Estresados o apasionados

Introducción. Estrenar vida tiene que ver con parar, tomar conciencia de a dónde nos van llevando nuestros pasos y querer darles la dirección que deseamos. Siempre hay circunstancias que nos afectan y nos influyen, pero no nos pueden determinar. Metidos en ambientes hostiles, podemos transformarlos en ocasiones para crecer y para aprender a amar. Se puede amar la luz y las tinieblas. Pero solos no podemos hacerlo, no tenemos ni los recursos, ni las fuerzas, ni la mirada nueva que nos permite ver en medio de lo que vivimos las puertas que se abren a la esperanza y al reino. Todos los finales de año intento hacer un balance. Y, por mucho que intento descubrir los resultados, al final lo que descubro es que lo importante no es lo que yo percibo. Mi subjetividad me juega muy malas pasadas. A veces los sentimientos llenan de una determinada sensación la percepción de la realidad. Paso de ver que todo va bien a que todo es un desastre en muy poco tiempo de diferencia. Si me guío por lo visible, podría estar contento: la parroquia camina a buen ritmo, actividades, gente, proyectos, agradecimientos externos. Pero el valor de nuestras vidas va mucho más allá de lo que producimos o de lo que hacemos. La actividad externa nos oculta lo verdaderamente importante que es el ser. No valgo por lo que hago. Valgo por lo que soy. Por eso, la tentación a la hora de evaluar mi vida descansa más en lo que soy cuando me pongo delante de Dios, en lo secreto, que en lo que los demás juzgan de mí, lo que ven o lo que reciben de mí.

Lo que Dios nos dice. «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor. Así, pues, no juzguéis antes de tiempo, dejad que venga el Señor. El iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece». 1ª Cor 4, 1-5.
No juzgar antes de tiempo. Eso es algo que debemos aprender a vivir. Nos suele pasar que tenemos la mirada llena de prejuicios, de criterios, de claves para interpretar la vida que muchas veces son totalmente erróneos. Con mucha celeridad definimos lo que es bueno y lo que no lo es. Esto está bien, esto está mal. Esta es una buena persona, esta no lo es. Y casi inmediatamente le colocamos el cartel de apto o no apto a todo lo que se presenta delante de nuestros ojos. Y hay que ser pacientes, porque a la larga todo se puede convertir en ocasión para agradecer, si lo vivimos acompañados por Dios.
«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará». Mt 6,5-6.
Otra buena sugerencia que nos hace Jesús: vivir buscando los espacios de soledad y de silencio. Buscar la recompensa de la gente, el querer agradar y recibir consuelo de los demás es muy humano y, al mismo tiempo, muy esclavo. Vivir pendientes de las aprobaciones que vienen de fuera nos hace dejar de ser libres y espontáneos. Tanto nos medimos, buscando lo correcto, lo que se espera de nosotros, guardando difíciles equilibrios, que al final dejamos de ser nosotros.
«Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que vuelvan a someteros a yugos de esclavitud». Gal 5,1.
La libertad no es hacer lo que me dé la gana, pasando de los demás. Eso es egoísmo y centramiento en nosotros mismos. Pero sí que es cierto que a veces nos anulamos y nos reprimimos por los demás y ellos no se dan ni cuenta. ¡Cuántas horas esperando a personas que al final no vienen! ¡Cuántos planes a los que renuncio para optar por otros que priorizo y que, a última hora, se anulan! Y se nos van quedando el corazón frío, la confianza dañada, la ilusión apagada. Por eso es tiempo de volver a decidir por dónde han de caminar nuestros pasos. Por el centramiento en uno mismo, por el repliegue, por la hibernación o por la alegría de ponerlo todo en cada momento. Volver a creer que vale la pena ilusionarse, sonreír, ser generoso, estar disponible. Y, si las cosas no salen, creer profundamente que nunca el tiempo es perdido. Todo lo que hacemos con sinceridad y con amor, aunque no se vea, ni aparezca es amor y gratuidad puestos al servicio de quien las necesite.
«Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; y si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Y si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría». 1ª Cor 13,1-3.

Cómo podemos vivirlo. Lo que nos tiene que ocupar mirando el año que acabamos de empezar es cómo queremos vivir cada uno de los días que se nos ofrecen como regalo. Una agenda repleta de algo que no nos gusta se llama estrés. Una agenda repleta de algo que hacemos llenos de amor, se llama pasión. Nosotros decidimos qué y cómo queremos vivir: en el estrés o en la pasión.

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