Fray Víctor Manuel

Dragones y mazmorras, leones y panteras (II D. Adviento)

Los cristianos no sólo debemos hablar de esperanza y fraternidad, también debemos trabajar y actuar para que sean una realidad en nuestro mundo actual

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Quien permanece en Él, debe vivir como vivió Él

Mientras los cristianos en la iglesia hablamos durante el Adviento de esperanza, de los sentimientos cálidos y familiares que nos van embargando a medida que se acerca la Navidad, miramos a la sociedad y vemos cosas bastante diferentes.

La huelga que en estos días pasados ha frustrado el derecho al descanso de cientos de miles de personas, las acusaciones recíprocas de los políticos de todos los bandos, crispación, violencia, pérdidas cuantiosas que en este tiempo de crisis amenazan la supervivencia de familias enteras…

Pero no hace falta que miremos al escenario nacional más llamativo para ver que las palabras de esperanza y los sentimientos navideños se los lleva el viento, si no son más que palabras bonitas y sentimientos agradables…

Muchas familias de nuestro entorno –quizá incluso la nuestra propia- están desunidas, matrimonios rotos, niños convertidos en moneda de cambio entre el padre y la madre cuando no en arma arrojadiza; fracaso escolar, violencia en los colegios donde los niños sacan toda su tristeza y su ansiedad por no ser suficientemente queridos; pobres más pobres que nunca ante el escenario de luces y abundancia con que se adornan y maquillan nuestras calles y escaparates…

A poco que miremos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que no tenemos derecho a hablar de esperanza ni de Navidad si nos vamos a limitar a hablar, y la Palabra de Dios hoy nos lanza ese reto a la cara para recordarnos que la Palabra de Dios encarnada –nuestro Señor Jesucristo- hablaba mucho y bien, pero también obraba en consecuencia.

Las obras de Jesús superaban, si cabe, en poder liberador y reconciliador a esa palabra de vida y esperanza con la que confortaba y sanaba tantas conciencias atormentadas por los males de todo signo que provienen del aburguesamiento y del alejamiento respecto de Dios.

La autoridad y la credibilidad, que Cristo se ganó ante esos paisanos suyos que le tenían como el simple hijo del carpintero, procedían del compromiso por mostrar con las obras el poder y la verdad de sus palabras, palabras que servían también para desentrañar la fuerza del amor con que cada obra del Señor se entregaba a la liberación y la redención de cuantos le hacían un hueco en la agenda de su corazón.

Si Cristo dedicó su existencia toda a la reconciliación de la humanidad con el Padre Dios y a la unidad y la armonía entre los hombres y mujeres que Él hizo que llegáramos a ser hermanos suyos, hijos de Dios en Él, el Hijo eterno, ¿qué habremos de hacer los cristianos a este respecto?

Como la afinidad de las mismas palabras evidencia, las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo, y en esta línea nos quiere comprometer la Palabra de Dios hoy, desde las bellas palabras de Isaías hasta las proféticas e interpelantes palabras del Señor en el evangelio que hemos escuchado.

El profeta Isaías nos pinta una escena mesiánica donde bestias de labor que se distinguen por la mansedumbre –la vaca, el cordero, el ternero, el buey,…- reposan tranquilas al lado de sus naturales depredadores –el león, la pantera, el lobo, el oso…-.

¿Y esto es algo más que poesía antigua? ¿Esto quiere decir algo para nosotros?

Veamos qué hace convivir en paz y armonía a animales tan naturalmente enfrentados y comprenderemos el mensaje: “Un muchacho pequeño los pastorea”.

Ese pequeño muchacho que a todos apacienta es la figura profética del Mesías, de Jesucristo que, con su sola presencia, transforma las relaciones de violencia y competitividad en otras de fraternidad, de convivencia gozosa, de entendimiento o, dicho sea en una sola palabra, en relaciones de comunión.

Si las obras del cristiano han de ser un eco y una prolongación de las obras de Cristo y la reconciliación hasta la comunión son su obra definitiva, nosotros hemos de revisar cómo vivimos y cómo convivimos para tratar de ser pantera o novillo, lobo o cordero, buey o león pero al estilo del Mesías: “No harán daño ni estrago en todo mi monte santo; porque está lleno el país de la ciencia del Señor”.

Cuando se nos pide que allanemos el camino del Señor se nos pide esto, que allanemos –que hagamos más llanas, más sencillas, más francas- las relaciones más rotas y enfrentadas; que limemos las aristas y asperezas de nuestro corazón para que nadie encuentre en nosotros una fiera de colmillos afilados; que hablemos de paz y de fraternidad mientras que nuestras manos las procuran y nuestro corazón las desea más que ninguna otra cosa.

Por si este mensaje que Dios nos dirige hoy no queda suficientemente claro para alguien, San Pablo en la segunda lectura lo hace aun más explícito y patente: “Las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra […]. Que Dios os conceda estar de acuerdo entre vosotros, según Jesucristo […]. Acogeos mutuamente, como Cristo os acogió”.

Ya sabemos lo que Dios quiere de nosotros en este tiempo bendito para poder prepararnos para celebrar y vivir el espíritu de la Navidad. Si no lo hacemos, nuestra navidad será pagana, llena de banquetes y regalos pero vacía de sentido, y quizá nuestras familias y nuestras comunidades sean como el pasaje de Isaías mas sin el pequeño pastor, es decir, quizá nuestra convivencia sea la de un conjunto de fieras amenazantes que luchan por sus propios derechos sacrificando los derechos de los demás para conseguirlos.

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Francisco de Asís y la mujer y madre María Virgen

La Virgen María, mujer y madre

La Virgen María, mujer y madre

Francisco de Asís vivió en una época –el feudalismo dentro del tiempo de la Edad Media- en que Dios era concebido como el Señor feudal por excelencia. Esto imprimía en la vida de piedad de los fieles un fuerte temor de Dios y una consideración de la autoridad de Dios que dejaba poco espacio a la ternura y la misericordia que Dios Padre nos manifestó en Jesucristo.

El pueblo sencillo, triturado por la miseria y las enfermedades, no podía cargar con una fe tan pesada, una fe que liberaba poco y que lastraba aun más una vida de por sí tan dura como lo es siempre la vida de los pobres.

El pueblo y los servidores de este pueblo de Dios que el Señor suscitó elaboraron una nueva espiritualidad, una nueva forma de sentir y vivir la fe desde la devoción a Jesucristo crucificado, manifestación máxima de la máxima cercanía de Dios hacia todos los hombres.

Desde el siglo XI y en el contexto de esta espiritualidad, que acentúa la devoción por la humanidad doliente de Cristo, la figura de la madre, los rasgos maternos y un lenguaje más cercano a las categorías femeninas resultaron más apropiados para traducir los rasgos de bondad y cercanía que de Dios deben reflejar quienes en su nombre predican o ejercen la autoridad.

La devoción a la humanidad amable y amada de Jesús arrastró tras de sí la devoción a María, a la Madre de Dios, resurgiendo así con todo lo femenino el valor de lo maternal. Así resulta que San Francisco es, junto con San Bernardo, el mayor exponente de amor y devoción a María de estos siglos.

San Francisco siempre percibe y menciona a María muy próxima a Jesús, asociada a Él en la misión de intercesión y en la práctica de la pobreza que, para el Pobrecillo de Asís, subrayaba la humildad de esa madre y su solicitud hacia su divino Hijo.

Hablar de María y hablar de la Eucaristía era casi una sola cosa para San Francisco, ya que para él el cristiano lleva a Cristo no sólo en su corazón sino también en su cuerpo. Con esta intuición, con su ejemplo y su exortación constante, Francisco nos trata de hacer pensar en la Madre de Dios como modelo de persona eucarística –como la llamaba Juan Pablo II-, ya que para el Santo la Eucaristía y la relación con Cristo tenían en la Virgen Inmaculada una connotación  particularmente física, maternal, que se plasmaba en la fecundidad de la obediencia a la voluntad de Dios. En todo esto y en lo demás, María es modelo de cristianos.

En este tiempo la mujer era apartada en la sociedad y encerrada en una consideración que hacía de ella poco más que una cosa, un objeto al que rondar, sepultando a la mujer bajo loas y parabienes que la obligaban a enmudecer bajo el cortejo del caballero de turno.

Sin embargo, un hombre de este tiempo medieval, Francisco de Asís, fue educado por Dios en la consideración de la mujer en sí misma, con su opinión y su voluntad, como un igual a quien escuchar y considerar. Francisco no improvisó esta mirada pura y fraterna sobre la mujer, sino que la hubo de modelar a través de la experiencia como hijo natural de Madonna Pica e hijo de María Inmaculada primero, y como compañero de tantas mujeres –Santa Clara, fray Jacoba, etc- que fueron siempre para él hermanas, consejeras y apoyo firme.

A María le tributaba una gratitud sin fin porque ella había hecho nuestro hermano al Hijo del Altísimo, nuestro Señor Jesucristo, como también revestía esa gratitud de sentimientos de compasión y de ternura por todas las penurias que la Madre de Dios hubo de soportar para criar a su Hijo primero y para seguirle después hasta la muerte en la Cruz.

La Virgen María es para San Francisco la embajadora de la mano de la cual nos ha sido dado todo, porque Cristo es ese todo que ella nos entregó por su obediencia y disponibilidad a la voluntad de un Padre Dios que en María nos muestra lo más femenino y maternal de la entraña fecunda y creadora de la Santísima Trinidad.

Sin María no hay Jesús”, decía la beata Madre Teresa de Calcuta y “A Cristo por María”, como dice el sentir popular. Esta es la experiencia de San Francisco de Asís y de ahí su profunda devoción a María Madre de Dios a la que supo siempre recurrir como al apoyo y a la abogada defensora que Dios mismo nos quiso dar para que sintiésemos como el Amor de un Dios que es Padre no deja de tener lo más hermoso y entrañable del amor de la mejor de las madres.

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El debate sobre las células madre y la postura de la Iglesia

Células madre

Células madre

La Conferencia Episcopal, usando el lema ‘Todos fuimos embriones‘, ha emprendido campañas de protesta contra la investigación con células madre embrionarias, autorizada por el Gobierno desde el año pasado. El Gobierno español está ahora estudiando un nuevo proyecto de ley que otorgue a los investigadores más libertad.

¿Se puede experimentar sobre seres humanos (…) cuando ese experimento acarrea la muerte de un ser humano? ¿Se puede eliminar a un ser humano para beneficiar a otro?.

La postura de la Iglesia es clara: “No, porque el embrión no es un proyecto de persona sino un ser humano en etapa prenatal, como un niño es un ser humano en una etapa preadolescencial o un joven lo es en una etapa preadulta”.

Pero, ¿por qué la Iglesia está en contra de este tipo de investigación que tantos avances promete para luchar contra enfermedades como el Alzheimer y otras?

Sencillamente, porque esta campaña a favor de la liberalización de los experimentos con embriones y células madre obtenidas de ellos nada tiene que ver con esa y otras luchas semejantes. Dichas “luchas” sirven de escaparate y reclamo para sensibilizar a la opinión pública, mientras que tienden una cortina de humo para silenciar otro intento de cierta parte del mundo de la ciencia de absolutizar la investigación científica por encima de la dignidad de un ser humano utilizado incluso como cobaya.

La Iglesia está en contra de la investigación con células madre embrionarias por la dignidad del ser humano en todo momento de su vida y desarrollo, también en su etapa como blastocito o como embrión, pues en todo momento una persona tiene una única e individual dignidad genética, espiritual y personal.

En un segundo momento, la Iglesia está en contra de todo el discurso a favor de la experimentacion con las células madre embrionarias porque los mismos resultados, e incluso mejores, se están consiguiendo con células madre adultas.

Una célula madre es una célula escasamente diferenciada, por lo tanto no especializada, que puede producir cualquier de las otras células que constituyen el cuerpo. Esta definición engloba a cualquier célula madre.

Existen cuatro tipos de células madre:

Una célula madre totipotente puede crecer y formar un organismo completo (tanto los componentes embrionarios -el ejemplo son las tres capas embrionarias-, el linaje germinal y los tejidos que darán el saco vitelino, como los extraembrionarios, como por ejemplo la placenta)

La célula madre pluripotente no puede formar un organismo completo, pero puede formar cualquier otro tipo de célula proveniente de los tres linajes embrionarios (endodermo, ectodermo y mesodermo), así como el germinal y el saco vitelino.

Las células madres multipotentes son aquellas que solo pueden dar tipos celulares de su propia capa o linaje embrionario de origen. Las células madres unipotentes pueden formar sólo un tipo de célula particular. Básicamente, en biología se trabaja sobre con dos tipos de células:

– Célula madre embrionaria (pluripotentes)

– Célula madre adulta: En un individuo adulto se conocen hasta ahora alrededor de 20 tipos distintos de células madre, que son las encargadas de regenerar tejidos en continuo desgaste (p.e, piel, sangre…) o dañados (p.e, hígado). Su capacidad es más limitada para generar células especializadas. Pero descubrimientos recientes han comprobado que células hematopoyéticas de médula ósea (encargadas de formación de la sangre), pueden diferenciarse en otro tipo de células (musculares, vasculares y del hígado).

El hecho de que se esté presentando la investigación con células madre embrionarias como única vía para poder desarrollar esta gran esperanza para la humanidad se debe a que desproveer la manipulación de embriones de toda condición ética abriría la puerta a múltiples recursos y modos de explotación mirando a un desmedido interés económico, nada más.

Un estudio publicado en la edición digital de «Nature Biotechnology» apoya esta afirmación, ya que señala la eficacia de células madre del líquido amniótico, como otros experimentos con ratones muestran que estas células pueden dar lugar a una variedad de tejidos, sin desarrollar tumores.  También existe la posibilidad de trabajar con células madre de adulto (u órgano-específicas) las cuales se pueden obtener del cordón umbilical de los recién nacidos, la médula ósea o la piel, entre otros órganos.

Este tipo de investigación no genera controversias éticas y según algunos científicos ofrece mejores beneficios. Otros, sin embargo, creen que las células madre adultas solo pueden formar los tipos contenidos en su tejido de origen, además de ser más escasas y más difíciles de cultivar, por lo que abogan por que se permitan investigaciones tanto con células madre embrionarias como con adultas.

Después de leer estas líneas, cada uno está en condiciones de dar respuesta a las preguntas que nos iluminan la conciencia sobre este problema en el que la Iglesia se está quedando sola defendiendo el valor y la dignidad del ser humano, aunque esta vez con buena parte de la comunidad científica como compañera de camino. Responda cada uno a estas preguntas, que bien pueden ser nuestras preguntas.

– ¿Es un embrión en la etapa de mórula un ser humano o apenas un cúmulo de células?

– ¿Cuándo se convierte en ser humano un embrión (ser humano en sus inicios) o feto? (¡He aquí la misma pregunta que ronda el tema de la legalización del aborto!)

– ¿Se hace bien al crear un embrión (ser humano en sus inicios) humano con el único objetivo de la investigación médica?

– ¿Predomina el derecho a la vida de un embrión (ser humano en sus inicios) al derecho a la salud de un anciano que acaba de sufrir un derrame cerebral o a los de un niño con una enfermedad incurable?

– ¿Es todo ser humano un fin en sí mismo o puede ser usado como medio para algo bueno, sacrificándolo según las circunstancias?

– ¿Debería permitirse la utilización de células madre embrionarias si se pudiesen producir células madre igualmente buenas a partir de la médula ósea o de cualquier otro órgano?

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Sobre el sentido cristiano del matrimonio

Un anciano profesor se encontró frente a un grupo de chicos de no más de 16 años que estaban en contra del matrimonio.

Los muchachos decían que el romanticismo y la pasión eran el sentido del matrimonio. Que es preferible acabar con la relación cuando eso se apaga en lugar de entrar en la triste monotonía de un matrimonio para toda la vida. El profesor les dijo que esa opinión era respetable pero que escucharan la historia de su vida:

“Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi madre bajaba las escaleras para prepararle a mi padre el desayuno y sufrió un infarto. Cayó por las escaleras.

Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y, casi a rastras, la subió a nuestra vieja furgoneta. A toda velocidad condujo hasta el hospital. Cuando llegamos, su esposa, mi madre, ya había muerto. Durante el entierro mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró.

Esa noche sus hijos nos reunimos con él y, en un ambiente de dolor y cariño, hablamos de ella, de su vida y de su muerte, de nosotros y de mi padre, pero sobre todo hablamos de lo que había sido su matrimonio.

Él pidió a mi hermano sacerdote que le dijera dónde estaría mamá en ese momento. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte, del amor de Dios que es la fuente de todo nuestro amor, de cómo ese amor no se acaba nunca y que, mientras nos enseña a amar, nos espera hasta que se nos acaba el tiempo de esta vida.

Mi padre escuchaba con gran atención, como asintiendo. De pronto pidió:

-Llevadme al cementerio.

-Papá -respondimos -¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora.

Alzó la voz y con una mirada vidriosa y la voz firme dijo:

-No discutáis con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años.

No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso y con una linterna llegamos a la tumba de mi madre. Mi padre acarició la lápida con el mismo mimo con el que siempre le habíamos visto acariciar a nuestra madre, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena encogidos de llanto contenido:

-Fueron cincuenta y cinco buenos años… ¿sabéis? Cincuenta y cinco años que, si no hubieran sido más que diez, habrían llenado mi vida igual. Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una persona así.

Hizo una pausa y se limpió la cara arrasada por las lágrimas.

-¡Ella y yo superamos juntos en aquella dura crisis! Ella me sostuvo cuando perdí el empleo. Hicimos el equipaje, vendimos la casa y nos mudamos de ciudad.

Ella fue mi fuerza. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la muerte de seres queridos y siempre nos perdonamos los errores…

Todos asentíamos en silencio porque habíamos sido testigos de primera fila de que su matrimonio había sido realmente así.

-Cuando nos hicimos novios todo nos unía. Parecía que estábamos hechos el uno para el otro, bueno, una cosa nos separaba un poco, al principio.

Ella era religiosa y yo no, y cuando se iba a misa o a esto o a aquello en la iglesia yo no lo entendía y le reprochaba que me dejara por ese “no sé qué” de Dios. Yo era creyente, pero de bautismo, misa y poco más.

-Nunca supimos eso, papá –dije yo-. Parecía que también en la iglesia y en el grupo de oración erais el uno para el otro, que los dos sentíais igual la fe y la necesidad de tener a Dios en vuestras vidas.

Mi padre, bajó la cabeza y calló un instante, con el puño cerrado en la boca, como concentrándose en lo que iba de decir y como si “eso” le resultara doloroso. Tras unos intensos segundos continuó.

-El caso, hijos, es que cuando ella volvía estaba alegre y cariñosa; siempre lo fue, pero era como si en esos momentos, después de dedicarse a lo que yo no entendía, ella me amara más que nunca.

Era tan hermoso… Fue precisamente eso lo que me hizo empezar a acompañarla de vez en cuando.

A través de ella descubrí a Dios, al de verdad y no al que yo creía conocer y que decía que no me interesaba (¡QUÉ DISPARATE! AHORA LO SE).

A través de ella y de su amor descubrí otro amor más grande, el que a ella le servía de fuente para estar siempre a mi lado.

A partir de entonces nos servimos el uno al otro para amar a Dios cada día más. Fue así como nuestro matrimonio se fortaleció y se hizo tan maravilloso como para durar cincuenta y cinco años, siendo cada día mejor.

Mi hermano, el sacerdote, tosió como pidiendo permiso para hablar.

-Pero papá, ahora mamá no está… ¿qué vas a hacer? Debes afrontar tu vida y luchar por no vivir sólo de recuerdos.

Mi padre le dirigió una mirada entre sorprendida y severa.

-¿Y tú que eres sacerdote me dices eso? Tú, que nos has visto vivir, que nos has visto alimentar tu vocación cuando sentiste la llamada de Dios, ¿precisamente tú me preguntas qué voy a hacer ahora?

Ahora ella se ha ido y yo, en medio de mi pena, estoy contento, ¿sabéis por qué?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme. La quiero tanto que no me hubiera gustado que sufriera…

Y yo ahora viviré lo mismo que vivía cuando la tenía a mi lado: viviré de fe y de amor a Dios, como ella me enseñó.

Me dolerá su ausencia, la echaré tanto de menos, lloraré sobre nuestra almohada cada noche pero, en el fondo, la sabré a mi lado, y ella me seguirá preparando para el cielo, sí, así como hicimos el uno con el otro mientras compartimos ese santo matrimonio que me hizo comprender que sólo éramos el uno para el otro para aprender ambos a ser de Dios, para siempre.

Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:

-Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen final para un día tan duro.

Esa noche –prosiguió el anciano profesor- entendí lo que es el verdadero amor de un matrimonio cristiano.

No es el dulce y pasajero romanticismo; no tiene que ver demasiado con la simple pasión y mucho menos con mirarse a los ojos con cariño como si no hubiera más mundo.

El amor cristiano de mis padres, del que mis hermanos y yo habíamos sido testigos y del que éramos fruto, más bien consistía en haber aprendido a mirar los dos en la misma dirección, en la dirección en la que Dios se había hecho para ellos ejemplo y fuente de unidad; camino y caminante que les enseñó los misterios más hermosos sobre la vida y la muerte, sobre el verdadero amor, sobre ese Dios al que -si se le conoce de verdad- no se le puede sino tratar de corresponder aprendiendo a amar como Él ama.

Cuando el anciano maestro terminó de contar la historia de sus padres, los jóvenes que le escuchaban no pudieron rebatirle, no quisieron intentarlo: ese tipo de amor era algo que no conocían pero que, desde ese preciso momento, trataron de conocer y vivir con todas sus fuerzas.

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Benedicto XVI visita España. El Papa otra vez entre nosotros

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Un chiste de círculos crericales cuenta que, en una ocasión, un solemnísimo predicador dijo en su sermón: “El Señor, antes de ascender al cielo, después de su resurrección, dejó a sus tres apóstoles preferidos sus tres tesoros más preciosos. A Pedro… le dejó la Iglesia; a Juan… de dejó su Madre; y a Santiago… ¡a Santiago le dejó España!

Bromas aparte, hemos de reconocer que una cierta predilección hacia nuestro pueblo sí que muestran los sucesores de San Pedro, ya que España es el país que más veces ha recibido la visita de un Romano Pontífice. Bromas aparte, insisto, pero esto ya dice algo de la identidad de nuestra tierra patria: España es tierra de María y tierra también del Papa, tierra de Iglesia.

La visita de Benedicto XVI despertó una grandísima expectación entre propios y extraños. Los católicos, sobre todo los que más encuentran en este calificativo el rasgo más importante de su propia identidad personal, porque es siempre una fuerte experiencia de Iglesia, una alegría enorme y una fiesta poder celebrar juntos la fe común bajo la presidencia del Papa. También esperaban expectantes otros, pero por motivos bien diversos.

Entre los pocos defectos que a día de hoy conocemos de Benedicto XVI está que se le entiende todo, pues el papa Ratzinger no se pierde en palabras en las que la retórica o la estética sean el elemento dominante.

Como buen alemán y como buen y sabio teólogo que es va al grano, llamando “al pan, pan, y al vino, vino”, ya que como máximo pastor en la tierra de la grey de Cristo, sabe que la Verdad es hermana siamesa de la Caridad y, con la suavidad de una voz siempre insuficiente ante el mensaje que sostiene, no deja de recordarnos que Cristo se autodefinió como LA VERDAD Y LA VIDA DE TODOS LOS HOMBRES Y MUJERES DE LA HISTORIA.

Que al defensor de la Fe y de la Moral Católicas se le entienda todo bien y que te visite, hace poder prever algo o mucho de lo que dirá, según sea el país que le acoge.

Cuando el país que le acoge es el primero de la historia de la humanidad en inventar el matrimonio entre personas del mismo sexo y lo aprueba por ley; cuando el país que le acoge es el primero de la historia de la humanidad que certifica por ley que abortar es un derecho de la mujer que ni siquiera se puede poner en tela de juicio en público; cuando el país que le acoge persigue los signos cristianos y se encuentra dividido en insolidaria competición de intereses regionalistas-nacionalistas, es de suponer que el Papa no va a hablar del Tercer secreto de Fátima precisamente.

Los prejuicios y las expectativas son inevitables para todos, pero cerrarse en ideologías que no admiten la réplica o la crítica empobrece y es propio de fundamentalistas, ya sean “laicos” o sean gente de religión.

Esto de los prejuicios y las expectativas ya aconteció en el reciente viaje de Su Santidad a Inglaterra, pero los ingleses reaccionaron y dijeron “esperábamos a un rottweiler y hemos encontrado a un viejo santo”. Con el paso de los días veremos que síntesis somos nosotros capaces de hacer.

Quiénes se cuentan entre los que han calentado la visita del Papa vemos, sin excepción conocida, a grupos que chocan frontalmente por su estilo de vida con la fe y la doctrina que presenta y representa el Papa.

Hay grupos de cristianos, entre los que se encuentran Somos Iglesia,  Església plural o Església Segle XXI, a los que parece que sólo les interesa el coste de los viajes del sucesor de Pedro para poder arremeter contra él.

Nunca han manifestado el menor interés por saber qué representa la visita de Chávez de Venezuela o de Obiang de Guinea, dos joyas de la corona cuya presencia entre nosotros no nos aporta nada, excepto acoger a dictadores de oscuro pasado y imprevisible futuro.

Por cierto, ninguno de los que ahora critican se interesó por el coste que representó para el erario público las vacaciones privadas de la Sra. Obama, con las reformas y gastos de seguridad pública que dicho viaje nos acarreó.

Hay unos costes, sí, relacionados con el ámbito público en la visita del Papa: la sala de prensa, la instalación de pantallas… En el caso de Barcelona, hay una parte conocida que son 600.000 euros, de los que la mitad los cubre la Iglesia de Barcelona, y la otra mitad se reparten entre Diputación, Generalitat y Ayuntamiento.

La Xunta de Galicia ha indicado que el coste de la visita sería de unos 3 millones de euros, de los cuales 1,5 millones corresponden a la retransmisión del evento por televisión.

Vale la pena recordar, para aquellos que dicen que con su dinero no están dispuestos a pagar el viaje del Papa, que si tuviéramos que preguntar a cada ciudadano si está de acuerdo en lo que se gasta el dinero público habría mucho que decir sobre, por ejemplo, los más de 400 mil euros dedicados durante la última campaña electoral por la Generalitat catalana a financiar a unas pocas entidades del feminismo radical y del homosexualismo político (precisamente algunas de las que nutren la protesta por la visita del Papa).

¿Podemos estar de acuerdo la mayoría de los ciudadanos en que esto es una prioridad? Es evidente que no, y esto es un millón de veces más discutible que la visita del Papa que, en definitiva, es el líder religioso y moral más importante del mundo.

Otra crítica a este viaje consistía en que España es un estado laico –aconfesional, dice la Constitución, y no es lo mismo- y que el Papa no tenía derecho a copar un espacio público que pertenece también a los que ni lo esperan ni lo quieren en España.

Y digo yo, ¿no sucede algo semejante con marchas sindicalistas o de otros colectivos? ¿No ocurre algo parecido con eventos como “El Orgullo Gay”, que paraliza ciudades enteras con una colorida manifestación pública a la que tienen derecho, aunque la mayoría de la población no se identifique con sus carrozas ni con sus iconos de identidad?

Todos los colectivos arriba citados tienen derecho de libre reunión y de pública manifestación, pues la Constitución así lo reconoce, pero ese derecho no nos puede ser amputado a los católicos por mucho que nuestra presencia incomode a otras personas y personajes influyentes. No hay derecho a que se nos quiera privar de nuestros derechos por ser católicos, y la ley así lo dice.

Esto fue lo que calentó el viaje, con la pasión y el entusiasmo de cientos de miles de cristianos que, acudieran a Santiago y a Barcelona o no, siguieron la visita del Papa, o con los arrebatos y soflamas de los que no lo querían aquí. Ahora veamos algo de lo que esta visita supuso.

Con su voz suave, casi frágil, y sin apenas errores perceptibles, tampoco en las pocas palabras que pronunció en gallego, Benedicto XVI dejó formuladas en el aire de Santiago de Compostela, en la homilía de la eucaristía que celebró en la tarde del día 6 en la Plaza del Obradoiro, una serie de incómodas preguntas que interpelan directamente a una Europa que margina sus raíces cristianas. “¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la extinción de la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo es posible que se le niegue a Dios (…) el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla?”

Fueron todas ellas preguntas de calado, verdaderas cargas de profundidad para la conciencia de una Europa que, como apuntó el Papa, desde el siglo XIX no ha dejado de gritar y propagar a los cuatro vientos que “Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad”.

Ya en Barcelona, lo que hasta el mediodía del día 7 no eran sino gestos y detalles significativos, se desbordó a las cuatro de la tarde. A esa hora, los gritos y bailes de unos dos mil jóvenes hacían temblar toda la Plaza Catalunya, en el inicio de las Ramblas, ante el asombro de quienes paseaban ajenos a lo que allí sucedía. La normalidad expectante había dado paso al entusiasmo desbordado, a una “manifestación” sin una institución convocante.

Coordinados a través de la iniciativa que un grupo de jóvenes de la capital catalana impulsó hace un mes en una conocida red social, han conseguido sobradamente el objetivo de demostrar que Barcelona sí espera al Papa.

Ataviados con banderas del Vaticano, camisetas y alguna pancarta, estuvieron durante media hora botando al ritmo de conocidos temas musicales, salidos de una potente megafonía. Los cánticos propios remitieron a ya clásicos, como “ésta es la juventud del Papa” o “viva el Papa, oé, oé”.

Son jóvenes, católicos sin complejos y unidos únicamente a través de su vinculación a parroquias. Sin una organización detrás, suman muchos más que los que hace dos días se manifestaron en la Plaza de Sant Jaume para decirle al Papa que no le esperaban. Los jóvenes del Papa le ofrecen toda su fuerza, ilusión, cariño y fe, aunque no sean noticia.

Que los españoles “avancen por los caminos de la paz, la concordia y la solidaridad, en consonancia con su rico patrimonio de valores humanos y cristianos. Es el deseo de Benedicto XVI, expresado de este modo en un telegrama enviado al Rey don Juan Carlos después de dejar España en la noche del domingo 7 de noviembre.

En dicha nota, el Papa ha reiterado su profundo agradecimiento por la calurosa acogida que me han dispensado, en “un viaje que deseaba realizar desde hace tiempo y que repetirá en menos de un año, el próximo mes de agosto, con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid.

En este 18º viaje de su Pontificado y segundo a nuestro país, los días 6 y 7 de noviembre, Benedicto XVI ha venido como peregrino en el Año Santo Compostelano, arrodillado a los pies del Apóstol que ya nos unió antaño para afrontar otras invasiones, para confirmar nuestra fe y avivar nuestra esperanza. Así lo dijo en su visita a la Catedral de Santiago de Compostela, en la nublada mañana del sábado 6 de noviembre.

Con todo, fueron las palabras que pronunció durante el vuelo que le llevaba a Santiago las que coparon los titulares de la prensa del día siguiente, con no pocas críticas, y las que ha guiado en cierto modo sus dos jornadas en España.

España ha sido siempre, por una parte, un país originario de la fe –dijo durante el habitual encuentro con los informadores de su vuelo–. Pero también es verdad que “en España han una laicidad, un anticlericalismo, un secularismo fuerte y agresivo, como pudimos ver precisamente en los años treinta. Esta disputa, más aún, este enfrentamiento entre fe y modernidad, ambos muy vivaces, ha vuelto a reproducirse de nuevo en la España actual.

Y seguidamente el Papa añadió que el futuro de la fe y del encuentro –no del enfrentamiento, sino del encuentro– entre fe y laicidad, tienen un foco central también en la cultura española”.

Como colofón de la visita del Papa, el Presidente del Gobierno Español, José Luis Rodríguez Zapatero llegó oportunamente a la ceremonia de despedida que tuvo lugar en el aeropuerto de El Prat.

Durante unos diez minutos, Presidente y Pontífice mantuvieron un encuentro “breve y cordial”. Benedicto XVI ha agradecido a Rodríguez Zapatero el “gran esfuerzo” que ha hecho el Gobierno central para que la visita en Santiago de Compostela y Barcelona transcurriese sin sobresaltos.

Por su parte, Rodríguez Zapatero ha manifestado al Papa la disposición del Gobierno central a colaborar en la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid en agosto de 2011.

Finalizamos estas páginas sobre esta breve pero importantísima visita de Su Santidad el Papa Benedicto a nuestro país con una breve reseña de la idea central de cada una de las alocuciones que dirigió a los fieles y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que le quisieron y quieren hoy escuchar.

El Papa, en la Misa del Obradoiro: Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo”.

Llegada a Compostela: He peregrinado a Santiago para confirmar vuestra fe y avivar la esperanza”.

El Papa en el Nen Dèu: No al progreso sin dignidad humana”.

En la Misa de la Sagrada Familia, Benedicto XVI pidió apoyo legislativo para la familia y la natalidad.

Nada más por ahora, nada más que desear que todos reavivemos nuestra fe y nuestra alegría por ser cristianos con el testimonio de este viejo santo que es el sucesor de San Pedro llamado Benedicto XVI.

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