Audio-homilía: Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. 2015

Este evangelio nos sirve para que aprendamos cómo invertir el tiempo que se nos da como un regalo. El tiempo nos lo da el Señor para convertirlo en una historia de salvación. No estamos aquí como sujetos pasivos, como maletas en la cinta del aeropuerto, para que la vida nos lleve por donde quiera.

A veces, cuando intentamos ser protagonistas de algo y no nos sale, nos replegamos y dejamos de intentar. Interiormente nos despedimos a nosotros mismos y empequeñecemos las posibilidades que Dios nos ha dado.

San Pablo nos dice claramente cómo podemos negociar el pasado: «Yo olvido lo que dejé atrás y me lanzo desde el punto donde estoy a lo que se me ofrece por delante». No tenemos capacidad de cambiar el pasado, pero sí podemos decidir qué hacemos con ese pasado. Si nos encerramos y no creemos que hay una misericordia de Dios, perderemos la vida.

Cuanto más protagonismo le damos a nuestros límites, menos creemos en la capacidad de Dios para renovarnos. Vivimos con tal carga de culpabilidad que nos parece que Dios tendrá dificultad para perdonamos. Nos relamemos nuestras heridas y parecemos querer hacerle un pulso a Dios.

«Hoy entrarás conmigo en el paraíso» significa que Dios tiene la capacidad de renovar todas las cosas. Del pasado hay que liberarse. La confesión nos renueva, no por nuestros méritos, sino porque Dios pone su mirada nueva sobre nosotros.

Lo que nos hace sufrir generalmente es nuestra incapacidad para confiar. Vivimos creyendo que el control de nuestra vida lo llevamos nosotros solos. Creemos que podemos manejar las riendas de nuestra vida y Dios se ríe al ver que aún no nos hemos encontrado con la fragilidad de nuestra vida.

Por eso la Iglesia nos pone como compañera de camino la fragilidad encarnada en María. Decir que María es la Madre de Dios puede parecer una contradicción. Dios el todopoderoso, el todo bondad… no cabe en la pequeñez de una muchachita de Nazareth llamada María. Es, como en un embudo. Hay un lado grandísimo y otro muy pequeñito. Y esto es posible porque el amor de Dios lo ha querido así. Todo lo divino cabe en algo tan pequeño como un bebé, en nuestra historia, en nuestras vida… porque Dios ha decidido estar con nosotros.

Nuestro trabajo es, como dice el evangelio, hacer como María: «guardar todo en el corazón». Saber que en todo hay regalo y tesoro y que en todo está el Señor. Dejar de juzgar.

Hagámonos el propósito de vivir sin pretensiones, sin expectativas, de dejar que el Señor diseñe y programe en nosotros lo que quiera. Eso es lo que hizo María en la Anunciación: «Hágase en mí según tu palabra».

Evangelio según San Lucas

Los pastores fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido.
Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el Angel antes de su concepción.

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