangelio: «El que me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. . . Os he dicho esto mientras estoy con vosotros. El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dado a conocer» (Jn 14, 23. 25-26)

«Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que queráis y os sucederá. Mi Padre será glorificado si dais fruto abundante y sois mis discípulos. Como el Padre me amó así yo os he amado: permaneced en mi amor. . . Ya no os llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace el amo. A vosotros os he llamado amigos porque os comuniqué cuanto escuché a mi Padre. No me elegisteis vosotros; yo os elegí y os destiné a ir y dar fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederé» (Jn 15, 7-9. 15-16)

Gracias a Dios por el don la vida de Karol Wojtyla y gracias, santo Padre Benedicto XVI, por dar a toda la Iglesia, en la beatificación de Juan Pablo II, el estímulo de su ejemplo para nuestro seguimiento a Cristo.

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Audio-homilía: Misa del Gallo

Por muchos años y por muchas navidades que pasen, lo que se celebra en Nochebuena tiene que ser siempre motivo de profunda alegría y de profunda tranquilidad…

Hoy la humanidad no está siendo reflejo de aquello para lo que estaba destinada. Todos hemos contribuido a desprestigiar la obra de Dios. Con nuestras actitudes, no nos parecemos a como Dios nos diseñó.

La Navidad es Dios que nos recuerda que todo está bien hecho. El bebé del pesebre nos indica que no hay motivos ni razones para el pesimismo.

El 24 de diciembre de 2010, a cada uno de nosotros, en las circunstancias particulares que cada uno esté viviendo, nos ha nacido un Salvador. Hoy Dios sigue respondiendo a los problemas reales de cada persona y viene a tener un diálogo personal con cada uno de nosotros.

Dios está a la puerta de nuestro corazón esperando a entrar, si le dejamos sitio. Jesús no nace más veces en nuestro corazón porque no tiene espacio. Pero debemos tener claro que no es necesario que no tenemos que merecernos el amor de Dios: Dios es gratis, Dios es gracia, Dios es amor. Ojalá que nos ayudemos a recordar esto cuando nos venga el pesimismo.

Misa del Gallo

 

Evangelio según San Lucas 2,1-14

En aquella época apareció un decreto del emperador Augusto, ordenando que se realizara un censo en todo el mundo. Este primer censo tuvo lugar cuando Quirino gobernaba la Siria. Y cada uno iba a inscribirse a su ciudad de origen.

José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David, para inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada.

Mientras se encontraban en Belén, le llegó el tiempo de ser madre; y María dio a luz a su Hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el albergue.

En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche. De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Angel les dijo: «No temais, porque os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto os servirá de señal: encontrareis a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!».

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Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

A Cristo por María

A Cristo por María

Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.

La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.

Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.

Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.

Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.

María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.

«Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…» (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.

El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.

En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del «principio», pero no cancela el plan amoroso de Dios.

Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.

Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.

«Dios se enamoró de su criatura» cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.

“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.

En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia», como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.

En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.

Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.

En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.

A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.

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Francisco de Asís y la mujer y madre María Virgen

La Virgen María, mujer y madre

La Virgen María, mujer y madre

Francisco de Asís vivió en una época –el feudalismo dentro del tiempo de la Edad Media- en que Dios era concebido como el Señor feudal por excelencia. Esto imprimía en la vida de piedad de los fieles un fuerte temor de Dios y una consideración de la autoridad de Dios que dejaba poco espacio a la ternura y la misericordia que Dios Padre nos manifestó en Jesucristo.

El pueblo sencillo, triturado por la miseria y las enfermedades, no podía cargar con una fe tan pesada, una fe que liberaba poco y que lastraba aun más una vida de por sí tan dura como lo es siempre la vida de los pobres.

El pueblo y los servidores de este pueblo de Dios que el Señor suscitó elaboraron una nueva espiritualidad, una nueva forma de sentir y vivir la fe desde la devoción a Jesucristo crucificado, manifestación máxima de la máxima cercanía de Dios hacia todos los hombres.

Desde el siglo XI y en el contexto de esta espiritualidad, que acentúa la devoción por la humanidad doliente de Cristo, la figura de la madre, los rasgos maternos y un lenguaje más cercano a las categorías femeninas resultaron más apropiados para traducir los rasgos de bondad y cercanía que de Dios deben reflejar quienes en su nombre predican o ejercen la autoridad.

La devoción a la humanidad amable y amada de Jesús arrastró tras de sí la devoción a María, a la Madre de Dios, resurgiendo así con todo lo femenino el valor de lo maternal. Así resulta que San Francisco es, junto con San Bernardo, el mayor exponente de amor y devoción a María de estos siglos.

San Francisco siempre percibe y menciona a María muy próxima a Jesús, asociada a Él en la misión de intercesión y en la práctica de la pobreza que, para el Pobrecillo de Asís, subrayaba la humildad de esa madre y su solicitud hacia su divino Hijo.

Hablar de María y hablar de la Eucaristía era casi una sola cosa para San Francisco, ya que para él el cristiano lleva a Cristo no sólo en su corazón sino también en su cuerpo. Con esta intuición, con su ejemplo y su exortación constante, Francisco nos trata de hacer pensar en la Madre de Dios como modelo de persona eucarística –como la llamaba Juan Pablo II-, ya que para el Santo la Eucaristía y la relación con Cristo tenían en la Virgen Inmaculada una connotación  particularmente física, maternal, que se plasmaba en la fecundidad de la obediencia a la voluntad de Dios. En todo esto y en lo demás, María es modelo de cristianos.

En este tiempo la mujer era apartada en la sociedad y encerrada en una consideración que hacía de ella poco más que una cosa, un objeto al que rondar, sepultando a la mujer bajo loas y parabienes que la obligaban a enmudecer bajo el cortejo del caballero de turno.

Sin embargo, un hombre de este tiempo medieval, Francisco de Asís, fue educado por Dios en la consideración de la mujer en sí misma, con su opinión y su voluntad, como un igual a quien escuchar y considerar. Francisco no improvisó esta mirada pura y fraterna sobre la mujer, sino que la hubo de modelar a través de la experiencia como hijo natural de Madonna Pica e hijo de María Inmaculada primero, y como compañero de tantas mujeres –Santa Clara, fray Jacoba, etc- que fueron siempre para él hermanas, consejeras y apoyo firme.

A María le tributaba una gratitud sin fin porque ella había hecho nuestro hermano al Hijo del Altísimo, nuestro Señor Jesucristo, como también revestía esa gratitud de sentimientos de compasión y de ternura por todas las penurias que la Madre de Dios hubo de soportar para criar a su Hijo primero y para seguirle después hasta la muerte en la Cruz.

La Virgen María es para San Francisco la embajadora de la mano de la cual nos ha sido dado todo, porque Cristo es ese todo que ella nos entregó por su obediencia y disponibilidad a la voluntad de un Padre Dios que en María nos muestra lo más femenino y maternal de la entraña fecunda y creadora de la Santísima Trinidad.

Sin María no hay Jesús”, decía la beata Madre Teresa de Calcuta y “A Cristo por María”, como dice el sentir popular. Esta es la experiencia de San Francisco de Asís y de ahí su profunda devoción a María Madre de Dios a la que supo siempre recurrir como al apoyo y a la abogada defensora que Dios mismo nos quiso dar para que sintiésemos como el Amor de un Dios que es Padre no deja de tener lo más hermoso y entrañable del amor de la mejor de las madres.

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Sobre el sentido cristiano del matrimonio

Un anciano profesor se encontró frente a un grupo de chicos de no más de 16 años que estaban en contra del matrimonio.

Los muchachos decían que el romanticismo y la pasión eran el sentido del matrimonio. Que es preferible acabar con la relación cuando eso se apaga en lugar de entrar en la triste monotonía de un matrimonio para toda la vida. El profesor les dijo que esa opinión era respetable pero que escucharan la historia de su vida:

“Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi madre bajaba las escaleras para prepararle a mi padre el desayuno y sufrió un infarto. Cayó por las escaleras.

Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a nuestra vieja furgoneta. A toda velocidad condujo hasta el hospital. Cuando llegamos, su esposa, mi madre, ya había muerto. Durante el entierro mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró.

Esa noche sus hijos nos reunimos con él y, en un ambiente de dolor y cariño, hablamos de ella, de su vida y de su muerte, de nosotros y de mi padre, pero sobre todo hablamos de lo que había sido su matrimonio.

Él pidió a mi hermano sacerdote que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, del amor de Dios que es la fuente de todo nuestro amor, de cómo ese amor no se acaba nunca y que, mientras nos enseña a amar, nos espera hasta que se nos acaba el tiempo de esta vida.

Mi padre escuchaba con gran atención, como asintiendo. De pronto pidió:

-Llevadme al cementerio.

-Papá -respondimos -¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora.

Alzó la voz y con una mirada vidriosa y la voz firme dijo:

-No discutáis con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años.

No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso y con una linterna llegamos a la tumba de mi madre. Mi padre acarició la lápida con el mismo mimo con el que siempre le habíamos visto acariciar a nuestra madre, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena encogidos de llanto contenido:

-Fueron cincuenta y cinco buenos años… ¿sabéis? Cincuenta y cinco años que, si no hubieran sido más que diez, habrían llenado mi vida igual. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una persona así.

Hizo una pausa y se limpió la cara arrasada por las lágrimas.

-¡Ella y yo superamos juntos en aquella dura crisis! Ella me sostuvo cuando perdí el empleo. Hicimos el equipaje, vendimos la casa y nos mudamos de ciudad.

Ella fue mi fuerza. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la muerte de seres queridos y siempre nos perdonamos los errores…

Todos asentíamos en silencio porque habíamos sido testigos de primera fila de que su matrimonio había sido realmente así.

-Cuando nos hicimos novios todo nos unía. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro, bueno, una cosa nos separaba un poco, al principio.

Ella era religiosa y yo no, y cuando se iba a misa o a esto o a aquello en la iglesia yo no lo entendía y le reprochaba que me dejara por ese “no sé qué” de Dios. Yo era creyente, pero de bautismo, misa y poco más.

-Nunca supimos eso, papá –dije yo-. Parecía que también en la iglesia y en el grupo de oración erais el uno para el otro, que los dos sentíais igual la fe y la necesidad de tener a Dios en vuestras vidas.

Mi padre, bajó la cabeza y calló un instante, con el puño cerrado en la boca, como concentrándose en lo que iba de decir y como si “eso” le resultara doloroso. Tras unos intensos segundos continuó.

-El caso, hijos, es que cuando ella volvía estaba alegre y cariñosa; siempre lo fue, pero era como si en esos momentos, después de dedicarse a lo que yo no entendía, ella me amara más que nunca.

Era tan hermoso… Fue precisamente eso lo que me hizo empezar a acompañarla de vez en cuando.

A través de ella descubrí a Dios, al de verdad y no al que yo creía conocer y que decía que no me interesaba (¡QUÉ DISPARATE! AHORA LO SE).

A través de ella y de su amor descubrí otro amor más grande, el que a ella le servía de fuente para estar siempre a mi lado.

A partir de entonces nos servimos el uno al otro para amar a Dios cada día más. Fue así como nuestro matrimonio se fortaleció y se hizo tan maravilloso como para durar cincuenta y cinco años, siendo cada día mejor.

Mi hermano, el sacerdote, tosió como pidiendo permiso para hablar.

-Pero papá, ahora mamá no está… ¿qué vas a hacer? Debes afrontar tu vida y luchar por no vivir sólo de recuerdos.

Mi padre le dirigió una mirada entre sorprendida y severa.

-¿Y tú que eres sacerdote me dices eso? Tú, que nos has visto vivir, que nos has visto alimentar tu vocación cuando sentiste la llamada de Dios, ¿precisamente tú me preguntas qué voy a hacer ahora?

Ahora ella se ha ido y yo, en medio de mi pena, estoy contento, ¿sabéis por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme. La quiero tanto que no me hubiera gustado que sufriera…

Y yo ahora viviré lo mismo que vivía cuando la tenía a mi lado: viviré de fe y de amor a Dios, como ella me enseñó.

Me dolerá su ausencia, la echaré tanto de menos, lloraré sobre nuestra almohada cada noche pero, en el fondo, la sabré a mi lado, y ella me seguirá preparando para el cielo, sí, así como hicimos el uno con el otro mientras compartimos ese santo matrimonio que me hizo comprender que sólo éramos el uno para el otro para aprender ambos a ser de Dios, para siempre.

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:

-Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen final para un día tan duro.

Esa noche –prosiguió el anciano profesor- entendí lo que es el verdadero amor de un matrimonio cristiano.

No es el dulce y pasajero romanticismo; no tiene que ver demasiado con la simple pasión y mucho menos con mirarse a los ojos con cariño como si no hubiera más mundo.

El amor cristiano de mis padres, del que mis hermanos y yo habíamos sido testigos y del que éramos fruto, más bien consistía en haber aprendido a mirar los dos en la misma dirección, en la dirección en la que Dios se había hecho para ellos ejemplo y fuente de unidad; camino y caminante que les enseñó los misterios más hermosos sobre la vida y la muerte, sobre el verdadero amor, sobre ese Dios al que -si se le conoce de verdad- no se le puede sino tratar de corresponder aprendiendo a amar como Él ama.

Cuando el anciano maestro terminó de contar la historia de sus padres, los jóvenes que le escuchaban no pudieron rebatirle, no quisieron intentarlo: ese tipo de amor era algo que no conocían pero que, desde ese preciso momento, trataron de conocer y vivir con todas sus fuerzas.

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