Audio-homilía: V Domingo de Pascua 2015. Día de la Madre

Hoy celebramos el Día de la Madre con un fragmento del evangelio extraído del capítulo 15 de Juan.

La palabra clave de este capítulo es “permanecer”.

Ese el estado habitual de un bebé durante los 9 meses que está en el vientre de la madre. Está sumergido, rodeado completamente de amor, y con una única misión: alimentarse a través de ese cordón umbilical del que le viene la vida y formarse. Sólo tiene que permanecer. Y, después del nacimiento, nos cambia el chip y pasamos de ser sujetos pacientes del amor gratuito de Dios a sentirnos autónomos y un tanto arrogantes.

Imaginemos que el bebé en el vientre materno decidiera cortarse el cordón umbilical porque le limita los movimientos y quiere decidir sobre su cuerpo.

Jesús nos habla en este evangelio de eso. ¿Cuál es el pecado principal de toda la humanidad? La soberbia, la arrogancia, el decir a la madre y a Dios “no te necesito, quiero ser autónomo, mi cuerpo es mío, yo decido”. Y, Dios, como las madres, con ese amor que es pura paciencia, se ríe, sufre, pero sigue amando.

Lo más parecido al amor Dios es el amor de madre: refleja la incapacidad de cerrar el corazón al hijo, haga lo que haga. No poder dejar de quererle. Y, si eso es posible en una madre, cómo no será el amor de Dios.

Cuando Jesús nos dice que permanecer en su amor es la única forma de dar fruto, es totalmente cierto. Permanecer en su amor supone fe y confianza, reconocer de dónde nos viene la vida. Nosotros somos recipiente, fuente en la que brota la vida de Dios. Somos porque Dios nos regala el ser. De un plumazo nos reconocemos humildes. Somos muy frágiles y sin el Señor no hacemos nada. Separados del Señor no podemos hacer nada bueno, porque nos sale el egoísmo y la competitividad.

Dar fruto en nuestro mundo es que, unidos a Dios, demos los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, bondad, benignidad, dominio de uno mismo. Es lo divino de Dios saliendo a través de sus hijos en el mundo. Esa es nuestra misión: embellecer, consolar, comprender, alegrar, enseñar. Se nota cuando vivimos al ritmo del Espíritu porque es imparable la cantidad de vida que somos capaces de dar.

La imagen del bebé es muy bonita. Imaginemos que alguien le explicara a un bebé a punto de nacer lo que le va a suceder cuando venga al mundo. Probablemente que le contáramos todas las maravillas que le esperan en esta vida le agobiaría, por puro desconocimiento.

Ojalá que nuestra vida no se apoye en nuestras seguridades, sino que podamos fluir como los bebés, como el mundo camina, sintiendo que es Dios quien nos sostiene y nos pide que demos mucho fruto.

Evangelio según San Juan

Jesús dijo a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía.
Vosotros ya estáis limpios por la palabra que yo os anuncié. Permaneced en mí, como yo permanezco en vosotros. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada podéis hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo obtendréis. La gloria de mi Padre consiste en que deis fruto abundante, y así seáis mis discípulos.»

Comparte este post

    Etiquetas: , , , ,

    votar