Escuelillas de Oración, por Vicente

Gratis lo habéis recibido

Introducción. La cuaresma es un tiempo de renovación para todos nosotros de forma personal, individual, pero también, de forma comunitaria, para el bien de toda la Iglesia. Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes. Por eso, la invitación a la conversión no la podemos recibir como una exigencia, como un chantaje, como un ultimátum. O convertís vuestro corazón o el castigo sobre vuestras vidas, la desgracia y el sufrimiento serán inminentes. Así se ha presentado muchas veces la cuaresma y así la hemos ido asimilando: como un tiempo de merecernos la salvación, de esforzarnos para ser mínimamente dignos de alcanzar el favor de Dios. Y ¡que alejada de la realidad es esa imagen de Dios!. Nosotros nunca conseguimos por nuestros logros lo que Dios nos quiere regalar por puro amor, por pura gracia. Todos los intentos humanos de llegar al cielo, desde la Torre de Babel, hasta el mito de Fausto, o el de Prometeo, nos recuerdan la imposibilidad de llegar al cielo a robarle a Dios su divinidad. Todo lo contrario, es su voluntad el regalarnos todo su amor desde una total gratuidad.
«Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dad gratis». Mt 10,8.
La conversión la tenemos que entender como una invitación hecha desde el cariño y desde la ilusión a que nuestras vidas dejen las mediocridades, las esclavitudes y los miedos que tanta vida nos quitan y a que podamos desplegar las alas, la identidad que desde siempre Dios nos ha dado. Por eso, la invitación a vivir atentos a los demás, a sus necesidades, a sus carencias y a poder ser respuesta en la medida de nuestras posibilidades, es uno de los pasos claves que se nos propone dar.
Estamos demasiado pendientes de nosotros mismos. Prestamos demasiada atención a cómo nos sentimos, a cómo nos ven los demás, a lo dichosa y feliz que es nuestra existencia o a las innumerables carencias que arrastramos: las injusticias sufridas o lo victimas que somos del sistema. La indiferencia sobre lo que viven los demás nos van alejando de las realidades dolorosas que viven muchos de nuestros hermanos. Como no me afectan, esos problemas no existen. El egoísmo nos anula nuestra capacidad de encontrarnos con los demás, rehuimos toda posibilidad de complicarnos la existencia. Se vuelven invisibles los que padecen y sufren. Se convierten en losas pesadas que nos impiden vivir en abundancia. Ojalá que este tiempo nos impulse a cambiar, a renovar, a redescubrir el gran regalo que supone la fraternidad. El encuentro amable con los otros.

Lo que Dios nos dice. Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de los hombres.
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios». Jn 3,13-17.
Creer o no creer, acoger a Jesús en nuestras vidas o vivir alejados de Él. Detener nuestras vidas frente a quien nos necesita o pasar de largo. Vivir indiferente a los problemas que me rodean o prestar mi atención y mi disponibilidad. Son dos posturas frente a la vida. Y dan como resultados vidas muy diferentes: las que participan de la alegría y la fraternidad, o las que resguardadas de todo peligro se mustian en medio del egoísmo y la soledad.
«En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar a vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella? Él respondió: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás vida. Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Respondió Jesús diciendo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva. ¿Cuál de los tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? Él dijo: El que practicó la misericordia con él. Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo». Lc 10,25-37.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos muy arraigado en nuestra mente que si damos algo lo perdemos. Si doy mi tiempo, mi atención, mi amor, luego posiblemente nadie me lo devuelva. Por eso nos volvemos celosos guardianes de lo nuestro. Pero Jesús nos invita a probar algo muy novedoso. Lo que doy, no se pierde, se multiplica. El ciento por uno. Mi tiempo entregado, mi dinero compartido, mis sonrisas derramadas, mis conocimientos enseñando al que no sabe… Todo lo que se da desde el amor, vuelve a nosotros convertido en gratitud. De las personas a las que amamos. Pero sobre todo de nuestro Padre Dios que se alegra y agradece nuestras vidas entregadas.

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No te encierres a tu propia carne

Introducción. Normalmente no suelo ver los vídeos de las bodas que celebro. No porque no quiera, sino porque los novios se suelen olvidar con facilidad de ese día y el futuro apasionante que les depara su nueva vida los sumerge en la voracidad del estrenar casa, de amueblarla, de vivir de una manera conjunta su existencia.
Pero siempre hay honrosas excepciones. Una pareja me invitó a su nueva casa y recordamos juntos el caluroso día de su boda, las personas que les acompañamos y las palabras de la homilía personalizada, dedicada a ellos. Y la verdad es que fue una experiencia bonita. Para mí, escucharme predicar no es un motivo de orgullo, es reconocer con total sinceridad cómo Dios utiliza nuestras frágiles humanidades para realizar su obra salvadora.
«El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio». 1ª Cor 9,16-18.
Y al empezar la cuaresma creo que es un espíritu que podíamos pedir como fruto de este tiempo de conversión, el reconocer lo que de Dios hay en nuestras vidas. Para salir del engreimiento y recorrer nuestra vida con la humildad que nos salva: la pobreza que nos hace dichosos y bienaventurados.
Toda nuestra vida, según vamos creciendo y madurando, la vamos construyendo en la línea de acumular, de acaparar, de pertrecharnos con todo lo que nos pueda ser útil. Pensamos que ser amados es un mérito que tenemos que conseguir, que nos tenemos que ganar y merecer. Y nos pasamos la vida acumulando méritos para que alguien nos considere amables. Vamos llenando nuestro cabeza de conocimientos: títulos universitarios que tan valorados están, cursos, carreras, máster, idiomas, habilidades. Reconocemos la gran diferencia que hay entre un sabio y un arrogante acaparador de conocimientos. La sabiduría sirve para vivir y para amar. El conocimiento intelectual que lleva a la arrogancia sirve para mostrarnos lo cretinos que podemos llegar a ser.
Vamos acaparando fuerza física, musculación, belleza, simpatía, gusto por la estética, aprendemos a vestirnos, a saber estar, a agradar. Pero a veces pagamos un precio muy alto al dedicarnos más a cómo aparecemos que a cómo nos sentimos de verdad por dentro y acabamos siendo unos desconocidos. Mientras tenga que conquistar el derecho a ser amado, mi vida será un permanente casting, una permanente oposición. Hay otra forma de sentirme valioso y es reconocer el valor que tengo por lo que soy, no sólo por lo que hago. Mi valor me lo da otro.

Lo que Dios nos dice. «Les contestó Jesús: ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo». Jn 16,31-33.
Dios no nos pide, ni nos ofrece, nada que no nos haya dado antes. No llama a los capaces, sino que capacita a los que llama. Y nos regala la experiencia de no sentirnos nunca solos, ni abandonados, porque Dios nos acompaña y nos cuida durante toda nuestra vida.
“Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero». 1ª Jn 4,16-19.
La cuaresma es la oportunidad que la vida nos presenta para limpiar nuestra mirada y reconocer que no somos protagonistas de nada por nuestra propia iniciativa o por acumular méritos, sino que somos invitados por pura misericordia a participar de este maravilloso regalo que es la vida. Somos colaboradores, llamados por puro amor, a colaborar con él en la obra de la reconciliación.
«Ya no te llamarán ‘Abandona’, ni a tu tierra ‘Devastada’, a ti te llamarán ‘Mi predilecta’ y a tu tierra ‘Desposada’, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Is 62, 4-5.

Cómo podemos vivirlo. De nuevo se nos ofrece el gran regalo de mirar nuestras vidas con la mirada compasiva de nuestro Dios que no viene ni a juzgar, ni a condenar, sino a sanar, a curar, a devolver el brillo y la dignidad de las que nuestras vidas son portadoras. Es restaurar lo más puro y auténtico que todos llevamos dentro y que muchas veces, como en un edificio en ruinas, queda sepultado por el peso de nuestros errores. Feliz cuaresma, feliz renovación.

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Obsesionados por la seguridad

Introducción. Una amiga mía me contaba el mal rato que pasó en el aeropuerto, cuando dispuesta a facturar su equipaje para volar a su lugar de trabajo se vio como el blanco de todas las miradas, como si fuese una sospechosa. Tuvo que vaciar el contenido de su maleta, descalzarse, extender los brazos, ser cacheada y en broma me decía: «es como si esperasen encontrar dos kilos de cocaína o una bomba». Y la verdad es que todos nos estamos volviendo sospechosos para todo el mundo. Los niveles de paranoia, de obsesión por la seguridad, el buscar resguardar nuestra comodidad, nuestro bienestar, nuestros privilegios nos hace vivir en el permanente temor. Como ese Rey Herodes que entra en pánico cuando los Reyes de Oriente le preguntan por el nuevo rey que va a nacer. De repente, toda su seguridad, todo su poder, toda su vida de logros, lujos y placeres se ve amenazada por una pregunta, por un rumor.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron en Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta… Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías». Mt 2, 3-17.
Todos somos sospechosos en un aeropuerto, en un centro comercial, parece que todo el mundo roba, todo el mundo engaña, todo el mundo miente. Y esas generalizaciones van minando la alegría de vivir, la alegría de sentirnos hermanos. Las miradas favorecen los encuentros entre las personas o los dificultan y los alejan. ¡Qué desagradable es no poder acercarte con espontaneidad a jugar con un niño por miedo a que alguien piense que eres un pederasta! ¡O no poder hablar, reír, expresar cariño a una mujer o a un hombre por miedo a que se mal interprete! Al final, si somos esclavos del miedo al juicio de los demás, a sus críticas y a sus opiniones, nos encerraremos en casa y nos volveremos asociales, para que nadie nos juzgue. Y esa es la reacción menos humana y menos divina.

Lo que Dios nos dice. «Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,15-17.
Es cierto que a esta situación de conspiranofobia hemos llegado a base de malas experiencias. Tanta muerte, tanto dolor, tanto terror van endureciendo nuestra capacidad de confiar. Se daña y se destruye lo más sagrado que tenemos las personas que es nuestra capacidad de confiar y de amar, entregándonos del todo al otro. Si se nos extingue la posibilidad de confiar, de creer, de abandonarnos en los brazos de alguien, dejamos de ser humanos y nos volvemos potentes escáner que filtran y analizan la realidad detectando virus, amenazas y posibles peligros. Todo serían advertencias, cuidados, warnings, alarmas y alertas.
Estoy un poco hasta el gorro de que la forma de gobernar un país sea poniendo leyes, normas, multas y castigos por todo. Estamos en las cotas más altas de intervencionismo por parte del estado. Todo regulado, todo estipulado, todo bajo control, menos el corazón de las personas que se escapa a toda lógica y a toda racionalidad.
Es también injusto que la realidad tan llena de buenas personas, de gentes generosas, de buenos profesionales, la manchemos por la evidencia de unos cuantos. «Pagan justos por pecadores», «no hay que generalizar», «una manzana podrida contamina todo el cesto de fruta», «yo no soy racista, soy ordenado». ¡Cuánta hipocresía que lo que busca es envolver y justificar nuestros miedos a perder los privilegios! El miedo a perder es lo que nos bloquea, cuando lo más real es que no tenemos nada.
«A ver, ¿quién te hace importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos, como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy». 1ª Cor 4, 7-13.

Cómo podemos vivirlo. Necesitamos volver a sentirnos peregrinos, en camino, sin echar demasiadas raíces en nada de lo que hacemos. No porque no las consideremos valiosas, todo lo contrario. Si amas algo, déjalo libre. Si permanece a tu lado es tuyo. Si no, es que nunca lo fue. Soltar, dejar de preocuparse por todo, por todos… La vida, el mundo, las personas y Dios llevan siglos ocupándose de todo. Nosotros la hemos recibido en un momento dado, y nos toca dejarla un poco mejor de lo que la hemos encontrado. Pero somos muy pequeños como para cargar con todo el peso de la marcha del mundo.

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Creer en los avisos

Introducción. ¡Tengo una médico de cabecera que es un sol! Como no iba al médico desde el año 2008, me cito por sorpresa el viernes pasado para hacerme unos análisis. Y la verdad es que todo lo que me dijeron, los consejos, las advertencias, dichas por un profesional cualificado, tienen un peso y una repercusión mucho más grande que esas mismas palabras dichas por un amigo o un familiar, en un ambiente coloquial y espontáneo. Que estoy gordo, que tengo que cuidar la alimentación, que tengo que hacer ejercicio, dejar de fumar, beber menos… todo eso me lo han dicho muchas personas. Y a todas les he dicho que sí, que tienen razón, que lo iba a intentar, a tener en cuenta. Pero de alguna manera no me tomo las advertencias demasiado en serio. Es como lo de “predícame cura, predícame fraile, por un oído me entra y por otro me sale”.
Ser conscientes de que nuestra vida tiene que cambiar, que mejorar, que crecer y transformarse es algo que deseamos y que tenemos claro. Por nosotros mismos, los primeros, pero también por las personas que nos rodean, que muchas veces son las que se llevan lo peor de nosotros, nuestros malos humores y nuestros malos olores. Conseguir las fuerzas y la motivación para ponernos en marcha y dar pasos firmes para lograr crecer, eso nos cuesta más. Vivo muchas veces sumergido en la inercia, dejar mi vida confiada en medio de las circunstancias que vivo, como sin capacidad de reacción o de decisión. Y esa pasividad me convierte en cómplice de mi mediocridad.
«Desear el bien está a nuestro alcance. Realizarlo no». Rom 7, 18.
Nos pasa mucho cuando empezamos el año que nos llenamos la agenda de buenas intenciones, de propósitos para el nuevo año. Pero suele pasar que, igual que nos hacemos los propósitos, los olvidamos con facilidad.
Yo no sé si es la bata blanca, el ambiente aséptico o la objetividad de la analítica. Pero cuando es el médico quien nos dice las cosas las tomamos mucho más en serio. Aparece el ambiente de seriedad, de atención especial, de dejar de tomarnos la vida como un juego y que aparezca en el horizonte la gravedad del tema que estamos tratando.
Ojalá que la misma autoridad que reconozco en el médico, que hace que me tome en serio las palabras que me dice, fuera la confianza que deposito en Dios y en sus palabras. Que lo que Jesús diariamente le dice a mi vida lo llevara a la práctica y lo tomara en serio como primordial dentro de la jerarquía de prioridades de mi vida.

Lo que Dios nos dice. «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se derrumbó. Y su ruina fue grande». Mt 7,24-27.
Practicar, poner los medios, decidir, actuar, son todos verbos que significan acción. Vivimos demasiadas veces inmersos en la mente, en el pensamiento, en la meditación y en la reflexión, imaginando cómo sucederán las cosas cuando, enfrente de nuestras narices, la realidad se nos escapa entre los dedos de forma irreversible.
Por eso la invitación que nos hace la fe es a decidirnos a actuar, cuando estamos firmemente convencidos, eligiendo los caminos, las formas y los pasos que queremos recorrer.
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob». Dt 30, 15-20.
Si nadie nos avisase de los peligros de la tensión alta, de la obesidad, de los triglicéridos altos o del colesterol, tendríamos la excusa de la ignorancia. Pero, si sabemos las consecuencias nocivas para nuestra salud y no cambiamos nuestros hábitos de vida, los responsables de lo que nos ocurre somos nosotros. Lo mismo pasa con nuestra vida interior, que no es física ni biológica, esa que llamamos espiritual, afectiva o de las emociones.

Cómo podemos vivirlo. Somos responsables de afrontar la vida con alegría, con ilusión o vivir arrastrando los pies, cansados, fatigados, desmotivados. Depende en gran medida de nosotros y de nuestra forma de vivir la vida, lo que los demás se llevan de nosotros. Nuestra creatividad o nuestra apatía. La riqueza de nuestros diálogos o los silencios faltos de vida. Los proyectos que nos apasionan o ver que el tiempo se escapa haciendo todos los días lo mismo, metidos en la rueda de la rutina sin tener capacidad de escapar. Ayudémonos a elegir la vida, los caminos que nos lleven a la alegría y a la gratitud.

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Estresados o apasionados

Introducción. Estrenar vida tiene que ver con parar, tomar conciencia de a dónde nos van llevando nuestros pasos y querer darles la dirección que deseamos. Siempre hay circunstancias que nos afectan y nos influyen, pero no nos pueden determinar. Metidos en ambientes hostiles, podemos transformarlos en ocasiones para crecer y para aprender a amar. Se puede amar la luz y las tinieblas. Pero solos no podemos hacerlo, no tenemos ni los recursos, ni las fuerzas, ni la mirada nueva que nos permite ver en medio de lo que vivimos las puertas que se abren a la esperanza y al reino. Todos los finales de año intento hacer un balance. Y, por mucho que intento descubrir los resultados, al final lo que descubro es que lo importante no es lo que yo percibo. Mi subjetividad me juega muy malas pasadas. A veces los sentimientos llenan de una determinada sensación la percepción de la realidad. Paso de ver que todo va bien a que todo es un desastre en muy poco tiempo de diferencia. Si me guío por lo visible, podría estar contento: la parroquia camina a buen ritmo, actividades, gente, proyectos, agradecimientos externos. Pero el valor de nuestras vidas va mucho más allá de lo que producimos o de lo que hacemos. La actividad externa nos oculta lo verdaderamente importante que es el ser. No valgo por lo que hago. Valgo por lo que soy. Por eso, la tentación a la hora de evaluar mi vida descansa más en lo que soy cuando me pongo delante de Dios, en lo secreto, que en lo que los demás juzgan de mí, lo que ven o lo que reciben de mí.

Lo que Dios nos dice. «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece». 1ª Cor 4, 1-5.
No juzgar antes de tiempo. Eso es algo que debemos aprender a vivir. Nos suele pasar que tenemos la mirada llena de prejuicios, de criterios, de claves para interpretar la vida que muchas veces son totalmente erróneos. Con mucha celeridad definimos lo que es bueno y lo que no lo es. Esto está bien, esto está mal. Esta es una buena persona, esta no lo es. Y casi inmediatamente le colocamos el cartel de apto o no apto a todo lo que se presenta delante de nuestros ojos. Y hay que ser pacientes, porque a la larga todo se puede convertir en ocasión para agradecer, si lo vivimos acompañados por Dios.
«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Mt 6,5-6.
Otra buena sugerencia que nos hace Jesús: vivir buscando los espacios de soledad y de silencio. Buscar la recompensa de la gente, el querer agradar y recibir consuelo de los demás es muy humano y, al mismo tiempo, muy esclavo. Vivir pendientes de las aprobaciones que vienen de fuera nos hace dejar de ser libres y espontáneos. Tanto nos medimos, buscando lo correcto, lo que se espera de nosotros, guardando difíciles equilibrios, que al final dejamos de ser nosotros.
«Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud». Gal 5,1.
La libertad no es hacer lo que me dé la gana, pasando de los demás. Eso es egoísmo y centramiento en nosotros mismos. Pero sí que es cierto que a veces nos anulamos y nos reprimimos por los demás y ellos no se dan ni cuenta. ¡Cuántas horas esperando a personas que al final no vienen! ¡Cuántos planes a los que renuncio para optar por otros que priorizo y que, a última hora, se anulan! Y se nos van quedando el corazón frío, la confianza dañada, la ilusión apagada. Por eso es tiempo de volver a decidir por dónde han de caminar nuestros pasos. Por el centramiento en uno mismo, por el repliegue, por la hibernación o por la alegría de ponerlo todo en cada momento. Volver a creer que vale la pena ilusionarse, sonreír, ser generoso, estar disponible. Y, si las cosas no salen, creer profundamente que nunca el tiempo es perdido. Todo lo que hacemos con sinceridad y con amor, aunque no se vea, ni aparezca es amor y gratuidad puestos al servicio de quien las necesite.
«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría». 1ª Cor 13,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Lo que nos tiene que ocupar mirando el año que acabamos de empezar es cómo queremos vivir cada uno de los días que se nos ofrecen como regalo. Una agenda repleta de algo que no nos gusta se llama estrés. Una agenda repleta de algo que hacemos llenos de amor, se llama pasión. Nosotros decidimos qué y cómo queremos vivir: en el estrés o en la pasión.

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