No te encierres a tu propia carne

Introducción. Normalmente no suelo ver los vídeos de las bodas que celebro. No porque no quiera, sino porque los novios se suelen olvidar con facilidad de ese día y el futuro apasionante que les depara su nueva vida los sumerge en la voracidad del estrenar casa, de amueblarla, de vivir de una manera conjunta su existencia.
Pero siempre hay honrosas excepciones. Una pareja me invitó a su nueva casa y recordamos juntos el caluroso día de su boda, las personas que les acompañamos y las palabras de la homilía personalizada, dedicada a ellos. Y la verdad es que fue una experiencia bonita. Para mí, escucharme predicar no es un motivo de orgullo, es reconocer con total sinceridad cómo Dios utiliza nuestras frágiles humanidades para realizar su obra salvadora.
«El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio». 1ª Cor 9,16-18.
Y al empezar la cuaresma creo que es un espíritu que podíamos pedir como fruto de este tiempo de conversión, el reconocer lo que de Dios hay en nuestras vidas. Para salir del engreimiento y recorrer nuestra vida con la humildad que nos salva: la pobreza que nos hace dichosos y bienaventurados.
Toda nuestra vida, según vamos creciendo y madurando, la vamos construyendo en la línea de acumular, de acaparar, de pertrecharnos con todo lo que nos pueda ser útil. Pensamos que ser amados es un mérito que tenemos que conseguir, que nos tenemos que ganar y merecer. Y nos pasamos la vida acumulando méritos para que alguien nos considere amables. Vamos llenando nuestro cabeza de conocimientos: títulos universitarios que tan valorados están, cursos, carreras, máster, idiomas, habilidades. Reconocemos la gran diferencia que hay entre un sabio y un arrogante acaparador de conocimientos. La sabiduría sirve para vivir y para amar. El conocimiento intelectual que lleva a la arrogancia sirve para mostrarnos lo cretinos que podemos llegar a ser.
Vamos acaparando fuerza física, musculación, belleza, simpatía, gusto por la estética, aprendemos a vestirnos, a saber estar, a agradar. Pero a veces pagamos un precio muy alto al dedicarnos más a cómo aparecemos que a cómo nos sentimos de verdad por dentro y acabamos siendo unos desconocidos. Mientras tenga que conquistar el derecho a ser amado, mi vida será un permanente casting, una permanente oposición. Hay otra forma de sentirme valioso y es reconocer el valor que tengo por lo que soy, no sólo por lo que hago. Mi valor me lo da otro.

Lo que Dios nos dice. «Les contestó Jesús: ¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre. Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo». Jn 16,31-33.
Dios no nos pide, ni nos ofrece, nada que no nos haya dado antes. No llama a los capaces, sino que capacita a los que llama. Y nos regala la experiencia de no sentirnos nunca solos, ni abandonados, porque Dios nos acompaña y nos cuida durante toda nuestra vida.
“Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor tiene que ver con el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero». 1ª Jn 4,16-19.
La cuaresma es la oportunidad que la vida nos presenta para limpiar nuestra mirada y reconocer que no somos protagonistas de nada por nuestra propia iniciativa o por acumular méritos, sino que somos invitados por pura misericordia a participar de este maravilloso regalo que es la vida. Somos colaboradores, llamados por puro amor, a colaborar con él en la obra de la reconciliación.
«Ya no te llamarán ‘Abandona’, ni a tu tierra ‘Devastada’, a ti te llamarán ‘Mi predilecta’ y a tu tierra ‘Desposada’, porque el Señor te prefiere a ti, y tu tierra tendrá un esposo. Como un joven se desposa con una doncella, así te desposan tus constructores. Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo». Is 62, 4-5.

Cómo podemos vivirlo. De nuevo se nos ofrece el gran regalo de mirar nuestras vidas con la mirada compasiva de nuestro Dios que no viene ni a juzgar, ni a condenar, sino a sanar, a curar, a devolver el brillo y la dignidad de las que nuestras vidas son portadoras. Es restaurar lo más puro y auténtico que todos llevamos dentro y que muchas veces, como en un edificio en ruinas, queda sepultado por el peso de nuestros errores. Feliz cuaresma, feliz renovación.

Comparte este post

    Etiquetas: , , , ,

    votar