Creer en los avisos

Introducción. ¡Tengo una médico de cabecera que es un sol! Como no iba al médico desde el año 2008, me cito por sorpresa el viernes pasado para hacerme unos análisis. Y la verdad es que todo lo que me dijeron, los consejos, las advertencias, dichas por un profesional cualificado, tienen un peso y una repercusión mucho más grande que esas mismas palabras dichas por un amigo o un familiar, en un ambiente coloquial y espontáneo. Que estoy gordo, que tengo que cuidar la alimentación, que tengo que hacer ejercicio, dejar de fumar, beber menos… todo eso me lo han dicho muchas personas. Y a todas les he dicho que sí, que tienen razón, que lo iba a intentar, a tener en cuenta. Pero de alguna manera no me tomo las advertencias demasiado en serio. Es como lo de “predícame cura, predícame fraile, por un oído me entra y por otro me sale”.
Ser conscientes de que nuestra vida tiene que cambiar, que mejorar, que crecer y transformarse es algo que deseamos y que tenemos claro. Por nosotros mismos, los primeros, pero también por las personas que nos rodean, que muchas veces son las que se llevan lo peor de nosotros, nuestros malos humores y nuestros malos olores. Conseguir las fuerzas y la motivación para ponernos en marcha y dar pasos firmes para lograr crecer, eso nos cuesta más. Vivo muchas veces sumergido en la inercia, dejar mi vida confiada en medio de las circunstancias que vivo, como sin capacidad de reacción o de decisión. Y esa pasividad me convierte en cómplice de mi mediocridad.
«Desear el bien está a nuestro alcance. Realizarlo no». Rom 7, 18.
Nos pasa mucho cuando empezamos el año que nos llenamos la agenda de buenas intenciones, de propósitos para el nuevo año. Pero suele pasar que, igual que nos hacemos los propósitos, los olvidamos con facilidad.
Yo no sé si es la bata blanca, el ambiente aséptico o la objetividad de la analítica. Pero cuando es el médico quien nos dice las cosas las tomamos mucho más en serio. Aparece el ambiente de seriedad, de atención especial, de dejar de tomarnos la vida como un juego y que aparezca en el horizonte la gravedad del tema que estamos tratando.
Ojalá que la misma autoridad que reconozco en el médico, que hace que me tome en serio las palabras que me dice, fuera la confianza que deposito en Dios y en sus palabras. Que lo que Jesús diariamente le dice a mi vida lo llevara a la práctica y lo tomara en serio como primordial dentro de la jerarquía de prioridades de mi vida.

Lo que Dios nos dice. «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa y se derrumbó. Y su ruina fue grande». Mt 7,24-27.
Practicar, poner los medios, decidir, actuar, son todos verbos que significan acción. Vivimos demasiadas veces inmersos en la mente, en el pensamiento, en la meditación y en la reflexión, imaginando cómo sucederán las cosas cuando, enfrente de nuestras narices, la realidad se nos escapa entre los dedos de forma irreversible.
Por eso la invitación que nos hace la fe es a decidirnos a actuar, cuando estamos firmemente convencidos, eligiendo los caminos, las formas y los pasos que queremos recorrer.
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla. Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán. Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob». Dt 30, 15-20.
Si nadie nos avisase de los peligros de la tensión alta, de la obesidad, de los triglicéridos altos o del colesterol, tendríamos la excusa de la ignorancia. Pero, si sabemos las consecuencias nocivas para nuestra salud y no cambiamos nuestros hábitos de vida, los responsables de lo que nos ocurre somos nosotros. Lo mismo pasa con nuestra vida interior, que no es física ni biológica, esa que llamamos espiritual, afectiva o de las emociones.

Cómo podemos vivirlo. Somos responsables de afrontar la vida con alegría, con ilusión o vivir arrastrando los pies, cansados, fatigados, desmotivados. Depende en gran medida de nosotros y de nuestra forma de vivir la vida, lo que los demás se llevan de nosotros. Nuestra creatividad o nuestra apatía. La riqueza de nuestros diálogos o los silencios faltos de vida. Los proyectos que nos apasionan o ver que el tiempo se escapa haciendo todos los días lo mismo, metidos en la rueda de la rutina sin tener capacidad de escapar. Ayudémonos a elegir la vida, los caminos que nos lleven a la alegría y a la gratitud.

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