Qué querrá Dios de mi

Introducción. Cuando dejamos volar la imaginación y permitimos que el corazón se desahogue aparecen con mucha nitidez los deseos, las ambiciones, lo que nos gustaría vivir, que muchas veces se aleja de las posibilidades reales que la vida nos ofrece. Por lo menos a mi me pasa que las fantasías que llenan mi mente son realidades que no tengo a mano. Siempre queremos lo que no tenemos y en demasiadas ocasiones valoramos lo desconocido, lo que no tenemos cerca y no reconocemos lo precioso y el gran valor que tienen las personas y las circunstancias que vivimos. Nos parece atractivo lo que valoramos en los demás, sus formas de invertir el tiempo, sus esfuerzos, sus círculos de amistades, los planes y proyectos que llenan sus agendas. Y cuando acercamos la mirada a nuestras propias vidas las vemos demasiados sencillas, demasiado corrientes. Y lo cierto es que no es así. Hay mucha grandeza en lo que ocurre en un día normal. Necesitamos desaprender de lo grande y volver la mirada a lo sencillo, a lo que nosotros podemos vivir y ofrecer a los demás. A veces necesitamos perderlo todo para recuperarlo valorándolo en su justa medida. Para ello debemos aclarar nuestra mirada y desinfectarla de la cantidad de soberbia y de ofertas grandilocuentes que en el fondo no son más que maquillaje y lentejuelas.

Lo que Dios nos dice. «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre». Sal 131.
Moderar y acallar no es reprimir. Es aceptar que soy el que soy, agradeciendo profundamente los talentos y las capacidades que se me han dado. Claro que hay que trabajar cada día con intensidad por lograr que nuestra vida se parezca a lo que soñamos de ella. Claro que es bueno tener objetivos, ilusiones, proyectos, pero que sean realizables. No buscar paraísos inalcanzables que nos llenan de frustraciones y de decepciones, si no los logro alcanzar.
Pasarme la vida en la comparación, en la exigencia, en querer ser otro, diferente al que soy. Tener otra vida, otro físico, otra edad, otra inteligencia u otras habilidades es despreciar el regalo real que Dios me ha hecho al darme la vida que tengo. La envidia amarga mi propia historia. Y lo curioso es que a los ojos de los demás muchas veces soy más valioso y más dichoso de lo que yo mismo soy capaz de reconocer y de considerar.
«Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Mt 5,8.
Ver a Dios en mi vida, en mi historia, en mi sencillez, es la fuente de la alegría. Alegrémonos porque el Señor está con nosotros. Y si él está y si él nos regala lo que somos, no podemos más que activar la gratitud, la contemplación de las grandes obras que él es capaz de realizar mirando la humildad y la pequeñez de sus hijos. María es maestra en el arte de descubrir y contemplar la presencia de Dios en lo sencillo.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador; porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Lc 1,46-50.
Es cierto que no tengo todo lo que me gustaría tener. Es cierto que convivo diariamente con mis límites, con mis errores, con mis frustraciones. Pero lo más cierto es que como somos, con lo que vivimos y compartimos, ya hay mucha gente que agradece nuestra vida. Somos muy importantes para un puñado de gente, comenzando por nuestras familias, amigos… Que reconocen que sus vidas no serían las mismas sin nuestra presencia, sin lo que les provocamos al estar cerca de ellos. Y eso ya nos tiene que alegrar muchísimo.
¡Cuántas veces he escuchado de personas adultas preguntarse sobre cuál es la voluntad de Dios sobre sus vidas! Como si todavía no hubiesen estrenado el regalo de vivir. Como esperando que ocurran cosas desde fuera que les confirmen su acierto y su valor. Y cuando conozco algo de esas vidas me sorprendo de lo poco que se valoran y se aprecian.
¿Te parece poco haber traído hijos al mundo? ¿Te parece poco haber fundado una familia? ¿Nos parece poco haber colaborado con todo nuestro esfuerzo y nuestra capacidad a sacar adelante una empresa, una tarea profesional, una vocación a la enseñanza, a la medicina, al sector de los servicios? Te has pasado una vida sirviendo en un bar, en un comercio, conduciendo un autobús de la EMT, pilotando un avión, o como subdirector de una sucursal. Ayudando, hablando, aconsejando, escuchando. ¿Es que ayudar a la buena convivencia en un colectivo humano no es construir Reino de Dios?

Cómo podemos vivirlo. Y seguimos en lo más profundo del corazón sin creernos que la vida la hemos entregado, desde la luz que hemos tenido, como hemos sabido. Si eso no nos llena de alegría, nuestra vida olerá a fracaso, a oportunidad desaprovechada, a tristeza. Esperando con nostalgia que las buenas noticias nos lleguen desde fuera, cuando en realidad, lo mejor de mi vida ya está sucediendo. No con criterios de éxito, de realización personal, de logros u objetivos conquistados. Pero sí como ser el objeto de un amor eterno, muy amado, muy cuidado, desde toda la eternidad por el amor de Dios que nos creó y que nos sostiene la vida día a día.

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