Preocupados por ser, no tanto por parecer

p1016850Introducción. Me acabo de leer hace poco un libro que se llama, “Blanco bueno busca negro pobre”, de Gustau Nerín, en el que se hace una crítica a la cooperación y las ONG, y me descubre todo un mundo en el que no había reparado. Habla de “buenismo” como ese afán por sentirme útil, eficaz, resolutivo, solidario, pero más motivado por mi propia necesidad, que por la real necesidad del otro. Y me ha ayudado mucho a preguntarme por mi propia respuesta, por mis días llenos de horarios frenéticos, de urgencias, de agendas repletas. De un sentimiento de ser imprescindible para el buen funcionamiento de las cosas, que además de insano, me parece tremendamente erróneo. Y escucho en lo profundo de mi corazón lo mismo que le dijo Jesús a Marta: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la mejor parte, y no le será quitada”. Lc 10,41-42.
Jesús sale al paso de nuestras vidas dirigidas muchas veces por buenas intenciones y grandes deseos, pero totalmente alejadas de lo que significa acercarse, acoger, conocer, comprometerse, implicarse, llegar a sentir con el otro desde el profundo sentimientos de sentirnos hermanos. Como en el caso de Marta lo podemos reconocer por los frutos que nos deja todo lo que vivimos. O vivo de disfrutar de lo que hago o vivo preocupado, taciturno, con el ceño fruncido y el corazón encogido.
Nos muestra el libro cómo en muchas ocasiones las motivaciones con las que se viaja a los países pobres, se recauda, se hacen los proyectos y se diseñan, están profundamente centradas en el propio protagonismo de la institución, del voluntario, del cooperante, en la necesidad que sentimos buenos, solidarios, comprometidos, más que en el conocimiento sincero y en el amor gratuito que nace de la verdadera amistad. Jesús nos invita a tener una mirada nueva, en la que yo no soy el que salva, ni el que ayuda, sino el que convivo, el que comparto, el que ofrezco lo que tengo y lo que soy. No me sitúo por encima de nadie, ni por debajo, sino al lado, con la cercanía que da la sinceridad del amor. Como hace Jesús con los discípulos de Emaús con los que se pone a conversar, a caminar, a su ritmo, por sus caminos.
¡Qué profundamente sutil es la diferencia entre el amor sincero o la utilización de las desgracias de los demás, para construir mi propia imagen de persona buena, justa y solidaria! ¡Cuántas veces convertimos nuestro amor en un show! Retransmisión en directo, con la máxima difusión, de lo bueno generoso, y sensible que soy. Eso no lo hace Jesús, en sus apariciones a los discípulos. Todo ocurre en el marco de la cotidianeidad y de la sencillez.

Lo que Dios nos dice. “Lo he dicho y lo repito: Si alguien os anuncia un evangelio diferente del que recibisteis, ¡Sea anatema! Cuando digo esto, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?, ¿O trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo”. Gal 1, 9-12.
“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ella; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no vayas tocando la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda o que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu padre, que ve en lo secreto, te recompensará”. Mt 6,1-4.
Hay mucha insistencia en la Palabra en cuidar la motivación profunda de nuestro corazón. Y la diferencia entre amar, y utilizar a las personas es muy clara. No es lo mismo servir que ser servido. No es lo mismo escuchar atentamente, que agotar a los demás con la incontinencia verbal. No es lo mismo imponer los propios criterios que crear ambientes donde todo el mundo pueda escuchar y expresar lo que siente. No sólo el que espontáneamente es extrovertido, sino todos. No es lo mismo hacernos el centro de atención, que ocupar con mucha paz un lugar en la periferia. Por eso le dice Jesús a la madre de los Zebedeos que no sabe lo que pide.
“Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: ¿Qué deseas? Ella contestó: Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda. Pero Jesús replicó: No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Contestaron. Podemos. Él les dijo: Mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre. Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra los dos hermanos. Y llamándolos, Jesús les dijo: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”. Mt 20, 20-28.

Como podemos vivirlo. La humildad es otro signo de la resurrección. Cuando uno se esfuerza por aparentar es síntoma de que aún no ha descubierto la identidad nueva que Dios nos regala con la Pascua: ser hijos, herederos, de la misma vida eterna de Dios. Frente a tal dignidad ya no hay temor o miedo. No tenemos nada que perder, porque somos regalados en todo.

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