Testigos de la Resurrección

Introducción. El camino de fe que vamos recorriendo con más o menos fidelidad nos va mostrando cómo nuestra vida no sigue unos ideales, unas normas, unos valores o un código moral, sino a una persona viva, que ilusiona, que propone, que acompaña, que compromete, que ama, que enseña, que corrige, que advierte… Mi vida no la he entregado a una institución religiosa, ni a una congregación, ni a un proyecto humano. Mi vida se va desgastando día a día, año tras año, siguiendo los pasos del que ha vencido a la muerte y le ha abierto una puerta, para siempre, al resto de la humanidad.
“De esa manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificando en toda obra buena, y creciendo en el conocimiento de Dios, fortalecidos plenamente según el poder de su gloria para soportar todo con paciencia y magnanimidad, con alegría, dando gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”. Col 1,10-14.
Esta palabra ilumina lo que para mí es fundamental del tiempo de Pascua, del espíritu del resucitado habitando en nuestros corazones. Es tiempo de dar frutos, de mirar hacia atrás en nuestras vidas y reconocer que el camino está bien trazado, bien recorrido, acompañados por el Buen Jesús, vencedor de la muerte y del dolor. Es tiempo de crecer, de sentir que no estamos ni quietos ni estancados. Es tiempo de sentirnos más libres, más alegres, más perdonados, más capaces de amar, de perdonar, de compartir nuestro corazón misericordioso. Y sobre todo ser testigos del resucitado, por la alegría que permanece en nuestros rostros y en nuestro corazón. Es tiempo de mirar de frente todas las dificultades de nuestras vidas y reconocer con ánimo que todas están vencidas. “Os he hablado de esto, par que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo”. Jn 16,33.
Se ha convertido para mí en una ilusión diaria, en una compañía. La resurrección de Jesús es lo único que justifica nuestro compromiso personal y comunitario. Porque Él vive, porque Él habla, porque nos ama, porque nos llama, porque nos invita a seguirle, por eso hay Iglesia, por eso hay sacramentos, por eso durante veintiún siglos, al soplo del Espíritu, se ha ido reinventando sin traicionarse este mensaje que es sencillo y, al mismo tiempo, profundamente misterioso.

Lo que Dios nos dice. El amor es más fuerte que la muerte. Y no sólo la muerte física, sino todas las muertes que nos van acompañando a lo largo de nuestras vidas.
“Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís estando en vuestros pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido. Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo sólo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad. Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección”. 1ª Cor 15, 16-21.
Si el final de todas nuestras ilusiones, de todos nuestros sueños, de todas nuestras aspiraciones, es el fracaso, la destrucción y la pérdida de todo y de todos a los que amamos, estaríamos mal hechos de origen. Sería penoso y cruel que Dios nos pusiera la zanahoria apetecible delante de los ojos y que nunca pudiéramos alcanzarla y comérnosla. Presos de una contradicción fundamental. Tenemos aspiraciones de vida eterna, infinita, que no termine todo aquello que valoramos, que el tiempo no pase, que se detenga. Por eso fotografiamos medio mundo, media vida, por eso grabamos en vídeo, por eso se ha pintado, se ha esculpido, se ha cantado, se ha compuesto poesía a lo largo de los siglos. Todas las manifestaciones artísticas tienen que ver con el deseo de trascendencia, de dejar a las futuras generaciones las maravillas de las que por suerte, por regalo, hemos sido testigos. Nadie es amigo del final, de la muerte, de las pérdidas o de las despedidas. ¡Cómo nos duelen los aeropuertos, las estaciones de tren, los finales de las vacaciones! ¡Cómo duele dejarnos ir, la desesperación del que se queda sólo, dejando que su amor y su vida se vayan! Pues Dios no es diferente. También experimenta la ruptura y el dolor. Jesús y Lázaro nos muestran una de las escenas más conmovedoras de todo el evangelio.
“Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Señor ven a verlo. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos dijeron: Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera? Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba y dijo: Quitad la losa”. Jn 11,32-39.

Cómo podemos vivirlo. La muerte es una de las causas principales de la tristeza en la historia de la humanidad. ¡Cuánto misterio en torno a ella, cuánta impotencia, cuánta energía se consume por el rechazo a frontal a una de las certezas de nuestra vida! Como nacemos pasando de la placidez del seno materno, a lo desconocido del mundo exterior, del mismo modo la muerte nos comunica de esta vida histórica, afectada por la fragilidad y el sufrimiento, a las manos del Dios que nos ha creado y que nos ama eternamente. Ojalá aprendamos a vivir sin miedos.

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