Audio-homilía IV semana Pascua 2015: El buen pastor da la vida por las ovejas

Este evangelio sólo se entiende si nos sentimos ovejas.

Sentirse oveja es reconocer que en esta vida no somos plenamente autónomos: no podemos decidir todo, ni somos libres del todo… es reconocer que desde el nacimiento nuestra vida es llevada y guiada por pastores. Sentimiento de oveja es igual a humildad: no somos alfareros de nuestro propio barro. Gran parte de lo que somos depende de lo que hemos vivido desde la infancia y de nuestra interacción con los demás.

El buen pastor es el que se toma en serio el proceso de crecimiento de una vida: padres, abuelos, tíos, profesores, amigos… Todos somos al mismo tiempo oveja y pastor, discípulo y maestro.

Pero el núcleo de este evangelio es ¿qué pasa cuándo viene el lobo?. Porque está claro que el lobo existe y nos pega zarpazos: el lobo de la guerra, el de la enfermedad, el de lo que nos defrauda la humanidad, el del terremoto de Nepal…

Cuando viene el lobo, ¡qué fácil es huir y dejar el compromiso! Eso en este evangelio se define como “amor de asalariado”.

Los sociólogos llaman a nuestra sociedad la del pensamiento “tecno-líquido”: somos dependientes de la tecnología y nuestra estructura de pensamiento es líquida (se adapta a la forma que tiene): según con quien estoy, me transformo. Y, por eso, a las personas que son sólidas en sus planteamientos en general no se las entiende.

¡Qué importante es reconocer al buen pastor y al asalariado! Los pastores no son los más aclamados en el ranking social. Por eso es maravilloso que Dios diga de sí mismo que es el Buen Pastor. Con esto dice que es un Dios que tiene corazón, que tiene deseo de defender lo suyo y que a cada oveja la pone un nombre porque es especial para él. Y, cuando llega el lobo, todo su interés es salvar a sus ovejas.

Ya lo dice San Juan: “mirad qué amor tan grande nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios… pues lo somos”. Ser, no parecer. Somos hijos de Dios cuando estamos rodeados de gente y cuando estamos solos; cuando nuestra vida es exitosa y cuando estamos hundidos… Ser no es hacer. Espanta esta sociedad que pide a todos que produzcan, que sirvan, que logren objetivos… ¿y el corazón?

El pastor del evangelio tiene corazón, es pontífice, protector y escudo.

Agradezcamos profundamente la experiencia de sentirnos ovejas perdidísimas, porque es cuando emerge con más fuerza el buen pastor que viene a nuestro rescate. La experiencia de que Jesús nos cargue sobre sus hombros sin reproches y nos vuelva a invitar a la fiesta del Señor es lo que nos hace tener por él un amor incondicional.

Este evangelio nos tiene que dar mucha confianza: nos recuerda que hay lobo, pero tenemos un buen pastor que lo vence.

Evangelio según San Juan

Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas.
Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo Rebaño y un solo Pastor.
El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: este es el mandato que recibí de mi Padre”.

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