Renovar las respuestas

Introducción. Cada vez entiendo mejor la pregunta que le hace Jesús a sus discípulos sobre qué es lo que piensa la gente en general de él y qué es lo que ellos, más cercanos y más íntimos, piensan de él. Porque a veces hay mucha distancia entre lo que uno siente de sí mismo y lo que los demás piensan y perciben desde fuera. Nosotros nos movemos en terrenos de sentimientos, de intenciones, de deseos, de frustraciones, de necesidades. Pero, como esos sentimientos se concretan en decisiones, en gestos, en palabras, es un misterio lleno de ambigüedad y de confusión. ¡Cuántos malos entendidos, cuántas malas lecturas de los comportamientos de los demás han provocado enfados y discusiones! Por eso es tan importante poder hacer buenas preguntas que iluminen respuestas claras y sinceras.
«Nada hay más falso y enfermo que el corazón: ¿quién lo conoce? Yo, el Señor, examino el corazón, sondeo el corazón de los hombres para pagar a cada cual su conducta según el fruto de sus acciones». Jr 17,9-10.
Jesús se acerca a Pedro y le pregunta con sinceridad si le ama. ¿Cómo puede ser tan insistente y hacer con una pregunta tan evidente? Pues a veces es necesario preguntarnos y cuestionarnos todo. No podemos vivir de las decisiones o de las opciones del pasado. No podemos vivir a golpe de inercia, de las opciones del ayer. Todo tiene que volver a convertirse en hoy. No sirve ni la fe de ayer, ni la oración de ayer, ni el amor de ayer. El pan que pedimos al Señor en el Padre Nuestro es el de hoy. El de ayer ya nos lo comimos y nos dio su energía. Nos hace falta el de hoy. Hay que renovar las respuestas a las nuevas preguntas que la vida nos brinda.

Lo que Dios nos dice. «Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos? Él le contestó: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis corderos. Por segunda vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me amas? Él le contesta: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Él le dice: Pastorea mis ovejas. Por tercera vez le pregunta: Simón, hijo de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: ¿Me quieres? y le contestó: Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero. Jesús le dice: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras. Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme». Jn 21,15-19.
Dependiendo de dónde pongamos la atención, nuestra vida se puede construir desde la sinceridad, desde las raíces, desde el interior. O por el contrario buscar la apariencia, la aprobación, la recompensa que viene desde fuera. Son dos tipos muy diferentes de personas los que construyen su casa sobre arena o sobre roca firme. La arena es lo más superficial de nosotros mismos: el éxito, los aplausos, las felicitaciones, los resultados aparentes. Eso nos encanta, el vernos rodeados de opiniones positivas de nosotros mismos. Como las notas del colegio llenas de sobresalientes. Pero todo esto puede hacernos un daño muy grande si nos aleja de nuestra realidad y nos hace olvidar lo frágiles y limitados que somos. La arrogancia y la estupidez están muy asociadas a la superficialidad.
Pero lo que de verdad es roca en la que edificar una vida no son los halagos y los golpes de espalda sino la verdadera opinión de las pocas personas que de verdad nos conocen. No las que están un ratito con nosotros y luego se van, sino las que permanecen a lo largo de una vida. Aquellas a la que no se les engaña ni se les deslumbra con fogonazos de genialidad, sino que nos conocen en los buenos y en los malos momentos, que nos aceptan, nos cuidan y no nos juzgan ni se espantan de nuestras fragilidades. Esas personas reflejan en su existencia la bondad y la misericordia de Dios.
«Al llegar a la región de Cesárea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?». Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y vosotros, les preguntó, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo». Entonces ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que él era el Mesías» Mt 16,13-19.

Cómo podemos vivirlo. Jesús no vivía de los milagros que hacía o de lo famoso que se volvía. Su intención no era deslumbrar a las masas, sino estar seguro de que sus más íntimos reconocían que venía de Dios y que a Dios volvía. Que era su Mesías, su hijo amado. Lo demás ya no dependía de él, ni las calumnias, las burlas, los insultos o las manifestaciones llenas de euforia o admiración. Nosotros tenemos que buscar lo mismo. Que las personas que Dios ha asociado a nuestra vida, familia, amigos, hermanos y hermanas de comunidad reciban de nosotros el testimonio de una vida que busca hacer su voluntad. Lo demás ya no depende de nosotros.

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