El poder del querer

Introducción. Octubre es un mes muy misionero, y creo que recibimos una invitación permanente de parte del Señor a compartir las buenas noticias, sencillas, que de forma gratuita Él nos regala. Es el tiempo en que se nos invita a dar un paso adelante y sentirnos cada vez más protagonistas en la misión evangelizadora de la Iglesia. La fe no es patrimonio del clero, de la jerarquía, de los religiosos, de los teólogos, sino que es una experiencia que nos llena de alegría y de razones para la esperanza. No se anuncia ni se comparte la alegría por un encargo o por una obligación, sino que la condición necesaria es tener en el corazón razones y motivos para estar alegre. ¡Cuántas iniciativas verdaderamente llenas de Espíritu nacen de los corazones intrépidos y de la ilusión y de la valentía que regala el Señor resucitado al corazón que se deja tocar por él!
«Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: Abba, Padre. Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él». Rom 8,14-17.
Y todos somos invitados a esta creatividad y a esta acción entusiasta de contagiar las cosas buenas que Dios hace en la pequeñez de su pueblo. Nadie nos tiene que pedir celebrar un triunfo deportivo de uno de nuestros equipos. Nadie tiene que animarnos desde fuera para saltar y disfrutar de un concierto de música. Un corazón enamorado lo expresa mucho más allá de si se le propone o no, sale espontáneo, casi sin querer. Pues ese estado de ánimo es el que tiene que acompañar la vida de la Iglesia. Mucho más flexible, entusiasta, con arrebatos de locura espontánea y no atrapado en las viejas formas, ritos, tradiciones: odres viejos que no responden a las necesidades, ni al lenguaje que necesitan comprender los hombres y las mujeres de hoy.

Lo que Dios nos dice. «Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando, vinieron unos y le preguntaron a Jesús: Los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no? Jesús les contesta: ¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Mientras el esposo está con ellos, no pueden ayunar. Llegarán días en que les será arrebatado el esposo; aquel día sí que ayunarán. Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado, porque la pieza tira del manto -lo nuevo de lo viejo- y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierde el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos». Mc 2,18-22.
Se acercan a Jesús pidiéndole explicaciones y casi con exigencias. ¿Por qué no vives la religión como siempre la hemos vivido poniendo los medios de piedad que nos hacen justos, el ayuno, las purificaciones, las leyes? Y la respuesta de Jesús, es muy iluminadora. No es lo que yo os traigo una religión de normas, sino de corazón, de amistad, de amor. La alegría del vino nuevo, de la vida nueva, del Dios nuevo, del mundo nuevo, no cabe en los viejos moldes, las viejas estructuras, los viejos temores y enjuiciamientos. Hay miedo a lo nuevo, a los cambios, cuando se tiene puesta la confianza en las estructuras, en la aparente inmovilidad de lo tradicional, en la seguridad que ofrece lo conocido. Pero Jesús viene a renovarlo todo, al ritmo de Dios, y de su Espíritu, que no sabemos de dónde viene, ni a donde va. Pero que lo llena todo de su ímpetu, de su suave brisa, de sus vientos de cambio.
«En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: “ld y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis. No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento. Cuando entréis en un pueblo o aldea, averiguad quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que os vayáis. Al entrar en una casa, saludad; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo”. Mt 10,7-15.

Cómo podemos vivirlo. Ojalá comencemos este curso con la ilusión de quien nos ha asociado en este momento de nuestras vidas. No sabemos cómo será el futuro ni qué nos tiene preparada la providencia. Pero hoy estamos cerca y nos toca responder a las necesidades de nuestro mundo cercano, de nuestros metros cuadrados de influencia. En mi casa, en mi trabajo, en mi familia, yo soy el misionero y la misionera. Yo soy en cada momento (con mis hijos, con mis amigos…) el portador de luz, de vida nueva, de sorpresas, de creatividad. No estamos llamados a ayunar, a vivir con penitencias, sino a crear ambientes de reino, de paz, de fiesta, como el banquete al que Dios nos ha invitado desde antes de la creación del mundo. Y en lo que podamos ayudarnos se nos invita a escucharnos, a sumar, a proyectar, a soñar, que la paz de Dios toca todos los rincones y a todos los que habitamos este lugar llamado mundo.

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