Audio-homilía: Tu eres mi Hijo amado, mi predilecto. Bautismo de Jesús

En este evangelio vemos la primera acción apostólica de Jesús y esta escena del Bautismo nos muestra lo que para Jesús son las prioridades de nuestra misión como cristianos.

Tras una semana muy convulsa, podemos preguntarnos ¿para qué sirve ser creyente?.

El Bautismo de Jesús es tan integrador y tan magnífico que nos ofrece ocasión de replantearnos lo que hace Él y lo que hacemos nosotros.

En primer lugar, Jesús va a una humanidad rota y necesitada. Podría haber elegido otros escenarios, pero con este gesto nos muestra que lo divino aterrizado en lo humano se convierte en compasión y amor. En esa orilla del Jordán, Juan recibía afectividades destrozadas, moralidades rotas, personas que habían tocado fondo.

Debemos reconocer con humildad que solos no podemos llevar las riendas de nuestras vidas. Si nos sentimos capaces, si pensamos que controlamos y que podemos sólo con nuestras fuerzas, nos sentimos «ricos», porque creemos que no necesitamos a los demás. Y, sin embargo, la condición básica para la conversión es lo opuesto: es reconocer que estamos agotados y que nos sabemos llevar las riendas de nuestra vida y, en consecuencia, pedir ayuda. Hasta que no reconozcamos que «solos no podemos más», seguiremos manejando nuestra vida desde una falsa autosuficiencia.

Y ¿qué hace Jesús en esa cola de gente acabada, si Él era el hijo de Dios y estaba lleno del Espíritu Santo?… Le dice a la humanidad que no debemos asustarnos y escandalizarnos ante la fragilidad humana, porque ahí es donde más se manifiesta el Amor de Dios. Jesús en el Jordán nos dice que Dios se manifiesta salvando y abrazando, identificándose con el que más necesita. ¿Y nuestra Iglesia qué persigue? ¿A los ricos, a las élites, a los listos? Si vamos por ahí, nos estamos olvidando de lo que Jesús hizo en el Jordán.

También destaca en este evangelio la humildad de Jesús al reconocer la autoridad de Juan Bautista y quitarse protagonismo sobre Él mismo. Es una actitud muy diferente a la nuestra. Nosotros estamos muy acostumbrados a hacer tabla rasa sobre lo anterior y a sentirnos los salvadores de las situaciones.

Por último, conviene que nos paremos también en la actitud del Padre. Dios podría hacer dicho «este es mi Hijo muy querido» en otros momentos de la historia de Jesús, pero elige únicamente dos ocasiones en el evangelio: cuando Jesús se identifica con la humanidad necesitada y cuando se integra con Moisés y Elías en el Monte Tabor para dar continuidad a la historia de la salvación.

Ojalá que ninguno nos sintamos mesías, sino que seamos conscientes de que formamos parte de una historia muy rica y muy larga. Somos herederos de una gran nube de testigos y ojalá que nuestro testimonio muestre claramente lo que es el evangelio de Jesús.

Evangelio según San Marcos

Juan predicaba, diciendo: «Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con el Espíritu Santo».
En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán.
Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: «Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección.»

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