Audio-homilía: 3er domingo de Adviento 2014. En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Pablo VI ya anhelaba que la Iglesia despertara interrogantes irresistibles para la sociedad y para los hombres de cada época. Que los cristianos, con nuestras obras, motiváramos que nos pregunten porqué vivimos y amamos de la manera que lo hacemos.

El evangelio de hoy, en el que los levitas interrogan a Juan Bautista preguntándole sobre su identidad, explica qué es la evangelización. Y es ejemplo de vida.

¿Qué hay en nuestra vida que a los ojos de los demás se convierte en algo atractivo?. ¿Mi vida despierta algún interrogante irresistible?. ¿Recomendaría mi vida a los demás como camino para ser feliz o pienso que mi vida es un cúmulo de errores y no se la desearía ni a mi peor enemigo?. ¿Me siento portador de una luz necesaria para el mundo o me siento repetidor de inercias, de estar apagado y de sentir el peso de la rutina como todo el mundo?.

Ya estamos en la tercera semana de Adviento y la Navidad está cerca. Si no hemos preparado interiormente el camino al Señor, nos va a engullir la agenda.

¿La Navidad es una engullidora de emociones o es algo más profundo?.

Juan Bautista sabe cuál es su identidad, pero para llegar a ese estado de conciencia ha tenido que hacer un trabajo real: huir del ruido que entontece. Cuando hay mucho ruido, no escuchamos a nuestro corazón.

Muchas veces no somos conscientes de cómo se nos van los días y los años, de nuestra vida, de nuestros anhelos, de las personas que llenan nuestro corazón…

El problema de nuestro mundo es que falta gente contemplativa que sea capaz de ver el Dios que nace cada día. Charles de Foucauld decía «Navidad es cada eucaristía». Cada vez que el Señor viene en el pan y en el vino, deja su gloria y se viene a vivir con la humanidad. Cada domingo vivimos la eucaristía y hay muy poca transformación en nuestras vidas. No hay mirada nueva, cuando las personas nos pesan. Y las personas no hay que llevarlas a la espalda, sino en el corazón.

Navidad es renovación profunda desde dentro. Pensemos en el portal de Belén, un lugar periférico y nada interesante del que Dios hizo su morada, entre los menos dignos, revalorizando lo que no valía nada. Eso es una imagen de lo que hace Dios con nuestras vidas. Dios valora lo anónimo y lo pequeño. Ese Dios nos enseña a no adorar los langostinos, los champanes, las mesas lujosas, lo exquisito, sino a valorar lo sencillo.

La Navidad es la fiesta de la solidaridad, de las puertas abiertas para que entre todo el mundo. Mientras en nuestro corazón excluyamos, mientras en nuestras bocas juzguemos, mientras en nuestras vidas apartemos, no hay Navidad.

Ojalá entendamos que el Adviento no es maquillaje de cuatro velas. Es tomarnos en serio el ser contemplativos. Si nuestras vidas no despiertan interrogantes irresistibles, no somos de Jesús. Podemos tener maquillaje de cristianos, pero es nuestra vida la que tiene que hablar, no nuestras palabras.

Fijémonos en Juan Bautista que, sin escuchar nunca una predicación de Jesús ni entender a Jesús, vivió más el evangelio que todos nosotros. Lo nuevo nace de dentro. Ojalá que hagamos silencio en el corazón, que busquemos espacios para encontrarnos a nosotros mismos. No es tiempo de ser pasivos. Es tiempo de alegría en todo momento, en toda situación humana.

Evangelio según San Juan

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan.
Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él.
El no era la luz, sino el testigo de la luz.
Este es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: «¿Quién eres tú?».
El confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: «Yo no soy el Mesías».
«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?». Juan dijo: «No». «¿Eres el Profeta?». «Tampoco», respondió.
Ellos insistieron: «¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?».
Y él les dijo: «Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías».
Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: «¿Por qué bautizas, entonces, si tu no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?».
Juan respondió: «Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen:
él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia».
Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.

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