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Agradecidos por la llamada y glorificados en el seguimiento

Aunque este blog se ha tomado unos días de descanso, para retomar la actividad en septiembre con energías renovadas, es justo y necesario que hagamos un alto en nuestras vacaciones para hacernos eco de dos aniversarios gozosos y muy relevantes para Echadlared.

La semana pasada dos de los autores de este blog, Pili y Vicente, cumplían años en su consagración a la vida religiosa: el día 13 de agosto Vicente celebraba los 18 años de su ordenación como sacerdote y el 15 de agosto Pili hacía sus bodas de plata (25 años) como religiosa.

Desde el agradecimiento a Dios por la llamada y a Pili y Vicente por su «SÍ», su compromiso y su ejemplo de vida, compartimos un texto de Pili que se hace extensivo a Vicente y a toda la familia de Echadlared.

FELICIDADES A LOS DOS Y GRACIAS A DIOS POR LLAMAROS Y A VOSOTROS POR SEGUIRLE Y SER TRANSMISORES DE LA BUENA NOTICIA.

Proclama mi alma la grandeza del Señor: Gracias por estar conmigo en estos 25 años.

Se cumplen 25 años de mi consagración a Dios en la vida religiosa y algo más de 50 desde mi bautismo. En estos últimos días estoy recibiendo tarjetas de felicitación por este motivo y hasta una preciosa rosa roja. Se trata de un aniversario marcado de una forma especial, las bodas de plata.

Yo me he preguntado qué es lo que celebro realmente; y lo que surge en mí es celebrar el amor y la fidelidad de Dios conmigo. “Qué bueno es alabarte, Señor, y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre; proclamar tu amor misericordioso por la mañana y tu fidelidad cada noche,… Tú me alegras, Señor, con tus acciones, y mi júbilo son las obras de tus manos. ¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios!” (Sal 92,2-3.5-6)

Recuerdo que, cuando era una religiosa novata, algunas personas me “vaticinaban” que no podría durar en este estilo de vida. Reconozco que permanecer no es tarea fácil; porque la vida religiosa necesita renovarse si quiere ser hoy en día una propuesta de vida creyente capaz de ilusionar a las jóvenes en el encuentro a fondo con el Señor y en el servicio al bien de las personas que la historia y las circunstancias nos van trayendo. La respuesta a aquellas interpelaciones la encontraba reflejada en la Palabra de Dios, pero además la sentía viva en mí: “Escuchadme, islas y atended, pueblos lejanos. El Señor me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre mencionó mi nombre. Ha hecho mi boca como espada afilada… Y ahora dice el Señor (el que me formó desde el seno materno para ser su siervo; mi Dios, que ha sido mi fortaleza): Poca cosa es que tú seas mi siervo, para levantar las tribus de Jacob y para restaurar a Israel; te haré luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra. Así dice el Señor: En tiempo propicio te he respondido, en día de salvación te he ayudado… Grita de júbilo, cielo, y regocíjate, tierra… porque el Señor ha consolado a su pueblo y de sus afligidos tiene compasión…
Pero Sión decía: El Señor se ha olvidado de mí. ¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré.
He aquí, en las palmas de mis manos, te he grabado…” (cf. Is 49, 1-16)

Desde mi entrada en la Comunidad hay en mí un deseo de “humanizar” la vida religiosa que durante tiempo ha arrastrado el peso de la normas. Los religiosos somos ante todo personas que queremos vivir en plenitud. No podemos cerrarnos a formas del pasado que nos dificulten o impidan la cercanía con la gente que tiene necesidad de oración, de apoyo, de escucha, de cuidado. Las instituciones religiosas están viviendo una enorme crisis de carencia de vocaciones unida a la elevada media de edad de sus miembros, que en su gran mayoría puede llegar a ser de entre 70 o 75 años; todo ello dificulta la necesaria renovación.

Es cierto que aquellas comunidades de estilo contemplativo que han actualizado sus formas de expresión de la fe (aunque manteniendo los rasgos esenciales del misterio que envuelve a los monasterios), aquellas que se han afianzado en una profunda espiritualidad, han conseguido por medio de personas carismáticas atraer a nuevos miembros en gran número. Han saltado a las páginas de la prensa escrita y digital algunos casos como los de la nueva congregación de Iesu communio con sor Verónica como iniciadora.

Otra historia bien distinta es la de las congregaciones religiosas femeninas de vida apostólica, como a la que yo pertenezco. La ausencia de vocaciones es un gran interrogante: por un lado, vemos que hemos de cambiar para fortalecer la esencia de nuestra consagración a Dios por medio de nuestro servicio sencillo a los hermanos; por otra parte, sentimos que nuestra vida parece no decir nada a la sociedad actual; porque sigue habiendo jóvenes creyentes con ideales de ayuda a los débiles, que sin embargo no ven atractiva esta forma de vida como modo posible de experimentar y compartir su fe. En definitiva, para que la vida religiosa siga cumpliendo su misión en este cambio de época, necesitamos la acción directa de Dios en nosotras y en todas las jóvenes que están atentas a la voz de Dios en sus vidas.

El carisma o don de la vida religiosa viene de Jesucristo, del Espíritu Santo y de Dios Padre. La fuerza del amor creativo de Dios se da a hombres y mujeres, que impulsados por el Espíritu, quieren vivir, a través de los votos de castidad, pobreza y obediencia, la misma vida de Jesús, sus mismos sentimientos y acciones, su misma oración, su misma entrega, pasión, muerte y resurrección. Esta es la esencia.

Fijándome en estos 25 años de mi consagración, debo reconocer que el objetivo sigue siendo demasiado alto para mí, pero la misericordia infinita de Dios y la amistad cercana con el Señor hacen posible que personas como yo podamos celebrar la fidelidad. Gracias, Señor, hago mías las palabras de la Virgen María: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la pequeñez de su esclava.”(Lc 1, 47-48a)

Gracias, Señor, porque me has rescatado en los precipicios, porque me has sacado del dolor; gracias porque cuidas de mi y de todos. Gracias porque escuchas mis oraciones, porque atiendes siempre mi voz y ninguna sola de mis lágrimas, sonrisas, esperanzas o inquietudes se te escapa. “Desde ahora me felicitarán todas la generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los de corazón soberbio,… y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a… su pueblo, acordándose de la misericordia… como lo había prometido a nuestros antepasados para siempre.” (Lc 1, 48b-55)

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JMJ, Río de Janeiro 2013: Desde el corazón y los brazos de Jesús, enviados a dar testimonio de su amor y su acogida

Acaba de celebrarse la JMJ de Río, entre los días 25 y 28 de Julio. Ha sido un encuentro multitudinario de los jóvenes con el Papa Francisco y, sobre todo, ha sido una gran oportunidad de acercarnos a su pensamiento, de descubrir el trasfondo de sus gestos.

Esta Jornada Mundial de la Juventud se ha desarrollado con el lema “Id y haced discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19); lema que resalta el llamamiento misionero que ha de caracterizar a todo cristiano, y especialmente al joven cristiano. “La palabra está a tu alcance, en la boca y el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que proclamamos: si confiesas que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás. Con el corazón creemos para ser justos, con la boca confesamos; pues la Escritura dice: Quien se fía de él no fracasará… Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero, ¿cómo lo invocarán si no han creído en él? ¿Cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Cómo oirán si nadie les anuncia? ¿Cómo anunciarán si no los envían?”(Rom 10, 8-15)

El Papa, con su presencia cercana y espontánea ha sido un dinamizador del estilo de evangelización y misión del cristiano en el mundo de hoy. Le hemos visto ir al encuentro de las personas con naturalidad y sencillez, insistiendo en la importancia de vivir nuestra fe en la calle, en la realidad cotidiana, en medio de la sociedad, pero yendo hacia aquellos a los que nuestra sociedad arrincona o margina. El Papa ha visitado a un grupo de jóvenes reclusos, a los pobladores de la populosa “favela” Varginha, a un gran grupo de argentinos desplazados a Río para la JMJ, a los voluntarios, a los obispos. Sorprendía la avalancha de personas que deseaban saludarlo y tocarle cuando avanzaba lentamente en el Papamóvil sin cristales.

Sus mensajes han buscado sin duda avivar el ánimo de los creyentes remarcando la autenticidad y el amor como los ingredientes esenciales en el seguimiento de Cristo. Desde el principio invitaba a los jóvenes a mantener la esperanza, a dejarse sorprender por Dios y a vivir con alegría pues el cristiano experimenta la alegría de saberse amado. “Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se inflamará de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor”. (Homilía de la misa en el Santuario de la Virgen de Aparecida).

“Queridos jóvenes: aprendan a rezar cada día. Así conocerán a Jesús y le permitirán entrar en sus vidas”. (Tuit del 27 de Julio) El conocimiento y encuentro que se dan en la oración nos llevan a un enamoramiento en el que experimentamos el amor misericordioso de Jesús, que se ha hecho cercano a nosotros en las esperanzas y también en las penas. Jesús con su Cruz carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, incluso los más profundos. “En la cruz de Cristo está todo el amor de Dios y su inmensa misericordia, es un amor del que podemos fiarnos y en el que podemos creer”. Pero este enamoramiento no es solo un sentimiento de consuelo sino una invitación y un reto a dejarnos contagiar por este amor. La Cruz nos enseña a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto; y nos enseña a salir de nosotros mismos para ir a su encuentro y tenderles la mano”.(Oración del Vía Crucis, 27 de Julio)

El otro acento que nos ha marcado el Papa Francisco es la llamada a la autenticidad y la radicalidad del seguimiento a Jesús mediante el compromiso con las necesidades de nuestros hermanos y nuestra sociedad. El Papa nos pide no desvirtuar la fe, pide a los cristianos, jerarquía y fieles laicos, mayores y jóvenes, que salgamos a la calle a implicarnos en la creación de una sociedad nueva, más justa y humana en la que no se excluya ni deseche a nadie. “La fe en Jesucristo no es broma, es algo muy serio. Es un escándalo que Dios haya venido a hacerse uno de nosotros …y que haya muerto en la Cruz. … El camino de la Cruz es el de la encarnación de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que me amó y murió por mí.” Y dirigiéndose a los jóvenes argentinos, (aunque nos los podemos aplicar todos) dijo: “Hagan lío; cuiden los extremos del pueblo, que son los ancianos y los jóvenes… Y si quieren saber qué cosa práctica tienen que hace lean Mateo 25.”

«Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria y ante él comparecerán todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. Entonces el rey dirá a los de la derecha: Venid, benditos de mi Padre, a heredar el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, inmigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 31-40)

Que uniéndonos a Cristo Redentor, cuya imagen preside la inmensa ciudad de Río, sintamos la fuerza de su envío a caminar y anunciar a todos los hombres su amor salvador. La próxima cita de los jóvenes católicos para testimoniar, celebrar y profundizar su fe en Jesús será en Cracovia y seguro que con diferentes acentos el espíritu de unión y amistad de todos volverá a hablarnos de esperanza.

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Llamados a dejar de ser los «ni-ni» de la iglesia

En los últimos días resuenan los ecos de la JMJ de Río de Janeiro (a la que en este blog dedicaremos en breve una entrada específica).

Una de las cosas que más me ha llegado es la interpelación del Papa Francisco a que la Iglesia salga a la calle. Junto con la exhortación a obispos, sacerdotes, religiosas y religiosos a que pisen el terreno («un pastor debe oler a oveja» decía hace poco), se nos pide a todos los que formamos iglesia que participemos de la construcción del Reino.

Es algo sobre lo que se lleva hablando unos años: la llamada «nueva evangelización» que, entre otras cosas, nos impulsa a los seglares a tener un papel más activo en la comunidad.

Es hora de abandonar el sillón y la postura cómoda del que considera que con una misa semanal «cumple». Es hora de participar de las comunidades, de adoptar una postura crítica, de impulsar desde dentro y con el trabajo diario la necesaria renovación de la Iglesia, de mostrar con comportamientos coherentes la dicha de ser hijos amados de Dios…

(«Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» Mt 28, 19)

Durante años, por no decir siglos, los seglares hemos sido los «ni-ni» de la Iglesia (seres que ni opinamos, ni estudiamos, ni trabajamos). No descarto que la cúpula eclesial en cierta medida fomentaba ese rol de niños mimados, haciendo descansar la evangelización casi exclusivamente sobre los sacerdotes. Pero eso se acabó… Es hora de dar un paso adelante. Y eso nos va a suponer un esfuerzo adicional.

En primer lugar de formación. Es lamentable lo poco que los cristianos sabemos de la doctrina, lo poco que conocemos las escrituras… Y así es difícil argumentar y defender posturas con un mínimo de seriedad.

En segundo lugar de espíritu crítico activo, más allá de lavarnos las manos como vulgares Pilatos cuando la cosa no nos gusta, echando la culpa a Roma, al Papa, a los obispos, a los curas… Tenemos que participar activamente en las comunidades y aportar nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, nuestra creatividad y nuestro espíritu crítico. Y, por supuesto, denunciar desde dentro los comportamientos intolerables de la Iglesia de los que en algunos casos ha habido un repugnante silencio cómplice.

En tercer lugar de coherencia en nuestra vida y en nuestros actos. («Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» Mt 7, 15-16)

En cuarto lugar de humildad. Se trata de poner lo que somos al servicio de Dios y de los demás, siendo conscientes de que la responsabilidad es nuestra, pero nuestras fuerzas son insuficientes y necesitamos la ayuda de Dios. («Actúa como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios» San Ignacio de Loyola). Sin sentirnos elegidos, sin vanaglorias, sin orgullos, sin juzgar a nadie, siendo conscientes de que «llevamos un tesoro en vasijas de barro».

Si algo se extrae de la vida pública de Jesús, de la de los primeros cristianos y de la de muchos santos y santas es el PONERSE EN CAMINO.

Me parece bastante contradictorio auto-proclamarnos seguidores de Jesús desde la comodidad del sillón y de la misa dominical, desde el «cumplo y miento». Es curioso cómo nos encendemos y discutimos con ardor sobre la situación de nuestro equipo de fútbol, sobre tal o cual partido político, sobre el último y nauseabundo cotilleo del periodismo amarillo y agachamos la cabeza cuando se trata de hablar de nuestro Padre.

Estos días en España tenemos muy presente la tragedia del tren siniestrado en Santiago de Compostela y la ejemplar actitud de Angrois, el lugar del accidente, cuyos vecinos han pasado a la historia más gloriosa de este país por su actitud solidaria, activa, serena y humilde. Apenas unos cientos de habitantes de un pequeñísimo lugar cercano a la ciudad de Santiago nos han dado a todos una lección de vida: el trabajo silencioso con una humildad arrolladora y el poner todo lo que uno tiene al servicio de los demás. («El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas» Mt 13, 31-35)

Ni más ni menos que eso es lo que deberíamos hacer todos. Y eso responde a las palabras de nuestro Señor: («dadles vosotros de comer» Lc 9,13 «Vosotros sois la luz de este mundo. Una ciudad en lo alto de un cerro no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para ponerla bajo un cajón; antes bien, se la pone en alto para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo, procurad que vuestra luz brille delante de la gente, para que, viendo el bien que vosotros hacéis, todos alaben a vuestro Padre que está en el cielo» Mt 5, 14-16)

El movimiento se demuestra andando y a TODOS nos corresponde construir el Reino de Dios en la Tierra.

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Oración a Dios por los que sufren con nuestro amigo y patrón, el apóstol Santiago

El día de Santiago de este año 2013 ha sido muy triste debido al grave accidente del tren que se dirigía a Ferrol. Todos nos hemos sentido conmovidos por lo que han pasado y están pasando las personas afectadas por esta tragedia.

Un acontecimiento así nos hace pensar en lo verdaderamente importante, en el valor de la vida de cada ser humano.

Hoy quiero elevar una oración de súplica por todos los fallecidos, por los heridos, por sus familiares, por sus amigos y por todos nosotros. Pido a Dios que haya acogido a los difuntos; personas que iban al encuentro de sus seres queridos y que se han encontrado, de golpe, en los brazos de Dios. Pido por los heridos para que puedan recuperarse de sus dolencias y salgan adelante como con una vida nueva; pido por los familiares de los muertos y de los heridos para que se sientan unidos y acompañados. Pido por los amigos que han perdido a sus amigos para que sepan agradecer a Dios la amistad de esas personas que han dejado en ellos una huella de amor. Y pido por todos nosotros para que la compasión, la humanidad y la solidaridad que nos enseñan estas dolorosísimas pérdidas no sean flor de un día.

Reconforta palpar la condolencia y empatía de tanta gente ante las catástrofes. La benevolencia y la amistad son valores necesarios no sólo en los momentos duros, sino para caminar en la vida diaria.

Necesitamos que los que nos rodean y conviven con nosotros nos reconozcan como personas, seres en relación de amor con los otros, frágiles y fuertes a la vez. Nuestra humanidad nos une a todos y nos une también a Cristo, que la ha compartido con nosotros hasta sus últimas consecuencias. Él nos enseñó con su propia entrega que «no hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (cf. Jn 15, 13). En la amistad se multiplican las alegrías y se descargan las penas y dolores. La cercanía y la confianza de los amigos es un regalo maravilloso que se nos ofrece, es un cariño que nos hace experimentar la bondad de la vida.

Hace unos meses coincidí en una excursión para visitar un monasterio cisterciense con una trabajadora gallega que ahora vive en mi ciudad. Pasamos un día estupendo, lleno de paz, compartiendo los alimentos, la charla, la fe. En la conversación nos surgió una constatación de algo que podríamos señalar como característica distintiva del pueblo de Galicia y que estos días he visto reflejado en su reacción ante la desgracia de esos viajeros: me refiero al sentido de la amistad y al valor de la acogida. Espero que nuestra amistad hacia todos los que ahora sufren sea sincera y constante, que ayudemos en la medida de nuestras posibilidades.

Es impresionante leer el texto de la segunda lectura del día de la fiesta de Santiago después de haber vivido este durísimo accidente. “Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que su fuerza superior procede de Dios y no de nosotros. Por todas partes nos aprietan, pero no nos ahogan; estamos apurados, pero no desesperados; somos perseguidos, pero no desamparados; derribados, pero no aniquilados; siempre llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que se manifieste en nuestro cuerpo la vida de Jesús. Continuamente nosotros, los que vivimos, estamos expuestos a la muerte por causa de Jesús, de modo que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así la muerte actúa en nosotros, la vida en vosotros. Pero como poseemos el mismo espíritu de fe conforme está escrito: creí y por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos, convencidos de que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará a nosotros con Jesús y nos llevará con vosotros a su presencia. Todo es por vosotros, de modo que, al multiplicarse la gracia entre muchos, abunde la acción de gracias a gloria de Dios” (2 Cor 4, 7-15)

Impresiona porque nos muestra que la amistad con Cristo y entre nosotros nos puede ayudar a vivir toda situación, por desesperada que ésta sea, con fuerza, consuelo y esperanza. No podemos devolverles la vida a los que ya se han ido de nuestro lado, pero podemos vivir de modo que sus esperanzas y deseos se vean cumplidos y continuados por nosotros.

Que el apóstol Santiago, gran amigo del Señor y nuestro, nos muestre el camino del encuentro y la amistad entre nosotros y con Jesús, para ayudarnos desde el amor, la solidaridad y la humanidad.

Amén.

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Nuevos senderos: cabeza fría, corazón caliente… y Dios

Estoy en un momento de replanteamiento de muchas cosas… Poniendo en entredicho cuestiones que antes eran inamovibles en mi vida y cambiando bastantes esquemas mentales…

Es una época de parar y templar, pero al mismo tiempo de preguntarme si la forma en que he venido haciendo las cosas hasta ahora era la mejor, si soy consecuente conmigo misma…

Nuevos métodos, nuevos comportamientos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, nuevos sentimientos, nuevas experiencias…

Vivo esta etapa con la incertidumbre que provoca transitar por caminos que no estoy acostumbrada a recorrer e, incluso, con el vértigo que da no saber a dónde me llevará el sendero, pero, al mismo tiempo, con curiosidad, interés y confianza… consciente de que afortunadamente las cosas cambian y siempre para bien (aunque a priori no lo parezca)…

No siempre es sencillo salirse de la llamada “zona de confort”: ese terreno que parecemos conocer a la perfección… A veces, el nuevo trayecto se vuelve agreste; en ocasiones nos sentimos perdidos; en otros momentos, hay que desandar los pasos dados, e, incluso, tropezamos o nos hacemos daño…

Ayer, viendo una serie en televisión, a uno de los personajes (que, curiosamente, parecía tener siempre la palabra más adecuada para todo el mundo; que aparentemente gozaba de una vida tranquila y de una serenidad digna de admiración) le preguntaba una chica que padecía el síndrome de Asperger si tenía la vida que quería. Él contestaba que sí y, unos minutos después, en una escena en la que aparecía en un bar tomando una copa con una chica estupenda y besándola, se tornaba pensativo y acababa reconociéndose a sí mismo y a la chica que su vida supuestamente plácida no le llenaba… Una situación que nos sonará mucho, por haberla vivido en nosotros mismos y en los demás…

En los últimos meses, a través de experiencias propias y ajenas, estoy siendo consciente de cómo Dios a veces nos conduce hacia precipicios, hacia callejones sin salida… Nos aparecen encrucijadas y se nos plantean elecciones que no son sencillas (aunque a primera vista lo parezcan): a menudo nos faltan datos, las primeras impresiones no siempre son acertadas, a veces nuestro ego se convierte en el peor consejero…

Parece como si la decisión a la que nos enfrentamos fuera algo de vida o muerte… Y el hecho es que nada es inamovible, que muchas veces lo que parecía negro se torna blanco; donde no parecía haber salida surgen varias opciones; la puerta estrecha abre un camino que, poco a poco, se allana, y lo que ayer era un “no” mañana es un “quizá” y pasado mañana puede ser un “” y al revés…

Pero, a menudo, somos nosotros mismos los que nos cerramos alternativas, por querer que todo suceda en tiempo y forma tal y como lo hemos diseñado y previsto en nuestra mente.

Nos debatimos entre tempestades y mares en calma, entre picos y valles, entre días tormentosos y soleados, dependiendo de cómo nos veamos en cada momento (o, lo que es peor, de cómo nos vean los demás).

Cuando nos encontramos en la cresta de la ola, nos creemos omnipotentes y despreciamos a Dios y a los demás, porque nos sentimos muy auto-suficientes (nos encanta creernos independientes) («Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ‘¿Conque Dios os ha dicho: No comeréis de ningún árbol del huerto?’. Y la mujer respondió a la serpiente: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto ha dicho Dios: ‘No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis’. Y la serpiente dijo a la mujer: ‘Ciertamente no moriréis. Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal’. Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella y él comió. Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al Señor Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto. Y el Señor Dios llamó al hombre, y le dijo: ‘¿Dónde estás?’. Y él respondió: ‘Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí’. Y Dios le dijo: ‘¿Quién te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol del cual te mandé que no comieras?’. Y el hombre respondió: ‘La mujer que tú me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿Qué es esto que has hecho?’. Y la mujer respondió: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: ‘Por cuanto has hecho esto, maldita serás más que todos los animales, y más que todas las bestias del campo; sobre tu vientre andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar’. A la mujer dijo: ‘En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, con dolor darás a luz los hijos; y con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti'». Génesis 3, 1-16).

Cuando llega la tempestad, nos asustamos, perdemos la confianza en nosotros y en Dios y nos hundimos («Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí. Mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario. En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: ‘¡Es un fantasma!’ Y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús les habló: ‘Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo’. Entonces Pedro le respondió: ‘Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas’. ‘Ven’ le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: ‘¡Señor, sálvame!’. Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: ‘Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?’. Y cuando subieron a la barca se calmó el viento». Mt 14, 22-32)

Y todo es mucho más sencillo… («Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?. No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?. Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo» Mt 6, 25-34).

La vida (y nosotr@s) somos una continua alternancia entre risa y llanto, lluvia y sol, cumbres y valles, tesoro y barro… Y Dios siempre está ahí… y sabemos (o deberíamos saber) que nunca nos adentra por caminos para los que no nos capacite…

Debemos tener la cabeza bien fría (para no vanagloriarnos en exceso ni caer en picado) y el corazón incendiado de amor y confianza… Jesús mismo pasó de la aclamación a su entrada en Jerusalem al escarnio, la humillación, el desprecio, la tortura y la muerte en apenas unos días… Y no se vino arriba cuando lo vitoreaban ni se hundió cuando lo escupían o lo pegaban.

Pidamos a nuestro Padre que nos ayude a discernir los senderos, a adentrarnos por nuevos caminos y peregrinar sin prisa pero sin pausa y a confiar en que su cayado nos sostiene…

Aprovechemos estos días de cambio de rutinas para aventurarnos a salir de esas zonas de confort, a replantearnos que hay otras formas de hacer las cosas y a ampliar nuestra tolerancia al error y a la discrepancia… Recordemos que la mejor forma de aprendizaje que tenemos es el ensayo / error. Si los bebés temieran caerse, jamás llegarían a caminar…

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