Aprender a resucitar

Introducción. De la misma manera que dedicamos mucho tiempo a mirar nuestra vida, para captar en qué aspectos necesitamos convertirla, cambiarla, transformarla para salir de las tinieblas al reino de la luz, tenemos que dedicar lo mejor de nuestros esfuerzos a aprender a vivir como hombres y mujeres nuevos. A resucitar se aprende. A que la negatividad deje paso a la alegría se aprende. A que las personas tóxicas, que nos cuestan y que nos enfurecen, dejen de serlo y pasen a ser los hermanos y las hermanas que más nos necesitan, se aprende. A que los ambientes llenos de desánimo, de miedos, de cálculos, pasen a ser ambientes de locura en el Espíritu, llenos de esperanza, de creatividad, de alegría, también se aprende.
Estoy seguro de que Jesús resucitado, saliendo del sepulcro, viendo la piedra movida, lleno de vida renovada, estrenando humanidad resucitada, tuvo que preguntarse: “Y ahora ¿Qué? ¿Hacia dónde dirijo mis pasos?” Y estoy convencido que la respuesta del Padre fue: “Haz lo único que sabes hacer ¡Amarlos!”.
La Cuaresma está llena de actividades, de prácticas, de retiros, de experiencias de desierto, de exámenes de conciencia, en los que nos sentimos agradablemente cómodos reconociendo lo malos que somos y lo pecadores que somos. Es sorprendente la facilidad que tenemos para reconocer nuestros fallos, nuestras heridas, nuestras frustraciones. Y lo que nos cuesta reconocer cuáles son nuestros talentos, nuestras capacidades y habilidades para ponerlas al servicio de los demás. De la misma manera la Iglesia tiene que poder ofrecer caminos, prácticas, especialidades llenas de vida y de creatividad para que comprendamos que todo el esfuerzo que vivió Jesús en su pasión mereció la pena. Fue para algo, para encontrar una novedad hasta ahora desconocida que lo llena todo de novedad. ¡Bienvenidos a la vida nueva!

Lo que Dios nos dice. “De modo que nosotros desde ahora no conocemos a nadie según la carne; si alguna vez conocimos a Cristo según la carne, ahora ya no lo conocemos así. Por tanto, si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y que nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado a favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él”. 2ª Cor 5, 16-21.
Ser criaturas nuevas depende de con quién estamos. No tiene tanto que ver con que cambien mis circunstancias externas, sino con cómo y con quién las vivo. Si estamos con Jesús, el nos regala la novedad que nuestra vida necesita. El hace nuevas todas las cosas. Todas las realidades. Todas las personas. Porque tiene la capacidad de renovar nuestro corazón, quitándole los miedos, los temores, las reservas. Y nos posibilita vivir todo como si estrenáramos la vida.
Jesús lo reconcilia todo, porque Él ya lo ha reconciliado en su interior. Nosotros mantenemos nuestros odios, nuestros rencores, nuestros juicios y nuestras sentencias, porque no somos capaces de reconciliarnos con los demás. Favorecemos lo que nos diferencia y nos separa. Vivimos muy a gusto rodeados de enemigos y de adversarios. Así nos evitamos el continuo trabajo de acercarnos al que es diferente a nosotros en su manera de vivir, de pensar, de actuar. Hacer que el mundo esté lleno de fronteras y de gente no grata, hace que sean menos los esfuerzos que tenemos que hacer por amar.
Por eso el tiempo de Pascua es un tiempo de seguir trabajando, tiempo de seguir en camino. No sería justo que todos nuestros esfuerzos por vivir la conversión, no fueran por lo menos tan intensos como los esfuerzos por vivir la Resurrección. Es tiempo de renovar la mirada, de renovar el corazón, de liberarnos de las miradas que encasillan y que separan a las personas entre buenas y malas. Y es tiempo de ser creativos buscando la reconciliación. El tiempo del encuentro, de despertarnos del sueño, de dejar las actividades de las tinieblas.
“Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad”. Rom 13,11-13.

Cómo podemos vivirlo. Es propio de la Pascua el activar nuestro dinamismo misionero. Vivir impulsados por una alegría que nace de dentro a vivir como hijos e hijas de Dios. Es tiempo de dejar los miedos, la timidez y la vergüenza, y de poder compartir, sin miedo al rechazo que nuestra fe se fundamenta en la vida de Jesús. Muerto por amor, pero resucitado por el desborde de amor del Padre, que en vez de juzgar y condenar a la humanidad por la dureza de su corazón y por no haber acogido a su Hijo Jesús, nos regala una nueva oportunidad para experimentar qué es la misericordia. Amor desbordado, generoso, incapaz de ser comprendido o analizado, porque supera todo lo que la humanidad es capaz de entender. Amor que devuelve la vida a su Hijo Jesús y que, por él, devuelve la vida a todos los hijos de Adán, a todos los hombres y mujeres, que llenos de miedos, de ruptura y de temores frutos del pecado, son capaces ahora de inaugurar una libertad, una alegría y un amor que ya nadie les podrá quitar.

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