Audio-homilía: Destruid este templo y en tres días lo levantaré

Hoy vemos a Jesús en un registro muy diferente a los que estamos acostumbrados. Los evangelios nos narran dos momentos concretos en los que se refleja en Jesús la ira. Y este es uno de ellos: la expulsión de los vendedores del templo.

Este episodio tiene mucho de premeditación, de cálculo y de convicción por parte de Jesús de lo que había que hacer. La santa ira tiene mucho que ver con la injusticia que el hombre comete contra el propio hombre. Los dos episodios de ira de Jesús tienen que ver con la religión que, en vez de revelar el rostro misericordioso de Dios, revela ley, negocio e interés humano: no tomarás el nombre de Dios en vano y no usarás a Dios para hacer tu propio negocio.

A Jesús le hierve la sangre cuando ve que en nombre de Dios se ponen obstáculos en lugar de abrir puertas. Como dice el Papa Francisco, la iglesia no puede ser una aduana, donde hagamos pagar impuestos a los que quieran entrar, sino una casa con las puertas abiertas, en la que todos sintamos que tenemos nuestro sitio.

La iglesia tiene que aprender de Jesús a ser transparente. Ojalá entendamos que la iglesia no vive para sí misma, para montar su negocio, para sus fans. No podemos evaluar la eficacia por lo numérico.

Jesús se enfada porque en el templo entonces se creía que la ira de Dios se aplacaba con derramamientos de sangre. Jesús nos muestra que la puerta para relacionarnos con Dios ha cambiado. Ahora, los verdaderos adoradores lo haréis en espíritu y en verdad. El templo que le interesa a Dios no son las paredes. El templo en el que él quiere vivir permanentemente es el corazón de cada uno de nosotros: no olvidéis que sois templo del Espíritu.

Lo esencial es descubrir que tenemos un Dios que nos habita; que, sabiendo que somos barro, confía en nosotros y ha decidido, por puro amor, sacar lo mejor de nosotros.

Por eso la Cuaresma tiene mucho más de ilusionarse por lo que Dios quiere hacer en nuestra vida que de plantearnos nosotros la conversión. Tiene más de acoger regalos de Dios que hacernos propuestas o planes.

Evangelio según San Juan

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas.
Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Sacad esto de aquí y no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio».
Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?».
Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo volveré a levantar».
Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?».
Pero él se refería al templo de su cuerpo.
Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos
y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre.

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