Personajes de referencia

Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

A Cristo por María

A Cristo por María

Una forma muy adecuada de celebrar cualquiera de nuestras fiestas, de celebrar nuestra fe, es no dejar de mirar a la vida, al mundo, cuando tratamos de mirar a Dios. La mirada de fe con que celebramos hoy a María Inmaculada debe llegar a ella desde la mirada al mundo de hoy y desde las preguntas que la vida actual nos despierte en la conciencia.

La fe, la oración y la Liturgia nunca pueden estar desvinculadas del mundo o correríamos el peligro de transformarnos en una especia de secta que vive para sí misma en su burbuja imaginaria al margen de la realidad.

Cuando miramos hoy la realidad de nuestro mundo vemos que hemos progresado mucho en calidad de vida para una buena parte de la humanidad. Los derechos de la mujer van abriéndose paso, los niños están más protegidos, la medicina y la ciencia en general ha conseguido avances impensables y tantas otras cosas buenas que podríamos añadir como frutos de nuestra sociedad moderna. Esta consideración es real pero incompleta.

No podemos cerrar los ojos al hecho de que esa buena parte de la humanidad que vive con mayor calidad de vida es una minoría, mientras que la mayor parte de los seres humanos viven bajo la lacra de la miseria como mal endémico o condena de por vida.

Los niños de esa parte de la humanidad que vive en la pobreza no están protegidos, sino que trabajan de sol a sol o incluso venden su cuerpo por dos cuartos; tampoco para ellos la medicina es sino una palabra de ricos que nunca sabrán escribir correctamente.

Ambas caras de nuestro mundo nos ofrecen el rostro completo de un misterio: el Reino de Dios se abre paso entre las tinieblas del pecado, venciendo poco a poco los signos de muerte con que el pecado lastra y deforma nuestra dignidad humana.

María Inmaculada es el signo más acabado de esta victoria de Dios sobre el pecado, un signo que se nos da como estímulo que alienta nuestra voluntad de soñar con un mundo mejor mientras que nos entregamos a la causa de su construcción, la obra de Jesucristo y de su Madre Santísima.

«Pongo enemistad entre ti y la mujer entre su linaje y el tuyo…» (Ge. 3, 15) estas palabras del Génesis pronunciadas una vez que el hombre había cometido el primer pecado, desquiciándose y desquiciando a la Creación hermana, anuncian la eterna voluntad salvífica de Dios. Por ello a este pasaje del primer libro de la Biblia se la llama “el protoevangelio”, el primer evangelio, la primera buena noticia de Dios para el hombre que le ha traicionado por la torpe ganancia del pecado.

El pecado de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios sufre, por el pecado, una herida de incalculables consecuencias. ESTO ES HOY DOLOROSAMENTE CLARO EN NUESTRO MUNDO.

En su eterno plan, Dios había creado al hombre por sobreabundancia de amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado en su presencia. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia, el desorden y la pérdida de la armonía original, la armonía del «principio», pero no cancela el plan amoroso de Dios.

Había que rescatar al hombre también por sobreabundancia de amor recreándolo, creándolo de nuevo por encima de las circunstancias negativas en que su pecado había hundido su vida en un estado lamentable.

Jesucristo y su misterio pascual de victoria sobre el pecado y sobre la muerte es esa nueva creación, y María Inmaculada es el primer fruto de la estirpe humana QUE NOS MUESTRA la belleza radiante y la libertad de una vida que sólo se arrodilla ante Dios. Si se busca, por tanto, la razón de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres y la razón de la Encarnación, ahí la tenemos: el amor por el ser humano.

«Dios se enamoró de su criatura» cuando la vio recién creada, y el Hijo eterno de Dios ha hecho hombre para servirnos de peldaño y trampolín que nos eleve, para acostumbrar al hombre a comprender a Dios, a comprender el incomprensible amor del Dios eterno por su pequeña criatura, por ti y por mí.

“El Pastor se ha hecho oveja”. Cristo ha venido a la tierra para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente al Padre y no sólo según esa gracia del principio que lo hacía ser amigo de Dios, sino con una gracia nueva que le hace ser hijo de Dios.

En este extraordinario plan de salvación aparece María Inmaculada, como la primicia de la salvación, como la estrella de la mañana que anuncia a Cristo, «sol de justicia», como la primera criatura surgida del poder redentor de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente por Dios.

En un mundo desquiciado entre los mayores logros y las mayores miserias, la Gracia divina ha hecho surgir una criatura absolutamente pura y le ha conferido una perfección sin la más mínima sombra de pecado: María. Ella aparece en medio de esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria definitiva de la luz sobre la oscuridad.

Ella va al frente de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del Padre.

En medio de las presiones que por todas partes nos apremian, María no abandona a los hombres que peregrinan en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza y ardiente caridad.

Ella es nuestra madre, nuestra hermana mayor en la fe, nuestro modelo; ella es esa maestra que nos enseña a ser y a vivir desde la dignidad divina que su Hijo nos ganó.

A Cristo por María, ayer, hoy y siempre.

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El Papa Bueno, Juan XXIII

Juan XXIII

Juan XXIII

El Papa Bueno fue el apodo que le pusieron a Juan XIII, el Papa que convocó e inició el Concilio Vaticano II con el que la Iglesia no definía dogmas nuevos, ni condenaba errores; sino que, bebiendo en el Evangelio de Jesús, se abría al mundo entero para anunciar la caridad, la bondad y la salvación de parte de Dios para toda la humanidad.

Su nombre era Angello Giusseppe Roncalli (1881-1963). Fue un cristiano sencillo, respondió a la llamada al sacerdocio y llegó a ser Papa de la Iglesia católica. Fue un pastor que abrió la Iglesia al ecumenismo, que anhelaba la paz universal y que tuvo hacia la humanidad, en sus vaivenes históricos, una actitud bondadosa, dialogante y acogedora.

Podemos desentrañar en que consistía la bondad que caracterizó al Papa Juan XXIII. Leyendo su “Diario del alma”; que es un libro con sus notas personales desde que era un seminarista en Bérgamo y en Roma, hasta su tiempo como Papa; recorremos el itinerario de su vida: la ordenación sacerdotal; su labor como secretario de Monseñor Tedeschi en la diócesis de Bérgamo; su etapa como director del seminario en la época de la Primera Guerra Mundial; luego la consagración episcopal que le llevo a ser  representante del Vaticano en Bulgaria primero y, durante la Segunda Guerra Mundial, en Turquía y en Grecia; después fue representante vaticano en Francia, cardenal Patriarca de Venecia y, por último, entre 1958 y 1963, Papa.

En todas sus anotaciones descubrimos que Angello Giusseppe Roncalli vivió orientado siempre a Dios, que su mayor deseo era amar a su Señor, servirle y darle la respuesta de amor adecuada. Siempre fue un hombre con una vida de oración y de piedad intensa, en la que destaca su devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al sacramento de la Eucaristía.

Algo que sorprende en él (aunque en realidad es común a casi todos los santos) es la conciencia de la necesidad de purificar su corazón del amor propio para que su entrega a Dios brote de un amor sincero, humilde y agradecido a Dios.

Desde sus años de seminario, aparece claramente su unión a Jesucristo y en uno de sus retiros escribe: “Renuevo mi propósito de querer amarte como Tú lo deseas, de revestirme de Tu espíritu”. De su unión con Jesús surgen unas actitudes que fueron distintivas de su personalidad: la piedad, el estar atento a sí mismo, la sencillez y modestia en su pensamiento, en sus palabras y miradas. El trato que se proponía tener con los demás era algo así como el árbol que crece apoyado en buenas raíces; un trato y unas relaciones que transmitieran tranquilidad, calma, jovialidad, buenas maneras, cordialidad y franqueza.

“Alegría siempre, paz, serenidad, libertad de espíritu en todas las cosas. Cuando me reconozca fiel a mis propósitos, alabaré por ello de corazón a mi Dios…; cuando falte, me guardaré de desalentarme… Tras una falta, un acto de humildad profunda; luego volveré a empezar alegre… como si Jesús me hubiese hecho una caricia, me hubiese levantado con sus propias manos, y reemprenderé la marcha seguro, confiado”. Quien escribe así, por experiencia propia y por el don de la fe,  está convencido de la misericordia infinita de Dios, de su amor inagotable que todo lo puede.

En la tarea pastoral, durante su etapa como representante del Vaticano en Turquía, en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, Monseñor Roncalli expresa así su convicción: “No de ser maestro de política, de estrategia, de ciencia humana … Yo soy maestro de misericordia y verdad. Mi enseñanza debe unir razonamiento y advertencias de palabra y los ejemplos de mi conducta ante todos: católicos, ortodoxos, turcos, hebreos. Las palabras mueven; los ejemplos arrastran”.

Me parece que descubrir más a fondo a Juan XXIII es alentador para los cristianos. Él fue un católico humilde, agradecido a Dios y a quienes le habían transmitido la fe, un sacerdote que amó a Cristo de una forma rendida, un pastor deseoso de hacerse cercano a todos, sin rechazar a nadie, para que a todos llegue la grandeza del amor de Cristo.

Quizás uno de sus textos más difundidos es el famoso “Decálogo de la serenidad”, palabras llenas de paz y sabiduría:

1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.

2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mi mismo.

3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no solo en el otro mundo, sino en éste también.

4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.

7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.

8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

9. Sólo por hoy creeré firmemente – aunque las circunstancias demuestren lo contrario – que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.

10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Puedo hacer bien durante doce horas lo que me descorazonaría si pensase tener que hacerlo durante toda mi vida.

Ese “sólo por hoy” me hace pensar que cada día tenemos una oportunidad de ser nosotros mismos y de ser para los demás, tan felices como Dios nos quiere. Son palabras que nos previenen ante el desánimo, que parece ser uno de los males de nuestro tiempo. Si con frecuencia nos sentimos “descorazonados”, lo cierto es que Dios estrena su amor y su llamada para nosotros cada día. Y ésta es la razón de nuestra fe y deseamos compartirla con todos los hombres de buena voluntad.

Estamos llamados a ser cristianos serenos y confiados en Dios y, a la vez, cristianos activos capaces de amar sin alardes, de sacrificarnos por el bien de nuestros hermanos, de trazarnos metas que alcanzar; metas de bien, de paz, de unidad, de felicidad; poniendo cada uno de su parte, sin miedos,  y contando con la ayuda de Dios.

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¿Quién es el medieval San Francisco de Asís?

San Francisco de Asís (Óleo de El Greco)

San Francisco de Asís (Óleo de El Greco)

San Francisco de Asís puede ser un santo de ayer pero, sin duda, es un HOMBRE DE HOY, el tipo de hombre que nos sirve de referencia hoy, porque necesitamos descubrir que podemos vivir de otra manera, que podemos y debemos construir un mundo diferente.

Cuando reconocemos que necesitamos al hombre por lo que representa su vida, reconocemos –quizá sin darnos cuenta- que no solo necesitamos también al santo que ese hombre es, sino a Aquél que le hizo ser quien aun hoy es.

Este hombre medieval es el patrón de los ecologistas, cristianos o no; este hombre de clase media ha sido considerado por la UNESCO el hombre del segundo milenio; es el iniciador de la familia religiosa más numerosa de la Iglesia; ha sabido inspirar a sus hermanos un estilo de vida que ha hecho de ellos valiosos servidores de la Iglesia durante estos 800 años de familia franciscana…

¿Qué es lo distintivo de este hombre pequeñó, sin belleza ni erudición, sin nada aparente que lo hiciera especial? Veamos algunos de los rasgos principales de San Francisco para que lo podamos considerar en su justa medida: un hombre de ayer, de hoy y de siempre.

SER SENCILLO. A Francisco de Asís se le considera siempre un hombre sencillo, pero eso no quiere decir que fuera “un don nadie”, un “buen hombre” según se entiende hoy. Para San Francisco ser sencillo es vivir con sencillez, con honestidad y dando la espalda al imperio de las apariencias.

Vivir con sencillez es vivir con lo necesario y no mucho más para, sencillamente y como lo más natural del mundo, poder ser solidario –SER Y COMPORTARSE COMO HERMANO-  con aquellos que no pueden acceder a lo más elemental que merece todo ser humano para poder vivir con dignidad.

SER FIEL HIJO DE LA IGLESIA. Nuestro hombre no es un doctrino, que se bebe sin pensar ni preguntar todo lo que desde arriba se le dice.

Francisco ama a la Iglesia y no puede vivir sin ella porque sólo a través de la Iglesia se conoce a Cristo, y por eso obedece, y por eso trata de aportar su búsqueda de radicalidad para la reforma y la construcción de la Iglesia, sin tenerse nunca por otra cosa que un cristiano más.

Francisco es hijo leal y agradecido a la Iglesia porque de ella recibe el Evangelio y los Sacramentos que le permiten tener la experiencia de la cercanía de un Dios que es Amor, sí, pero no un amor abstracto sino un Amor comprometido con la causa del ser humano, comprometido con la causa de la justicia, porque en Dios Amor y Justicia no son dos cosas distintas ni distantes: SON SU FORMA DE SER Y DE EXISTIR.

SER SOLIDARIO. Para este santo, tan pequeño como imprescindible, ser solidario no es una virtud ni una opción: es la consecuencia necesaria de creer en Jesucristo.

La solidaridad es el “nombre civil” de la Caridad, y quien tiene fe en Jesucristo tiene que hacer vivir y crecer esa fe a través de una ardiente Caridad hacia todo cuanto existe: hacia la entera Humanidad hermana y hacia toda la hermana Naturaleza.

La Caridad no es limosna ni dar de lo que sobra: es preocuparse del mal ajeno y ocuparse en hacer que ese mal sea cada vez menor y menos vergonzante. El mal de los pobres, de las personas maltratadas, de los que viven abandonados, de una Naturaleza sometida a la más vil e irracional explotación por un hombre que se cree dueño y señor porque la puede dominar, sin recordar que quien se ensucia en el lecho en el que reposa se revolcará, antes o después, en su propio desperdicio… LA CARIDAD ES LUCHAR CONTRA TODA ESTA INJUSTICIA.

SER HUMANO. Ser humano, como ser libre, no es una dotación que recibimos al nacer sino una capacidad de ser que hemos de hacer posible y real con nuestras opciones. “Se nos conoce por nuestros actos” (“Batman begins”) y un hombre también puede ser sólo un animal racional, en lugar de ser un animal que ama, como lo definió bellamente D. Miguel de Unamuno.

Francisco de Asís empleó toda su vida en vivir la verdadera libertad, esa capacidad de poder elegir siempre lo más conveniente y mejor según ese plan de Dios que mira al bien de todos.

La libertad evangélica sirve para que quien la ejerce sea cada vez más él mismo, siendo cada vez más humano según se entregue o no a la causa de Jesucristo: la redención de la vida de todo hombre y de toda mujer a través de su salvación de todo lo que nos hace vivir postrados, esclavos, sometidos a cosas que deberían estar a nuestro servicio o, como la mayor parte de la humanidad, malviviendo bajo la bota de la esclavitud materialista de otros que hunde a los pobres en la más ignominiosa miseria.

Visto así, San Francisco es cualquier cosa menos un «santo dulzarrón» al que encenderle velas. Es un profeta que denuncia nuestra injusticia y nuestra mediocridad a la vez que nos muestra un horizonte de esperanza hacia el que debemos caminar todos juntos… si es que queremos ser humanos y aspirar a llegar a merecer el distintivo de “cristianos”.

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Teresa de Calcuta

En estos últimos días se han conmemorado dos fechas importantes en torno a la Madre Teresa de Calcuta. El 26 de agosto se cumplían 100 años del nacimiento de esta increíble mujer. Y el domingo pasado (5 de septiembre) se celebraba la festividad de la Beata, que coincide con el aniversario de su muerte.

De Teresa de Calcuta se pueden destacar innumerables virtudes, pero en este pequeño homenaje que le tributamos desde nuestro blog queremos fijarnos en tres:

– Al servicio de los demás, especialmente de los más rechazados. Teresa de Calcuta vivió por y para los abandonados, los pobres, los parias… Su testimonio de entrega, de amor y de ternura hacia los que nadie quería fue un ejemplo perfecto del proyecto de vida que Cristo nos mostró.

– Fortaleza. Era una mujer de aspecto menudo y frágil, pero fuerte como una roca. Cuando se trataba de defender y los luchar por los pobres, no había obstáculo que se le pusiera por delante. Y gran parte de su fortaleza consistía en su gran humildad.

– Tenacidad. Curiosamente, la mujer que transmitió a tantas personas el testimonio, la alegría y el amor de Dios, sufrió durante gran parte de su vida momentos de profunda «oscuridad interior», instantes en los que el sentimiento de separación de Dios en su interior fue desgarrador. Y, lejos de abandonar ante esta terrible y prolongada prueba, se aferró de forma más intensa a la oración y a su labor.

Toda su vida fue un testimonio de la alegría del amor de Dios, de la importancia de servir a los más débiles, de la grandeza y de la dignidad de todas las personas y del valor de lo pequeño.

Queremos terminar este pequeño recuerdo a Teresa de Calcuta con sus propias palabras, unas frases que constituyen un excelente programa de vida:

«La vida es una oportunidad, aprovéchala. La vida es belleza, admírala. La vida es bienaventuranza, saboréala. La vida es un sueño, hazlo realidad. La vida es un desafío, enfréntalo. La vida es un deber, cúmplelo. La vida es un juego, juégalo. La vida es un tesoro, cuídalo. La vida es una riqueza, consérvala.  La vida es amor, gózalo. La vida es un misterio, descúbrelo. La vida es una promesa, realízala. La vida es tristeza, supérala. La vida es un himno, cántalo. La vida es una lucha, acéptala. La vida es una aventura, arriésgate. La vida es felicidad, merécela. La vida es vida, defiéndela.» Teresa de Calcuta

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Volvemos en septiembre

Islote del castro, Playa de Andrín. Asturias

Islote del castro, Playa de Andrín. Asturias

Recogemos la red. Pero volveremos a echarla el 1 de septiembre con toda la energía.

Todos los miembros del equipo de Echadlared os deseamos un muy feliz mes de agosto. Esperamos que estéis disfrutando de un periodo de descanso después del duro trabajo y que sigáis haciéndolo.

Recordar que, aunque nuestras actividades varían, nuestra vocación como cristianos es vivir la fe en cualquier ámbito de nuestra existencia, sin descansos ni vacaciones. Además, el verano es un momento ideal para plantearnos con más sosiego y serenidad nuestro compromiso como cristianos.

Queremos acordarnos especialmente de quienes estéis atravesando momentos difíciles, tanto en el terreno personal como en el ámbito profesional. Os mandamos todo nuestro ánimo y esperamos que Dios os dé la fuerza necesaria para superar esta etapa.

También recordamos a quienes aprovechan el verano para ayudar a los demás o para realizar actividades de enriquecimiento espiritual como ejercicios, retiros, etc. No podemos olvidar en este año a los miles de peregrinos que caminan hacia Santiago. Esperamos que estas experiencias os enriquezcan, os ayuden a vivir vuestra fe con más intensidad y a ser luz para quienes más lo necesiten.

No podemos despedirnos sin daros las gracias por el apoyo que nos habéis brindado desde el principio y por la excelente acogida que ha tenido este proyecto. Desde ya nos comprometemos a volver en septiembre con las pilas cargadas… para volver a echar la red…

¡Feliz verano… y hasta septiembre!

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