En estos días inciertos en los que vivir es un arte

Introducción. Vivimos en tiempos inciertos, ya lo cantaban los Celtas Cortos: «En estos días inciertos en los que vivir es un arte…». Y siento en lo profundo del corazón que es bien difícil vivir en estos tiempos donde los que ejercen la autoridad no han llegado al cargo por su capacitación o por su formación, sino en muchos casos por amiguismo, por enchufe o por ser familia de no sé quién. Cuando te enteras de las tramas de cómo se deciden los nombramientos de obispos, a qué diócesis van, siempre con equilibrios, para que nadie se enfade, que dependen tanto de maniobras ocultas en medio de la oscuridad… Tiempo donde los medios de comunicación se hacen eco de las noticias más inverosímiles, sin contrastar si son ciertas o no. Bulos que inundan la red, como la muerte de Benicio del Toro el actor al que daban por muerto en las redes sociales o la orgía de los ancianos holandeses en la que murieron más de 20 o la embarazada por un stripper que era enano. Lo que prima es la lucha encarnizada por la audiencia, por la exclusiva, por ser el primer medio que anuncia algo, aunque lo que se anuncie sea totalmente falso.
Y sumergidos en esta vorágine de la rapidez, de la prisa, de llegar los primeros, se nos invita a ser contemplativos en acción. Personas que desde la fe, miramos el mundo, los acontecimientos, las personas, no con el juicio fácil o rápido, sino con la compasión, la acogida y la misericordia con que Jesús nos enseña a vivir. Más que nunca hacen falta personas centradas en lo esencial, no en el maquillaje, la apariencia, sino en lo que está pasando en lo profundo de los corazones, en las intenciones, en el corazón.

Lo que Dios nos dice. «Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho». Lc 2,16-20.
A María, como a nosotros, le pasaron muchas cosas en su vida: una vida llena de imprevistos, de sobresaltos, de retos, de desinstalaciones. Desde el sorprendente anuncio del ángel, hasta la forma tan precaria de dar a luz su hijo. O la salida a Egipto por la amenaza sobre la vida del bebé. Un nuevo país, una nueva cultura, un nuevo idioma. Y ella no vivía las cosas con histeria, culpabilizando a todo el mundo, instalada en la queja, en el reproche, en el enfado, sino que guardaba en el corazón lo que ocurría y lo interpretaba como los caminos y las sendas por donde Dios le iba llevando.
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Lc 1,46-50.
¿Cómo puedo estar alegre cuando todo lo que me rodea es improvisación, cuando no controlo nada, cuando los acontecimientos me superan, cuando lo que yo quiero que pase no sucede? Sólo hay una respuesta y es la confianza depositada en quien sabemos que nos ama y que nos cuida. María ve que le están pasando cosas grandes, cuando el resto de la gente no las reconoce. Y eso nos recuerda que la belleza de un paisaje depende el 50% del paisaje y el otro 50 % de los ojos que lo miran.
Quizás a nosotros también nos pasen diariamente muchas cosas muy grandes, pero tan centrados como estamos en nosotros mismos somos incapaces de levantar la mirada y reconocerlas. Por eso hay que recordar una y otra vez que necesitamos despertar a una mirada contemplativa de la realidad. Tenemos que sosegar el alma, bajar el ritmo, calmar las pulsaciones y no tomarnos la vida como una tragedia o como una película de acción, con bombas, explosiones, tiros y persecuciones. Los días van al ritmo que yo decida. Del tiempo soy dueño yo. Y yo decido ir al ritmo de Dios.
«Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicisteis bien en compartir mis tribulaciones». Flp 4,12-13.
Estamos aprendiendo a vivir los momentos buenos y los malos; lo espontaneo, agradable, y feliz y lo difícil, lo que nos desagrada e incluso nos produce rechazo. Pero es que la vida es así. No solo nos pasan cosas agradables, y cuanto antes lo descubramos más felices seremos. Siempre tenemos un aguijón asociado a nuestra vida, se llamen personas, enfermedades, circunstancias… Pero todo se vuelve siempre ocasión para aprender.

Cómo podemos vivirlo. ¡Qué arte más grande saber vivir acogiendo las circunstancias como vienen y saborear todos los momentos que la vida nos brinda! No nos podemos pasar la vida rechazando lo que no nos gusta, como niños caprichosos, porque echaremos a perder mucho tiempo valioso que es irrecuperable. La realidad y las personas no son piezas de ajedrez que nosotros podemos mover a nuestro gusto o interés. Esa es una vieja aspiración humana de jugar a ser dios. Nosotros somos más humildes. En vez de ser arquitectos e ingenieros de nuestra vida, somos sobre todo acogedores sorprendidos y agradecidos de todo lo que pasa a nuestro alrededor. Somos invitados a participar de un banquete, de una fiesta, de una sorpresa continua que se llama existencia. Y si descubrimos lo que de niños llevamos dentro estamos dispuestos para el gozo y para la alegría.

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