Ya ha llegado la hora

Introducción. Estamos a la espera del espíritu, del que es capaz de arrojar luz en el entendimiento y fuerza en la voluntad. Espíritu defensor, que nos llevará a la verdad completa.
Me pasa que, cuando hablamos de verdad completa, de alegría en plenitud, de vida en abundancia, necesito reconocer los caminos y los pasos que me llevan hacia ellas. No puedo soportar más eslóganes sin contenido. Más promesas vacías. Más utopías que nos devuelven a la decepción y agrandan la desconfianza frente a Dios y a los hombres.
Que el Espíritu nos lleve a la verdad plena no significa que nos hipnotice y de repente estemos en un paraíso artificial que no se parezca nada a la realidad cotidiana que recorren nuestros pasos. Eso es lo que nos pasa cuando pensamos en el cielo o en la eternidad. Valoramos y agradecemos tan poco lo que vivimos que las promesas de Dios las emplazamos para un futuro lejano. Y Jesús lo vive todo en el presente. «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Lc 23, 43. «Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Lc 4,21.
La vida intensa tiene más de acoger y de redescubrir los continuos regalos que se nos ofrecen a diario en forma de personas, de circunstancias, de oportunidades, que de despreciar lo que vivimos por no ser como nosotros lo imaginamos o lo deseamos. Y eso es lo que frecuentemente hacemos: esperando al «príncipe azul» o a la «mujer de mis sueños», rechazamos a un montón de buenas personas que nos brindan su amor y su amistad porque no nos parecen suficientes; esperando el trabajo de mi vida o el negocio o la casa, hacemos que mucho de nuestro tiempo se pierda y no lo podremos recuperar. La fe nos ofrece vivir las cosas con el Señor, aquí y ahora, sin esperar situaciones ideales, sino haciendo que todo se vuelva extraordinario porque todo lo vivo con Jesús, como Él me enseña a vivirlo.

Lo que Dios nos dice. «No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino». Jn 14, 1-4.
Donde está Jesús es donde tenemos que estar nosotros. Y no se refiere a un lugar físico, sino a una forma de afrontar la vida, de acoger a las personas y de sentir que el amor nos rodea y nos da fuerza para abrazar la realidad amándola. Como hacía Jesús frente a todas las personas y situaciones en las que se veía envuelto. Casi todas tienen en común que las personas se acercaban a Jesús con necesidad, con urgencia, de forma imprevista: desde Bartimeo, el ciego de nacimiento, tirado al borde del camino; a Zaqueo, el publicano encaramado a lo alto de la higuera, o la mujer adúltera, a punto de ser apedreada, o el buen ladrón, que desde la cruz le suplica que tenga piedad de Él. Todas las circunstancias que rodean a Jesús podía haberlas evitado, porque no tenían nada que ver con él. De hecho así se lo dice a su madre en las bodas de Caná: «Jesús le dice: Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora». Jn 2,4. Pero la verdad del amor de Dios, le hace implicarse, acercarse, dar lo mejor que tiene y sentir que ha sido enviado para esto. «Le entregaron el rollo del profeta Isaías y desenrollándolo, encontró el pasaje donde está escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor». Lc 4, 17-19.
He vivido dos diálogos muy recientes que me han ayudado a entender qué es vivir con el Espíritu y qué significa abrir las ventanas para que su fuerza lo renueve todo y llene de aire limpio nuestra tierra.
En uno, los protagonistas no han sido capaces de acoger y de aceptar las decisiones de los demás. Un amigo mío vive con el dolor anclado en lo más profundo de su corazón, porque, tras unos años de matrimonio, su pareja le abandonó. Y sigue sin aceptar que eso pasó, que la vida continúa y que no podemos obligar a nadie a que nos quiera. Está intentando rehacer su vida, pero el dolor de lo vivido le encadena al pasado y no le deja vivir en plenitud el presente.
En el otro caso, otros buenos amigos fueron a un país asiático a adoptar a un niño. Y cuando vieron al niño que les habían otorgado se quedaron impactados al ver el grado de necesidad que tenía el pequeño: deficiencias de salud, malformaciones congénitas… Pero en ningún momento pensaron en rechazarlo o abandonarlo, porque se descubrieron frente a la posibilidad de, a base de esfuerzo, amor y generosidad, sacarlo adelante. Y toda la familia, empezando por los abuelos, se volcó en el objetivo de regalarle un presente dichoso y feliz. Gestos que saben a Dios, a un amor que no nace del capricho, de egoísmo, de la idealización, sino de entender que nuestra vida tiene sentido si se entrega, si se ama.

Cómo podemos vivirlo. Estamos a la espera de la fuerza y del amor de Dios derramado sobre la faz de la tierra, con capacidad para resucitar tanto hueso seco, tanto corazón seco, tanta vida que se arrastra pero que no vive. Tanta mente adormecida, encapsulada en la realidad virtual de los paraísos artificiales, pero que se olvida de que la realidad nos espera, las personas nos esperan… Dios nos aguarda para regalarnos la vida en abundancia.

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