Obsesionados por la seguridad

Introducción. Una amiga mía me contaba el mal rato que pasó en el aeropuerto, cuando dispuesta a facturar su equipaje para volar a su lugar de trabajo se vio como el blanco de todas las miradas, como si fuese una sospechosa. Tuvo que vaciar el contenido de su maleta, descalzarse, extender los brazos, ser cacheada y en broma me decía: «es como si esperasen encontrar dos kilos de cocaína o una bomba». Y la verdad es que todos nos estamos volviendo sospechosos para todo el mundo. Los niveles de paranoia, de obsesión por la seguridad, el buscar resguardar nuestra comodidad, nuestro bienestar, nuestros privilegios nos hace vivir en el permanente temor. Como ese Rey Herodes que entra en pánico cuando los Reyes de Oriente le preguntan por el nuevo rey que va a nacer. De repente, toda su seguridad, todo su poder, toda su vida de logros, lujos y placeres se ve amenazada por una pregunta, por un rumor.
«Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron en Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta… Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías». Mt 2, 3-17.
Todos somos sospechosos en un aeropuerto, en un centro comercial, parece que todo el mundo roba, todo el mundo engaña, todo el mundo miente. Y esas generalizaciones van minando la alegría de vivir, la alegría de sentirnos hermanos. Las miradas favorecen los encuentros entre las personas o los dificultan y los alejan. ¡Qué desagradable es no poder acercarte con espontaneidad a jugar con un niño por miedo a que alguien piense que eres un pederasta! ¡O no poder hablar, reír, expresar cariño a una mujer o a un hombre por miedo a que se mal interprete! Al final, si somos esclavos del miedo al juicio de los demás, a sus críticas y a sus opiniones, nos encerraremos en casa y nos volveremos asociales, para que nadie nos juzgue. Y esa es la reacción menos humana y menos divina.

Lo que Dios nos dice. «Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción en el que clamamos: ¡Abba, Padre! Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,15-17.
Es cierto que a esta situación de conspiranofobia hemos llegado a base de malas experiencias. Tanta muerte, tanto dolor, tanto terror van endureciendo nuestra capacidad de confiar. Se daña y se destruye lo más sagrado que tenemos las personas que es nuestra capacidad de confiar y de amar, entregándonos del todo al otro. Si se nos extingue la posibilidad de confiar, de creer, de abandonarnos en los brazos de alguien, dejamos de ser humanos y nos volvemos potentes escáner que filtran y analizan la realidad detectando virus, amenazas y posibles peligros. Todo serían advertencias, cuidados, warnings, alarmas y alertas.
Estoy un poco hasta el gorro de que la forma de gobernar un país sea poniendo leyes, normas, multas y castigos por todo. Estamos en las cotas más altas de intervencionismo por parte del estado. Todo regulado, todo estipulado, todo bajo control, menos el corazón de las personas que se escapa a toda lógica y a toda racionalidad.
Es también injusto que la realidad tan llena de buenas personas, de gentes generosas, de buenos profesionales, la manchemos por la evidencia de unos cuantos. «Pagan justos por pecadores», «no hay que generalizar», «una manzana podrida contamina todo el cesto de fruta», «yo no soy racista, soy ordenado». ¡Cuánta hipocresía que lo que busca es envolver y justificar nuestros miedos a perder los privilegios! El miedo a perder es lo que nos bloquea, cuando lo más real es que no tenemos nada.
«A ver, ¿quién te hace importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado? Ya tenéis todo lo que ansiabais, ya sois ricos, habéis conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos, como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, vosotros sensatos en Cristo; nosotros débiles, vosotros fuertes; vosotros célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio; nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy». 1ª Cor 4, 7-13.

Cómo podemos vivirlo. Necesitamos volver a sentirnos peregrinos, en camino, sin echar demasiadas raíces en nada de lo que hacemos. No porque no las consideremos valiosas, todo lo contrario. Si amas algo, déjalo libre. Si permanece a tu lado es tuyo. Si no, es que nunca lo fue. Soltar, dejar de preocuparse por todo, por todos… La vida, el mundo, las personas y Dios llevan siglos ocupándose de todo. Nosotros la hemos recibido en un momento dado, y nos toca dejarla un poco mejor de lo que la hemos encontrado. Pero somos muy pequeños como para cargar con todo el peso de la marcha del mundo.

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