Tiempo de esperanza

Introducción. De nuevo se nos presenta el regalo y la oportunidad de vivir un tiempo de esperanza. De despertar el corazón para que pueda volver a creer, que vuelva a latir al ritmo de Dios. Es tiempo de renovar la vocación. De volver al encuentro con aquel que nos llama por nuestro nombre, y nos regala por puro amor, por pura gracia, la posibilidad de mirar de frente la realidad que vivimos y no llenarnos de pesimismo ni de tristeza, sino estar alentados con la fe y la fuerza que nos da seguir al que ha salido victorioso de la muerte, y del pecado.
«Por esta razón te recuerdo que reavives el Don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza. Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio». 2ª Tim 1,6-10.
Frente a la desesperanza, frente al temor por todos los acontecimientos, frente a un futuro oscuro, frente a nuestra fragilidad que palpamos a diario, frente a las impotencias con las que miramos con ojos llorosos el sufrimiento de los demás, ahí donde nuestros pasos nos llevan al rincón y al abandono… Ahí viene a buscarnos el que sana, el que cura, el que devuelve la vida a base de amor, de paciencia, de misericordia. Seguimos al que no tiene nada imposible. Caminamos tras las huellas de quien ungido por el Espíritu de Dios ha venido a devolver la vista a los ciegos, a sacar de las prisiones a los prisioneros, a hacer andar al cojo, reír al triste y amar al que tenía el corazón herido a cuchilladas de amor.
Por eso el tiempo de Adviento es tiempo de despertar, de desperezarnos, de poner nuestra mejor actitud, y de afrontar lo que la vida nos trae con ilusión y sorpresa.

Lo que Dios nos dice. «Comportaos así, reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz. Andemos como en pleno día, con dignidad.» Rom 13,11-13.
Se nos invita a vivir, no a soñar. Se nos llama a actuar, no a desear. A saltar al ruedo del protagonismo evangélico, no a ser espectadores o vagones siguiendo a la locomotora. La salvación no es un eslogan o un reclamo publicitario. Si nos nace un Salvador tiene que servir para algo. Tiene que lograr vidas salvadas. Hombres y mujeres que viven anchos, felices, sonrientes, acogedores, ágiles para servir, para ayudar, para responder con presteza a las necesidades que aparecen en el camino.
Jesús no tenía agenda en la que organizaba su semana y dejaba para los lunes a los endemoniados, los martes resucitar a la hija de Jairo y los viernes por la tarde curar a la suegra de Pedro. Todos los relatos que encontramos en el Evangelio son inesperados. Jesús vivía sus días llenos de imprevistos y de improvisaciones. Pero cada persona que le solicitaba su atención se convertía en lo prioritario. Es tiempo de aprender de Él. De no vivir presos de la agenda, esclavos de la rutina, sino con la actitud de quien siente que prepara el camino del Señor. Del que invierte sus mejores esfuerzos y capacidades en ayudar, en compartir, en aliviar. Eso es tener una vida salvada. No quien se instala en un paraíso artificial, sino quien está despierto ayudando y entregado lo mejor de él a los demás. Es el tiempo de descubrir la cantidad de talentos y de capacidades que se nos han dado. Y es fuente de alegría reconocer que nuestra vida se va desgastando al servicio del Reino, desde la vocación concreta a la que cada uno hemos respondido.
«En lo referente al tiempo y a las circunstancias no necesitáis que os escriba, pues vosotros sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Cuando estén diciendo: Paz y seguridad, entonces, de improvisto, les sobrevendrá la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta, y no podrá escapar. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, de forma que ese día os sorprenda como un ladrón; porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no somos de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no nos entreguemos al sueño como los demás, sino estemos en vela y vivamos sobriamente. los que duermen, de noche duermen». 1ª Tes 5,1-6.

Cómo podemos vivirlo. Tenemos sobradamente experimentado que la vida es sorprendente y lo que parecía placidez y seguridad, en dos segundos, se convierte en tragedia o catástrofe. O que la gran noticia que nos alegra, que nos devuelve la confianza y la positividad, también ocurre de manera sorprendente. Por eso se nos pide vigilancia y estar despiertos. Adviento es tiempo de compartir proyectos, ilusiones, trabajos al servicio de los demás. El Señor está con nosotros y esa es la principal razón de nuestra alegría. no se desentiende de los hombres, no nos abandona ni nos deja tirados. Su promesa es firme. Por eso llevamos inscrito en el corazón y en el rostro la certeza de que el amor es más fuerte que todas las muertes con las que nos cruzamos.

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