El miedo al castigo

Introducción. Cuando Jesús nos habla de una manera clara y contundente denunciando la hipocresía, la ambigüedad de nuestras intenciones, normalmente nos encuentra con escudos, con defensas, justificando nuestra fragilidad, o negando cualquier fallo en nuestra vida. La soberbia actúa de una manera inmediata, negando absolutamente convencidos todo aquello de los que se nos acusa. «A mí eso no me pasa, yo no soy de esos».
Y si son los hermanos quienes nos corrigen actuamos de la misma manera. «Vale yo he actuado mal, pero tú más». Dese pequeños nos da pánico reconocer nuestros errores y límites. Si hemos roto un jarrón del salón de nuestra casa y preguntan quién ha sido, pocas veces decimos que hemos sido nosotros. O culpamos a otros, si están cerca, o a una ráfaga de aire que casualmente pasaba por ahí. ¿Qué se esconde detrás de la falta de sinceridad y del reconocimiento humilde de nuestros fallos? La respuesta es clara: el miedo al castigo. Tenemos grabado en lo más profundo de nuestro corazón y de nuestra mente la lógica humana del premio y del castigo. Si obro bien, merezco una recompensa, y si obro mal, la reprimenda, el castigo y el rechazo. Y sutilmente proyectamos esa imagen en Dios. No acabamos de creer que Él nos conoce mucho más que nosotros mismos. E ingenuamente pensamos que a Dios le podemos engañar como a las personas. Nuestra gran preocupación no es ser, sino aparentar, que somos buenos, valiosos, y merecedores de toda confianza. ¡Qué esfuerzos tan titánicos hacemos para no aparecer frágiles o vulnerables! ¡Cuánto nos ocupamos en no mostrar flaquezas, fisuras o debilidades! Y lo más liberador es vivir bajo la mirada permanente de Dios, que es consciente de lo pobres que somos, pero que tiene un compromiso y un amor que no cambia a pesar de nuestro comportamiento.

Lo que Dios nos dice. «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que le temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro». Sal 103,8-14.
Hemos de tener la seguridad de que a Dios no le engañamos, ni le sorprende de qué estamos hechos. Si somos obras de sus manos. Si él ha modelado cada corazón y comprende todas sus acciones. Si Jesús era consciente de la fragilidad de Pedro y le confío ser la roca en la que se apoya la naciente Iglesia. Si sabía todo de la mujer adúltera, de la samaritana, de Zaqueo… Pero él mira el corazón, no se queda entristecido por las apariencias. Por eso esa mirada esperanzada, que no juzga, que no machaca la fragilidad, sino que la asume y se encarga, dentro de las posibilidades, de sanarla y repararla. Imaginaos al Buen Samaritano acercándose el hombre tirado al borde del camino, herido, apaleado, diciendo: «¡Qué despojo de hombre! seguro que es un borracho, un drogado, un maleante, o peor aún, está haciendo comedia para robarme». Todas las desconfianzas y los juicios nos alejan de Dios y de los hermanos.
«Dijo también esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido». Lc 18,9-14.
Es una gran liberación ponerse delante de Dios como somos. Sin maquillajes ni disimulos. Sabemos como somos, las carencias que tenemos, los miedos, los orgullos. Pero esa miseria, tocada por el corazón de Dios es motivo de más amor, de más confianza, olvidando el castigo, abrazarnos con más fuerza a esa mano que nos levanta, que nos renueva, que nos sana.

Cómo podemos vivirlo. Toda la vida de Jesús es un camino de ir levantado a la humanidad rota que se va encontrando día tras día. No gasta ni una gota en preguntar por el pasado. Ni culpabiliza, ni ejemplifica, ni castiga, ni se alegra de los sufrimientos de los demás. Solo acoge lo que hay, lo asume, lo hace suyo, lo abraza, lo besa, lo ama. Y esa es la misión de nuestra Iglesia en el siglo XXI. Acoger sin preguntar. Abrazar sin temores, miedos o reservas. Todo lo creemos, todo lo esperamos, todo lo amamos. No somos ni censores, ni jueces, ni pesados consejeros que velan tanto por la vida recta de los demás que se olvidan de recorrer su propio camino. Ojalá que inauguremos una nueva forma de relacionarnos, donde sabiendo todos que compartimos un destino común, nos ayudemos con todo nuestro ser a caminar a pesar de las dificultades. No exigiendo unas extrañas perfecciones, sino poniendo en común lo que tenemos. Luchas y derrotas. Virtudes y talentos. Sin pretender dar una imagen de equilibrio y perfección que en el fondo esconde un miedo terrible a vernos descubiertos en nuestra fragilidad. Somos una comunidad de pecadores que bajo la misericordia de Dios y su gracia, nos vemos capaces de acompañar a la humanidad sin avergonzarnos de ella.

Comparte este post

    Etiquetas: , , , , , , , , ,

    votar