Audio-homilía: Se dejaba tentar por Satanás y los ángeles le servían

La cita que hoy tenemos con el Señor es en el desierto. El desierto es el lugar donde afloran con más claridad las aspiraciones más profundas de nuestro corazón: nuestros deseos, nuestros anhelos, nuestras frustraciones. El desierto es dejar voluntariamente un espacio al corazón. Nuestras vidas y nuestras cabezas están tan ocupadas en cosas que resolver que generalmente dedicamos poco espacio a escucharnos y a escuchar.

La Cuaresma es dentro del año litúrgico reservar 40 días (una cifra con mucho significado en la historia de la salvación) para encontrar lo que hay en nuestro corazón.

El evangelio nos dice que el espíritu fue el que llevó a Jesús al desierto. Es el mismo espíritu de Pentecostés. Jesús también vive un Pentecostés. Ir al desierto no significa que te quiten nada, sino que florezca la verdad: encontrar lo más profundo que hay en nosotros que a veces está muy tapado.

Si no vivimos las cosas con novedad, podemos acabar atrapados en rutinas que nos hacen terminar dejándolo todo. O encontramos en el desierto razones profundas que nos dejen claro que lo que deseamos es lo que vivo o nuestras vidas tendrán fracturas interiores difíciles de reconciliar.

La Cuaresma es momento de conversión, pero ¿de qué?. Se trata de convertirnos y lograr que nuestra vida cotidiana nos convenza. Ayunemos de la crítica, de la queja, de la envidia, de los juicios, de los comentarios que matan la ilusión, de la maldad con la que muchas veces convivimos.

Jesús va al desierto y allí había alimañas y ángeles. Eso es exactamente lo que se refleja en nuestra vida: una convivencia constante entre ángeles y alimañas.

Sufrimos las tentaciones porque Dios nos ha regalado el gran don de la libertad. Y, como somos libres, puedo dialogar con ángeles o con alimañas. Si queremos que nuestra vida suene a evangelio, compartámosla con los ángeles. Si queremos ser personas encerradas en nosotras mismas, seres que machacan a los demás, vivamos con las alimañas.

No se vence la tentación a base de esfuerzo, sino a base de dialogar con los ángeles y reírte de lo que te propone el maligno. La Cuaresma es tiempo de descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. Se vencen las tentaciones riéndose de ellas, descubriendo lo absurdas que son. Si experimentamos la presencia de Dios a diario, en cada momento, las tentaciones se ven como meros sucedáneos. Cuando estás colmado, no quieres más. Así se vence la tentación. Cuanto más llenos estemos de Dios, menos nos atraerán las ofertas que nos haga el maligno. Si reconocemos en nuestra vida, los regalos permanentes de Dios, no nos tentará nada que venga disfrazado de novedad, de pan para hoy y hambre para mañana.

La tentación no se vence teniendo miedo al demonio, sino estando muy lleno de Dios.

Ojalá que vivamos la Cuaresma descubriendo que tenemos a Dios muy cerca en nuestra vida cotidiana. Ojalá que no hagamos de Él un Dios lejano, sino que lo descubramos vivo y resucitado en lo profundo de nuestros corazones.

Evangelio según San Marcos

En seguida el Espíritu lo llevó al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían.
Después que Juan fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en la Buena Noticia».

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