¿No era necesario?

Introducción. Reconciliar nuestro pasado es uno de los frutos más claros de la Pascua. Es lo que Jesús busca como una de las principales prioridades después de resucitar. Ir donde están los discípulos, asustados, con miedo, con las puertas cerradas, huyendo hacia el olvido. Con una gran carga de culpabilidad, de queja, de decepción, de sentimientos de fracaso total del proyecto de Jesús, con cierto sabor a engaño, a gran mentira de todo lo soñado, lo ilusionado, lo imaginado. Y, al mismo tiempo, avergonzados de su cobardía y de su respuesta mediocre e inestable frente a las dificultades. Reconociéndose profundamente asalariados y nada buenos pastores.
“Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas”. Jn 10, 11-15.
Como Jesús predijo antes de que ocurriera, la comunidad se fraccionó, se rasgó, se deshizo. Ese es uno de los primeros síntomas que nos anuncia un gran fracaso: la división, el enfrentamiento, la mutua acusación. En el éxito, cuando se gana, cuando se cumplen los objetivos, todo el mundo se une para salir en la foto y para atribuirse parte del éxito logrado. Pero en el fracaso, sea del tipo que sea, por ejemplo electoral dentro de un partido político, o en el mundo del deporte, o en el ámbito familiar (las malas notas de los hijos o la situación crítica en la economía doméstica), lo primero que se despierta es la acusación y la búsqueda de culpables. Adán ve clarísima la culpa de Eva. Eva se justifica con la serpiente. En la cruz de Jesús todos eran cómplices de su muerte y de su abandono. Se focaliza la mirada en Judas, en Herodes, en Pilatos, en Caifás, pero todos, de una manera u otra, aportaron su granito de arena en la consecución del desastre.
A los discípulos les vino grande toda la tormenta de críticas, de juicios, de calumnias, de acusaciones que le sobrevinieron a Jesús. Ni tenían la vida apoyada en una roca suficientemente fuerte, ni sentían un amor tan total, como para permanecer de pie hasta el final. Sólo las mujeres, como María la madre de Jesús, María Magdalena, María la de Cleofás, y Juan apoyado en ellas, estuvieron de pie junto a la cruz. Los demás huyeron despavoridos como niños asustados. Y las cosas mal vividas y mal recordadas, que no se cierran bien, se quedan convertidas en heridas que continuamente nos duelen y vuelven una y otra vez a recordarnos lo terrible que ha sido lo vivido. Por eso es fundamental reconciliar lo vivido, los errores, las meteduras de pata e integrarlas como parte de nuestra historia, como situaciones que nos han ayudado a ser hoy, en nuestro presente, quienes somos.

Lo que Dios nos dice. “Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días? Él les dijo: ¿Qué? Ellos le contestaron: Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió (…) Entonces él les dijo: ¡Qué torpes y necios sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrará así en su gloría?… Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las escrituras”. Lc 24, 17-27
Después de haber tenido un accidente de tráfico da pánico volver a conducir. Después de un fracaso en una relación afectiva nos da miedo volver a enamorarnos. Después de lo que vivió Jesús en su Vía Crucis y en su pasión lo lógico hubiera sido alejarse para siempre de ese grupo de ingratos discípulos, que le vendieron, de esas autoridades religiosas judías, que lo calumniaron, torturaron y condenaron a muerte. Alejarse de todo ese ejército romano que le escupió, le azotó y se burló de Él. Pues ocurrió todo lo contrario, Jesús resucitado, vencedor de la muerte y de todas las injusticias que sufrió, renueva toda su capacidad de amar, pone en marcha su capacidad de perdón, y se dedica a reconciliar a todos los que sintiéndose fatal, culpables, despreciables, sin posibilidad de recibir perdón, necesitan de todo su amor y de toda su misericordia.
Ratifica en sus cargos a los apóstoles. No culpa, no denuncia, no corrige, solo se convierte en el portador de la paz, de la vida, del amor. Se dedica a rescatar a la humanidad sumergida en los pozos profundos de la tristeza, del aislamiento, de la culpa.

Cómo podemos vivirlo. Lo que parecía que era el final, los que pensaban que todo estaba perdido, de repente son conscientes de vivir en el principio de algo nuevo. Todo vuelve a hacerse nuevo. El hielo del corazón se descongela y el sol de la vida y de la luz se vuelve claridad, sonrisa. Se dejan las lágrimas y el luto. Vuelven los abrazos y las danzas.
“Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz”. Lc 1,78-79.

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