La perfecta alegría

Introducción. Hay edades en las que ilusionarse por una vida dichosa y feliz forma parte de lo lógico y de lo razonable. ¡Bendita ingenuidad que acompaña los primeros años de nuestra vida! Todo es futuro, ilusión, idealización, éxito asegurado y final de cuento con perdices y príncipes enamorados. Pero cuando ya hemos consumido más de la mitad de nuestros años y seguimos sin encontrar la dicha y la felicidad que llevamos tiempo persiguiendo, comienzan a rondamos las dudas y las sospechas, sobre si hemos acertado o no en las decisiones que hemos ido tomando a lo largo de los años. En nuestro pobre corazón reconocemos las cicatrices, las decepciones, los sinsabores y las soledades que se van acumulando, y en esas circunstancias oír de nuevo ofertas demasiado grandilocuentes, con palabras como plenitud, felicidad, para siempre, lo acogemos con sospecha y escepticismo. Endurecemos nuestra capacidad de soñar y rebajamos las expectativas sobre lo que le podemos pedir a los demás y a la vida en general. Ya no soñamos con vivir en abundancia, sino con sobrevivir, con ir tirando.
Y eso nos pasa con el tiempo de Pascua. Que Jesús resucitado vencedor de la muerte, del fracaso, venga a nuestra realidad y nos recuerde que viene a traernos paz y una alegría en plenitud nos suena a chiste, a ironía. ¿Nos traes la paz? ¿El final del sufrimiento, de las lágrimas, del dolor? Pues acompáñanos a cualquier hospital donde se atiende a enfermos terminales, vente a cualquier comedor social donde se mendiga la comida o a las puertas de un supermercado y veras a las personas agolparse buscando en los contenedores de basura lo que puedan comer.
Pasa con la Iglesia lo mismo que con los políticos. Llevamos tanto tiempo escuchando mensajes y proclamas que muy poco tienen que ver con la realidad, que al final provocan las palabras hastío y desafección. «Predícame cura, predícame fraile. Que por un oído me entra y por el otro me sale».
Por eso más que nunca hace falta ser portadores de un mensaje que se vea, que se entienda, que no haga falta explicar mucho qué significa estar alegres. Que sea contagiosa nuestra forma de vida, que sitúa la alegría no en un futuro ideal, cuando todas las situaciones de nuestras vidas estén resueltas, sino en lo cotidiano, en lo sencillo y sobre todo en reconocer la presencia que acompaña y que guía nuestras vidas.

Lo que Dios nos dice. «Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará. Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios; en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios». Rom 8,18-21.
La palabra no es fantasiosa o irreal. Habla de que nuestra vida está envuelta de sufrimiento, de barro, de pobreza. Pero habla de un tesoro que acompaña ese sufrimiento, que, si somos capaces de reconocerlo, no da razones para la esperanza y para la alegría. Nosotros solemos relacionar los momentos buenos de nuestra vida con los éxitos, con los triunfos, con el reconocimiento y la valoración externa, con los premios, los regalos, la fama y la popularidad. Por eso nuestras alegrías son tan cortas y tan poco alegres. Porque si la alegría consiste en ser el número uno, estar en la cima de los proyectos, es tan fácil caer, bajar, fracasar… La alegría que propone Jesús está más relacionada con cómo y con quién vivo las circunstancias (éxitos y fracasos), quién me acompaña, quién me saca de las soledades y de las tristezas.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud». Jn 15, 9-11.
Alegría en plenitud no es que no tengamos dificultades o problemas. Eso es estar disecado o ser un muñeco del museo de cera. Vivir es caminar, aprender, caerse y levantarse, errar y corregir. Pero el secreto es vivir acompañado, permaneciendo en la compañía y en el amor de Jesús. No en la ausencia de conflictos, sino en la compañía que nos enseña a vivirlos.
«Por la grandeza de las revelaciones, y para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne: un emisario de Satanás que me abofetea, para que no me engría. Por ello, tres veces le he pedido al Señor que lo apartase de mí y me ha respondido: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto me glorío de mis debilidades, para que resida en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo contento en medio de las debilidades, los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». 2ªCor 12,7-10.

Cómo podemos vivirlo. Preguntó Francisco de Asís al hermano León que le dijese cual era, para él la perfecta alegría. El hermano no supo contestar. Pregunto Francisco ¿Sería la perfecta alegría que los grandes reyes europeos se hiciesen franciscanos? ¿O que los países musulmanes abrazasen la fe cristiana? León se lo imaginaba y afirmó que sí, que esa sería la perfecta alegría. Francisco se lo negó. Entonces ¿cuál sería?, pregunto León. Respondió San Francisco que si sufrían la humillación, la burla, el olvido y la violencia, pero sin alterar la paz en el alma y siendo capaces de amar, esa sería la perfecta alegría. Como el anuncio del ángel a María. «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Lc 1,28.

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